Azímut

19 de febrero de 2018
“¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de invierno junto a la ...
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En el silencio

WADE DAVIS

Editorial: PRE-TEXTOS
Lugar: VALENCIA
Año: 0
Páginas: 1148
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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La triste epopeya de  George Mallory,  el mejor alpinista de Gran Bretaña en su momento,  y el inexperto Sandy Irvine, por conquistar el Everest ha sido contada de mil maneras y ha dado pie a excelentes relatos. Lo que nos ha gustado de esta monumental reconstrucción de aquella escalada es el prolijo esfuerzo de su autor por desvelarnos el contexto que la alentó. La servidumbre de intereses de la expansión colonial de Gran Bretaña, la dominación de Asia, la necesidad de dar esperanza y horizontes a una generación rota tras la I Guerra Mundial. Si la montaña siempre ha ofrecido un tesoro de simbolismo de altura, el Everest significaba la cumbre de cualquier ambición. Mucho más que un relato de montaña, desde luego.
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La Línea del Horizonte Ediciones




Hacia una poesía de la montaña

Maurice Chappaz  narra en ‘La alta ruta’  un viaje sentimental a través de los Alpes, desde el valle hasta la cima, pasando por el bosque y los glaciares. Para el poeta suizo no existe literatura de montaña, sino escritos de gesta protagonizados por guerreros de la montaña.

12 de febrero de 2018

Antes que nada, debemos avisar de que leer este libro, La alta ruta, supone, en gran medida, leer a Rafael-José Díaz. Este es uno de esos casos en los que, por obligación y por devoción hacia la literatura, hacia el lenguaje, el traductor es un escritor o, si se prefiere, un reescritor. En cualquier caso, un prosista, porque el libro no está escrito en verso, a la vez que un poeta, porque las intenciones del autor, Maurice Chappaz (Lausana, 1916 – Martigny, 2009) son las de comenzar a crear una base para la literatura de montaña y la literatura, todos lo sabemos, comenzó siendo oral, versificada, con cantares de ciego o La Ilíada. En cualquier caso, lírica o épica, comenzó por la poesía. Chappaz parte de la idea de que no existe literatura de montaña. Existen, sí, escritos de gesta protagonizados por guerreros de la montaña. Existen los libros de Messner, por ejemplo, o de Simpson o de Whymper. Pero no existe la literatura de montaña, como existe la del mar, regresando a los clásicos Conrad y Melville, porque en el mar existe el comercio y en la montaña no. Es rara esa hipótesis, la que vincula el comercio con la literatura, dado que nada puede haber menos comercial que el contenido de La Odisea o de La Eneida, siendo puramente mar. Aunque es cierto que buena parte de la obra de Conrad se debe a su oficio como marino mercante, y la caza de la ballena no deja de ser un Macguffin para hablar sobre el contenido del mal en Moby Dick. No se menciona a Stevenson, amante del mar sin contexto comercial, por ejemplo, a no ser que consideremos que la piratería sea propia de los océanos. En realidad, donde habitan los peores piratas es en tierra firme. En el mar son figuras románticas.

Gredos

Javi Gandaki.

Y es ese romanticismo lo que invade a un viejo montañero para emprender este proyecto. Nada hay más propio del romanticismo que la memoria. Y es con ella con la que juega a recorrer, una vez la edad le ha vencido, la ruta que tantas veces atravesó por las altas líneas de los Alpes, del Mont Blanc y sus alrededores. No estamos frente a un atleta de primer grado, sino confrontando a un amante de la naturaleza. Tal vez la clave para valorar la literatura de la montaña y cotejarla a la par con la marina sea esta, precisamente, la naturaleza. Si la literatura del mar, en teoría de Chappaz, brota gracias al comercio, la de la montaña es un subgénero de la literatura de naturaleza. Poca literatura de la naturaleza existe referida al mar, excepto en versos de Alberti y referencias al ocaso, por ejemplo. Pero abundan los vínculos de la literatura de naturaleza. En ese caso, podríamos incluir a Walden y los libros sobre los bosques, a John Muir y a Annie Dillard, en la literatura de montaña o, si se prefiere, del monte. Todo lo que suceda en un valle, sucede, a fin de cuentas, en la montaña.

Chappaz se ubica en el valle para comenzar su ascenso, que atraviesa bosques y glaciares. En lugar de versos, utiliza frases cortas. Cada una de ellas elaborada con ternura, tratando de reproducir lo irreproducible por las limitaciones del lenguaje: una sensación. Así vamos paseando junto a él por momentos fugaces, por escamas, recortes, grietas, geranios o deshielos. Es puramente emocional, lírico y solipsista por necesidad. Claro que el contenido de la poesía romántica, al fin y al cabo, es puro solipsismo: solo se conoce lo que se siente. Chappaz va poco a poco metiendo toda la naturaleza en un libro pequeño, decantado a lo largo de una vida, publicado en 1995, contando él con casi ochenta años. Es espiritual y su religión es Gaia, pero la escala de la religión es humana, no divina, es el mythos, no el logos, porque nada hay menos humano que la ciencia. Ver y oler son los sentidos que más practica, que más le ayudan a rememorar. El río es un personaje, como lo es la savia de los árboles, y son feéricos. El pastor es una especie de deportista, el campesino es un hombre bajo el peso de la obligación, el alpinista profesional un tipo con la misma conciencia que el oficinista. Solo los guardas de los refugios se salvan, auténticos maridos de la montaña. Y en algún momento los guías, aunque presupone que llevan demasiado peso dentro de las botas. Siguiendo su itinerario, Chappaz nos muestra el secreto de la sabiduría, algo que a él se le ha abierto cuando la montaña ha dejado de ser actividad para ser literatura.

La alta ruta, literatura de montaña, Maurice Chappaz, poesia

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