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“No acometas obra alguna con la furia de la pasión: equivale a hacerse a la ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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La Línea del Horizonte Ediciones




Caminos del arte

Por Jaime L. Lorenzo Saiz-Calleja. El espacio, el paisaje, la ciudad, las circunstancias y el momento en que se camina son ámbitos relatados por pensadores y narradores que han dejado constancia escrita de ello, desde Aristóteles a los románticos, los flâneurs y artistas contemporáneos.

5 de febrero de 2018

Søren Kierkegaard  relacionaba la velocidad a la que caminamos con el ritmo de nuestros pensamientos. Rebecca Solnit (2006, p. 10) propone que la mente trabaja a la velocidad a la que nos movemos a pie (5 Km/h). La cuestión es si también así se activa el proceso creativo del artista. En cualquier caso “[…] debe ser el placer más barato, y no es en absoluto un placer específicamente burgués-capitalista. Es un tesoro del pobre, y hoy en día casi su privilegio”.

Según la tradición de los primeros pobladores de Australia, los antepasados encontraron la superficie de la Tierra cubierta con una costra que, andando sobre ella, fueron rompiendo para desvelar el mundo que se escondía debajo. ¿Acaso no fue este caminar una creación artística?

Quedan huellas en África, de hace unos cuatro millones de años, de tres homínidos caminando. No corrían, no perseguían nada ni huían de nada; simplemente caminaban.

En Grecia, los cínicos buscaban, en la sencillez y frugalidad del caminar, mostrar su rechazo a una sociedad de costumbres corruptas. Más tarde, Aristóteles fundó una Escuela Peripatética en la que las clases se daban caminando por el perípatos, de donde tomaron el nombre. Pero, “[…] lo único que falta en la literatura griega […] son los relatos de los propios paseantes. Quien camina no se enfrenta al acto de pasear con la conciencia aguda de estar haciéndolo” (Javier Mina, 2014, p. 40).

En el siglo XI encontramos una nueva intención en el caminar: ante las dificultades del recorrido hasta Jerusalén, el Camino de Santiago permite al peregrino una forma de expiación. Los peregrinos van recorriendo un camino agotador mientras se van liberando espiritualmente. Aunque el peregrino “[…] no es alguien que se dirige a un lugar […] sino esencialmente alguien que no está en su sitio cuando camina […] es un extraño, un extranjero” (Frédéric Gros, 2014, p. 107).

Caminos del arte

El viaje del director de cine Werner Herzog ([1978] 1981) para estar junto a la crítica Lotte Eisner, ingresada con cáncer en París, tiene muchos componentes de una peregrinación: Herzog camina desde Múnich durante tres semanas de invierno, convencido de que, completándolo, su amiga se curará; intenta una suerte de pacto con la Naturaleza, do ut des: se ofrece a ir andando para, a cambio, liberarla.

En la Edad Media se camina mucho, bien que solo para desplazarse. Los viajes de Xuanzang en el siglo VII, Marco Polo en el siglo XIII o Ibn Battuta se han plasmado en grandes relatos. Pero si el Arcipreste de Hita no hubiera andado en el siglo XIV, careceríamos del relato de sus encuentros amorosos en el Libro de Buen Amor; o no tendríamos las Serranas del Marqués de Santillana, del siglo XV. No tuvieron que ir muy lejos, simplemente a donde les llevaba su trabajo.

El caminar, particularmente por la ciudad, está en la esencia de La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, publicado en 1552 o 1553, y también del Guzmán de Alfarache, de 1599; en realidad, la novela picaresca se desarrolla en torno al caminar de sus protagonistas.

También las crónicas de la exploración de América muestran la fuerza que empuja al camino. De las más conocidas, la de Bernal Díaz del Castillo, publicada póstumamente en 1632; la de Francisco López de Gómara (1552), quien la redacta sin moverse de España; la de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1542), andando desde La Florida hasta México; o la de Alonso Guillén, llamado Alonso de Contreras, escrita en 1630, pero publicada en 1900 (2006), aparentemente inverosímil.

Hay en el siglo XIX una gran actividad de exploración de las zonas aún no documentadas de la Tierra: René Caillié hacia Tombuctú; Domingo Badía (1814), que se hacía llamar Ali Bey, por la cuenca del Mediterráneo; Richard F. Burton ([1860] 1995) tras las fuentes del Nilo; o Michel Vieuchange hasta Esmara, en mitad del desierto, caminan hasta la extenuación tras unos horizontes hasta entonces inalcanzados.

Más recientemente, Laurie Lee ([1969] 2002), huyendo de una vida agobiante y, al tiempo, en busca de la libertad, atraviesa España a pie, desde Vigo hasta Almuñécar, a donde llega en julio de 1936. Escrita en 1969, la descripción de España previa a la Guerra Civil no es colorista ni cae en el exotismo, pero ayuda a comprender mucho de lo que estaba a punto de ocurrir.

Aunque todos ellos, de un modo u otro, andaban por necesidad.

 

Caminar como acto cultural

Los relatos de caminatas no utilitarias comenzarían con la ascensión al Mont Ventoux de Francesco Petrarca ([1353] 2002), que los montañeros consideran el primer documento de su actividad.

Pero al final del siglo XVIII se produce un cambio importante en la forma de percibir el caminar y en su papel en la creación literaria. Su primera aparición como acto cultural consciente se atribuye a Jean-Jacques Rousseau: “Solo puedo meditar cuando estoy andando. Cuando me paro, dejo de pensar; mi mente sólo trabaja con mis piernas” ([1770] 1997).

Poco después, Karl Gottlob Schelle ([1802] 2013) incluye también el paseo por la ciudad y propone una interpretación diferente del caminar, centrada en la forma en que los sentidos inducen reacciones espirituales en el caminante, consecuencia de la atención al entorno.

Mientras, para Rousseau, el borde de la ciudad es un lugar proclive a conflictos y peligros que no puede ayudar al equilibrio armónico entre cultura y naturaleza, para Schelle es precisamente deambulando a lo largo del perímetro de la muralla de la ciudad cómo el paseante puede disfrutar de la naturaleza desde la seguridad para alcanzar la armonía entre razón y sensualidad que el caminar proporciona.

De las dos versiones del camino que Samuel Johnson (1775) y James Boswell (1785) realizaron juntos por Escocia, al que casi inmediatamente describe Dorothy Wordsworth en 1803 (1874), que también utilizará su hermano William, va la misma transformación que de la literatura de la Ilustración a la del Romanticismo. El espacio en el que los paseos se desarrollan es prácticamente el mismo, pero las percepciones de unos y otros son ya radicalmente distintas.

Caminos del arte

El caminar se convierte en seña de identidad del Romanticismo. No hay prácticamente ningún romántico que no camine en busca de lo sublime. Sin embargo, aunque ya en 1902 Leslie Stephen señalaba que “[…] el movimiento literario de finales del siglo XVIII […] se debió en gran parte, si no principalmente, a la renovada práctica de caminar” (p. 265), lo cierto es que su papel en la formación del Romanticismo no ha empezado a considerarse académicamente hasta muy recientemente (Robin Jarvis, 1997).

François-René de Chateaubriand yendo de París a Jerusalén (1811), Friedrich Hölderlin en sus viajes a pie desde Nürtingen y el regreso final desde Burdeos, Friedrich von Schiller, Johann Wolfgang von Goethe, Novalis, Lord Byron, Mary y Percy Bysshe Shelley, Samuel Taylor Coleridge…, todos ellos expresan las emociones, ya definitivamente románticas, que la Naturaleza provoca en un viajero solitario. E, incluso, como argumento a contrario sensu, Tannhäuser en su peregrinación a Roma, “[…] para no gozar de las bellezas de Italia, la atravesé con los ojos vendados. En esto consistió mi penitencia”. No sentir la emoción del camino se convierte, así, en la mayor pena para un romántico.

William Hazlitt, con Dar un paseo ([1821] 2008), y Robert Louis Stevenson, ya en época victoriana, con Excursiones a pie ([1876] 2008), nos muestran dos formas de concebir el caminar.

Mientras, en América, Henry David Thoreau, defensor de la vida sencilla en contacto con la Naturaleza, manifiesta: “creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias […] a deambular por bosques, colinas y praderas” ([1862] 2010, p. 10).

Consecuencia de esta nueva mirada sobre el mundo, la Institución Libre de Enseñanza incorpora el caminar en la actividad pedagógica, comenzando con la Excursión durante las vacaciones del verano de 1883 (1886-1887).

Sin olvidar caminantes de salón, como Xavier de Maistre ([1794] 2007), arrestado en su habitación, o el decadente personaje de Joris-Karl Huysmans ([1884] 1980), cuyo viaje a Londres solo llega a un pub inglés junto a su casa en París. Y no podían faltar los reacios: para Max Beerbohm, “la gente tiende a pensar que hay algo inherentemente noble y virtuoso en el deseo de salir a caminar. Los que así sienten se creen con el derecho de imponer su deseo a quienquiera que vean cómodamente asentado en un sillón, leyendo.”

Y, aunque el periplo descrito en el Ulises de James Joyce ([1922] 1979) no parezca noble y virtuoso, no hace falta más para remover toda clase de referencias, memorias, escenas. Pero Stephen Dedalus camina por una ciudad.

En efecto, ya desde mediados de XIX, siguiendo a Schelle, ha aparecido otra variedad de caminante que, con igual necesidad, no persigue un fin, y cuyo territorio ya no es el campo, sino la ciudad; que no busca esa relación emocional en los espacios abiertos, sino en los rincones escondidos de la ciudad, principalmente Londres y París, que en esa época avanzan en su consolidación.

Empezaríamos con Londres de William Blake (1793), o con el también romántico Thomas de Quincey (1856) y su búsqueda de una percepción nueva desde un estado de alienación narcótica. Y seguiríamos con Charles Dickens (1861) paseando por su ciudad también de noche.

Caminos del arte

Si Dickens habla del deambular, con su sentido de paseo descuidado, Virginia Woolf (1927) habla de cazar por las calles, apuntando a aspectos más inquietantes. Atravesando la ciudad, ocupada por sus colegas ‘cazadores’, para ir a comprar un lápiz, la observa: con el detalle de una foto fija.

Mientras, en París ha surgido un paseante solitario que resultará característico de una época, el flâneur, siempre asociado a Charles Baudelaire: “La muchedumbre es su territorio […] Para el perfecto flâneur […] es un gran placer domiciliarse en la muchedumbre, en el oleaje, en el movimiento, en lo fugaz y el infinito” ([1863] 2008, p. 85), si bien Baudelaire nunca dejó de reconocer su deuda con Edgar Allan Poe ([1840] 1977).

El flâneur deambula por una ciudad de galerías que domina, pero que está condenada a desaparecer transformándose en ciudad moderna. Se convertirá en referente de otros autores como Walter Benjamin ([1980] 2002): será el estado de ánimo del sujeto lo que le permita percibir la ciudad como un espacio abierto, como un paisaje y como espacio cerrado.

Ambas metáforas –la ciudad como el espacio cerrado de la habitación y como el continuo abierto del paisaje– hacen hincapié en la experiencia: en el modo en que el flâneur –el prototipo de ciudadano autoexcluido del sistema y, por tanto, urbano por definición–, habita en la ciudad en permanente conflicto, y usa su espacio invirtiendo sistemáticamente las categorías y, por tanto, las relaciones (Luis Rojo de Castro, 2012, p. 75).

El caminar por la ciudad introduce otra dimensión: “La relación del hombre que camina con su ciudad […] es primeramente una relación afectiva y una experiencia corporal” (Le Breton [2000] 2011, p. 118). Y son los caminantes en su movimiento los que dan lugar a la ciudad.

Para Michel De Certeau ([1990] 1996, pp. 103-122), el caminante urbano, que se mueve en el nivel de la calle, en conexión emocional con su entorno, disfruta de una relación horizontal con la ciudad, frente al mirón, que domina la ciudad con perspectiva global, como un espacio homogéneo donde la individualidad o la variedad no tienen cabida.

 

Caminar como expresión artística

Con la llegada del siglo XX, el caminar entra en el arte europeo. En torno a 1916, Dada, y como continuación los surrealistas, empiezan a experimentar con el caminar; excursiones a lugares insulsos y banales, desplazamientos erráticos por el campo o la ciudad, deambulaciones. Apoyándose en la psiquiatría, defienden bajar al inconsciente para hacer aflorar los mitos que nos dañan y, desde ahí, reconstruirnos. Deambular “[…] consiste en conseguir, mediante el caminar, un estado de hipnosis, una desorientadora pérdida de control. Es un médium a través del cual se entra en contacto con la parte inconsciente del territorio” (André Breton, 1969, p. 84).

La Internacional Letrista, luego Internacional Situacionista, desarrolla conceptos como “urbanismo unitario”, “psicogeografía” y “deriva” (dérive): “El concepto de deriva está ligado indisolublemente al reconocimiento de efectos de naturaleza psicogeográfica, y a la afirmación de un comportamiento lúdico-constructivo […]” (Guy Debord [1956] 1999, p. 54). Los situacionistas no esperan verse sorprendidos por lo insólito o inesperado, sino que van buscando el origen, ese aspecto psíquico de los elementos que constituyen la ciudad y su efecto sobre los sentimientos.

Shõzõ Shimamoto, del grupo japonés Gutai, proponía piezas, como Obra para caminar sobre ella (1955) o Se ruega caminar (1956), en las que la propia obra, dispuesta en el suelo, no se materializa hasta el momento en que el espectador anda sobre ella.

En 1967, Artforum publica el artículo de Robert Smithson, A Tour of the Monuments of Passaic, New Jersey (pp. 52-57), un paseo por la degradación urbana en torno al río Passaic, un paisaje de “[…] restos de memoria de una serie de futuros abandonados.” Junto a Smithson, otros artistas del Land Art, como Carl Andre, Walter De Maria o Dennis Oppenheim, exploran variantes del caminar en los grandes espacios abiertos.

Richard Long, autor de Line (made by) walking (1967), define su obra como “arte acerca de la movilidad, la ligereza y la libertad. Simples acciones creativas de andar y dejar marcas en lugares, localización, tiempo, distancia y medida” (2012) que ha desarrollado por todo el mundo.

Caminos del arte

Hamish Fulton (“No walk, no work”, mantiene) ha evolucionado de paseos individuales en campo abierto, semejantes a los de Long, hacia “slow walks” de cientos de personas andando lentamente y en silencio. Fulton recupera la máxima, atribuida al jefe indio Seattle: “Llévate sólo recuerdos, no dejes más que tus huellas”. A finales del milenio, los recuerdos son fotos. Pero se manifiesta incapaz de andar por la ciudad.

Y volviendo a los caminantes urbanos encontraremos experiencias que incorporan también la relación con otros habitantes de la ciudad: Rape de Yoko Ono, Following Piece de Vito Acconci o Suite Vénitienne de Sophie Calle, abordan la persecución de Otros sin identificar. En contraposición, en Aus der Mappe der Hundigkeit de Valie Export y Peter Weibel, o en Roadworks de Mona Hatoum, las tornas han cambiado y es el Otro el perseguidor.

En 1981, Tehching Hsieh desarrolla su One Year Performance en Nueva York: “[…] nunca entraré al interior. No entraré en ningún edificio, metro, tren, coche, avión, barco, cueva, tienda de campaña. Tendré un saco de dormir”.

Marina Abramović recorre la Gran Muralla de China en la acción The Lovers (Great Wall Walk), cuyo un componente ‘paisajista’ choca, sin embargo, con el fondo de la obra.

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Pero no hay necesidad de irse tan lejos. La reflexión de Arthur Machen, localizada en Londres, es perfectamente aplicable a cualquier otro lugar del mundo:

[…] quien no sea capaz de encontrar maravillas, misterio, miedo, la sensación de un mundo nuevo y un territorio inexplorado en los lugares alrededor de Gray’s Inn Road nunca encontrará esos secretos en ningún otro lugar, ni en el corazón de África ni en las afamadas ciudades escondidas del Tíbet […] Todas las maravillas están a un tiro de piedra de la estación de King’s Cross (1923, p. 323).

Para los artistas caminantes, “[…] el paseo es aprehendido […] como un proceso a partir del cual hacer obra […] Su acción como peatón es sobre todo una cuestión de actuación o de logro del acto de caminar, más que una elaboración y visualización del acto en sí mismo […]” (Thierry Davila, 2001, pp. 95-97), como sería el caso de la imagen más icónica de artista en marcha: La rivoluzione siamo noi (1972), de Joseph Beuys.

Perejaume (2008) demostró que no se puede salir de la ciudad a pie. Una muralla de autopistas, líneas ferroviarias, cercadas para impedir que caminantes u otros animales las atraviesen, resulta infranqueable para quien se desplaza sobre sus piernas. La libertad de movimiento solo se garantiza mediante una máquina. Caminar supone entonces una rebelión.

En Londres, Iain Sinclair (2002) realiza un paseo psicogeográfico en paralelo a la autopista circular (unos 400 km): “Parte de nuestro objetivo de esta circunnavegación de Londres es convertirnos en nuestros padres, en nuestros abuelos; aprender a respetar las líneas de biografía oscurecidas y eliminadas. Al acceder a la fuga replicamos vidas que precedieron a la nuestra” (p. 382).

Las obras de Francis Alÿs se han extendido desde México, donde reside, a otros lugares del mundo, como Nueva York, en donde se desarrolla Pacing: poco después de la destrucción de las Torres Gemelas, el artista registra cuidadosamente su caminar por la ciudad en una pieza con reminiscencias del seguimiento que Quinn hace de Stillman en Ciudad de cristal ([1985] 1997), de Paul Auster, para descubrir, o imaginar, el mensaje que va escribiendo con sus paseos.

Apuntaba Auster que el resultado más relevante fue descubrir la fugacidad de lo realizado y, como corolario, la imposibilidad de compartir o siquiera transmitir lo experimentado. Solo quien realiza el paseo es capaz de disfrutar de su desarrollo; no puede aspirar más que a provocar en otros la necesidad de experimentarlo.

Texto original publicado en URBS. Revista de Estudios Urbanos y Ciencias Sociales.

 

Jaime L. Lorenzo Saiz-Calleja

Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, Máster en Investigación en Arte y Creación por la UCM, actualmente desarrolla su investigación de Doctorado en la Facultad de Bellas Artes de la UCM sobre las formas de creación artística basadas en el caminar y la influencia sobre ellas de la literatura del Romanticismo. Hasta 2017 ha sido docente en la titulación de Bellas Artes en el CES Felipe II de Aranjuez.

arte, caminar, Literatura

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