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13 de diciembre de 2018
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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El Mons Dei está en Aguilar de Campoo

La historia del judeocristianismo es una sucesión de ascensos y descensos de montañas. Una especie de montañismo sobrenatural. Otras religiones, como el hinduismo, recurren también a los montes. Y cuando no hay picos reales en un territorio, se fabrican, como hicieron mayas y egipcios.

29 de noviembre de 2018

Al girar la mirada me sentía rodeado por los montes Carmelo, Tabor, Sinaí, Calvario, Sión, Moria, Ararat, Nebo. También el de los olivos y otro cuyo nombre no se menciona pero que no estaba lejos de la ciudad de Cafarnaúm, en Palestina. Se cuenta que allí se pronunció un sermón que habría de ser luego muy famoso. Algunas de las vistas me conmueven; otras, pocas, me hacen pensar en mi suerte por estar viéndolas; y un reducido número son horribles. No hay un lugar así, obviamente. Se trata de una exposición de arte también con nombre de montaña: Mons Dei, nada menos que “El monte de Dios”, perteneciente a la serie Las Edades del Hombre y que se expone en Aguilar de Campoo, Palencia.

Las montañas de esta exposición son reales, pero lo que se cuenta que sucedió en ellas forma parte de un conjunto de mitos poderosos que incluso a los no creyentes impresionan por la fuerza y la forma del relato.

El que esto escribe, fascinado por las montañas, por algunos libros de la Biblia y ateo militante, observa que la historia del judeocristianismo es una sucesión de ascensos y descensos de montañas. Esas mencionadas al principio y otras más que se me escapan. Una especie de montañismo sobrenatural. Otras religiones como el hinduismo y el budismo recurren también a los montes. Y cuando no hay montañas reales en su territorio, las fabrican. Así hicieron los egipcios y los mayas con sus construcciones.

Una buena parte de los viajes que se hacen, tanto desde la antigüedad como desde el turismo actual, es hacia las montañas. Su atracción es eterna. ¡Tantos viajeros que se mueven para observar o subir a las montañas! Por eso han generado una literatura de viajes tan importante. Como Eduardo Martínez de Pisón, que en sus libros mezcla arte, paisaje, geografía y poesía. O como Gao Xingjian, que en La montaña del alma cuenta la búsqueda del mítico monte Lingshan mezclando personajes sin nombre, leyendas y una sensibilidad poética deslumbrante. Obtuvo el premio Nobel de literatura. Y ya como elección más personal, Maurice Herzog, que en su libro Annapurna, primer 8000, narra la primera subida a una montaña de más de ocho mil metros que realizó junto a Louis Lachenal. Un libro maravilloso.

El Mons Dei está en Aguilar de Campoo

Subir montañas… Se atribuye a George Herbert Mallory la explicación, simultáneamente más vacía y más convincente, de por qué se sube a ellas: porque están ahí. Pero no todos los exploradores son tan neutrales, tan poco ideológicos, tan poco fanáticos como Mallory. En la exposición de las montañas de Dios, los seres humanos suben para cosas terribles o espeluznantes: matar a un hijo en sacrificio, transfigurarse, hablar con Dios o convertirle en notario o portavoz.

Las montañas, junto con el desierto, han sido territorios de dioses o de locos, si es que cabe hacer la diferencia. Algunos trastornados iba a la montaña para perfeccionar su técnica. Una especie de posgrado. Otros iban más cuerdos, pero tras la estancia allí acababan locos. Esa es la historia de los eremitas cristianos. Solitarios, incomunicados y malnutridos, acababan por perder el juicio. Por eso la Iglesia primitiva decidió reunirlos en cenobios y más tarde en monasterios.

Cualquiera que suba una montaña que suponga un esfuerzo, más o menos exigente, sabe bien que al cabo de un tiempo se genera una cierta tendencia a la trascendencia. La montaña coloca en una posición que lleva a considerar el pensamiento lógico y ordenado como algo secundario y a primar la corporalidad. Esa dependencia de la capacidad física, de la fortaleza, puede llevarnos a sentirnos frágiles, vulnerables, aislados, pero también elevados y un tanto ajenos. La línea que separa la humildad y el ascetismo de la soberbia es muy fina. La montaña, concebida como sublime, puede ser resbaladiza para la conciencia. El Moisés que baja del Sinaí tras haber recogido la segunda edición de las tablas (recordemos que las primeras las rompe arrojándolas contra el suelo en un ataque de ira) se nos presenta en las pinturas como alguien enardecido y transfigurado. Siempre es peligroso para el carácter y la inteligencia estar muy por encima de lo normal o muy por debajo. Lucifer o Hefesto están abajo, y miren qué carácter tienen. Zeus está arriba y ocurre lo mismo… aunque también Marilyn vive arriba. La tentación, el deseo y el peligro vienen de arriba. Es curioso destacar que los seres humanos descendemos de primates arborícolas. Solemos amar las alturas y ahí colocamos a dioses, aspiraciones, peligros, tentaciones y deseos.

La exposición Mons Dei habla a los creyentes de su fe valiéndose de los tesoros artísticos que la Iglesia ha ido acumulando a lo largo de los siglos en un alarde de inspiración pedagógica y plástica inigualable. Para los no religiosos, las obras expuestas son un paseo por creencias, fantasías, deseos y realidades que van desde lo sublime a lo ridículo. No es poco para un viaje virtual, físico y mental. Es recomendable acercarse a Aguilar de Campoo y visitar las dos sedes situadas en la iglesia de San Miguel y en la de Santa Cecilia. Si además se da un paseo por las cercanas iglesias y eremitorios de los alrededores, está realizando un viaje por casi mil años de arte. Todo ello en medio de un paisaje singular que no es el atlántico del norte, ni el montañoso de la cordillera, ni el castellano más tradicional que solemos asociar con la Tierra de Campos. La mezcla de arte, paisaje e historia contribuye a que la exposición sea un viaje memorable.

Dentro de las dos sedes, las montañas son accesibles. Aun las míticas. Uno puede subir al monte Carmelo con San Juan de la Cruz guiados por un dibujo hecho por su mano que proviene de la Biblioteca Nacional y en el que encontramos estas misteriosas palabras: “Nada, nada, nada”. O al Olimpo, cuya foto se exhibe, acompañado por alguno de los dioses. Con sumo cuidado. Es bien sabido que muchos de ellos suelen ser muy irascibles.

Toda montaña es mágica. No solamente aquella de Davos de la que parece imposible salir. Y estar en ellas nos transforma, aunque no siempre para bien. Nos hace más delicados o más ásperos. En la exposición de Aguilar nos hace más sutiles.

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  • 03 de diciembre de 2018 a las 14:37

    Herbert Mallory o George Mallory?

    Por enric faura