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  • Cartografiando la Luna

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

Histórico noticias



Quien a buen hotel se arrima, buena sonrisa le cobija

El Acropole es el hotel más antiguo de Jartum, en servicio desde 1952. Faro de la cultura humanista y humanitaria en tierras tan castigadas por la sequía como por la metralla, era la base de muchas ONG internacionales, al ser el único alojamiento con líneas telefónicas fiables.

3 de diciembre de 2018

Bob Geldof dejó allí una emotiva carta de amor y gracias al hacer su check out. Unas letras amanuenses que la Acrópolis del saber hostelero exhibe, en la pared de sus oficinas, desde 1985. El músico británico visitaba Sudán para evaluar sobre el terreno la hambruna, consecuencia de la sequía, por aquellos lares. Y como cuartel general de sus prospecciones eligió el Acropole, un hotel famoso por resistir carros y carretas: turbamultas y golpes de estado o solo intentonas, una tras otra, desde 1969. Conspiraciones y conjuras militares, comunistas o islamófilas. Nacionalizaciones, crisis económicas, saqueos y desbandadas. La actualidad de Sudán y su capital, Jartum, se ha movido entre el espasmo y el estrépito, hasta decir basta, incluyendo la ley seca firmada por el dictador Gaafar Nimeiry en 1983, en virtud de la cual se vaciaron en el Nilo todas las bebidas alcohólicas del país. Una medida coránica que arruinó por los siglos de los siglos la excelente bodega del hotel, rara avis verdaderamente en el Cuerno de Africa. Su latitud, que nada tiene que ver con el Cuerno de la Abundancia, símbolo de la mitología griega que dio lugar a la cornucopia y al  verbo escanciar de los árabes omeyas.

El Acropole respira por sus heridas, sin estertores. En 1988 bombardeó su restaurante el grupo terrorista Abu Nidal. Pero, al poco, se dejaba ver por la tienda de electrónica anexa al hotel Musa Hilal, líder militar de las milicias de Janjaweed, en busca y captura, lo que podría haber derivado en emboscadas y no en encuentros con activistas de los derechos humanos. Si algo sobran por estos lares son traficantes de armas y vendettas tribales. Diríase que el hotel Acropole se acostumbró a cumplir años con el corazón en un puño, sin bajar la guardia. Tanto es así que, para celebrar el cambio de milenio, ante la falta de mayores experiencias fuertes, a su iniciativa se debió el rescate de la polémica cineasta Leni Riefenstahl, cuyo avión se había estrellado en las montañas de Sudán. Fue su personal el que movió ficha y medios técnicos para conseguir el prodigio, que una mujer casi centenaria superase sin apenas despeinarse todo un accidente aéreo. En fin… El hotel demostró así no abandonar nunca huéspedes a su suerte, fuese o no cierta la filiación nazi que se le presumía a Leny Riefenstahl.

Viaje a Jartum, Sudán

El autor neoyorkino Edward Girardet describió la Acropole de Khartoum, en virtud de su sencillez de instalaciones, si acaso subrayadas en términos art decó años treinta, aunque el lugar no abriera sus puertas, en realidad, sino en 1952. Es tanto como decir que el trato familiar dispensado por sus propietarios y personal forma parte básica de su entrañable decoración, amén del agua de sus grifos convenientemente depurada, la limpieza y la seguridad en la comunicación telefónica o vía satélite, pase lo que pase. Asegura haber recibido trato de héroe más de un viajero anònimo aventurado en Sudán. No es para menos, teniendo en cuenta que el turista todavía no localizó en el mapa Jartum hasta hace dos días por expreso deseo de sus autoridades autocráticas y autárquicas. En todo caso, la resistencia a la adversidad no hizo callo en el Acropole. Ni lamenta ni alardea de sus cicatrices como viejo lobo de mar en tierra de secano. Y mucho menos ha vuelto cínico, inmune o fatalista el talante de su servicio. Su humanidad, entendida como sonrisa abierta al forastero, ha creado escuela en tierras de la desconfianza normalmente armada hasta los dientes.

A dentelladas de sonrisa abierta se abrieron históricamente paso los griegos en Sudán. Forman la colonia extranjera más numerosa del país desde que el Nilo Blanco se hizo navegable y probó a sobrevivir en la diáspora con el comercio, la diplomacia en la babel del Imperio Otomano y, por qué no decirlo, el tráfico bajo cuerda de esclavos. Griegos y sudaneses siempre han congeniado, lo cual abrió las puertas africanas al inquieto Panagiotis Pagoulatos de Cefalonia y a su mujer Flora, en 1944. Sudán aumentó su asentamiento griego con aquellos que huían de la Segunda Guerra Mundial y, en contexto tal, gracias a su partida de nacimiento en Alejandría, Panagiotis trabajó como empleado del gobierno británico en Jartum, integrado en la comunidad anglo-egipcia de la urbe, y como contable después, hasta reunir el capital necesario para abrir un club nocturno frente al Palacio del Gobernador. Un club que el propio gobernador de Jartum le cerró debido a su ruido, con Panagiotis ya dueño de la concesión de alcoholes que le permitió abrir una tienda de vinos, una confitería y finalmente, en 1952, el hotel Acropole.

La llamada sharia de septiembre, que en 1883 prohibió el alcohol en todo local público, arruinó a no pocos griegos en Jartum, dedicados como estaban a su distribución y venta. Resistieron sin embargo, en pie, los hijos de Panagliotis Pagaulatos, a cargo del hotel desde 1967. También cuando el atentado de 1988 segó en su restaurante la vida de seis personas, destrozando sin solución sus instalaciones. Entonces reconstruyeron su establecimiento en el edificio de enfrente, para que el hotel no cambiase de dirección, cara a los muchos periodistas, arqueólogos, diplomáticos y miembros de ONGs que lo buscaban como referencia ineludible, con télex y fax, bajo cualquier fuego cruzado que acusase la política de zona tan inestable como Sudán. A ello contribuyó, entre la promulgación de la ley seca y el atentado sufrido en carnes propias, la llamada a la solidaridad de los conciertos de Band Aid. Dos macroconciertos benéficos en Occidente que promovió Bob Geldof al volver de su visita a tierras del hambre africanas. Dos llamadas de atención a la conciencia de los países ricos, que puso en el mapa moderno a Jartum.

La carta que Bob Geldof dirigió de su puño y letra a la dirección del Acropole se deshace en buenos augurios y vaticinios, brindando por el futuro que le espera: ”Veo seis mil habitaciones en su hotel, todas con piscina y jacuzzi…” Tal vez el roquero no contaba estadías simultáneas en el hotel, ampliado como pocos. Tal vez se refería a que su clientela se multiplicaría como los panes y los peces, así lloviesen chuzos de punta misil en los confines del mapa africano. Y, en esa esperanza, quizá, los hermanos Pagaulatos, aún en horas bajas de clientela, apoyaron a Oxfam y Save the Children con el envío de productos de primera necesidad a los campamentos de refugiados que sembró la hambruna de Darfur y Etiopía.

Los libros de viaje recomiendan la “Acrópolis sudanesa” tanto o más que las guías del touroperador. Y más que recomendarla, se refieren a ella en tanto faro de la cultura humanista y humanitaria en tierras tan castigadas por la metralla y la sequía como estas. Puede que, por ello, el actual consulado griego lo gestione honorariamente Gerasimus Pagaulatos en su hotel, liquidada toda oficina diplomática de los griegos en Jartum con los recortes impuestos por el último rescate financiero al país de Alejandro Magno. Pasan de largo las balas y los político por más que silben. Los cimientos de una casa grande sustentan con el tiempo a una gran casa, aprendiendo de las raíces del árbol a dar buena sombra lo mismo que cenáculo. Y ya se sabe que los árboles en el Sahel se cuentan con los dedos de la mano, cuando no se convirtieron en muñones tras el último genocidio.

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