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Tras las huellas de Heródoto

Crónica de un viaje histórico por Asia Menor

ANTONIO PENADES

Editorial: ALMUZARA
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 352
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Os invitamos a un viaje por la historia que no todo va a ser actualidad. Primera parada Halicarnasso y después le quitamos las telarañas del tiempo a ciudades como Mileto, Priene, Samos, Éfeso, Afrodisias, Huerápolis, Sardes, Esmirna, Focea, Pérgamo, Assos, Troya y Bizancio. Ya no aparecen en nuestros mapas pero Antonio Penadés las revive en todo su esplendor para dejarnos con la boca abierta y la memoria reconstruida. Nos hemos quedado sin palabras.
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Trieste. Viaje a un no-lugar

“Hay momentos en mi vida en los que Trieste se presenta con tal exactitud en mi inconsciente que, dondequiera que esté, me siento transportada hasta allí. Es una sensación comparable a esos instantes arcanos de quietud… en los que se dice que ha pasado un ángel”. Jan Morris.

24 de julio de 2017

La ciudad de Trieste es hoy la capital de la región italiana de Friuli-Venecia-Julia, una región creada a su medida, de apenas sesenta y siete kilómetros cuadrados. Pero a pesar de su entidad administrativa, ha sido casi siempre definida como un no-lugar, como una especie de limbo. Un no-lugar que, paradójicamente, o precisamente por eso, ha atraído a escritores, a artistas y, por supuesto, ha sido codiciado por los imperios y los estados.

La escritora Jan Morris nos describe con pormenor y detalle la ciudad, su historia, su pasado y su presente, su vida cotidiana, en un relato en que entrelaza hábilmente sus paseos y descubrimientos de hoy. Morris la conoce desde el fin de la Segunda Guerra mundial, cuando fue arrebatada a los alemanes por las fuerzas yugoslavas de Tito y por las tropas británicas y neozelandesas, de las que Morris formaba parte. Tras unos años indecisos y conflictivos como Territorio Libre de Trieste, solo será en 1975 cuando se alcance el acuerdo definitivo de partición entre Yugoslavia e Italia.

La antigua Tergeste romana fue el puerto mediterráneo del Imperio Austrohúngaro hasta que, tras  el atroz desmembramiento de éste en 1918, sea entregada a Italia. De los siglos XVIII y XIX datan los mejores edificios y su urbanismo más bello, que contrasta con la banalidad de los suburbios anodinos, ese envilecimiento estético que parece haberse adueñado de todas las antiguas ciudades europeas. La desaparición de los puertos industriales y comerciales que estaban integrados y eran parte de la ciudad la ha privado de esa pátina popular y marginal que tuvo (como ha sucedido en Barcelona y Málaga, con sus viejos puertos convertidos hoy en zonas de ocio). La caída de los imperios ha hecho su estrago en esta ciudad que hoy es solamente italiana.

Jan Morris

Bajo esa globalización superficial de los comercios y establecimientos de todo tipo, iguales en todas partes, Morris sabe descubrir la personalidad de Trieste, todavía vigente en sus rincones y sus señas de identidad. Sin nostalgia alguna, inmisericorde y objetiva, nos habla de esta ciudad que es un residuo de lo que fue una Europa de ciudades más que de naciones, de ciudades hanseáticas, de emporios multiculturales ajenos al nacionalismo, donde hallaban cobijo personas de toda condición, raza y religión. Era una ciudad de la Mitteleuropa, eslava, austríaca e italiana, en el Mediterráneo. Lo mejor de ella es deudor, en cierto modo, de esa época de ciudades casi Estado, como fueron Beirut, Tánger o Alejandría, focos de cultura y de arte hasta que fueron aplastadas y desaparecieron por la presión de gobiernos uniformizadores.

Ha sido una ciudad de exilios, melancólica, introvertida, con una especie de hipocondría endémica, nos dice Morris, un destino de destierros voluntarios. Hasta el rey pretendiente Carlos VII de España se refugiará allí tras el fin de las guerras carlistas (el museo Cerralbo de Madrid guarda muchos documentos  de ese exilio). En otro orden más prosaico, no deja de ser casi una ironía histórica que esta ciudad tan insegura, a caballo de dos países, haya sido siempre un centro de compañías de seguros, como la veterana Lloyd.

Quizá fueron los escritores, nativos y extranjeros, los que más imprimieron de significado a la ciudad, como Italo Svevo o Umberto Saba (y otros más olvidados pero no menos interesantes, como Quarantotti Gambini), y hasta el padre de Natalia Ginzburg. Y de los extranjeros, por supuesto y bien conocido, James Joyce, pero también John McCourt, Richard Burton, Rilke y sin olvidar a Stendhal, al compositor Gustav Mahler, al arqueólogo Wincklemann o a Sigmund Freud. Hoy está plenamente representada, conspicua en el mapa cultural europeo gracias al ensayista y escritor triestino Claudio Magris, que es precisamente de cultura germana e italiana.

Jan Morris aprovecha su relato, entre histórico y actual, para atacar al nacionalismo, ese “patriotismo en estado salvaje” que terminaría desfigurando una ciudad que fue crisol de razas y culturas y brillaba con luz propia. “La falsa pasión de la nación-Estado convertía mi Europa conceptual en una quimera; y por motivos de nacionalidad, la ciudad que me rodeaba aquel día, lejos de formar parte de un poderoso todo ideal, estaba debilitada en su soledad”. El nacionalismo esloveno e italiano ―era una ciudad “a redimir”, como puso de manifiesto Gabriele D’Annunzio―, le irán borrando su pasado.

La escritora y viajera sigue la línea conductora de sus otras obras, como Presencia de España. No se contenta con la descripción, sino que evoca otros tiempos y nos los trae al presente, incluso a su Gales actual. Este es un libro denso, más cerebral, si se puede decir, que sentimental, con mucha información, un libro actual. Es un ensayo o una meditación además de relato de viajes, que nos hace reflexionar sobre el sentido actual de Europa, de la cultura, de sus pueblos y de los ciclos históricos.

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