Azímut

25 de septiembre de 2017
“Es preciso ver Portugal para completar el paisaje total de nuestra península”, Carmen de Burgos.
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Diccionario de Nueva York

ALFONSO ARMADA

Editorial: PENINSULA
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 408
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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No hay como pasar una temporada larga en una ciudad para empezar a cavar en su subsuelo olvidando que no podemos ser transeúntes, sino parte de ella misma. Si además posees una mirada afinada y curiosa y tienes la dicha de que te interesa casi todo acabas por poner orden en lo imprescindible. Por eso este diccionario, porque Alfonso Armada es de los que poseen una  mirada panorámica sobre la realidad de los lugares en su vínculo con la creación y así podemos imaginar esta relación de temas, personajes y lugares como una cartografía siempre renovada de la ciudad más cosmopolita del mundo.
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    Doña Emilia Pardo Bazán era una mujer fuerte, inteligente y extraordinariamente divertida, además de una viajera impar que dejó testimonio de sus experiencias nómadas en varios libros —Mi romería (Recuerdos de viaje) (1888), Al pie de la torre Eiffel (1889), Por Francia y por Alemania (1889), Por la España pintoresca (1896), Cuarenta días en la Exposición (1900), Por la Europa católica (1902)...—. La escritora que  trató de ingresar sin éxito en la Real Academia de la ...[Leer más]

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Castillo sin fantasmas ni fantasmadas

Tres son los enclaves de brisa exclusiva que merecen la visita de los huéspedes sin edad en Mallorca: la Casa-Museo de Robert Graves, en Deia, la Cartuja de Valdemossa y el Castillo de Son Vida, un hotel de prosapia que se eleva estratégicamente sobre la colina que le da nombre.

20 de julio de 2017

Tres son los enclaves de brisa exclusiva que merecen la visita de los huéspedes sin edad en Mallorca: la Casa-Museo de Robert Graves, en Deia, la Cartuja de Valdemossa y el Castillo de Son Vida. Al primero de ellos, caserón de payés, solo se podía ir invitado en vida del escritor británico, que se la construyó a medida. La bellísima Cartuja hizo hueco al romance entre Chopin y George Sand, aunque acabó perdiendo tanto a sus monjes como el hospedaje de celdas para amantes clandestinos. Así que, con permiso de cuanto hotel encantado se hace valer en la isla, caso de la Residencia, el Castillo de Son Vida se pinta solo por su prosapia. Acaso para postularse como verdadero castillo le falte el fantasma que dé lustre a sus galerías…Pero, a cambio, tiene sábanas de seda en sus habitaciones, que sería una pena ensuciar arrastrando un ánima en pena.

Habitaciones como la que yo ocupé, la número 854, que destaca por las vistas privilegiadas que le asignó la naturaleza, a razón de la terraza que posee sobre los tejados de este cinco estrellas gran lujo. Porque se hace valer así, a modo de altana veneciana, ganando en privacidad cuanto alcanza la vista hasta la pleamar mediterránea, por encima del casco urbano de Palma, que de noche se ilumina como aviso para navegantes del bienestar. No en vano, el Castillo Son Vida se eleva estratégicamente sobre la colina que le da nombre, como si alguna vez hubiera defendido más posiciones que las puramente sociales desde el siglo XIII.

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Cierto que el enclave se menciona por primera vez en un documento de 1518, en tanto que residencia de la acaudalada familia local cuyo apellido rezaba Vida. Pero hubo que esperar hasta 1905 para que su finca urbana ganase altura de castillo, a iniciativa de Nicolau Truyols, Marqués de la Torre. Todo un regalo fue para su amada esposa. Un obsequio que, en la pasada década de los cincuenta, terminó en manos de la sociedad formada por el americano Steve Kusak y el bodeguero isleño Ferrer Ramonella. Ellos son quienes abrieron la finca a las élites del lujo, a modo de urbanización. Y, respondiendo a su llamada, así lo entendieron el potentado saudí Kamal Adham, el primer ministro libanés Rafic Hariri y el no menos millonario Mohamed Al Fayed, antes de comprarse un equipo de fútbol británico. También el famoso traficante de armas Adnan Kashoggi. Y el empresario alemán Helmut Spikker, huyendo él de las deudas. Así mismo, la tenista serbia Anna Ivanovic, cuya estadía en el Son Vida prosiguió a la del ministro Guido Westerwelle, también germano, que allí halló refugio contra la homofobia para su relación sentimental con Michael Mronz. Casi dos millones de euros le costó a la pareja el chalet que preservó su identidad. El ex presidente Adolfo Suárez, por su parte, compró in sito parcela al empresario Matthias Kûhn, en la parte más elevada de la colina Son Vida. La vivienda que el consorte de Norma Duval le vendió tenía diez habitaciones con otros tantos aseos, a lo largo de 1.236 metros cuadrados, con hechura de pentágono. Lástima que el cáncer de su mujer pusiera de nuevo en Madrid a Suárez cuando pensaba retirarse con ella del mundanal ruido. Lástima porque su mansión terminó en poder de una fortuna argentina, en el año 2000, a poco de ser estrenada.

Mucho hasta ahora hablamos de la dolce vita extramuros del castillo, bajo su férula; poco de lo que se cuece puertas adentro. Porque no han dejado de frecuentarlo dignatarios, desde que el 23 de junio de 1961 inauguraron sus cocinas quinientos comensales de la jet. El Castillo Son Vida carece de fantasma en el sentido más metafórico, dado que ninguna de las fortunas que se ha dejado ver entre sus almenas iba de farol. A la semana de su gran fiesta de inauguración, atracó en la isla el yate de Onassis y bajaron de él, rumbo al castillo, el propio Aristóteles, María Callas, Montgomery Cliff, Elsa Martinelli, Charles Farrell, Grace Kelly y el Príncipe Rainero, encargado éste de inaugurar también su campo de golf señero, dos años después. Así que, si sonada fue la gala castelar del 23 de junio en 1961, no lo fue menos la del día 30. Cenó aquella guapa gente de Onassis sus buenas ostras, dejando para los postres y los anales, una jam-session musical de petit comité. Aquella noche la noticia no fue que entonase María Callas canciones griegas, sino que su marido armador la secundase en funciones de tenor, Elsa Maxvell al piano y el príncipe monegasco aplicado a las percusiones. ¿Quién ponía el listón más alto por aquellas fechas? Los amos del lujo en la Costa Azul bendecían también Mallorca, medio siglo atrás, sin entender que la isla pudiera disputarles clientela de etiqueta.

Cine de las sábanas blancas en el Castillo, a falta de fantasmas. Cine para soñar despiertos en el paraíso fiscal del descanso. El star-system de huéspedes que el Son Vida tuvo a partir de entonces incluye al monarca Hassan II y a la familia real española, claro está, tan aficionada ella a las regatas mallorquinas. No se olvida el recuento de las grandes actrices bronceadas desde Briggitte Bardot, Zsa Zsa Gabor y Jennifer López incluidas. Tampoco del director de orquesta Yehudi Menuhin, de Montserrat Caballé, Julio Iglesias y Sting. Pregunten por deportistas de élite que hayan frecuentado el lugar y se les responderá que Nicki Lauda y Gary Kasparov. ¿Una modelo? Margaux Hemingway. ¿Y actores? Jean Paul Belmondo, Anthony Queen y Michael Caine, por citar sólo a unos pocos. Es más, sobre todos ellos podría haber escrito Truman Capote crónicas de sociedad, puesto que también pisó moqueta en el Son Vida. El cineasta Martin Ritt se aisló allí al concluir el rodaje del film El expía que surgió del frío. Almodóvar no salió del hotel hasta tener el guion definitivo de su película Carne trémula. Y, en materia de reuniones confidenciales, Felipe González despachó allí con el canciller austriaco Bruno Kreisky, con Gadafi y con Yasser Arafat. Casi nada. Cómo no llevar al castillo incluso la arena política si, por entonces, hasta 1995, estaba dirigido por el espía Ashraf Marwan. Del yerno del rais egipcio Gamal Abdel Nasser, el bueno de Marwan, se cuenta que trabajaba simultáneamente para el Mossad, la KGB y la CIA.

A día de hoy el castillo es propiedad de la multimillonaria Alexandra Schörghuber, dueña además por familia de las cervezas Paulaner y Karlsberg. Por tanto, no es de extrañar que la fama del Son Vida haya crecido como la espuma, sobre todo a raíz de su remodelación en la década pasada. Una reforma que insistió sobre el brillo de sus picaportes y la pasamanería que da lustre a sus escalinatas, con una armadura completa de caballero andante por principal portero de librea, a vuelta del hall.

Puestos a dejarse agasajar con reverencias, la clientela de la fortaleza viene del aeropuerto en Mercedes años sesenta o Rolls Royce Silver Seraph, dos de los modelos que se atesoran en sus garajes. Modelos que encumbraron el Castillo en las crónicas de sociedad, allá por la era dorada del glamour couché. Una época que ahora trata de reeditar el Castillo, no solo como pasarela para famosos actores, sino también para sus espectadores. ¿Por qué no darles también ocasión a ellos de acariciar sueños de estrella por tierra, mar y aire? ¿No sirven a tal efecto, aparte de su rutilante parque móvil, su heliopuerto y muelle para yates privados?

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Hay enclaves top de la hostelería que envejecen inevitablemente al ritmo de su clientela, cuando el charme se les convierte en caspa y cambia el corte de las americanas fashion. No es el caso del Castillo Son Vida. Y no lo es porque, tal vez, su lifestyle se vea conjurado bajo la protección de la cúpula de vidrio con que el artista Nils Burwitz lo coronó. Una cúpula que reproduce el sistema de conocimiento Ars brevis del filósofo Raimon Llull, precursor medieval de la lógica y la cibernética modernas. Todo en el Castillo anda convenientemente informatizado, como para creer en los fantasmas, aunque no los haya. Fantasmas que pulsan las células fotoeléctricas del confort, para el cliente, sin que nadie se lo pida, hasta que llegas a la suite que el diseñador Enrique Loewe decoró, bautizándola, cómo no, con su apellido de guerra en el clasicismo de los cosméticos y la moda.

Bueno, capaz e inmejorable es el camarero que sabe mantenerse a distancia prudencial del comensal, adivinando al vuelo sus necesidades sin hacerse esperar. Pero en el Castillo existe incluso un servicio de mayordomos que personaliza el trato al cliente hasta el mimo, aparte la atenta mirada de barman, los chefs y sommeliers hacia la clientela. Porque, a la hora del aperitivo, antes de vestirse de largo para cumplir con el té británico, su Bar de Armas escancia champán, acompañando el sushi, las ostras, el salmón báltico e incluso suculentas raciones con jamón de Jabugo. Y el restaurante Es Castell se prodiga en barbacoas, bajo un decorado de maderas nobles y piedra natural que acaba ofreciendo más panorámicas del Mediterráneo, en tanto las cenas de gala quedan restaurante Es Vi adentro, allí donde mandan las tapas de langosta con guacamole y el cochinillo con piña se riega con “flights”, degustaciones de la enorme bodega local, con más de ochocientas referencias en sus anaqueles.

Se ignora si la escritora George Sand conoció o no el Castillo, lo que no obsta para que así se llame su salón de fumadores, en el que figuran ciento setenta marcas de puros y setenta de whiskys, desafiando con solera las leyes de la gravedad “no smoking” que rigen a día de hoy la hostelería cool. Y es que el Castillo ya se inscribió con nombre propio en semejante categoría de hospedajes gracias al diseño minimalista, aparte de las creaciones gastronómicas de su chef Jaume Balada y su cocinero Jordi Calvache. Por lo demás, han encontrado su aggiornamento en el Castillo, como guardianes de su gran tradición señorial, lienzos y murales del renacentista Juan Pantoja de la Cruz y los pintores decimonónicos Fausto Morell, Antoni Ribas y Richard Anckermann. Tanto es así que la sala principal de este reino consagrado a la elegancia intemporal fue bautizada precisamente Anckermann.

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