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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Histórico noticias



De casta le viene al hotel en Calcuta

Hoteles en la India hay muchos y buenos, excelentes, excelsos, en cuanto a prestaciones y anales. Muchos de ellos sostienen su reputación gracias a las páginas que la historia de la literatura les dedicó. El Spence fue el cinco estrellas más antiguo de Calcuta y aparece en uno de los libros de Jules Verne.

11 de marzo de 2019

Fue el cinco estrellas más antiguo de Calcuta y murió de viejo, sin agonía ni promesa de dudosa resurrección, como la operada por la cadena The Lalit en el Great Eastern Hotel. Despareció un buen día que las crónicas no tienen muy claro. Entretanto, había trasladado toda su escenografía de la Explanade Row a la Wellesley Place, dejando su espacio original al Edificio del Tesoro británico. Las élites financieras del subcontinente indio, claro está, se fueron con él. Corría el año 1884.

Poco antes, la desbordante imaginación de Jules Verne solo le había descrito tal cual era, al alojarse allí y decidir que los personajes de su libro La casa de vapor hicieran lo propio, en 1880, cuando el hotel llevaba ya medio siglo de existencia. “Antes del amanecer, en la mañana de nuestro comienzo, dejé el Hotel Spence, la residencia que tuve desde mi llegada a Calcuta”, escribe el novelista. ¿Accedió Jules Verne a describirlo con pelos y señales por un buen precio de alojamiento en contrapartida? Graham Greene, Hemingway, Kipling… No son pocos los nombres propios de la gran literatura que en su día lo hicieron, aquí y allá. Gracias a ellos tenemos publicidad en alta definición también de grandes hoteles.

Apenas un despacho del New York Times menciona el Spence durante los años del virreinato en la India, pese a ubicarse junto a su edificio victoriano de gobierno, el ayuntamiento de la ciudad y la iglesia de San Juan. Lo asegura el columnista indio Bishwanath Ghosh, que se tomó la molestia de comprobarlo. Salvo somera mención de 1888 al Spence, muy escueta, por aquella época los ecos de buena sociedad se los lleva el Great Eastern Hotel. El emprendedor John Spence, fundador del hotel, esperaba sentado a ver pasar por delante la competencia hostelera que nacería en una Calcuta, su Calcuta, cada vez más trajeada y ajetreada. Un tal David Wilson abrió en 1836, muy cerca, su panificadora. Y, cuando el éxito del negocio aconsejaba la ampliación, Wilson invirtió en los cimientos del futuro Great Eastern. Un inmueble al que en 1940 llamó Hotel Lord Aukland, en honor al Gobernador General de la India que también residía a dos pasos y, en contrapartida al detalle, seguro que le proporcionaba las primeras reservas de alcoba VIP.

No anidarían en el Spence las intrigas y esparcimientos propios de los británicos en tierra ajena, pese a lo mucho que se cocía en el periodo Raj de su protectorado. El Spence evitó postularse como un british club al uso. Por eso fue elegido por el gobernador de Bengala como terreno neutral para hacer posible el reagrupamiento familiar de la dinastía sij, uno de los eventos que más dio que hablar y que escribir, tanto en la prensa rosa del siglo XIX como a los analistas políticos.

El 16 de enero de 1861 se permitió que Dalip Singh se reencontrase con su madre, la Maharaní Jind Kaur, tras casi trece años de separación forzosa. Cero disturbios al respecto, convertido el reencuentro en emotiva ceremonia, no en reivindicacion política y mucho menos, como hubiera correspondido, en la reparación de una villanía a manos inglesas. Objetivo cumplido en su virreinato. Todo un triunfo de la flema británica, frente a los derechos de sangre caliente que mandan en la India. Con apenas cinco años, en septiembre de 1943, Duleep Singh había sido nombrado maharajá del imperio sij, bajo la regencia de la maharaní. Pero el Tratado de Lahore le puso coto, la maharaní fue encarcelada por los británicos y su hijo, bajo tutela del Dr. John Login, terminó exiliado en Londres, sin haber cumplido aún la mayoría de edad. Fue Login quien finalmente apañó la cita en persona de madre e hijo, visto que hasta el correo se les había intervenido, para evitar que el contacto entre ellos reavivase el nacionalismo sij de la región de Punjab. De hecho, en adelante solo se les permitió estar juntos si vivían en el Reino Unido, que es hacia donde encaminaron sus pasos desde Calcuta. La película Maharaja Duleep Singh: A Monument Of Injustice, reconstruiría los hechos, ya en el 2007, dejando ver las tempranas instalaciones del hotel Spence, en el punto álgido de su argumento. Antes y después, docenas de reportajes y documentales trataron el mismo asunto luctuoso, abundando en la leyenda del maharajá secuestrado y desposeído, que solo se supo como tal cuando ya era demasiado tarde para ejercer gobierno alguno. Un maharajá que pasaría a la Historia por sus caprichos y extravagancias en el exilio dorado.

Viaje a Calcuta, india.

Hoteles en la India hay muchos y buenos, excelentes, excelsos, en cuanto a prestaciones y anales. Muchos de ellos sostienen su reputación gracias a las páginas que la historia de la literatura les dedicó. No ha sido, sin embargo, Jules Verne quien encumbró al Spence, por más que escribiera sobre él y en él. Ahora que ya no aloja a nadie el Spence, se debe a la memoria que dejó de él otro novelista, sin relumbrón en Occidente. Se llama Mani Shankar Mukherjee, escribe en lengua bengalí y su novela titulada Chowringhee (nombre de barriada en Calcuta) pulverizó las cifras de best seller por las que condecoramos a nuestros hombres de letras. Bollywood produce al año más películas que Hollywood y, por las mismas, los mercados asiáticos de la literatura india revelan un poderío inusitado, directamente proporcional al desconocimiento que Occidente atesora sobre la gran civilización del río Ganges.

Shankar hizo de entrada carrera literaria, en los pasados años cincuenta, para honrar negro sobre blanco la figura del británico Noel Frederick Barwell, el abogado que le dio empleo en el Tribunal Superior de Calcuta, como pasante, cuando de adolescente quedó huérfano. Y vista la aceptación que tuvo tal publicación, un día lluvioso de 1962 se refugió en el Spence y decidió escribir sobre su clímax, llamándolo Hotel Shahjahan. Las aguas anegaban el cruce entre la Avenida Central y Dalhousie, a modo de riada, haciendo imposible permanecer a la intemperie. Así que fantaseó con todo un submundo de miserables acaudalados, correfortunas, tiralevitas, arribistas y desheredados exquisitos, en la antigua Wellesley Place, próxima a la Casa del Gobernador británico, lugar al que se trasladó el Spence cuando cedió su solar a lo que hoy es Tribunal contable del Gobierno de Bengala Occidental. Se trataba de un mojón bien conocido para Shankar, pues en las habitaciones de sus empleados había dormido a menudo, secundando las veladas que el abogado Barwell tenía en el hotel. Veladas donde conoció a celebridades de todo pelaje gracias a los contactos y relaciones profesionales de su benefactor.

En base a los retratos literarios de Shankar, por tanto, hay constancia del público que merodeaba por el Spence. Sobre todo porque en tales páginas se aprecia nostalgia, a la hora de retener su pasado de talante aristocrático, frente a la incertidumbre de los nuevos tiempos, los nuevos ricos y la miseria que se reparte a manos llenas en Calcuta, cuando sus inversores se dan a la fuga, recién independizada la India, temiendo disturbios y devaluación de la rupia. El Reino Unido pudo gobernar en la India durante décadas, dado que se lo facilitó su sistema de castas, semejante al canon estamental que rige desde siempre la sociedad británica. Sin embargo, el novelista Shankar no busca solapar la casta al estamento cuando añora el orden británico que permitía a la escocesa Connie trabajar como stripper en el Spence, el noble oficio de la doncella Karabi Guha que atiende a los inquilinos de una suite corporativa y las confidencias de la recepcionista Sata Bose. Todo un banquete de personajes tienen su trasunto en esta novela de ojos bien abiertos, incluido Southerland, el funcionario de la OMS que reside permanentemente en el hotel, con un turbio pasado a cuestas. El encargado de su lavandería, Nityahari, sufre un síndrome de Macbeth que le lleva cada amanecer a purificarse en el río Ganges. Hasta la secretaría de dirección ha escalado Rosie, hija de antiguo esclavos. Connie se hace adivinar el porvenir por parte de Shibdas Debsharma, astróloga de pacotilla, en tanto mantiene por compañero al enano Harry Lambretta. El griego Marco Polo se las promete infelices en matrimonio con la cantante Susan Munro, después de ser criado por sacerdotes italianos en un monasterio. Por el hotel también recala la familia industrial Pakrashi, de cuyo vástago Anindo se enamora la anfitriona Karabi Guha, sin esperanzas, lo cual la conduce al suicidio.

Shankar relata en primera persona su trabajo en la recepción del Spence, al que llega porque el detective Byron se apiada de él viéndole vender cestas a puerta fría. Byron tiene tratos con Marco Polo, gerente del hotel, que le mantiene contratado, mientras los nuevos propietarios indios del hotel deciden o no que tras sus mostradores solo haya caras femeninas. Tampoco hay piedad para Gómez, el viejo músico de Goa que ameniza las noches del Spence, en los años cincuenta. Los nuevos tiempos demandan entretenimientos más rítmicos, para celebrar los enlaces de la alta sociedad.

Calcuta ha dejado de mirarse en el espejo de Londres como megalópolis del buen vivir, cuando pasa a depender solo de Shiva y el resto de las deidades hinduistas. El dispendio establece  entonces sus parapetos, frente a los focos de pobreza galopante que asolan la ciudad del Ganges. Y, desde luego, se deja ver por el Spence para despejar dudas, haciéndose valer con invitados de honor a su sombra, amantes y artistas protegidos. Lo más que el dispendio tolera a las clases desfavorecidas es un traje de botones o maître en el servicio del establecimiento.

A tenor de las fotografías panorámicas que Fredrik Fiebig y John Constantine Stanley nos sirvieron del hotel, en 1851  y 1858 respectivamente, cuesta hacerse idea de su trastienda y entretelas. Shankar ha limpiado máquinas de escribir, entre otras tareas remuneradas hasta ese momento. Pero su primer encargo en el hotel pasa ya por mecanografiar cincuenta menús de desayuno para la clientela, dotados de recetas completamente extrañas para un bengalí. Los huevos revueltos, fritos o escalfados no forman parte de su dieta y, por tanto, tampoco tienen traducción sánscrita su concepto. Aun así, resultan inevitables en el english breakfast, tal como le advierte Jimmy, el mayordomo. Lo mismo que los comportamientos insolentes o vergonzosos de algún que otro cliente adinerado, acostumbrados a la codicia y los tratos sombríos. Sin ir más lejos queda patente en la sala verde del cabaret hotelero, donde el streaptease de la escocesa Connie desnuda miradas y carteras, ante las risas de la azafata de vuelo Sujata Mitra y de la venal bailarina Phokla Chatterjee. Nada que ver con la tristeza que había devorado a Jane Gray, la camarera más famosa del hotel un siglo atrás. “No era tanto un hotel como una marca de identidad –escribe el novelista–. En sus curvas nunca habitó la arrogancia del edificio que aspira a rascacielos, sino el sello de la antigua aristocracia. Como un hermoso brazalete de novia, su neón brillaba en la oscuridad a tres bandas verdirrojas”. “Al menos una docena de novelas sobre hoteles se escriben en este país cada año”, le replica uno de sus personajes en “Chowringhee”.

Y por si no bastase la novela para amueblar en la imaginación de los lectores lo que fue el Spence, dio lugar a una representación teatral y una película en la India, donde se tradujo a todos los idiomas del subcontinente antes de aparecer en inglés hacia 2007 y en francés seis años más tarde. “Cuando me registré en el hotel estaba lleno de caras conocidas y familiares –apunta otro de los protagonistas del libro–. Algunos se marcharon tras el desayuno. Otros, después del almuerzo. Los había que se fueron pasada la hora del té. Ahora, en el momento de la cena, no queda nadie. Me siento un patriarca fuera de lugar, en torno a la mesa vacía”. No encontró Shankar metáfora más gráfica y elegante para referirse a la inexorable desintegración del Spence. Seguramente no la hay.

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