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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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La Línea del Horizonte Ediciones




La muerte de Corto

Hugo Pratt creó a Corto Maltés en 1967, un capitán de mar enigmático que vivió en las primeras tres décadas del siglo XX. De nacionalidad británica, nacido en La Valeta, pasó su infancia en Córdoba, viajó por Egipto, Sudáfrica, las Antillas, India, China, Siberia, América, Irlanda, Francia, Venecia y… ¿murió en la Guerra Civil española?

9 de abril de 2018

Estaba preparando un café cuando escuché la alerta de entrada del PC. Esos días andaba un poco nervioso. Esperaba respuesta de una editorial a la que había enviado una novela para su posible publicación y cada vez que oía el sonido de aviso de la llegada de un correo electrónico me lanzaba raudo a chequear el ordenador. Solté la cafetera y me senté lentamente en el escritorio intuyendo que llegaba la respuesta. Leí la cabecera y sí, esta vez sí venía de la editorial. Una mezcla de ansiedad y emoción recorrió mi cuerpo como una carga eléctrica mientras pulsaba el ratón.

Estimado Gonzalo:

He comenzado a leer su libro pero he debido detenerme en la página 54. Siento comunicarle que a pesar de que me estaba pareciendo una magnífica obra no puedo seguir con su lectura. La causa es que afirma usted que Corto Maltés murió en la guerra civil española, concretamente en la batalla del Ebro, y no puedo dar por válida semejante información.

A pesar de que es cierto que Hugo Pratt sitúa la última aparición de Corto en la Guerra Civil española, disiento en la afirmación de que ahí se produjo la muerte del marino. Ese detalle nunca quedó claro y, de hecho, creo tener pruebas que indican lo contrario. Hace unos meses, cuando mi abuela estaba a punto de cumplir sus ciento seis años, fui a comer a su casa, como era mi costumbre. Pero ese día el brillo de sus ojos era distinto cuando me miraba, más luminoso que habitualmente. En el momento en que me llamó Pier y me propuso ir a montar a caballo comprendí que me había confundido con alguien de su pasado y que ambos discurríamos en ese momento por los días de su juventud. De repente me sumergí como un visitante indiscreto en las historias que mi abuela siempre había guardado para sí. Aproveché para sacar una caja llena de fotografías en blanco y negro y comenzamos a vagar entre todos aquellos personajes. En esos días su voz era apenas un hilo y al principio me pareció haber escuchado mal. Señalaba con un dedo una foto borrosa donde aparecía ella, joven, guapa y elegante, junto a hombre alto, de mentón marcado, moreno y con densas patillas que vestía un gabán oscuro de marino. ¿Qué has dicho, yaya? Corto, volvió a repetir, esta vez claramente. Su mirada se encendió y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces me miró y lentamente vi deslizarse una lágrima por su mejilla. Pensé que quizá esa lágrima había esperado setenta y cinco años en caer. Mi abuela era castellana y guardaba sus pasiones bien ocultas en la profundidad del alma.

En la foto, ella aparecía agarrada al brazo del marinero, ambos estaban de pie sobre un acantilado mirando de perfil a un océano gris. Parecía que alguien hubiera hecho la foto sin que se dieran cuenta. Mi abuela alargó sus temblorosas manos hasta mi rostro y recorrió cada centímetro de mi piel mientras no paraba de repetir: Corto, has vuelto, has vuelto y ahora sí, sí, sí, quiero acompañarte, quiero ver los mares del sur. Más lágrimas cayeron por sus mejillas mientras reía alegremente acariciando mis cabellos. La abracé y no tardó en quedarse dormida en el viejo sillón de orejas.

Me quedé un rato mirándola, respiraba tranquila, sostenía en su mano la foto suavemente. Recuerdo que pensé que no parecía que tuviera casi ciento seis años, veía a una adolescente plácidamente dormida. Justo antes de irme la foto se deslizó entre sus dedos hasta el suelo, en el reverso, escrito a pluma, había unas palabras y una fecha:

Hasta pronto, Maruja

Acantilados del suroeste 1945

C.M

Esa tarde fui a ver a mis padres y les pregunté si sabían algo de aquella historia. Me confesaron que no sabían mucho pero que después de la guerra algo ocurrió entre mis abuelos de lo que nunca se hablaba. Solo sabían que durante la guerra, en la farmacia que tenían en la plaza mayor de Madrid, mis abuelos habían escondido a perseguidos por los milicianos. Eran familiares y conocidos que venían de Torrelaguna y otros pueblos escapando de las vendetas que se produjeron en el pueblo. Bajo el suelo de la farmacia, oculta por una gran mesa donde mi abuelo preparaba los ungüentos y medicamentos, había una trampilla que daba a una húmeda cueva. Allí se hacinaron los perseguidos durante varios años hasta que acabó la guerra. Tiempo después de acabar el conflicto, mi abuela, criada por su padre en la belle époque de las ideas progresistas, entabló amistad con varios intelectuales y comenzó a utilizar aquella misma cueva en la que había escondido a los del otro bando para organizar reuniones clandestinas, aunque parece ser que más literarias que políticas.

En esos tiempos mi abuelo había enfermado y su carácter se volvió agrio y oscuro. Eso alejó mucho a mi abuela de él, su relación se fue haciendo más distante. Una noche mi abuelo volvió a la farmacia a buscar algo que había olvidado y escuchó voces en la cueva. Miró la luz que salía por los resquicios de la trampilla y vio a varios hombres, uno parecía un marinero. Oyó una voz femenina, y en seguida supo que sin duda era su mujer. Estuvo escuchando un rato. De allí salían risas, voces, brindis de libertad y un montón de ideas que le superaban. No dijo nada; probablemente se sentó hasta ordenar las ideas y caminó a casa con una nueva derrota que sumar a su enfermedad.

Mi abuelo era lo contrario que mi abuela: un hombre austero, silencioso, conservador. Cualquier cosa ajena a su mundo le atemorizaba. Nunca militó políticamente y se mantuvo en su pequeña farmacia como si aquella guerra no hubiera ido con él. Sin embargo, siempre simpatizó con el régimen, no podía haber otros buenos. Conocía bien el paseíllo que habían dado los milicianos a unos cuantos amigos y familiares. Al fin y al cabo, los nacionales habían salvado a sus familiares escondidos y Franco significaba seguridad para su pequeño mundo.

A partir de aquí mis padres no sabían más. Un día la relación entre mis abuelos volvió a la normalidad, y tan solo recordaban una cosa extraña que nadie nunca les quiso explicar y siempre les chocó: mi abuelo odiaba el mar con una intensidad que nunca entendieron y jamás visitaba la costa, permaneció siempre en el interior; sin embargo mi abuela tenía siempre una caracola marina sobre la mesilla de noche y no pasaba un verano sin disfrutar del mar al menos unos días. Recordaban también que cuando mi abuela estaba triste, la vieja sirvienta que había servido con ellos desde niños, desde el otro lado de la casa, se arrancaba a cantar siempre la misma canción marinera; entonces mi abuela cerraba los ojos y recuperaba la sonrisa. Al mismo tiempo, mi abuelo, al escuchar las primeras tonadas de aquella canción, cogía su abrigo, su sombrero y sus guantes y salía a la calle a pasear. Esos días solía regresar tarde.

Después del entierro de mi abuela, mis padres me comentaron que entre los objetos con los que había pedido que fuera enterrada estaba una fotografía de mi abuelo y otra fotografía de ella en la que estaba junto a un marinero en un acantilado. Ellos no sabían quién era, pero yo sí.

Desgraciadamente, hemos perdido la foto; pero estimado Gonzalo, después de estos datos no negará usted que es más que improbable que Corto muriera en la batalla del Ebro. Probablemente navegó de nuevo hacia los mares del sur.

Siento no poder publicar su libro, pruebe en otras editoriales, seguro que no tendrá problema, es un buen libro. Entienda que yo, por motivos personales, no podría hacerlo.

Con afecto,

La muerte de Corto

Tuve que releer el mensaje varias veces antes de asimilarlo. Me quedé sentado frente a la pantalla con la mirada perdida, buscando algún tipo de reacción y respuesta que dar al editor.

Podía, sí, enviar el manuscrito a muchas otras editoriales, pero un extraño desasosiego me embargó. A mi lado tenía una copia de la novela encuadernada; la miré mientras una rabia enorme me invadía, no contra el remitente de la carta, sino contra mí mismo. ¿Qué me había llevado a utilizar a Corto como un personaje más? ¿Qué derecho tenía a matarle? ¿A apropiarme de su destino? Lancé el libro violentamente contra la pared y tiré el escritorio con todo lo que había encima. Me sentía profundamente avergonzado de haber utilizado para mi propio beneficio al personaje.

¡A la mierda! Me senté en el suelo y abrí el ordenador; aún funcionaba, la caída había sido amortiguada por los fajos de papeles que habían volado con él. Busque todas las carpetas donde había copias guardadas y fui eliminándolas una por una hasta no dejar rastro alguno de la existencia de la obra. En la pila de la cocina quemé las dos únicas copias en papel que había hecho.

Al día siguiente desperté arrepentido de haberme deshecho del trabajo que tanto esfuerzo me había costado. Quería buscar al culpable así que hasta que no di con la dirección postal de la editorial no paré. Atardecía cuando por fin encontré extraña una página web que no podía abrirse pero que tenía un mapa dibujado del Madrid viejo. El edificio de una calle estaba marcado con una cruz. Con una copia en la mano caminé hasta la dirección. Cava Baja 24. La puerta del portal estaba entornada, la empujé y entré. No había buzones, subí la escalera con intención de preguntar en el primer piso. Sin embargo, las viviendas que fui encontrando estaban selladas con puertas antiocupas. Continué hasta el último piso; allí había una única puerta normal, de madera vieja y desconchada, pero con su mirilla y su timbre. Al llamar sonó el canto de un pájaro.

En el rellano del piso olía intensamente a una extraña y salobre humedad. Me abrió un anciano en zapatillas de felpa y un batín grueso que cerraba un cordón con borlas. A pesar de su antigua vestimenta, olía a colonia, se le veía bien afeitado, sus largas patillas plateadas cuidadas y su escaso pelo perfectamente peinado en un estilo antiguo. Disculpe, he debido equivocarme. Busco Varasek Ediciones, ¿no sabrá usted qué puerta es?

No, pero pase. El hombre abrió un poco más la puerta, se giró y comenzó a caminar por el pasillo en penumbra. Era alto y de anchas espaldas. Con los hombros ligeramente caídos por el paso del tiempo, parecía un viejo nadador.

Le seguí hasta una pequeña salita a la que se accedía a través de una opaca y desgastada cortina granate. La humedad era cada vez más palpable, cada rincón de la pequeña casa parecía estar cubierto de una fina capa de agua, como si el océano acabara de retirarse. Dos sillones de orejas, una lámpara de pie, una mesa camilla y un telescopio eran los únicos muebles de la minúscula habitación. Por el suelo había columnas de libros sin aparente orden. Siéntese, ¿quiere un café? Una cafetera melita dejaba caer en ese momento las gotas de café en un recipiente transparente. Sirvió dos tazas y se sentó; estaba dispuesto a empezar a pedirle explicaciones cuando me detuvo con una señal de su mano. Se levantó la manga y descubrí una vía pinchada en la vena; con habilidad conectó un tubo a la vía, se acercó la lámpara de pie y colgó de ella el gotero. Supuse que era morfina. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? Me dijo fijando sus profundos ojos oscuros en los míos.

Por un instante quedé paralizado, parecía estar en medio de una pesadilla. ¿Qué pensaba decirle a aquel hombre? ¿Qué podía echarle en cara?

Tomamos el café en silencio mirándonos como dos viejos amigos que hace tiempo que no se ven y casi no se reconocen. Después de acabar el café, giró un poco su sillón de tal manera que el telescopio quedó justo a la altura de sus ojos. Fuera era ya noche cerrada, y entre los edificios quedaba un pequeño espacio de cielo donde brillaban pálidas las estrellas. Ajustó la lente y me miró de nuevo indicando con la mano un libro que había sobre la mesa camilla. ¿Le importaría leer en voz alta este libro? Por supuesto, será un placer. Lo tomé en las manos escudriñándolo. Era antiguo, el papel estaba apergaminado. No figuraba nombre de autor ni título, solo tenía un dibujo extraño en la portada, parecía un jeroglífico o un nombre en clave. No lo conocía y nunca había oído hablar de él. Lo abrí y comencé a leer. El texto contenía exclusivamente coordenadas marítimas y cada una de ellas iba acompañada de un nombre de puerto, isla, bahía o cabo. Al principio me pareció extraño pero según mi lectura avanzaba la latitud y la longitud comenzaron a tomar sentido y los nombres de aquellos lugares lejanos y exóticos se convirtieron en una suerte de historia fascinante que no puedo saber cuántas horas duró.

Cuando acabé de leer la última coordenada, el último puerto, levanté la mirada; el hombre seguía inmerso en la observación de las estrellas. Le llamé varias veces pero no recibí respuesta alguna. Continuaba moviendo levemente el telescopio por los lejanos astros. No había despedida posible, vagaba probablemente por algún mar lejano. Eché a un lado la cortina para salir y volví a mirar atrás, el gotero estaba vacío y las zapatillas de felpa se habían escapado de sus pies. Me agaché y volví a colocárselas. Atravesé el pasillo de vuelta arrastrando mis dedos por la húmeda pared. Al abrir la puerta para salir vi tras ella un gabán marinero. Estaba cubierto por un denso polvo blanquecino. Pasé la mano por encima y unas finas estrellas blancas brillaron en mis dedos. Me las llevé a la boca. Eran escamas de flor de sal. Cerré la puerta y regresé a casa.

En mi ordenador tenía un nuevo mensaje de la editorial.

 

Estimado Gonzalo:

Hemos leído el libro que nos remitió y estamos muy interesados en su publicación.

Por favor, póngase en contacto con nosotros en cuanto le sea posible.

Me fijé en el membrete y la dirección.

Ediciones Varasek

Torre Picasso

Planta 12.

 

No podía ser, no era la misma dirección de la que acababa de volver. ¿A quién había visitado? ¿Qué estaba pasando? Marqué el teléfono de la editorial y solicité hablar con el hombre mayor del telescopio. Nadie sabía de quién hablaba. Les pedí que me devolvieran el libro. Al principio no entendieron mi negativa a publicar el libro, me ofrecieron más dinero, pensaron que había llegado a un acuerdo con otra editorial. Finalmente cedieron y enviaron el ejemplar con un mensajero. Una a una fui arrancando las hojas del libro, recortándolas y dándoles diferentes formas carentes de sentido. Con un pincel esparcí color sobre las hojas que ocupaban prácticamente el suelo de la habitación. Lo observé un momento. Aquel conjunto ocre conformaba sin lugar a dudas un paisaje de dunas y en el horizonte, en el otro extremo de la habitación, parecía distinguirse la línea lejana del océano.

Abrí una cerveza y me asomé al balcón. Un bando de grullas pasaba alborotando sobre la ciudad, pero nadie parecía verlas.

Aventura, corto maltés, hugo pratt

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