Azímut

24 de noviembre de 2017
“Las naciones de la tierra se rigen eminentemente por el miedo: miedo de un tipo ...
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Flâneuse

Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres

Editorial: MALPASO EDICIONES
Lugar: ES
Año: 0
Páginas: 352
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa dura

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Hoy vamos con una revelación: las mujeres tienen piernas y las usan para caminar. Con ellas van y vienen, transitan los lugares, intervienen los espacios, desafían los mapas con su presencia. Baudelaire nos presentó a su flâneur, el hombre que se pasea sin involucrarse, pero Lauren Elkin nos presenta, a su vez, a la flâneuse, ella misma, una mujer que irrumpe caminando en los lugares en los que sí participa. "Donde el Flâneur mira, la flâneuse perturba y subvierte". Rescatar este hecho esencial, el de la voluntad de movimiento como afirmación de la individualidad, se mezcla en estas crónicas paseantes con el  de otras artistas cuyas huellas ya conocemos: de Martha Gellhorn, en los escenarios del mundo, a Sophie Calle en  París o Venecia, o George Sand o Agnès Varda, o tantas otras maestras en la subversión del movimiento.
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Mitos, misterios, fantasmas y fraudes

Islas des-conocidas’ es uno de esos libros para regalar. Con aspecto de libro ilustrado, en el que se impone lo gráfico, se trata sin embargo de un texto muy atractivo acerca de la evolución de las islas en el imaginario y en la ciencia, desde la prehistoria hasta Google Maps.

13 de noviembre de 2017

Después de libros tan maravillosos como Atlas de islas remotas y Fuera de mapa, uno sigue deseando que aterricen en su mesa de trabajo más libros con ese espíritu. Este Islas des-conocidas no decepcionará al amante de aquellas dos obras, con el añadido de presentarse en formato de libro ilustrado, un hermoso ejemplar de buen gusto en el diseño, en la maquetación, el color y todo lo que tenga que ver con las artes visuales. Un libro para regalar y para regalarse, pero no para ser hojeado y guardado en la estantería de libros bonitos sin haber leído el texto. Cada pieza, cada isla, es una demostración literaria de las virtudes de la condensación y la reducción a lo que importa. Cada isla posee un valor añadido, añadido por el hombre o los hombres a lo largo de algún periodo histórico, como para merecerse ella sola un libro de este calado. El trabajo de Malachy Tallack es una puesta a punto perfecta de un motor en el que el combustible es geográfico, histórico, arqueológico, etnológico y etimológico, a lo que cabe añadir cierto saber periodístico narrativo, es decir, de género literario en el que interviene el fraude y esa versión del fraude que tanto amamos que se llama fantasía.

Las islas suelen representar continentes reducidos, autosuficientes. De ahí que o bien sean paraísos naturales, donde la convivencia con la primavera es permanente, o civilizaciones perfectas, donde el hombre ha sido capaz de crear la Polis mejor equilibrada. Partiendo de estos dos tipos de islas, Tallack da por supuesto que todas son reales por el mero hecho de que se pronuncian, de que tienen nombre, de que si existen en las culturas, aunque sea en forma de mito, eso les confiere realidad. Tal vez no verosimilitud, pero ese valor no siempre marca una diferencia de calidad literaria. Para ayudarse en la organización del trabajo, divide las islas en seis bloques, en los que presenta cuatro o cinco ejemplos de cada una de sus categorías. Los bloques van evolucionando de lo legendario a lo científico. De hecho, el primero es un grupo de islas culturales, que son un pueblo porque son parte de su imaginario, de lo que consideran sus orígenes, su ideal. Se trata de islas que son fuente y son destino, orígenes de rituales, por lo general vinculados a la muerte, hacia las que los espíritus viajan de manera que, en estos casos, el mar es un puente entre la vida y la muerte. No se puede ser más isla.

Thule

En el segundo bloque añade lo geográfico a lo mítico, de modo que se pregunta sobre la credibilidad de las mismas, o se da fe de cómo se ha cuestionado a lo largo de siglos. Durante esa temporada, a los cartógrafos les costaba no apuntarlas en los mapas, porque aparecen en los límites de lo navegable. Alcanzarlas suponía una hazaña y cada cultura se apuntala sobre sus héroes. Tallack salta a una precisión más geográfica en las siguientes islas, sobre las que se debatió en los inicios de la ciencia moderna, cuando se exigía la certificación por varios cartógrafos. Estas islas salieron, con frecuencia, de la codicia. El parte podrían basarse en un hallazgo real, tangible, pero en cierta medida son un fraude que necesitó alguien que sostuvo su existencia, contra viento y marea, a partir de un solo avistamiento. Cabe la posibilidad de que fueran islas fugaces, que desaparecieran.

El salto será, pues, hacia las islas románticas, las islas que realmente pudieron existir y hundirse, islas confusas de las que nos cuesta renegar, como la Atlántida. La duda de su existencia surge por la aparición de una isla idéntica en distintas culturas. Triunfarán entre la gente en tiempos de hipótesis y del deseo de ciertos estados de hallarlas para incrementar su producto interior bruto. El siguiente grupo de islas será, pues, las islas tristes, las islas de los perdedores, de los individuos que vieron en ellas sueños de gloria, de desesperados por salir del arroyo, que anticipan las últimas islas, a las que lamentamos llegar, porque supone llegar a nuestra época, donde resulta imposible ocultar algo tan cartográfico como una isla. Serán islas perdidas, tal vez atolones que desaparecieron bajo el mar, jardines ocultos por culpa de algún movimiento de placas tectónicas, o icebergs de tal tamaño que uno pudo confundir con islas durante décadas. La sensación de pérdida se impone, el canto melancólico por los siglos en los que el hombre se enriquecía con la idea de que quedaba mucho sin explorar, el lamento de estar vigilados por los satélites y tener acceso a cualquier rincón a través de un teléfono móvil. Y la desaparición de la navegación como una ciencia para valientes, porque apenas existe la incertidumbre, ni siquiera en el océano. Lo cual nos invita, una vez terminado el libro, a volver a empezar, porque siempre nos quedará el consuelo de la literatura.

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