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24 de noviembre de 2017
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Flâneuse

Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres

Editorial: MALPASO EDICIONES
Lugar: ES
Año: 0
Páginas: 352
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa dura

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Hoy vamos con una revelación: las mujeres tienen piernas y las usan para caminar. Con ellas van y vienen, transitan los lugares, intervienen los espacios, desafían los mapas con su presencia. Baudelaire nos presentó a su flâneur, el hombre que se pasea sin involucrarse, pero Lauren Elkin nos presenta, a su vez, a la flâneuse, ella misma, una mujer que irrumpe caminando en los lugares en los que sí participa. "Donde el Flâneur mira, la flâneuse perturba y subvierte". Rescatar este hecho esencial, el de la voluntad de movimiento como afirmación de la individualidad, se mezcla en estas crónicas paseantes con el  de otras artistas cuyas huellas ya conocemos: de Martha Gellhorn, en los escenarios del mundo, a Sophie Calle en  París o Venecia, o George Sand o Agnès Varda, o tantas otras maestras en la subversión del movimiento.
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Cimarrones y ruido de sables en la Casa Haití

El Hotel Oloffson es el edificio más antiguo de Puerto Príncipe que se conserva tras el terremoto de 2010. Construido a finales del XIX como residencia de una saga presidencial haitiana, sirvió de inspiración a Graham Greene y al caricaturista que creó la casa de la Familia Addams.

7 de septiembre de 2017

Hay países que tardan en hallar su lugar definitivo en el mapa y no necesariamente a vueltas con la frontera. Países, en fin, incómodos en la propia piel, salvo acometiendo imperios o emitiendo emigrantes, entre guerra civil y desastre natural. Es el caso de Haití, la primera democracia ilustrada de América en tiempos napoleónicos, hoy entre los más misérrimos del planeta. Un país que taló indiscriminadamente sus bosques y busca trabajo al otro lado de su aduana isleña, en Santo Domingo, aprovechando las tareas despreciadas por los dominicanos que cruzan los mares en pos de la prosperidad. Toda una escena bajo mínimos, en fin, la haitiana, inasequible al desaliento del vudú que allí manda desde los siglos del esclavismo, que trajo panteones afro al Nuevo Continente y, tras la Guerra de Secesión yanqui, la primera república negra del mundo.

Viaje a Haití. Hoteles históricosDista mucho Haití de poseer las playas que el turista le raptó a la República Dominicana, en el extremo este de la isla. En compensación, sin embargo, conserva la literatura que autores como Alejo Carpentier vertieron sobre el país, en libros de bandera como El siglo de las luces. Y lo hacen con puerta giratoria en hoteles como el Oloffson, que terminó inmortalizando otra novela, esta vez de Graham Greene, titulada The Comedians (1967). De visita en Puerto Príncipe a finales de los años cuarenta, bajo el gobierno del dictador Papa Doc y sus paramilitares, los Tonton Macoutes, el novelista británico convirtió en narrador y protagonista de su obra al alma máter del Hotel Oloffson. Su aliento contribuyó a sellar y retener el encanto de unos muros que, junto a los del albergue Kinam, sostienen contra viento y marea el modelo “pan de jenjibre” con el que construía mansiones la vieja capital antillana de Pétionville, el barrio residencial de Puerto Príncipe. A la postre, la narrativa de Greene hizo que cierta clientela internacional de diplomáticos y cooperantes, mitómana y leída, sostuviese al Oloffson en pie. Pero, además, lo interesante del caso estriba en el juego literario a que dio lugar cuando, años después, la escritora Nathali de Saint Phalle visitó el enclave con la novela de Greene bajo el brazo y contacto directo con Aubelin Jolicoeur, el aludido alma máter del lugar. En ese momento, Jolicoeur cobró vida más allá de Graham Greene, vengándose de él al convertirlo también en personaje, por obra y gracia de cómo terminó evocándolo ante la escritora francesa. Semejante juego de espejos se complicaría un poco más incluso si consideramos que Greene rebautizó a Jolicouer como “Petit Pierre” en su ficción, aludiendo inevitablemente al nombre en el que Anatole France se reconoce al escribir sus memorias de infancia. Sin embargo, baste con apuntar en esta crónica que Nathalie de Saint Phalle le arrancaba a Jolicoeur las más sabrosas anécdotas en vivo, cuando no se enfrascaba en la lectura de Les Comédiens. Y eso instalada en la suite dedicada a Joan Crawford, al final de una pasarela anexa al hotel, entre la vegetación cerrada. “Fina silueta es la suya, reconocible por sus trajes blancos y sus bastones de pomo. Silueta de periodista excéntrico, efímero ministro de Haití entre dictadura y dictadura. Afectado, culto, mundano, malicioso, enamorado de su isla y… comediante”. Así describe Nathalie al personaje central de Graham Greene. “Cuando las molduras y maderas dentadas de la mansión ganaron forma, hasta ella solo podía accederse en coche de caballos, atravesando un sinuoso y umbrío bosque, al final del cual parecía esperar Shangri-La al viajero”, comentó por su parte de viva voz Jolicoeur a la periodista, reverdeciendo laureles.

El dandy Jolicoeur lucía un apellido que, traducido del francés, venía a significar “corazón alegre”. No es extraño, por tanto, que llegase a comparar su mansión con los delirios del escritor James Hilton. Recuérdese que su libro capital, Horizontes perdidos, propone la ubicación de Shangri-lá, la ciudad budista de las maravillas, donde nadie envejece. Pero nadie se ha demostrado eterno a este lado del edén y Aubelin Jolicoeur dejó este mundo en 2005, no sin antes haber tocado el piano con Bobby Short en su hotel, personalizar allí la llamada “Belle Epoque haitiana” y dar que hablar al mismísimo New York Times, que en sus páginas le reconoció “wit and wisdom”, “ingenio y sabiduría, como sinónimo de prudencia”.

Viaje a Haití. Hoteles históricos

Jolicoeur al hotel Oloffson, en 1948, a los nueve años de haber sido inaugurado y bautizado por el marino germano-sueco que le dio nombre, dejando atrás su hechura de maternidad para las esposas de los marines norteamericanos radicados en la isla. Porque hasta 1934 impusieron en ella sus leyes, terminando con la sucesión de golpistas y presidentes asesinados que abonaba su inestabilidad. No en vano, Jolicoeur dejó escrito: “El diputado Démosthène Simon Sam inauguró la casa en presencia de muchos dignatarios, cuatro de los cuales serían efímeros presidentes de Haití. Dos perecieron trágicamente. Cincinatus Leconte, que murió con la explosión del Palacio Nacional en 1912. También Vilbrun Guillaume Sam, primo de Tirésias Simon Sam, quien se ocupó personalmente de despedazarlo, durante el levantamiento popular de 1915 en la isla…”

Con la ayuda de un terremoto y algo de dinamita, los haitianos demolieron incluso su Palacio Nacional de época, en tanto que símbolo de la corrupción y el abuso de poder que han padecido desde siempre. Por fortuna, no ha corrido idéntica suerte el diseño también criollo y centenario del Ololffson, pese a las grietas de sus muros y su ausencia de mosquiteras en las habitaciones. Tanto es el charme que lo protege a modo de aureola desde que naciera su construcción como residencia privada de Tirésias Simon Sam, presidiente del país entre 1896 y 1902. Queda dicho que su hijo Demosthenes fue quien la levantó en estilo romántico y la familia oligarca vivió allí hasta 1915, momento en el que asumió la presidencia haitiana otro de sus miembros, Vilbrun Guillaume Sam. El último de los Sam en el poder ejecutó a ciento sesenta y siete presos políticos, lo que a la postre trajo la llegada de marines a la isla y su ocupación, con hospital castrense en la residencia de los Sam. Los chicos del Tío Sam en una residencia de nombre familiar… Olió así la residencia a betadine y vendajes, hasta 1935, fecha en la que los norteamericanos se retiraron de la isla y el sueco Gustav Oloffson alquiló la propiedad, con su esposa Margot Tippenhauer y sus dos hijos.

¿Un capitán noruego en Puerto Príncipe? ¿Un rubio trotamundos entre negros cimarrones? ¿Qué le llevó allí? También la marina y la idea de capacitar hosteleramente la isla, con un pie en el sentido de la realidad y otro en el ensueño, capaz de hacerle criar caimanes en la piscina de la mansión y de montar safaris en la isla para sus clientes. Sí, un pie en el ensueño, un guante que a mediados los años cincuenta recogió el fotógrafo francés Roger Coster para relevarle al mando del negocio y sacar brillo a sus decorados. Por aquella época, al Hotel Oloffson se le denominó “Greenwich Village de los trópicos”, dada la cantidad de actores, artistas plásticos e intelectuales que atraía. Todo un firmamento que terminó bautizando las suites del lugar, una a una: Aparte de Graham Greene, el escritor de culto James Jones, la actriz Joan Crawford, el caricaturista Charles Addams y el dramaturgo Arthur John Gielgud dejaron cartel en la suya. Tal vez algunos de estos nombres no digan mucho al profano entre bambalinas de la cultura anglosajona. Se entenderá mejor su importancia si añadimos que Sir John Gielgud ha sido distinguido como el mejor actor británico de todos los tiempos, junto a Lawrence Oliver y Ralph Richardson. Y que el clásico de Hollywood De aquí a la eternidad se basa en la novela homónima de Jones, de igual manera que el famoso serial de la familia Adams lo hace en los dibujos de Charles.

Hotel Oloffson. Viaje a Haití

“Con sus torres, balcones y decoración de madera fretwork parecía de noche una mansión propia de Charles Addams”, apunta Graham Greene en su libro The Comedians, señalando hasta qué punto pudo el hotel influir en la inquietante imaginación del dibujante. Y sigue Greene escribiendo: “Así que esperabas, por qué no, que una bruja te abriera la puerta del hotel. O bien un mayordomo maníaco, con su murciélago entre telarañas tras él. Pero a la luz del sol o cuando las luces se encendían entre las palmas, desprendía el hotel un aire frágil de época, tan bello como absurdo… Se diría la ilustración de un libro de cuentos de hadas “. The New Yorker, a la postre, certificaría que la fachada tropo-gótica del hotel ha modelado sin lugar a dudas el estilismo de Charles Addams, nunca mejor dicho “marca de la casa”. En cuanto a las descripciones que Graham Greene sigue haciendo del hotel, página a página, de nada vale que lo llame Trianon para suscribir que no pasa de pura coincidencia cualquier parecido con la realidad del establecimiento que verdaderamente describe. “Me encontré por primera vez con Gtraham Greene en 1954, gracias a Truman Capote, que me lo presentó en el hotel El Ranchocomo, el célebre autor de El poder y la gloria —rememora Aubelin Jolicoeur—. Hicimos amistad enseguida, porque me siguió hasta el hotel Oloffson y fue en aquel darling of writers and theater people donde se alojó a su regreso a Haití, dos años después (…) Regresó por tercera vez a Haití en 1963. Aprovechó para preparar el libro Los comediantes, título en el cual yo tuve mucho que ver, porque había cogido la costumbre de decir a mis interlocutores que los haitianos eran unos mitómanos, unos farsantes”.

El poeta y cineasta danés Jorgen Leth visitó el hotel en 2012. También la periodista norteamericana Amy Wilentz, que dio nombre a otra de sus suites. Ya para entonces, entre 1960 y 1982, el inmueble había pasado a manos del neoyorquino Al Seitz, que le ganó mayor caché aún, contando entre sus huéspedes habituales con Jacqueline Kennedy Onassis y Mick Jagger. Pero la dictadura de los Duvalier volvió a la carga en la isla, razón de que Richard A. Morse recogiera el testigo del Oloffson en ruinas, sin mayor clientela que la de periodistas y trabajadores extranjeros en el centro de Puerto Príncipe. Ardua tarea fue la suya a la hora de reverdecer sus laureles… De hecho, hubo de emplearse a fondo, implicarse incluso al punto de ejercer como vocalista y compositor del grupo folclórico con el que decidió animar la mansión cada jueves noche, cuando se convertía en banda eléctrica de rock vudú. Así es como Morse logró conciliar en su porche a militares golpistas, agentes del espionaje y el contrabando, matones y revolucionarios, santeros, periodistas, buscavidas y cancilleres, durante los convulsos años noventa que vivió políticamente Haití. Animado cada semana por las serenatas del grupo RAM, el Oloffson volvió por su fueros. Memoria RAM… Recuperó el hotel su identidad alojando a tirios y troyanos, sin que importase quién es quién de muros adentro, en el misterioso reino estético que da a entender. “Los haitianos siempre están contando historia y siempre quieren estar en escena —agrega finalmente Jolicoeur—. Creo que Grham Greene quiso mostrarse amable conmigo al bautizarme Petit Pierre en su libro (…) No obstante, me hizo saber a través de sus amigos que, de haberme descrito tal como me conocía, hubiera parecido un ángel viviente entre demonios”. “Petit Pierre”… Bajo tan anónimo apelativo trazó Anatole France un friso tan malicioso como risueño de su propia infancia, haciendo capitular todo escepticismo frente a la bondad desnuda.

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