Azímut

24 de noviembre de 2017
“Las naciones de la tierra se rigen eminentemente por el miedo: miedo de un tipo ...
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Flâneuse

Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres

Editorial: MALPASO EDICIONES
Lugar: ES
Año: 0
Páginas: 352
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa dura

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Hoy vamos con una revelación: las mujeres tienen piernas y las usan para caminar. Con ellas van y vienen, transitan los lugares, intervienen los espacios, desafían los mapas con su presencia. Baudelaire nos presentó a su flâneur, el hombre que se pasea sin involucrarse, pero Lauren Elkin nos presenta, a su vez, a la flâneuse, ella misma, una mujer que irrumpe caminando en los lugares en los que sí participa. "Donde el Flâneur mira, la flâneuse perturba y subvierte". Rescatar este hecho esencial, el de la voluntad de movimiento como afirmación de la individualidad, se mezcla en estas crónicas paseantes con el  de otras artistas cuyas huellas ya conocemos: de Martha Gellhorn, en los escenarios del mundo, a Sophie Calle en  París o Venecia, o George Sand o Agnès Varda, o tantas otras maestras en la subversión del movimiento.
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Histórico noticias

La Línea del Horizonte Ediciones




Rumbo a las Islas Columbretes

A las islas se les suele atribuir caracteres humanos. Pueden ser solitarias, apacibles, sedientas, desiertas, afortunadas, benditas… ¿Qué estado de alma se puede atribuir a un archipiélago como el de las Columbretes, formado por el fuego y modelado por el agua y el viento?

13 de julio de 2017

El agua horada las piedras

el viento dispersa al agua

la piedra detiene al viento.

Agua, viento, piedra.

El viento esculpe la piedra,

la piedra es copa del agua,

el agua escapa y es viento.

Piedra, viento, agua.

Octavio Paz

A las islas se les suele atribuir estados de alma o caracteres humanos, de tal manera que éstas pueden ser solitarias, apacibles, sedientas, desnudas, desiertas, desconocidas, malditas, afortunadas. Incluso, a veces, felices o benditas (1). ¿Qué carácter o estado de alma se puede atribuir a estos islotes formados por el fuego y modelados por el agua y el viento? Diversos sin duda. ¡Y con tantos matices!

He visto amanecer en estos islotes. Y atardecer. He visto maravillas celestes en su cielo nocturno. He mirado el mar que los rodea bajo la plenitud del mediodía (Midi le juste y compose de feux/La mer, la mer, toujours recommencée!, que escribía Paul Valéry) (2). He necesitado doce años y tres viajes para  dar con  estados que reflejen, sino todas, al menos algunas de las almas de las Columbretes.

El primer viaje fue en marzo del año de 1997. Mi amigo Steve y yo zarpamos del puerto de Barcelona a bordo del velero Nabucco. Como navegante principiante que al fin y al cabo era (y a medida que pasa el tiempo más principiante me siento; ya lo decía el poeta: “avanzamos a ciegas por la edad” (3)),  salí del puerto de Barcelona con la absurda y vana pretensión de llegar a nuestro destino a vela.

Tras unas horas y muchos bordos (¿o quizá fueron muchas horas y unos bordos?), apenas habíamos rebasado el meridiano del puerto de Garraf. Este mar no acepta fácilmente la voluntad de los humanos. Como casi siempre, acabamos navegando de aquella absurda y frecuente manera que consiste en navegar a motor en un velero.

El resto de la travesía transcurrió con la normal rutina de este tipo de navegaciones. Algunos momentos de conversación. Largos momentos de silencio. Las guardias, memoriosas, introspectivas, mirando horizontes y buscando luces de posición que indicaran la proximidad de otros barcos. Solo el avistamiento de la plataforma petrolífera del golfo de Sant Jordi en mitad de la noche o el encuentro, a primera hora de la mañana, con un gran número de pesqueros, quizá de Sant Carles de la Rápita y Vinaroz, cruzándonos la proa de estribor a babor, perturbaron la absoluta soledad del mar.

Poco después, entre las 7 y 8 de la mañana, se produjo el milagro: por la proa, sobre el horizonte, apareció bajo un pequeño y aislado cúmulo, la sombra de la Columbrete Grande o Mont Colobrer. Nos amarramos a una de las boyas que hay en Puerto Tofiño. Quizá había alguna otra embarcación más, amarrada a las boyas del cráter.  Era poco más de mediodía cuando llamamos a los guardas de la isla por el canal 9 de la emisora solicitando permiso para bajar a tierra. Nos respondieron que tenían una tortuga herida en la Foradada y que debían ir a buscarla para curarla o llevarla a Castellón, no lo recuerdo exactamente. Por esta razón quedamos en que cuando estuvieran libres nos llamarían por radio para acordar la visita.

Santiago Sales nos recibió al pie de la escalinata de Puerto Tofiño y nos acompañó en un breve paseo desde la escalinata hasta la parte posterior de las Casernes. El faro estaba en mal estado y no se podía llegar a él. Durante el paseo, Santiago nos fue explicando cuestiones destacables sobre la flora y la fauna de las islas. Recuerdo sus explicaciones sobre la Medicago Arbórea, una especie de alfalfa; la Podarcis Atrata, la lagartija endémica de las islas, y sobre todo me llamaron la atención sus comentarios sobre las gaviotas. La argéntea, la de Audouin… No tenía ni idea de que hubiera tantas especies de gaviotas y con comportamientos y hábitats tan dispares.

Se acababa marzo y el día era aún relativamente corto. A medida que el sol caía, empezó a refrescar. Santiago nos ofreció un café con leche. Nos sentamos con él y sus compañeros a tomarnos el café con leche bien caliente y a fumar un cigarrillo en una especie de terraza que había delante de las Casernes, que aún no estaban todas restauradas. Habían bastantes testimonios de obras en curso. Desde aquella pequeña e improvisada terraza se veía casi toda la ensenada de la Illa Grossa, en la que solo estaba Nabucco. El Mancolibre, el Mascarat y la Senyoreta cerraban el cráter y, a lo lejos, sobre el lomo de la isla, veíamos las paredes blancas, ya un poco doradas, del diminuto cementerio. Más allá aún, ya en sombras, se divisaban los islotes de la Foradada, la Ferrera, el Carallot… Todo estaba en calma, en una gran calma que parecía un preludio. Salvo las gaviotas y pardelas, que iban y venían en amplios y rápidos planeos sobre los acantilados y cuyos chillidos resonaban entre los basaltos y cenizas volcánicas. En este escenario minimalista, de una prístina desnudez, hablábamos con nuestros anfitriones de su trabajo en la reserva, de su vida cotidiana durante los periodos de estancia en la isla, de lo fácil o difícil que resultaba el trabajo con el paso del tiempo y sus cambios. O con nuestro paso por el tiempo y  nuestros cambios.

Aún recuerdo, no se si con exactitud o no, pero poco importa, la belleza de aquellos momentos, sentados frente a las Casernes en compañía de aquellas personas, calentándonos las manos sujetando el vaso caliente del café con leche, mientras atardecía en una delicada mezcla de rojos y negros al tiempo que los silencios se inmiscuían más y más en nuestra conversación y se hacían más largos. Desde el agua, con un suave balanceo, Nabucco nos llamaba. Era tiempo de dejar a los guardas de la reserva y regresar a bordo. Subimos a bordo cuando ya oscurecía. A lo largo del crepúsculo vespertino, los sonidos fueron sobreponiéndose a la diáfana desnudez del paisaje.

Tras la cena nos sentamos Steve y yo en la bañera a escuchar lo que creíamos eran los chillidos de las gaviotas y a contemplar el cielo encajado entre las paredes del cráter, pues, por aquellos días, la ciudadanía andábamos revueltos por la aparición en el cielo del cometa Hale Bopp. En medio de innumerables estrellas, lo vimos. Hacia el suroeste creo. Era el 28 de marzo y su perihelio sería el 1 de abril. Era asombroso y fascinante observar, en el transcurso del mismo día, un fenómeno astronómico de tal magnitud a bordo de un velero fondeado en una ensenada formada por tres cráteres secantes de un volcán extinto, después de una breve excursión naturalista. En cierto momento me pareció escuchar que un barco se acercaba desde mar abierto. Miré al noreste, hacia la entrada de la bahía. Seguro que de un momento a otro aparecería la silueta del Beagle y desde su cubierta Darwin nos saludaría

A la mañana siguiente zarpamos de la Illa Grossa sin arrancar el motor. En aquella límpida mañana hubiera sido un ultraje a la naturaleza perturbar la tranquila belleza del momento. Steve liberó la amarra de la boya mientras yo extraía el génova del enrollador. Con la leve brisa que llegaba de levante fuimos saliendo de Puerto Tofiño, dejamos por estribor el Mascarat, el Mancolibre, la Senyoreta, la Illa Grossa y arrumbamos hacia Sant Carles de la Rápita. Creo recordar que hicimos toda la singladura a vela y con tan buen tiempo que incluso pudimos cocinar unas lentejas con sobrasada para el almuerzo.

En esta primera visita a la isla todo tuvo un cierto aire de precariedad, de sencillez, naturalidad. Y como suele ocurrir, ese estado de cosas llevaba pareja una bonhomía peculiar en los moradores de la isla. Una manera de ser y vivir en vías de extinción.

Viaje en barco

Xavier Arnau Bofarull.

El segundo viaje tuvo lugar en el verano del 2000, año preñado de terrores milenaristas digitales felizmente superados. Queríamos ir a Ibiza,  donde (y lo reconocemos sin rubor), no habíamos estado nunca. Pensábamos en hacer escala en Columbretes y de allí arrumbar hacia la Pitiusa. Pero ya se sabe, el ser humano propone y las fuerzas de la naturaleza disponen. Y una de las fuerzas de la naturaleza, como es bien sabido, son los amigos. Y cuando se ha navegado cierto número de años por estos mares y unos cuantos más por la vida,  más que un amor en cada puerto, se acaba por tener amigos en algunos puertos.

Zarpamos de Barcelona. Era aquella primera singladura que se realiza en un estado lamentable como consecuencia del pesado trabajo previo a la partida, preparando y arranchando el barco para el viaje. Así que decidimos tomárnoslo con calma y hacer escala en Vilanova i la Geltrú, para ver a unos amigos, en caso de que estuvieran en el puerto. Los amigos estaban, y acabó planteándose la pregunta peligrosa: ¿Os quedaréis a cenar, no?

Como la carne y el corazón son débiles, pasó lo inevitable. Se desencadenó el conocido círculo vicioso ¡y bien vicioso! que empieza por cenar, sigue con trasnochar, continúa con levantarse tarde, y se prolonga en espesas jornadas a la búsqueda de argumentos que mitiguen los remordimientos: tampoco estamos en una regata; estamos de vacaciones y no hay necesidad de correr, etc. En cualquier caso, el resultado fue que ya habían pasado dos días de vacaciones sin darnos cuenta.

Conseguimos, con esfuerzo y férrea voluntad, realizar la siguiente etapa hasta Torredembarra, donde también había amigos, que repitieron la pregunta y provocaron lo inevitable. Cenita por aquí, copitas por allí, trasnochada hoy y mañana también, hasta que un día, con dolor de cabeza y tristeza en el corazón por la rapidez con que se estaban esfumando las vacaciones, tomamos conciencia de que aún estábamos a cuarenta millas del puerto base. Así pues, una mañana, invocando a oscuras y primitivas deidades, hicimos la proeza de largar amarras.

Algunas veces me he preguntado si la Odisea no será, al fin y al cabo, el relato del viaje de vacaciones, bajo los efectos de cenas y libaciones diversas, de un viejo navegante griego de la antigüedad… o del propio Homero. Por ello, de vez en cuando me pongo a imaginar quienes podrían ser, o haber sido, mis Polifemos, Circes, Calipsos y cuantas veces habré oído (y atendido) los cantos de las sirenas.

Tras pasar el delta del Ebro llegamos a Vinaroz. Era la primera vez que atracábamos en su puerto y quedamos sorprendidos por la magnitud de la dársena. Fue una grata, gratísima sorpresa ver que no estábamos en una reserva para “navegantes deportivos” con parque temático bareto-discotequero incluido. Tenía, no solo escala humana, sino alma marinera. Un ambiente sencillo, natural, popular en suma, que traía a la memoria el barrio marinero de la ciudad de nuestra infancia. Un lugar para percibir el olor, el color y el calor del viejo mar. Como anotaba Orozco, un participante en el foro de La Taberna del Puerto, sobre  Vinaroz: y el puerto, magnifico para quienes nos gusta navegar,  no fanfarronear.

En el mismo pantalán, proa por proa casi,  había, entre otros, un velero, un Jeaneau de bandera francesa del que a menudo salía una persona. Se quedaba de pie apoyada en el tambucho y se fumaba un Ducados. Y volvía a desaparecer. En una de estas frecuentes salidas se puso a hablar con los tripulantes de un barco vecino, también de bandera francesa y, obviamente, lo hizo en francés. Más tarde, mientras estaba de pie en cubierta fumando otro cigarrillo, pasó un marinero del puerto al que se dirigió en perfecto valenciano. En cierto momento, estando él en la bañera de su barco saboreando otro Ducados y yo en la cubierta del nuestro, nos saludamos y empezamos a hablar. Se llamaba Dominic y, aunque era del país, había realizado, según nos contó, toda su carrera profesional en Francia, llegando a ser, según sus propias palabras, el rey de la naranja en Les Halles parisino. Desde que se jubiló, pasaba largas temporadas en Vinaroz, viviendo a bordo de su velero, el Libertad.

Empezamos hablando de nuestra intención de ir hacia las Columbretes y de ahí pasamos a cuestiones más biográficas. Nos acabó contando que era miembro de una asociación francesa llamada Voiles Sans Frontières y que estaba preparando su velero para partir en una de las misiones que organizaba anualmente la asociación con destino a Haití. En dicha misión debía transportar material escolar a un orfelinato en Môle Saint-Nicolas. El material debería ser embarcado en Marsella, que era el puerto de partida de los veleros con base en el Mediterráneo de las misiones de Voiles Sans Frontières.

Al día siguiente temprano, tras pasar por el bonito e interesante mercado municipal de Vinaroz para aprovisionarnos de viandas frescas, zarpamos con rumbo a las Columbretes. Sobre la mesa de cartas, nos llevábamos los folletos de adhesión a Voiles Sans Frontières. Era un típico día de verano. Nada de viento, y el poco que hubo, de proa. A medida que íbamos navegando hacia las Columbretes, la neblina difuminaba los relieves de la costa del continente bajo las hileras de blancos cúmulos. Llegó un momento en que solo se veía el perfil de la Sierra de Irta, y cuando ésta desapareció ya divisamos la silueta de la Illa Grossa de las Columbretes.

Después de haber finalizado la maniobra de amarre a la boya en Puerto Tofiño, nos quisimos bañar para recuperarnos de la calurosa travesía. La primera en prepararse fue la patrona. Tiramos la escalera de baño por el espejo de popa y ella se preparó para lanzarse al agua. En este momento nos dimos cuenta de que todo un banco de obladas estaba esperando a que la navegante se tirara al agua. ¿Para atacarla? ¿Para ovacionarla? La verdad es que nos quedamos un poco atónitos, y daba cierta angustia tirarse al agua entre aquellos peces que nos miraban. Pero pensamos que, al fin y al cabo, seguro que se trataba de una comitiva de bienvenida a las Columbretes. Parecía increíble que en esos tiempos aún quedaran animales que se mostraran confiados ante los seres  humanosMientras estábamos en el agua, las obladas se acercaban a nosotros, curiosas, sin ningún rubor. ¡Incluso se atrevían a mordisquearnos los pies! Aquella armonía nos produjo un sutil y emotivo gozo.

Los guardas del Parque Natural y Reserva Marina nos dieron cita a través de la emisora para la visita. Nos atendió una chica muy vital y dinámica que nos llevó a una pequeña habitación de las Casernes, en donde había una exposición mural cuyos contenidos y estructura eran, a mi modo de ver, un catálogo superficial de los peces y de las aves que encontraban refugio en las Columbretes. Pero aquellos paneles con imágenes de aves y peces no representaban la totalidad de la naturaleza de estos islotes ni transmitían la grandiosa belleza del lugar ni la importancia del patrimonio natural que las islas representaban. Por el contrario, limitaban, sino trivializaban, nuestra necesaria relación con su paisaje y con su naturaleza. Hay mucho que mostrar en Columbretes. Es necesario ser más exigentes: “los valores de los paisajes solo surgen y se concretan como consecuencia de un  nivel cultural y una competencia científica capaz de mostrarlos. Los paisajes naturales requieren no solo una mirada utilitaria” (4). Lo más novedoso, no obstante, era un monitor de televisión que estaba conectado a una cámara ubicada en el fondo de Puerto Tofiño, por la parte de la Cueva del Tabaco, creo que nos dijeron. Recuerdo que había un mero al que, al parecer, le encantaba chupar cámara, ya que su imagen aparecía frecuentemente en el monitor.

En aquel tiempo estaba interesado en obtener fotografías del cementerio para un proyecto. Había solicitado permiso a la  Administración de la Reserva en Castellón, pero me habían dicho que esto dependía del criterio de los guardas, ya que ellos sabían como estaba el proceso de nidificación de las aves en las zonas de la Illa Grossa. Antes de que nos dejara en la sala de la exposición, preguntamos a la guía si era posible acercarse al cementerio a hacer fotos, a lo que nos respondió que tenía que consultarlo con el responsable. A su regreso, la respuesta fue que no era posible. A continuación, la guía nos acompañó hasta el inicio de la cuesta que llevaba al faro, detrás de las Casernes, donde había, si no me equivoco, un aljibe. Al faro no se podía subir porque estaba en obras. Nos dejó unos minutos de asueto, transcurridos los cuales vino a recogernos para llevarnos de regreso a la escalinata de Puerto Tofiño, donde teníamos el bote. Regresamos a nuestras embarcaciones. En cierta manera, lo anodino de la visita nos convirtió en meros turistas. ¿Teníamos derecho a ser considerados algo más que turistas?

A medida que la tarde transcurría, maduraban la luz y los colores. Disfrutábamos de aquella lenta transformación en medio de prolongados silencios, reflexionando sobre el abismo que separaba la profunda belleza del espacio geográfico que el archipiélago constituye, de la banalidad del discurso que sobre él elaboramos.

Las gaviotas se iban posando en las sinuosidades de las vertientes basálticas de la Illa Grossa. Una se posó sobre una roca cercana a nosotros, alejada del resto de gaviotas. Parecía que nos miraba. Cabal y seria, sin atisbo de curiosidad. Fijamente. De vez en cuando giraba la cabeza para mirarnos con el otro ojo. Al rato vino otra gaviota y se posó a su lado. Y se quedó, a su vez, mirándonos con la misma imperturbabilidad. La otra lanzó un graznido. Las rocas de los acantilados se tornaban más y más doradas. Las gaviotas, más y más blancas. El sol ya se había puesto y empezaba a oscurecer. El paisaje impresionista de vivos colores que  habíamos estado contemplado durante la tarde había sido sustituido por una composición abstracta de formas oscuras.

Pensé que, en cierta forma, aquellos islotes eran, en verdad, un monumento geográfico. Y recordé lo que al respecto había escrito un maestro geógrafo: “el paisaje es un monumento, el monumento geográfico, tantas veces humilde, siempre a la intemperie, y está teñido de un agregado cultural surgido del conocimiento y del arte sin el cual su contenido queda mutilado” (5).

En aquellos momentos de calma, en los que las únicas luces que veíamos eran las estrellas, el haz de luz del faro girando y girando incansable, y la luz de fondeo de algún otro barco, sentimos con pesar la carencia de un agregado cultural que diera significado a la armonía primigenia del paisaje de las Columbretes, o de cualquier otro paisaje, todos ellos humildes y siempre a la intemperie. No alcanzábamos a evitar la mutilación, en mayor o menor grado, de los paisajes, de sus contenidos y significados.

Quizá, nuestras visitas a los paisajes son, al fin y al cabo, solo eso: meras visitas que no nos permiten, en el fondo, vivir y sentir el paisaje, establecer con él una relación sensible, inteligente, compleja, a partir de la cual podamos “favorecer cada vida individual de planta, animal o de hombre” (6), “adquirir definitivamente conciencia de nuestra humanidad solidaria” (7) para, al fin, “formar cuerpo con el planeta mismo” (8). Quizá la mirada inquisitiva de aquellas dos aves que nos habían observado durante el atardecer fuera el reproche a nuestra especie por la incapacidad para alcanzar lo que una vez habíamos soñado ser: la naturaleza tomando conciencia de sí misma. (9)

A la mañana siguiente decidimos regresar al continente y dejar la visita a Eivissa para otra ocasión, yendo de puerto en puerto en una pausada navegación de cabotaje.

Viaje en barco

Xavier Arnau Bofarull.

El tercer y último viaje tuvo lugar en julio de 2009. Habían transcurrido nueve años desde el viaje anterior. Un período de tiempo que ya permitía percatarse de la mella que el tiempo hacía en nosotros y de que el mundo iba volviéndose palmariamente loco.

La primera escala fue Garraf. Cada vez más, buscamos puertos sin discotecas ruidosas, ni bares musicales ni restaurantes carísimos. Aunque la edad no nos haga más sabios, si nos hace más tranquilos. En dos días más, llegamos a Cambrils. Lo primero que se nos ocurrió fue ir a cenar en uno de los excelentes restaurantes de la ciudad. Pero al salir del puerto y entrar en las calles de Cambrils, llenas a rebosar de turistas, visitantes y tenderetes, se nos instaló un extraño desasosiego en alguna víscera sensible y fuimos perdiendo las ganas de pasear y de ir a un restaurante. Aunque desconcertados, desorientados y aturdidos, pudimos ver la cristalera de una pescadería aún abierta. Reaccionamos con lucidez: compramos un par de esplendorosas pescadillas y regresamos raudos e invisibles a bordo.

Desde Cambrils partimos rumbo al faro del Cabo Tortosa. Había un levante de fuerza tres que nos permitió una buena ceñida. No creía que aquello pudiera durar. Pero, cosa increíble, fueron pasando las horas sin que el viento amainara o rolara, y así llegamos al faro del Cabo Tortosa en unas cuatro horas y media y de un solo bordo. Viramos a estribor y el viento se nos quedó de popa. Aprovechamos la situación para izar el Genaker. Increíblemente, lo izamos a la primera. Con la ligera brisa de popa, el velero se deslizaba  suavemente sobre un mar sin apenas olas. De esta pausada y placentera manera llegamos hasta el faro de los Alfacs. Atracamos en Sant Carles de la Rápita. En este puerto fuimos acogidos (en verdad habría que decir adoptados) por Juan y Mari Ángeles, intrépidos navegantes y autores de sendos libros sobre sus navegaciones a bordo del velero Black Pedro (10).

El día siguiente a nuestra llegada era el 16 de julio, día en que los pescadores y otras gentes de mar honoran a su patrona que no es otra que Nuestra Señora de Monte Carmelo, la Virgen del Carmen para sus devotos. Aunque suponíamos que la celebración de la festividad debía de empezar temprano, con algún tipo de oficio religioso, no fue hasta media mañana que los pescadores embarcaron la imagen de la virgen a bordo de uno de los pesqueros de la Cofradía de Pescadores de la ciudad y organizaron una multitudinaria procesión. Pesqueros, motoras, veleros, barcas y botes iban formando una especie de flota festiva, al son de la  música que tocaba la banda que también iba embarcada a bordo de uno de los arrastreros.

Nos vinieron a buscar Mari Ángeles y Juan a bordo de su embarcación Zara y, a toda máquina, nos integramos a la procesión. Llegados a un punto, la nave que llevaba la virgen y la que llevaba la banda de música formaron una especie de puerta a través de la cual iban pasando el resto de embarcaciones que, en la mayoría de casos, tiraban ramos de flores al mar en homenaje a la virgen. Mientras tanto, nosotros nos manteníamos a prudente distancia de las maniobras, no siempre claras, del resto de embarcaciones, ya que, a juzgar por los movimientos de algunas de ellas, sus pilotos debían de estar  en trance místico.

Tras la procesión, regresamos con calma a puerto, a pesar de que era la hora del almuerzo y la perspectiva de un menú-degustación de mariscos y pescados nos tenía en vilo desde que nuestros amigos nos lo anunciaron al recogernos. Sentados a la mesa del restaurante nos comportamos como personas bien educadas y no nos dejamos nada en los platos. Ni en las copas. A los postres, el ambiente ya era francamente pagano. ¿En qué momento de la historia de este mar perdimos el rumbo y nos dejamos embaucar por “tribunos fanáticos y exegetas parciales, sabios sin convicciones y predicadores sin fe, cronistas oficiales y poetas de circunstancia” (11)?

Después de la comida vinieron las dificultades. No fue tarea fácil regresar a bordo. El sol de julio caía duro sin piedad. El cuerpo, torpe, pesado. Nuestras conciencias obnubiladas tentaban el camino. Sin duda alguna, algún ser mitológico nos cegaba y confundía con oscuros hechizos. ¡Ah, Homero, Homero, que viajes debiste realizar!

Al día siguiente, aún no repuestos del todo de los esfuerzos de la jornada místico-religiosa, se desató un mistral de fuerza 9 que sopló durante más de un día. Cuando empezó el vendaval, un marinero de la marina pasó a distribuir defensas a los barcos amarrados al muelle de espera por si nos hacían falta. Y buena falta que nos hicieron. Cuando la racha cargaba, la escora de los tres veleros que estábamos en el muelle era impresionante.

Pasó el temporal y amaneció un día diáfano. La Sierra del Montsiá, sobre la que remoloneaban unos cúmulos, se recortaba con nitidez sobre un brillante cielo azul. Nosotros ya habíamos superado todas las pruebas a que los dioses nos sometieron. Nos habíamos ganado la libertad de largar amarras. Estábamos preparados para acudir a la llamada de las Columbretes. No temíamos enfrentarnos, si era el caso, a las Escilas y Caribdis que nos salieran al paso. La euforia era, sin duda, mala consejera. Zarpamos poco después de las  ocho de la mañana y, aunque teníamos un viento de fuerza 2, íbamos a motor. Sobre las 14 horas roló el viento a sur de fuerza 4. De proa. Ahí estaba el espíritu del Mediterráneo. Llegamos a Puerto Tofiño sobre las siete de la tarde. Quedamos con los guardas en que llamaríamos al día siguiente a partir de las nueve para concertar la visita a la isla.

A nuestra llegada ya había una lancha pequeña amarrada en una de la boyas de la rada. Más tarde llegaron dos veleros. Y mucho más tarde, llegó una enorme motora que tiró el ancla en la entrada de la rada. Cuando marchó entre las siete y las ocho de la mañana del día siguiente, los guardas de la reserva botaron una lancha rápida y persiguieron a la motora hasta que la alcanzaron. Más tarde nos contaron que le pusieron una denuncia. En Puerto Tofiño esta prohibido que los barcos usen sus anclas para fondear. Hay que amarrarse a las boyas que el Parque Natural pone a disposición de los navegantes.

Al día siguiente nos convocaron para las once. A la llamada acudimos solo dos tripulaciones. Nosotros y la tripulación del San Miguel, un Najad magnífico de cuarenta y tantos pies. A la hora prevista embarcamos a bordo de nuestro bote y nos dirigimos hacia el embarcadero de Puerto Tofiño. Al llegar, pusimos las palmas de nuestras manos sobre las escorias basálticas de los primeros peldaños del muelle. La negra roca estaba fría y brillaba con los rociones de la mar. Amarramos el bote a una bita herrumbrosa. Vicent, el guía que nos acompañaría durante la visita, nos dio la mano y, con su ayuda, saltamos a tierra.

En el camino que subía hacia las Casernes, recorrimos un Via Crucis de telas de araña cuyos hilos resplandecían al contraluz. En cada estación había una araña, inmóvil en el centro de su telaraña. Una estación estaba entre las ramas de un arbusto de alfalfa arbórea; otra, se extendía vibrando entre las palas de una chumbera; en todas, la inmovilidad acechante de la araña me provocaba una cierta repulsión. En la última estación, una mosca atrapada en la tela, estaba a medio devorar por la araña. Desafortunadamente para esta mosca, en el mundo real no hay más estaciones para las víctimas. Quizá sí, sepultura (aunque a veces sea una fosa común); pero no resurrección.

Comenté a Vicent que el día anterior, al atardecer, me había sorprendido la poca presencia de gaviotas. Esto era debido, nos respondió, a la pausa que había en la pesca de arrastre. Para las gaviotas, este arte de pesca constituye una manera fácil de conseguir comida. De inmediato me vino a la memoria la imagen tantas veces vista de los arrastreros regresando a puerto seguidos por una nube de gaviotas alborotadas. Debido a esta pausa, las gaviotas habían emigrado a la costa del continente. Levanté la vista mirando hacia tierra firme. Quizá, pensé, también se habían ido a trabajar en el sector servicios. Entonces, si apenas había gaviotas… ¿qué era aquel grito, ronco, potente y estremecedor, parecido a un gemido, con timbre prácticamente humano y que sonaba como “ággua ággua ággua” que habíamos oído durante la noche?

En principio, nos dijo con gravedad profesional Vicent, es la pardela cenicienta (Calonectris diomedea), una ave pelágica, que pasa la mayor parte de su vida en alta mar y que solo acude a tierra durante el periodo de reproducción. Si bien las pardelas en alta mar suelen ser silenciosas, en tierra se vuelven ruidosas, sobre todo en las noches oscuras en las que lanzan sus gritos. Pero (y en este punto la cara de nuestro anfitrión se volvió cautelosa y reservada), hay quien sostiene que ese grito casi humano que se escucha en las noches oscuras no lo hacen las pardelas, sino las ánimas de unos niños que murieron en la isla y que desde el mundo de ultratumba llaman a los tripulantes de los barcos que amarran en Puerto Tofiño.

Seguimos andando hacia las Casernes y nos detuvimos delante de ellas, en el mismo mirador en que, doce años atrás, al inicio de la primavera, mirara por primera vez estas islas mientras calentaba mis manos alrededor de un vaso de café con leche. En la ardiente plenitud del mediodía del mes de julio, era fácil creer que el tiempo no había hecho mella en nosotros.

En este viaje nos encontramos con una novedad importante. El faro estaba rehabilitado, sino todo, al menos en parte, y era posible visitar la planta baja, en la que una estancia estaba habilitada como sala de exposición. Entramos en el edificio y, desde el pie de la torre del faro, cada uno de nosotros, por turno, levantamos la cabeza hacia arriba para ver cómo ascendía la escalera de caracol hacia la linterna. Pero no era posible subir. Vicent nos llevó hasta la sala de exposición. La estancia estaba pintada de blanco, la colocación de los objetos que se exhibían, aunque ordenada, tenía un aire de ficción, parecía un decorado. En un rincón, sobre una pequeña mesa se agrupaban objetos supuestamente cotidianos de la vida de los antiguos moradores en la isla. En la pared, algún estante mostraba objetos heterogéneos. Entre todos estos objetos había alguna foto. Pero no transmitían nada. Había una carencia absoluta de alma. Miré detenidamente las fotos. Escudriñé las miradas de aquellas personas. Imágenes, solo imágenes. El conjunto no narraba nada.

Al cabo de un rato, el guía conectó un ordenador portátil y nos rogó que nos sentáramos para ver un vídeo. Con la sala casi a oscuras, vimos una sucesión de fotografías (muy bellas, eso sí) en la pantalla del ordenador, al tiempo que sonaba una música. ¿Porqué  no había, por ejemplo, una simple vitrina con muestras de las rocas que forman la isla? ¿Un dibujo que explicara la formación del volcán? Hubiera sido más didáctico que la vacuidad tecnológica del espectáculo turístico que acabábamos de presenciar.

Tras la proyección, salimos del edificio. La visita tocaba a su fin y, antes de abandonar la isla, nos dejaron unos minutos para que paseáramos por las terrazas que rodean al edifico del faro. La grandiosidad del paisaje que volvimos a reencontrar realzó la inanidad de lo que acabábamos de ver. Recordé las palabras del sabio, dichas hacía más de un siglo: “Se siente que, bajo pena de disminución intelectual y moral, es necesario contrabalancear a todo precio por la vista de las grandes escenas de esta tierra, la vulgaridad de tantas cosas feas y mediocres donde los espíritus estrechos ven el testimonio de la civilización moderna” (12).

La gracia y delicada belleza de las blancas y pequeñas torres que coronaban el aljibe recortándose en fuerte contraste sobre los vastos azules de la mar y el cielo, nos impresionaron con la fuerza de una revelación. Un paisaje de equilibrada armonía que se repetía desde tiempos antiguos, de un extremo al otro de este mar: “El paisaje es un producto del tiempo, revela lo que somos, nuestro propio sentido, por lo que constituye un legado cultural, un patrimonio vivo y frágil, un testigo delicado envuelto en el trasiego del territorio” (13).

Cuando descendíamos del faro y le dábamos una última mirada al edificio, nuestro amable guía Vicent nos comentó que, según cuentan viejos marineros, en la noche, cuando la linterna del faro esta encendida se puede ver pasar, contra ella, la sombra de Merche, una niña de once años que murió en la isla y cuyo cuerpo está enterrado en el pequeño cementerio.

Fue pasando el día perezosamente. A media tarde, el patrón del San Miguel nos invitó a tomar una copa a bordo. Embarcamos en nuestro bote y fuimos al abordaje del San Miguel.

Nos recibió la simpática tripulación del velero, arropados por unas arias de ópera que salían de la cabina. Albert, el propietario del San Miguel, nos enseñó el velero. Realmente era hermoso y confortable. La tarde se diluyó, imperceptiblemente, en medio de una agradable conversación de navegaciones, estancias caribeñas, historias y proyectos que acompañamos con unos exquisitos gin tonics.

Por la noche, empezamos a oír los gritos: “ággua ággua ággua…” Nos pusimos a escuchar. ¿Pardelas? ¿Infantiles ánimas en pena? Miramos hacia el faro. Sí, una sombra se deslizaba sin parar… Sin duda alguna “el paisaje es escenario común de vivos y muertos, lugar de reunión de miradas sin tiempo” (14).

Más tarde entró un barca de pesca. Se abarloó a una que ya estaba amarrada a una boya cerca de la entrada de la rada. Oíamos las animadas conversaciones de los pescadores de ambas embarcaciones. Se juntaron las dos tripulaciones en una de las embarcaciónes para cenar. Entre las luces de los fanales de cubierta veíamos el humo de los fogones. A las voces, se iban uniendo las risas. Los goces del cuerpo nos devolvían a la vida terrenal.

Si, el paraíso no era

nostalgia, ni menos

aún, recompensa.

Era un derecho. (15)

Viaje en barco

Xavier Arnau Bofarull.

Notas

(1) Matvejevitch, Pedrag. Breviario Mediterráneo. Barcelona, 1991.

(2) Valéry, Paul. Los cementerios marinos. Madrid, 1970.

(3) Álvarez, José María.  Museo de Cera. Madrid 1978.

(4) Martínez de Pisón, Eduardo. Miradas sobre el paisaje. Madrid 2009.

(5) Martínez de Pisón, Eduardo. Miradas sobre el paisaje. Madrid 2009.

(6) Reclus, Elisée. El Hombre y la Tierra. Barcelona, 1932.

(7) Ibid.

(8) Ibid.

(9) Ibid.

(10) Nicolau Casany, Juan; De La Riva De Bustos, Angeles. Cruzar el Atlántico a vela  y Navegando a vela por el Mediterráneo: a bordo de los veleros Xiulet y Black Pedro. Tarragona,  2011.

(11) Matvejevitch, Pedrag. Breviario Mediterráneo. Barcelona, 1991.

(12) Elisée Reclus. Du Sentiment de la Nature dans les Sociétés Modernes. París 1890.

(13) Martínez de Pisón, Eduardo. Miradas sobre el paisaje. Madrid 2009.

(14)  Martínez de Pisón, Eduardo. Miradas sobre el paisaje. Madrid 2009.

(15) Elytis, Odysseus. Le petit navigateur. Tusson, 2006.

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