Azímut

19 de febrero de 2018
“¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de invierno junto a la ...
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En el silencio

WADE DAVIS

Editorial: PRE-TEXTOS
Lugar: VALENCIA
Año: 0
Páginas: 1148
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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La triste epopeya de  George Mallory,  el mejor alpinista de Gran Bretaña en su momento,  y el inexperto Sandy Irvine, por conquistar el Everest ha sido contada de mil maneras y ha dado pie a excelentes relatos. Lo que nos ha gustado de esta monumental reconstrucción de aquella escalada es el prolijo esfuerzo de su autor por desvelarnos el contexto que la alentó. La servidumbre de intereses de la expansión colonial de Gran Bretaña, la dominación de Asia, la necesidad de dar esperanza y horizontes a una generación rota tras la I Guerra Mundial. Si la montaña siempre ha ofrecido un tesoro de simbolismo de altura, el Everest significaba la cumbre de cualquier ambición. Mucho más que un relato de montaña, desde luego.
Noticias en la Línea
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    Más de veinte siglos después de que los romanos acabasen con los últimos pueblos íberos de la Península Ibérica, ha abierto las puertas en Jaén el único museo del mundo dedicado por entero a esta cultura. La primera exposición temporal ―titulada La dama, el príncipe, el héroe y la diosa― presta especial atención a aquellas mujeres duras que en su día describió Estrabón: "[…] se han visto y se han contado muchas otras cosas de todos los pueblos de Iberia en general, pero ...[Leer más]

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    Durante las tres décadas que el compositor alemán pasó en Viena, cambió de alojamiento casi dos veces al año. Una de sus viviendas, la de la calle Probusgasse 6 de Heiligenstadt (un barrio del distrito 19), ha sido ampliada y convertida en un nuevo Museo Beethoven. El músico se trasladó a lo que entonces era un pueblecito en el campo para descansar su oído en la naturaleza, siguiendo indicaciones médicas. Precisamente fue allí donde, en 1802 redactó el Testamento de ...[Leer más]

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    Lotfia El Nadi fue la primera mujer árabe piloto; obtuvo su licencia en 1933, junto al enojo inicial de su padre (luego el hombre se acostumbró; incluso dejó que le llevara de paseo en avión). Forma parte de la historia de Egipto tanto como el rey Faruk I, el antiguo presidente Gamal Abdel Nasser, la cantante Umm Kulthum o la actriz Faten Hamama; personajes que el artista y diseñador textil Chant Avedissian retrata en su serie Iconos del Nilo a modo de modernos jeroglíficos. Buena ...[Leer más]

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Un viajero, un lector, un amigo

A lo largo de su vida, José María Elósegui recorrió más de 140 países con alma de viajero, de lector y de documentalista, filmando series como ‘La ruta de los exploradores’, ‘La ruta de Samarkanda’, ‘Sahel, la frontera herida’, ‘Los ojos del Himalaya’ o ‘La Sonrisa de los Inuit’.

5 de octubre de 2017

Una de las mayores virtudes de los viajes es que te regalan con frecuencia personas que entran a formar parte de tu vida como si siempre hubieran estado allí. Puede que la afinidad por un destino o el mismo impulso de viajar creen de entrada una complicidad que acerca a los extraños mucho más que años enteros de rutinaria proximidad en tu vida cotidiana.

Conocí a José María Elósegui viajando. ¿Cómo si no? Su vida entera era un viaje. Incluso cuando descansaba en su San Sebastián natal, Chema te transportaba a nuevos horizontes contándote el último libro que le había gustado o el próximo itinerario que iba a realizar.  No creo haber conocido nunca a nadie que leyera más libros de viaje y, a la vez, viajara sin descanso como impulsado por el sueño irrealizable de seguir joven eternamente.

José María Elósegui

La mochila de Chema pesaba lo indecible. No llevaba mucho equipaje a ninguno de sus viajes, pero cuando empezó a viajar no se había inventado el ebook y cuando, mucho después, pudo utilizarlo, lo rechazó. Los libros, su equipaje imprescindible, debían ser de papel, con peso, con textura. No se puede guardar una flor de acacia entre las hojas de una tablet. Ni puede devolverte el olor o el color de la tierra cuando, años después de un viaje, vuelves abrir el libro que leíste en un lugar remoto, de esos en los que descansas cuando te refugias en tus mejores recuerdos.

Viajero impenitente, mi amigo Elósegui disfrutaba de los viajes con tiempo, a pie, en bicicleta, en camión. Su extraordinaria forma física le hacía temible si compartías algún viaje de montaña, y sus hábitos de vida sana eran una fuente de sana envidia y un desperdicio a partes iguales cuando llegaba el momento de poder compartir un güisqui y él, abstemio, lo rechazaba.  Al caer la noche, reunidos en torno a un fuego, en la terraza de un hotel o el salón de un lodge, Chema sacaba su libro y apuntaba notas al margen sobre experiencias vividas, pensamientos que le había provocado la lectura o cualquier idea capturada al vuelo al hilo de la conversación que manteníamos. Sus libros eran sus cuadernos de campo, el recordatorio de tantos y tan buenos momentos, el compañero con quien compartir vivencias.

Cuadernos de viaje

Cuando nos juntábamos en Madrid, por desgracia en contadas ocasiones, nos poníamos al día de nuestros viajes. Yo le enseñaba mis cuadernos de campo y él me hablaba de sus libros, recomendándome inmejorables lecturas. Si había suerte, me enseñaba un libro o unas notas sobre mi siguiente destino. Parecía que Chema hubiera estado ya en todas partes. Y en todas partes había leído, anotado, comentado. Sus libros, miles, eran los cuadernos de campo de un lector. No había dibujos, pero las mismas notas de letra pequeña, abigarrada, se fundían con el texto impreso y componían preciosas imágenes; imágenes viajeras.

Se fue con la misma discreción con la que recorrió el mundo. A pie, sin alharacas, sin llamar la atención. Su meta era el viaje en sí mismo, y no el contarlo ni presumirlo. Como un Joseph Thomson de nuestro siglo, vivió para viajar. Se despidió de todos con una sonrisa y un señorío que ya se le conocía. “He vivido una vida envidiable, exactamente la vida que quería. No tengo miedo. La muerte es algo que nos llega a todos”. Y se marchó tranquilo, feliz, queriendo y siendo querido. Quizá sabía que la meta que había estado persiguiendo durante toda su vida le llegaba por fin: viajar, viajar eternamente por el mero placer de hacerlo.

Cuadernos de viaje

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