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Tras las huellas de Heródoto

Crónica de un viaje histórico por Asia Menor

ANTONIO PENADES

Editorial: ALMUZARA
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 352
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Os invitamos a un viaje por la historia que no todo va a ser actualidad. Primera parada Halicarnasso y después le quitamos las telarañas del tiempo a ciudades como Mileto, Priene, Samos, Éfeso, Afrodisias, Huerápolis, Sardes, Esmirna, Focea, Pérgamo, Assos, Troya y Bizancio. Ya no aparecen en nuestros mapas pero Antonio Penadés las revive en todo su esplendor para dejarnos con la boca abierta y la memoria reconstruida. Nos hemos quedado sin palabras.
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Libros de viaje




Pequeña historia de mujeres viajeras y escritoras

Por Maria Elena Casasole. Sor Egeria, Isabel Barredo, la condesa D’Aulnoy, Elisabetta Rangoni, Mary Wortley Montagu, Madame de Stäel, Isabella Bird, Mary Kingsley, Ida Pfiffer, Gertrude Bell, Freya Stark… Son mujeres, son viajeras y son más de las que (a)parecen.

26 de julio de 2017

El abandono del ambiente periférico del hogar permite a la mujer medirse con realidades diferentes y adquirir un bagaje cultural que le había sido negado. En contacto con la diferencia, la mujer empieza un proceso de emancipación que determinará el inicio de una tradición literaria femenina, poniendo fin a la posición hegemónica del hombre. Los textos de viaje de las escritoras nómadas representan un lugar simbólico de formación de la propia identidad, expresión de la subjetividad femenina que, a partir de sus desplazamientos, se apropia de un espacio que siempre había pertenecido al hombre.

La Tierra Santa representa uno de los primeros destinos de las viajeras del siglo XI: Biblia en mano y fe en el corazón, se convierten en las protagonistas del viaje religioso.

Sor Egeria es una viajera española que, animada por una profunda religiosidad, se embarca de Galicia a Oriente en un viaje que durará tres largos años, entre 381 y 384. A pesar de las escasas noticias biográficas, no es difícil intuir que es una mujer fuera de lo común, que se distingue por su coraje y su independencia, por su saber, por la sed de conocer, rasgos que la llevan a seguir los pasos hacia lugares bíblicos. Sus impresiones van a confluir en Itinerarium Egeriae, un manuscrito hallado a finales del ochocientos, falto del principio y de la parte final, en el cual cuenta de forma detallada el viaje a través de la red viaria de las legiones romanas. Su obra representa la primera escritura de viaje pensada enteramente en femenino.

Mujeres viajeras

Después de Sor Egeria muchas mujeres deciden irse de viaje. Margery Kempe, por ejemplo, visita los principales lugares sagrados de la cristiandad asumiendo el papel de una peregrina aventurera. Mujer y madre de trece hijos, decide marcharse tras una visión que la exhorta a abandonar las vanidades del mundo, consiguiendo que su unión con el marido sea casta y empezando a vivir una vida de devoción a Dios. El relato de sus viajes constituye una parte relevante de su libro, The book of Margery Kempe (1436 aproximadamente).

El peregrinaje se convierte en el único viaje permitido a las mujeres, una huida de las constricciones familiares y sociales, un iter espiritual capaz no sólo de transformar su personalidad, sino también de trazar un recorrido que las empuja hacia su emancipación.

Durante los siglos XV y XVI empieza a delinearse el perfil de viajeras intrépidas y aventureras que, a pesar de su anonimato, han contribuido a escribir la historia del viaje que ha llegado hasta nuestros días.

Mujeres viajerasNadie recuerda, por ejemplo, a Isabel Barreto, navegadora del siglo XVI, primera mujer almirante de la historia española que decide acompañar al marido, Álvaro de Mendaña, en su segundo viaje hacia las islas Salomón. Una travesía dura, una verdadera aventura marítima durante la cual pierde a su amado; sin embargo, después de tres meses, consigue arribar a las costas de Manila como comandante del barco. Isabel es una entre las veinte mil mujeres, sobre todo andaluzas y extremeñas, que participan en el descubrimiento del Nuevo Mundo: viajan solas o se reúnen con el marido o son viudas que se encargan de alguna hacienda heredada. Unas se vuelven terratenientes, encomenderas o incluso gobernadoras, otras participan en la lucha al lado de los soldados más valientes.

Las aventuras vividas por estas exploradoras son objeto de conversación en las tertulias de los salones literarios, nacidas en España durante el Siglo de Oro, el único espacio donde mujeres inquietas y curiosas pueden contar con toda libertad sus experiencias, confrontarse y discutir de política, sexo, cultura y viajes. Un espacio que les permite apropiarse de un lenguaje y de una voz pública para exponer sus historias, sustentando al mismo tiempo la educación y la emancipación femenina y reforzando su posición ideológica en el orden social para desafiar las profundas estructuras patriarcales.

Una posición que la literatura de viaje contribuye a consolidar desde finales del siglo XVIII, favoreciendo la educación de las mujeres a través de la función pedagógica y cognitiva del viaje y de la escritura. De hecho, el intento pedagógico de la narrativa de viaje, además de transmitir conocimiento, da informaciones que las mujeres tienen que utilizar para emanciparse.

Estamos en la época del Grand Tour, rito exclusivamente masculino que deja las mujeres al margen de la historia. Es opinión común y compartida que no existió uno femenino: la experiencia se dirige a jóvenes aristócratas varones que se marchan para realizar un viaje iniciático en el cual, a través del conocimiento directo lingüístico y cultural, emprenden un camino de formación y de instrucción a la vez, una fase de perfeccionamiento del futuro caballero diplomático y burócrata.

El viaje cultural no pertenece al género femenino, se concede sólo a mujeres acomodadas que se desplazan junto al marido, recreando incluso en tierra extranjera el mismo ambiente familiar que tienen en su patria; siguen, pues, dedicándose al cuidado de la casa y de los hijos. Sin embargo, la posibilidad de observar una nueva realidad, de marcharse, aunque solo como damas de compañía, abre nuevos horizontes para las mujeres, que hasta ese momento eran meras espectadoras pasivas de los viajes de los demás.

Los exiguos textos de la literatura apodémica femenina permiten acercarse a su manera de pensar, de juzgar los eventos políticos de otros países, la sociedad y los pueblos o de entender su propio sentido del viaje. Se trata en la mayoría de los casos de novelas del género epistolar, que parece ser la única expresión de la especificidad femenina.

Recordamos las cartas de la condesa D’Aulnoy publicadas a finales del seiscientos, Mémoires de la cour d’Espagne, Relation du voyage d’Espagne, las Lettres sur l’Angleterre, la Hollande e l’Italie (1762) de Madame du Boccage, el relato de viaje a través de Francia, Alemania y Rusia en 1785-1786 de Lady Elizabeth Craven y el de la Princesse de Gonzague, Elisabetta Rangoni, escrito para sus amigos durante los recorridos por Italia, Francia y Alemania.

La literatura de viaje de la Europa pre-revolucionaria no parece diferenciarse en los contenidos específicos, sino en el estatus social de las mujeres viajeras. La mayoría de las veces están sujetas a una trabazón familiar, en un contexto de grupo donde su función es solo de compañía, sin provocar rupturas ni arranques de genio. Si por un lado el viaje en grupo mantiene inalterada la condición de la mujer siempre vinculada al núcleo familiar, por otro determina una apertura significativa de los horizontes mentales y geográficos.

En el siglo XVIII, muchas mujeres empiezan a soñar con desplazarse más allá de las elegantes rutas del Grand Tour y giran la mirada hacia el Este. Oriente representa un lugar para la confrontación y la reflexión sobre la propia condición de mujer, permitiendo ese nomadismo que las lleva a superar la dialéctica estatismo-movilidad, interno-externo. El viaje a Oriente tiene sus raíces en el modelo de la antigüedad, el del peregrinaje, aunque ya no es la motivación religiosa que cautiva a los viajeros. El fascinante Islam aparece a los ojos del utilitarista e imperialista Occidente como un lugar de magia y encanto, un lugar quimérico donde refugiarse en busca de un exotismo romántico, donde abandonarse a ese clima de espiritualidad propio de la tierra del Sol.

Mujeres viajerasDel Este llegan las Turkish Embassy Letters (1762) de la escritora inglesa Lady Mary Wortley Montagu, considerada la pionera de la literatura de viaje femenina en Oriente, que relatan la historia de su viaje a Turquía a lado del marido nombrado embajador. Nos ofrecen la lectura de un mundo femenino turco a través de los ojos de una dama de corte inglesa del Setecientos, que abre las puertas al Orientalismo y que permite a su espíritu libre dejar a sus espaldas una sociedad cerrada, y concederse una posibilidad de regeneración. Si bien no subvierte el modelo estereotipado de la mujer viajera con el séquito, Lady Mary va más allá de su papel de mujer y madre y se pone como observadora del mundo visitado, centrándose de modo especial en los espacios exclusivamente femeninos: el harem, propio de las clases sociales acomodadas, es el espacio doméstico de las mujeres orientales, y el hammam (el baño turco), el único lugar de accesibilidad social para las mujeres. Espacios privilegiados por lo tanto de la narración femenina que entran también en la escritura de Cristina Trivulzio di Belgiojoso, aristocrática milanesa que visita Oriente por motivos únicamente políticos, cuya peregrinatio será relatada en el epistolario Souvenirs dans l’exile (1850) y en el diario de viaje Asie Mineure et Syrie (1858) que manifiesta los pensamientos de una mujer que, si bien es libre para viajar, sigue sintiéndose atada a su mundo familiar y a su tierra de adopción.

También hay mujeres comprometidas con la política como Madame de Stäel, que decide vivir un exilio errante. Después de las peregrinaciones por Alemania, descritas en De l’Allemagne (1810), queda fascinada por la cultura alemana y su elogio le cuesta la aversión del gobierno napoleónico y, como consecuencia, el exilio. Corinne ou de l’Italie (1807), en cambio, está escrito después del viaje a Italia, que le permite entrar en profundo contacto con la cultura del pueblo hasta llegar a asumir las perspectivas del mismo.

A partir del Ochocientos, las mujeres alcanzan un nivel de movilidad que las lleva a efectuar grandes viajes en solitario. Es el ambiente puritano y agobiante de la época victoriana inglesa que constituye un trampolín para todas esas mujeres deseosas de romper sus cadenas. No es una casualidad entonces que mujeres inquietas, cultas y fuera de lo común, aparezcan justamente en esta época y decidan marcharse sin renunciar a ser elegantes damas del Imperio británico, aunque en algunos casos estarán obligadas a disfrazarse para pasar desapercibidas.

Mujeres viajerasIsabella Bird es la primera mujer en formar parte de la Real Sociedad Geográfica en Londres, después de dar tres veces la vuelta al mundo. Mary Kingsley recorre en solitario todo el continente negro, regresando a su patria con una amplia colección de insectos, moluscos, plantas, diferentes especies de reptiles y peces, captando la atención de los periodistas sobre el insólito viaje, después del cual sigue la redacción de sus primeros libros Travels in West Africa, Congo Français, Corisco and Cameroon (1897) y West African Studies (1899).

Entre las viajeras más puritanas y misteriosas de todas, destaca la austriaca Ida Pfiffer, un ángel del hogar perfecto que a los cuarenta y cinco años decide visitar remotas y peligrosas regiones, dando dos veces la vuelta al mundo. La primera publicación de su extraordinaria travesía, Eine Frau fährt um die Welt (1851), la hace famosa en toda Europa.

La exploradora Gerdtrude Bell, la reina de Irak, descubre la magia del desierto en 1909, un espacio de libertad lejano de los convencionalismos sociales ingleses; el mismo desierto donde Hester Stanhope, una excéntrica aristocrática inglesa, vive más de sesenta años, convirtiéndose en una suerte de profetisa entre las comunidades druse de Líbano.

Freya Stark, exploradora y ensayista británica, llamada Dama de la Orden del Imperio Británico, es famosa por sus exploraciones en el desierto árabe en 1927, y Alexandra David-Néel emprende una peregrinación mística hasta la capital tibetana, Lhasa, ciudad prohibida a los extranjeros y con la cual establecerá una relación tan fuerte que volverá a los cien años para descubrir el Himalaya y encontrar la iluminación.

Damas fascinadas por Oriente que abandonan sus comodidades para aventurarse en lo ignoto, subvierten los convencionalismos de la sociedad victoriana, confirmando sus ansias de aventura y conocimiento. Mujeres cultas de su tiempo que no se conforman con una vida en la patria, al lado de maridos déspotas e intransigentes y que superan las burlas y las críticas de científicos e intelectuales que las juzgan como mujeres excéntricas y extravagantes y ridiculizan sus empresas. La coraza creada les sirve para protegerse de los ataques de un mundo que las critica y las rechaza.

La revolución industrial aporta un cambio significativo a la historia de los viajes de las mujeres, no sólo gracias a la mejora de las condiciones materiales del viaje, sino también al hecho de que las mujeres ahora desean moverse, deciden sus destinos y empiezan a escribir sobre sí mismas. Las experiencias femeninas están marcadas por el paso de la acción a la representación.

La comparación con la alteridad muda el alma, devuelve la forma a la historia de la mujer, que reconquista autónomamente la identidad de sí y su devenir se afirma como proceso de formación y de determinación. El viaje impone el abandono de los estereotipos que la ven un ser débil e inseguro, le ofrecen la posibilidad de conocer y por lo tanto cambiar, de aproximarse a la realidad en términos concretos y de emancipación.

El viaje de las mujeres es paralelo al desarrollo de los movimientos feministas del siglo XIX, que las ven en lucha por sus derechos. Desde la Revolución Francesa hasta la Primera Guerra Mundial, la cuestión de la mujer se vuelve objeto de debate y de lucha política tanto en Europa como en los Estados Unidos. Se hace estrecho el vínculo entre escritura y rebelión: todo el mundo participa de este clima efervescente encontrando un espacio de reflexión feminista.

Es un tiempo fundamental en la historia de la mujer. Autonomía y movimiento se imponen a su ser: empieza la gran aventura, que la ve no más como mujer o madre, sino como sujeto autónomo en continuo devenir. Viaje y trabajo se dan la mano en esta nueva dimensión femenina: lo que había sido siempre prerrogativa masculina ahora deja el puesto a la mujer que se apropia de espacios hasta ese momento negados, empezando un proceso de emancipación capaz de dar vida a un sujeto nuevo, que adquiere una nueva identidad social e individual.

El primer paso dado hacia la conquista de un espacio diferente respecto al del hogar es el desplazamiento a la ciudad gracias al trabajo y al desarrollo económico y social. Así, de la ciudad al resto del mundo el paso es breve.

El concepto de viaje está en un primer momento fuertemente vinculado al de la emigración: las mujeres que se marchan solas son obreras que van hacia las fábricas, en busca de condiciones laborales más favorables; otras dejan su país con el séquito de la familia quedando todavía en una condición de constricción y dependencia económica. Sin embargo, para ellas el viaje representa una nueva experiencia: es alejamiento de casa, posibilidad de conocer otras jóvenes en su misma condición con las cuales establecer una relación de solidaridad, una posibilidad de confrontarse y de reforzar la pertenencia al género. Las mujeres se convierten en protagonistas de un destino ya no vinculado al ámbito familiar.

En el Occidente contemporáneo las mujeres son ahora libres para viajar, solas o en compañía, poniendo fin a la caracterización sexual de la movilidad. De hecho, la aparición de una conciencia global ha permitido al mundo entero comunicarse entre sí, manifestándose en formas diferentes.

El reciente fenómeno de la globalización ha sido decisivo para la literatura de viaje, que en los últimos años ha tenido un auge sin precedentes y ha consentido abrir las puertas al viaje incluso a grupos sociales hasta hace poco tiempo excluidos, incrementando la frecuencia de los desplazamientos. Estas transformaciones implican una nueva percepción de entender el viaje y consecuentemente de entender el mundo. La transposición de la experiencia en escritura, a través de la imaginación y la memoria, supone hoy no solo la representación de una determinada sociedad o cultura, sino también un ejercicio de introspección, una autorreflexión que permite construir un nuevo ser personal y social, una identidad basada en la dialéctica sujeto/otro.

El viaje se transforma, por tanto, en hecho privado, un viaje interior centrado en la vida emocional de la viajera, una peregrinación romántica donde emerge la sensibilidad del autor y la experiencia personal de la mujer. Se celebra entonces el viaje en solitario y se da importancia a los elementos de crisis personal e ideológica que empujan a la mujer al viaje que representa una oportunidad para redefinir o reinventar la propia personalidad.

Las escritoras están ocupadas en desmontar convenciones y constricciones que siempre han obligado a las mujeres a quedarse en casa a la espera de un hombre que vuelve de un viaje y han impulsado a la transformación del espacio extraño, ese externo de la divagación, en el propio universo. Un espacio que alcanzan a través de la escritura también, símbolo de la conquista de la propia identidad y creatividad, intentando recomponer las fracturas y equilibrar las desigualdades. La adquisición entonces del espacio, público y privado, traducido en el acceso al mundo del saber y del trabajo y, por consecuencia, en la independencia económica, representan el momento en el cual el ambiente cerrado y agobiante del hogar se abandona, a pesar del miedo a lugares extraños e inusuales. Es la circunstancia en la cual empieza el proceso de creación de la mujer y de la escritura de viaje femenina.

La literatura de viaje de las mujeres, pues, oscila entre el desplazamiento de sí mismas y la reconstrucción de una nueva personalidad al contacto con la diferencia. Su condición de alteridad hace aún más complejo el movimiento de identidad, pero útil para adquirir más conciencia de sí.

Sin embargo, la narrativa de viaje pone en común a hombres y mujeres en los principios fundamentales: la mirada curiosa y creativa que observa todo lo que les rodea según sus cánones culturales, un viaje a través de la memoria que recrea el itinerario recorrido para mostrarlo a un público expectante y en busca de aventuras, que les lleva lejos de lo cotidiano o que contribuye a enriquecer su bagaje cultural.

 

Maria Elena Casasole

Sobre mi… Una licenciatura en Idiomas, literatura y ciencia de la traducción; una tesis sobre la literatura de viaje femenina hispanoamericana; un Máster en Turismo y otro en la enseñanza del español para extranjeros. Profesión: Traductora. Nacida en la patria de Cristóbal Colón, su ‘Diario de a bordo’ me lleva a América Latina, en un periplo todo femenino en búsqueda de mí y de mi identidad a través de la comparación con el Otro y el descubrimiento de la diversidad. En el lejano 2007, quedo seducida por la tierra de Don Quijote y desde entonces son las palabras las que viajan. Las llevo lejos, hasta mundos inexplorados, las deshago, las recreo y las transformo. Nunca he dejado de buscar el país de los sueños. El viaje para mi es huida, separación, nostalgia; es la belleza de lo ignoto y el miedo a lo desconocido, es incertidumbre, inestabilidad, rebelión. El viaje para mi es una necesidad vital y constante de conocer y conocerse.

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