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  • China: Cinco miradas de mujer

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

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    Giambattista Piranesi soñó siempre con ser arquitecto, pero la única obra que llegó a ejecutar fue la restauración de una pequeña iglesia en el Aventino, una de las siete colinas que dominan Roma, donde yace enterrado. Sus arquitecturas las desplegó en grabados como los que se conservan en la Biblioteca Nacional de España, expuestos hasta el 27 de septiembre para celebrar por adelantado el tercer centenario del artista italiano. Entre las muchas estampas están las celebérrimas vistas...[Leer más]

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    Al noroeste de Namibia, en una vasta región denominada Kaokoland, habitan los himba, la tribu más bella de todo el continente africano. Perfectamente adaptados a un medio natural hosco y estéril, los pastores himba (unos 10.000 individuos) viven de espaldas a un mundo en constante cambio, aislados en pequeños kraales donde abrazan la forma de vida y tradiciones de sus ancestros. Su nombre, himba, significa mendigos, y su historia habla de persecuciones y expolios por parte de otras ...[Leer más]

Histórico noticias



Leila Guerriero, retratos al natural

Leila Guerriero no es únicamente una de las más destacadas escritoras de crónicas y reportajes de América Latina, sino que es, además, una de las que más ha reflexionado y escrito sobre lo que se ha dado en llamar periodismo literario. Un género que la argentina practica con particular acierto es el perfil.

15 de abril de 2019

Leila Guerriero no es únicamente una de las más destacadas escritoras de crónicas y reportajes de América Latina, sino que es, además, una de las que más ha reflexionado y escrito sobre lo que se ha dado en llamar periodismo literario. En ese sentido, leer algunos de sus mejores trabajos periodísticos recogidos en un libro como Frutos extraños y paralelamente sus conferencias y cursos que se pueden encontrar en Zona de obras es una experiencia interesante, por más que los límites nunca estén del todo claros: hay mucha autoconciencia, muchas referencias al propio oficio, la expresión de dudas sobre lo que se está haciendo en las crónicas y, al mismo tiempo, sus charlas tienen mucho de narración y están cuajadas de metáforas.

Una forma específica de crónica que Leila Guerriero practica con particular acierto es el perfil, y a ese género pertenecen dos de sus últimos libros publicados en España: Plano americano y Opus Gelber. Se trata de un género arriesgado como pocos. La relación que establece la periodista con la persona a la que va a dedicar su semblanza es la del retratista paciente y perspicaz, alguien dotado extraordinariamente para captar los detalles. Pero esto no es algo que se pueda hacer en una única visita. Antes ha de ganarse la confianza del retratado o la retratada, ha de hacer que se sienta cómodo, que pierda la rigidez de todo aquel que se sabe expuesto. No se trata de plasmar en la tela lo que está a la vista. O no simplemente eso. Cuando vemos un retrato de la familia real pintado por Goya vemos mucho más que un rey o una reina con sus hijos: vemos cosas que seguramente a ellos no les gustaría que viéramos. Aunque es muy probable que el retratado vea una cosa distinta de lo que vemos los espectadores. Esto sospechamos que debe de ocurrir en muchos de los perfiles de Leila Guerriero. Y esta es la primera dificultad con la que se debe encontrar: la de definir la relación. Es de suponer que hay una especie de pacto más o menos explícito. Las dos partes saben que no se quiere hacer una entrevista más, pero tampoco saben con antelación cuál va a ser el resultado. De hecho, en la mayoría de las ocasiones, lo que menos importa es lo que dicen. Importa el contexto, el entorno, el lenguaje corporal, las reacciones espontáneas, las llamadas telefónicas para anular una cita, los objetos que rodean a la persona estudiada, lo que opinan de ella los demás. Todo importa mucho más que las anécdotas y las afirmaciones repetidas hasta la saciedad a lo largo de una vida. Inevitablemente muchos y muchas han debido sentirse decepcionados y traicionados. Pero tampoco eso es nuevo.

Algunos antecedentes conocidos por todos deben servir a cualquier periodista de advertencia. Para empezar el de Truman Capote y su relación ambigua, deshonesta, obscena en muchos sentidos, con los asesinos de A sangre fría. O más recientemente el de Javier Cercas y sus problemas legales con Enric Marco, que se fingió superviviente de los campos de concentración y llegó a ser presidente de la asociación Amical de Mauthausen y a quien Cercas entrevistó en varias ocasiones mientras escribía su libro El impostor. Pero ha sido Janet Malcolm quien ha analizado esta relación con más detalle. Su obra El periodista y el asesino (escrita también a partir de un caso parecido, el del periodista Joe McGinniss demandado por Jeffrey MacDonald, un asesino con quien se había visto en la cárcel en muchas ocasiones) empieza, como es sabido, con esta afirmación lapidaria: Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno.

Periodismo literario.

Leyendo algunos perfiles de Leila Guerriero se tiene la sensación de que en unos casos los protagonistas ni siquiera saben muy bien lo que está haciendo esa periodista que viene una y otra vez. En el que dedica a María Nieves Rego, por ejemplo (Tangos de amor y odio), ella le advierte desde el principio que ya le hicieron su biografía y hasta una película. Todo lo que quieras saber, le dice, lo vas a encontrar ahí. Y a pesar de todo acepta conversar con Leila Guerriero y recibirla todas las veces que quiera. Seguramente no sabe quién es ni qué quiere. Hay un momento divertido en el que la periodista, después de varios encuentros, le dice a María Nieves que quiere hablar con sus hermanos. Ella trata de disuadirle, pero cede finalmente y llama por teléfono a su hermana.

—Piro, me dice la periodista que te quiere llamar por teléfono. ¿O vos querés hacerlo ahora, nena? No, Piro, dice que ahora no, que mejor en la casa, así toma notas con la máquina. ¿Mañana a las dos podés, nena? Dice que sí, Piro. ¿Y vos cómo estás Piro? Ah, boludeando. Si, yo también. Me cansé de hablar de mí. Estoy repitiendo todo lo que dije en el libro, Piro. ¿Cómo te llamás vos, nena?

—Leila.

—Se llama Leida.

—Leila.

—Leila. Con ele las dos veces. Leila Garrido.

—Guerriero.

—Laila Guerriero. Bueno, dale. Mañana te llama, Piro. Entre dos y dos y media te llama, Piro. Así que estate al lado del teléfono. A mí me vino puntual, si. Chau Piro.

Corta y dice:

—Listo.

—Gracias, María. Bueno, me voy porque ya me odia, ¿no?

—No, nena. Yo no te odio. Yo, si odio a alguien, es a mí misma. Por aceptarte. Pero no te voy a odiar a vos.

Después de leer el perfil entendemos cuál es el interés de la periodista en profundizar en la historia de una mujer que llevó el tango por los más importantes escenarios del mundo y que tuvo una relación de amor-odio, tóxica en muchos sentidos, con Juan Carlos Copes, su pareja dentro y fuera del espectáculo; una mujer que conoció noches de gloria, tan lejanas de aquellas de su infancia en las que vio con demasiada frecuencia a su padre golpeando violentamente a su madre. Pero, ¿cuál es el interés de María Nieves Rego, que seguramente ni se tomó la molestia de leer el resultado? Quizá la clave está en la última frase: “Gracias por interesarte en mí, nena”.

En el otro extremo estaría Claudio Bertoni, tan consciente, posiblemente tan vanidoso y en cierto modo tan comprometido con lo que está haciendo Leila Guerriero que no duda en mandarle diferentes emails en los que le dice cosas como éstas: “Querida, creo que nunca te dije al fin tampoco desde cuándo escribo / es denver colorado el 63 un par de líneas en un cuadernito / de ahí en adelante no me he separado jamás de cuadernos y libretitas de distintos tamaños hasta el día de hoy / un abrazo y para mi fue muy bueno hablar contigo también / c bertoni” (mail recibido el 8 de marzo de 2017, tres días después de la entrevista). Y unas páginas más adelante: “Querida, más molestias / cuando te hablé de músicos contemporáneos te mencioné creo a Mike Kanemitsu / si lo hice, me equivoqué, el músico en cuestión y de mi gusto es TORU TAKEMITSU / kanemitsu es un amigo del poeta frank ohara / te casi prometo no recordar más o por lo menos no enviar lo que recuerdo / un abrazo y lo mejor para ti”(email recibido el 9 de marzo de 2017, cuatro días después de la entrevista).

Son estas reacciones, estos comentarios y estos apuntes marginales, este material de desecho, en definitiva, el que nos da más pistas sobre la personalidad del retratado o la retratada.

Entre los retratados de Leila Guerriero los hay que parece que disponen las cosas para que ella las vea de una determinada manera y los hay que se enfrentan sin filtro, como Amelita Baltar. Uno de los días, cuando la periodista llega a su casa, le abre la puerta una chica joven y la deja allá en la sala, esperando. “Son las cuatro de la tarde. En el departamento del último piso están los tres perros, los tres gatos, y todo a merced: casillas de emails abiertas, cajones, cartas, agenda. En la biblioteca hay libros de Pablo Neruda, Mario Benedetti, Orhan Pamuk, Ibsen, Pirandello…” Diez minutos más tarde llega ella y a lo largo de la conversación, después de hablar de mil cosas, a una pregunta sobre si le iba bien con los hombres ella responde: “No se me escapaba nadie. Por un día o por diez o por tres meses. Estuviera yo en el estado civil que estuviera. Y volvía a mi casa y disfrutaba sin culpas. Era un modo de vivir muy masculino. Pero era muy discreta. Nos encontrábamos en un hotelito, entre las dos y las cuatro de la tarde. Yo decía que me iba a buscar a Mariano a la escuela y salía un rato antes: ‘Voy a comprar zapatos’. Pero ahora ya está. Yo soy muy creyente, y como el Señor perdona todo, ya tengo todo perdonado”.

Otra constante que se puede apreciar en casi todas los perfiles de Leila Guerriero es la multiplicidad de puntos de vista. No se conforma con escuchar el discurso oficial. Ella, obviamente, no es una psicoanalista, pero trata de ir más allá del relato que tenemos listo para los demás y a menudo también para nosotros mismos, y que no es más que una fachada. Es muy sensible a todas estas anécdotas que contamos una y otra vez. Hablando de Aurora Venturini, escribe en un momento: “Se empeña en dar nombres, siempre los mismos, y se empeña en contar de esos nombres siempre las mismas cosas: que a Eva Perón se le hinchaban los pies de tanto trabajar, que Sartre lloraba cuando iba al cine a ver El muelle de las brumas, que Maurice Chevallier cantaba cuando compraba el pan. Nombres, nombres, nombres”.

La manera de salir de este bucle de las cantinelas es conduciendo la conversación por derroteros poco transitados y contrastándolas con la forma cómo ven a sus retratados sus amigos, sus familiares, sus compañeros. Algunas de los momentos más interesantes de Plano americano son precisamente cuando nos cuenta la misma historia desde dos puntos de vista. Por ejemplo la relación amorosa intensa de la poeta Idea Vilariño con Juan Carlos Onetti, a quien después de la ruptura dedicó los versos bellísimos y terribles de su poema Ya no, que escribe en 1958: “Ya no será / ya no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / no te besaré al irme… No me abrazarás nunca como esta noche / nunca / no volveré a tocarte / no te veré morir”. La historia de este amor, como la de la propia Idea Vilariño, es tremenda, pero aún lo es más si lo complementamos con el perfil que dedica a Dorothea Mur, la mujer de Onetti, que conocía y aceptaba todas sus infidelidades. El retrato se titula significativamente La entrega. Dorothea Mur fue una violinista notable, con su propia carrera musical, pero que se sorprende de que alguien se interese en ella.

—Siempre le preguntan por Juan.

—Obviamente. Todas las entrevistas que he tenido eran por Juan, no por mí.

—¿Eso no la incomoda?

—No, ¿por qué? ¡Me parece maravilloso!

—¿Usted siente que, de los dos, él era la figura importante?

—Que pregunta, tonta, querida. Claro. Él era único.

También en el perfil del editor Daniel Divinski tiene que desdoblarse para entender el conflicto y la ruptura con la que fue su socia y su pareja Kuki Miller. O tiene que calibrar el peso exacto de una ausencia tan poderosa como la de María Elena Walsh en el perfil que dedica a Sara Facio.

En esa multiplicidad de puntos de vista se incluye el repaso de todo lo que se ha escrito sobre ellos y ellas; al fin y al cabo, casi todos son artistas relevantes a los que han dedicado libros y a los que han entrevistado muchas veces. Estas fuentes adquieren más importancia cuando Leila Guerriero se ocupa de personas fallecidas hace tiempo, como Pedro Henriquez Ureña o Roberto Arlt. En estos casos es asombrosa la manera cómo va tirando de hilos muy frágiles, cómo va siguiendo huellas ya casi borradas, visita barrios totalmente cambiados y se entrevista con personas que tienen apenas un vago recuerdo infantil, y con todo este material endeble, casi vaporoso, reconstruye unas vidas fascinantes.

La fidelidad al lenguaje y a la forma de hablar de sus entrevistados son también aspectos importantes en estos perfiles. Bastante más que lo que dicen. Esta fidelidad puede llegar al extremo de parecer casi una caricatura o un pastiche. En una crónica titulada El amigo chino, donde trata de entender la vida del tendero al que le compra la fruta en su barrio, se encuentran diálogos así:

—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas…cómo dice.

—La muralla china.

—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.

También lo vemos en el perfil de Marta Minujín, una artista de prestigio internacional, autora de montajes provocadores y a la que le precedía los escándalos, y que se relacionó con gente como Chomsky, Warhol o Dalí, que se titula El mundo, y el mundo de Marta Minujín. Poco después de informarnos de que durante un tiempo “empezó a tomar alcohol y cocaína como loca”. Guerriero transcribe esta conversación, donde aún parece advertirse, en las repeticiones y los cambios de rumbo, los restos de esas adicciones:

—Pero no sós muy mística.

—No, para nada, para nada, pero creo en la magia del arte. Pensá que en el ochenta y ocho empecé La Torre de Babel y ahora la hago. Creo que soy genial como Picasso. Aunque parezca terrible, terrible, terrible, pero lo creo. Creo que soy genial como Picasso. Y que he hecho proyectos que nadie en el mundo hizo. La idea del arte de participación masiva. Ahora tengo treinta mil libros y hago participar a todo el mundo. Ya vamos llegando al barrio. ¿Ves? Se pone cada vez peor.

En el retrato de Amelita Baltar, después de transcribir una batería de afirmaciones, Guerriero explica: “Encadena las frases con verborragia bulímica, como si sus palabras hicieran un esfuerzo descomunal por ir detrás de un pensamiento que salta de una cosa a otra sin hacer pie”.

Leila Guerriero es una gran escritora y cada poco nos deslumbra con hallazgos poéticos, esto es parte del encanto de sus textos. Por lo demás, cada perfil de los que recoge en Plano americano tiene una estructura diferente. Es cierto que son interesantes, porque las personas de las que se ocupa tienes personalidades complejas y vivencias extraordinarias, son artistas únicos y originales y, al mismo tiempo, seres humanos solitarios, deprimidos, disparatados. Pero no es solo por eso, es la manera de abordarlos, el ángulo desde el que los ilumina, lo que convierte estos perfiles en especiales. La información va fluyendo de manera desordenada, con saltos adelante y atrás. En casi todos aparece la figura del padre y de la madre, por ejemplo, pero no necesariamente al principio. La propia Leila es una presencia discreta, sí, pero notable, porque lo que tienen todos estos perfiles en común es que nos cuenta el proceso y el resultado al mismo tiempo. Nos habla de Nicanor Parra, de Juan José Millás, de Facundo Cabral, de Hebe Uhart, de Nicola Constantino; pero nos habla también, y mucho, de la propia Leila Guerriero cogiendo el subte o el avión para ir a visitarlos, y de su puntualidad, y de los comentarios que hacen sobre lo delgada que está, y de sus casas y cómo la invitan a sentarse y de cómo contestan al teléfono mientras ella está ahí.

Todo esto, pero con una lente de aumento, lo vemos en Opus Gelber, el libro que dedica a Bruno Gelber, uno de los tres pianistas de fama mundial que ha dado Argentina en la segunda mitad del siglo XX (los otros son Daniel Baremboim y Martha Argerich) y seguramente el de personalidad más compleja de los tres. Los perfiles de Plano americano no suelen tener más de treinta páginas. El que dedica a Gelber tiene más de trescientas. Aquí, por tanto, la extrañeza es mucho mayor y las dudas que quedan suspendidas al terminar el libro son mucho más inquietantes. Llegamos a la última página sin saber si hemos asistido a una vida vacía o si ahí se esconden secretos en los que Leila Guerriero, después de meses y meses de bucear, no ha conseguido penetrar.

En una de sus conferencias Leila Guerriero dice: “Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulso, tener la fe del pescador —y su paciencia— y el ascetismo del que se olvida de sí —de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones— para ponerse al servicio de la historia de otro”. En alguna ocasión ella misma ha contado que cuando hizo la crónica de Jorge Busetto, un médico con un extraordinario parecido con Freddy Mercury y que se hizo famoso en Argentina con una banda tributo a Queen, hubo un momento, después de varias semanas con él, en que algo hizo clic y entendió muchas cosas. Fue poco antes de uno de los conciertos. Se habían juntado en la casa de Busetto para prepararse y el batería estaba encerrado en el baño con un ataque de diarrea. Busetto, ya totalmente preparado para el show, con chaleco de cuero, gafas Ray Ban y unos pantalones de cuerina rojos, tuvo que ir casa por casa pidiendo a sus vecinos una pastilla para la diarrea. “Ese minuto milagroso decía, acerca de las diferencias entre el original y el clon, acerca de los patetismos de esa fama de segunda mano, más que cualquier cosa que yo hubiera podido teorizar en cuatro párrafos”.

Bien, pues ese clic, a pesar de la insistencia, no se llega a producir en el caso de Bruno Gelber. No solo eso sino que, a veces, se produce la sospecha de que no baja nunca la guardia del todo. De que incluso él va por delante de la periodista y le tiende trampas. En una de las primeras visitas, Leila Guerriero le dice que necesita ir al baño. Y describe lo que ve (pág. 80): “El baño es antiguo y muy grande, con azulejos blancos hasta el techo. La pared del fondo está ocupada por un espejo. De la puerta cuelga una puerta oscura. Junto a la bañera hay una balanza de pie, con la pesa cubierta por una toalla. El espejo del lavatorio está rodeado de luces de camarín, decenas de focos blancos impiadosos. Por debajo corre una repisa de vidrio extensa llena de cotonetes, frascos, tarros, pomos, potes que contienen geles, lociones, champús, sprays, cremas, casi todas de marcas nacionales no muy sofisticadas —Nivea, Tío Nacho— excepto una, de Sheido”. Y poco después, como de pasada, añade: “Aún no lo sé, pero en la casa hay otro baño para las visitas. Yo no lo conoceré nunca, porque desde el primer día me hizo pasar a éste, el suyo”. No será hasta mucho después cuando ella (pág. 163), al volver en otra de sus visitas al baño y reparar en un postizo con la redecilla, cae en la cuenta: “Él quiere que vea esto”.

Hay un relato de Herman Melville, Benito Cereno, en el que un capitán de un barco observa maniobras extrañas de un navío a lo lejos y decide acercarse a ver si necesitan ayuda. Ante su insistencia, terminan por invitarle a subir a bordo. Durante el tiempo que está allí todo parece normal y se va sin saber que todo ha sido una representación y que, en realidad, la tripulación estaba siendo víctima de un secuestro por parte de los esclavos negros que se habían levantado en armas. Todo era apariencia, como en El Show de Truman. A veces nos preguntamos si lo que levanta Bruno Gelber para Leila Guerriero no es más que eso, una representación. Si es así, este libro es una refutación a lo que ha venido afirmando la periodista en sus charlas y habría que reconocer que, en ocasiones, ni siquiera la “fe del pescador” da resultados.

Todavía hay otro elemento tremendamente problemático, y es la naturaleza de su relación. Desde el principio Leila Guerriero está fascinada por Bruno Gelber, siente la embriaguez de ser la elegida, de gozar del favor de alguien que ha compartido veladas con Grace Kelly y que ha sido recibido en los salones más exclusivos del mundo, aunque es posible que no sea esa la razón, que ni siquiera ella sepa de dónde procede esa embriaguez. Es consciente, en cualquier caso, de que se adentra en un terreno minado. Gelber es un intérprete genial con una importante discapacidad, secuela de la polio (fue uno de los últimos en contraer la enfermedad antes del descubrimiento de la vacuna) y ha pasado su vida refinando el arte de atraer a la gente. Esto lo irá descubriendo Leila por sí misma.

“Dos días después del primer encuentro, me llama. Cuando veo su nombre en la pantalla del teléfono móvil, me abalanzo. Él ejecuta su ‘Alóooo’ y dice que podría verme el 30 de abril, que es domingo. Digo que sí, que por supuesto. Suspendo todo lo que pensaba hacer ese día en un acto de bandolerismo puro. Durante los meses siguientes siempre será así. Acudiré cuando me llame. Me apuraré a responder el teléfono cada vez que vea su nombre en la pantalla: Bruno Gelber, Bruno Gelber, Bruno Gelber. Me llamará cuando yo esté en medio de una fiesta, de una cena familiar, en un hospital, en Quito, en el campo. Me llamará de tarde, de noche, de madrugada, cuando yo esté dormida o a punto de dormir. Me llamará para invitarme a cenar, para pedirme que le encargue una torta, para decir que quiere verme. Me llamará. Me llamará. Y yo querré que nunca deje de llamarme”. Y añade: “Sin tener ni idea de dónde voy, avanzo. Pronto estaré en su telaraña”.

El libro trata de la vida de Bruno Gelber, por supuesto, pero es también la historia de esta fascinación. Una de esas preguntas que nos inquietan al terminarlo es precisamente esta: de dónde procede esa atracción. Por qué Leila, que no es que no haya conocido gente interesante, lo cancela todo cada vez que recibe una llamada de este pianista de setenta y tres años, lisiado y con sobrepeso, a quien confunden en los aeropuertos con Dilma Roussef, la ex presidenta de Brasil, que va siempre acicalado y se expresa con un cierto amaneramiento y prefiere hablar de los programas de cotilleo de la televisión que de música.

Todo en Bruno Gelber es ambiguo, su físico, su orientación sexual, sus relaciones con las personas más allegadas (Esteban, Jorge), su relación con sus jóvenes estudiantes (con Franco, particularmente), con su hermana. A lo largo de páginas y páginas, Leila Guerriero tratará de descubrir el misterio de esta ambigüedad. Se empeñará en quitar la hojarasca de las anécdotas repetidas millones de veces y que ella enuncia con ironía antes de contarlas (la anécdota del mosquito, la anécdota de la princesa que eructa, la anécdota del concierto que dio en Ginebra y en el que no tocó tan bien como creía). Descubrirá sus mecanismos psicológicos: cómo hace afirmaciones atrevidas, que luego matiza y rebaja. Cómo consigue animar la conversación cuando llega la hora de las despedidas. Cómo le cuesta hacer comentarios elogiosos de cualquier pianista vivo. Cómo rechaza siempre cualquier ayuda que alguien le ofrezca. Observará cómo se maneja ante la prensa, cómo empieza siempre adulando al periodista que tiene delante, haciendo comentarios irónicos sobre sí mismo. Es cierto: Leila Guerriero llega a conocerlo bien, pero finalmente siempre cae en la trampa que impera en ese mundo extraño de Bruno Gelber, en el que se habla de “los esotéricos” como una instancia superior (”como dicen los esotéricos…”), en el que el protocolo adquiere una importancia central, casi neurótica (estar en un lugar u otro de la mesa puede ser algo que quite el sueño durante días), en el que hay cientos de fotos de la actriz Laura Hidalgo, una actriz argentina de los años cincuenta por quien Bruno siente adoración. A sus agendas con fotos de la actriz en la portada las llama la Laura Hidalgo chica y la Laura Hidalgo larga. A veces Leila Guerriero cae en la realidad de golpe.

Hay un momento (pág. 165) en el que está en un taxi camino de la casa de Gelber. Habían quedado en encontrarse esa tarde y la periodista le llama para advertirle de que hay mucho tráfico y llega tarde. Él le dice que imposible, que debe de ser un error, que no era ese el día que habían quedado. Ella le escucha por teléfono pedir a la chica del servicio que le traiga la Laura Hidalgo larga (una de sus agendas). Y en ese momento, una Leila impotente escribe: “No le digo que, para concertar esa cita, él miró la Laura Hidalgo Chica porque, de pronto, decir la ‘Laura Hidalgo Chica’ en la cabina de un taxi y junto a un extraño adquiere un viso absurdo y pueril del que está completamente desprovisto dentro de las acolchadas paredes del departamento de Bruno. Cuando era chica, en casa de mi abuela materna había un cuarto reservado para mis juegos al que llamábamos ‘La pieza de los Cachivaches’. Por entonces, decir en el ámbito familiar o entre amigas ‘Vamos a la pieza de los Cachivaches’ era tan natural como decir ‘vamos al patio’. Un día le dije a una chica nueva en el barrio ‘Vamos a la pieza de los Cachivaches’ y me miró como si hubiera perdido el juicio. Desde entonces jamás volví a utilizar ese nombre con desconocidos. Es la amenaza de esa posibilidad, la de exponer algo muy privado en público y recibir la súbita revelación de que suena ridículo, la que siento en el taxi”.

A Bruno Gelber le gusta llevar a Leila Guerriero al terreno de las confidencias. Hay algo perverso en ese juego de las preguntas a la que le somete en varias ocasiones, y que ella por supuesto acepta, no sabemos si encantada. A veces a solas y a veces con más gente, le anima a preguntar lo más indiscreto que se le ocurra y exige que le respondan en igual medida. De esa manera va tejiendo esa tela de araña, con flirteos, con dobles sentidos. Hay momentos en los que da la impresión de que estamos al borde de un precipicio, de que vamos a descubrir algo inconfesable. Hay una pasaje (pág. 196) en el que están juntos Bruno, Franco (su jovencísimo alumno) y Leila. Ella le ha pedido asistir a una de sus clases, que reproduce casi a escala real. Después comen juntos los tres y Esteban, y tienen esta conversación:

—Yo no creo en la inocencia infantil. Yo era mucho más torturado y mucho más terrible de chico que ahora. Me encantaba seducir y si me hacían mimo yo respondía feliz —dice Bruno.

—Pero el abuso es otra cosa —dice Franco—. Además, un chico de esa edad…

—No, no, eso sí, a mí me parece monstruoso, monstruoso, monstruoso, el abuso de menores desde chiquitos —dice Bruno—. Monstruoso. Pero un chico de ocho o nueve años. No sé, no lo creo inocente.

Continúa la conversación en este tono:

—Bueno. Cuando los conozca mejor les voy a contar una historia —dice Bruno, capaz a veces de comprenderlo todo (la miseria ajena, la avaricia ajena, el egoísmo ajeno), y otras de ver el mundo solo a través de las capas de ese núcleo duro de su infancia de niño sobreprotegido y enfermo que, rodeado de adultos severos pero sensibles, encontró la forma de dejar fluir su pulsión precoz.

—Contá ahora.

—No. Yo creo que la perversión es un tema muy difícil. La naturaleza humana no es buena. Yo no creo en la santidad de los chicos. Y yo he sido un chico santo, porque estaba enfermo todo el tiempo y con la polio que me quedé rengo y quieto. Pero la naturaleza del ser viviente es competitiva, difícil. Tenés los orangutanes, que se comen a las crías cuando están celosos de las hembras, los gatitos recién nacidos que sacan de un zarpazo al otro y le sacan la teta de la madre.

Y en ese momento, Leila Guerriero, en una de esos párrafos inspirados que nos regala a menudo, escribe: “Los gatitos, los orangutanes, la falsa inocencia de los niños, el horror ante los niños abusados. La conversación es un sendero de piedras ocultas en aguas tumultuosas que solo él ve, en las que solo él puede adivinar dónde dejar caer el próximo paso”.

Hay suspense en estas páginas. Parece que va a llegar algo terrible en algún momento, pero no llega. Hay una cena en la que Bruno está convencido de que ha servido un trozo de budín en un plato. A lo largo de dos páginas que llegan a resultar angustiosas, lo busca infructuosamente debajo de las servilletas, debajo de la mesa, llaman a Juana, la persona que sirve la mesa y con la que también mantiene una relación de una extraña ambigüedad, para preguntarse si se lo ha llevado, y los lectores nos quedamos con la duda de si estaremos asistiendo en directo a los primeros síntomas de una enfermedad cruel. Pero tampoco en este pasaje llegamos a ningún sitio. Ni cuando Leila descubre que le ha mentido respecto a Luis, el mayordomo que le acompañó durante veintiséis años por Europa. Él le había dicho que había dejado de trabajar con él porque se había jubilado. Semanas más tarde descubre que Luis está muerto y que abandonó el empleo seguramente, en opinión de Jorge, porque llegó un momento en el que no aguantaba más el carácter de Bruno. También en esta ocasión llegamos a pensar que oculta algo, algo importante, pero cuando le dice que se lo aclare ni se inmuta y sigue dándole la misma versión, que sí, que había muerto hacía un año pero que había dejado de trabajar porque se había jubilado.

En un momento (pág. 82) en el que Leila empieza a vislumbrar la futilidad de lo que está intentando, escribe: “Su arte consiste en ser el mejor vehículo de la obra de otros. Pero él es su mayor composición. Y nadie puede interpretarla”. Es posible que fuera entonces cuando se le ocurrió el título del libro. En otro pasaje insiste (pág. 113): “En el vagón del subte solo pienso en él. En que quizá nunca pueda saber cómo es cuando está solo”. Y aún remarca más adelante (pág. 240): “Persisto en encontrar la solución de un misterio que quizá no existe”.

En estas páginas Leila hace un repaso a todo lo que se ha escrito sobre Bruno Gelber, a su formación, sus conciertos gloriosos, a su vuelta a Argentina, a sus amistades, a muchas de las cuales entrevista, incluida la duquesa de Orleans, con la que mantiene una conversación telefónica surrealista. Con todo, no termina de comprender qué esconde esa mezcla de refinamiento y vulgaridad, esa obsesión por su imagen pública, su gusto por los programas más populares de la televisión, la contradicción que hay entre la gente exquisita de la que gusta rodearse y la complicidad íntima que establece con personas como Esteban, como Jorge, gente práctica y sin apenas formación.

Uno de los pasajes culminantes del libro lo constituye la entrevista pública en la Usina del Arte, un auditorio con capacidad para mil doscientas personas, con el periodista Eugenio Monjeau. Leila Guerriero está ahí para observarlo. Ve los trucos con los que no tarda en meterse al público en el bolsillo, esa mezcla de modestia y orgullo, la ironía sobre sí mismo, sobre su fama. Sus anécdotas. “Sigue la ejecución de su propia partitura”, escribe (pág. 292). Habla de sus inicios, de sus maestros y, al final de todo, escribe: “Miro el frac, el pañuelo verde, el maquillaje, el pelo gaseoso, la voz que por momentos parece fatigada por la vulgaridad del mundo y que en otros refulge con destellos de vitalidad, y siento que hay un error gigantesco. ¿Qué ven cuando lo ven?”

Si hay un instante de epifanía en este Opus Gelber es casi al final, cuando Leila Guerriero se encuentra (pág. 328) con Pablo Gianera, que ha sido invitado por primera vez a la casa de Bruno Gelber. Las impresiones que le transmite son casi calcadas a las que Leila Guerriero nos había transmitido a los lectores al principio del libro. Lo extraño que le resultaron los candelabros con las velas encendidas, las llamadas a Juana, la sirvienta, a través del teléfono, la decoración escenográfica, los retratos de Laura Hidalgo. Le habla de una versión light que ha preparado para él del juego de las preguntas. De la relación con Juana. Incluso en un momento le dice: “Ella lo miraba a él con ojos de odio y él a ella, pero era todo como una actuación”. Es como si Bruno Gelber tuviera también una versión estándar de su intimidad para ofrecer a periodistas un poco más exigentes, como Leila Guerriero. O para jugar con ellos y despistarlos. Si es así, solo ha conseguido quitar una capa a la cebolla, pero seguimos sin saber quién es Bruno Gelber. O quizá es que no hay nada que descubrir. Hay un párrafo en el que Leila Guerriero escribe: “Toda su vida ha sido eso: desde la infancia, durante la adolescencia, en la soledad de un sótano de París, frente a Chanel, ante el mar Mediterráneo, primero con su madre, después con ella y Scaramuzza, más tarde con Marguerite Long y finalmente, solo: estudiar, estudiar, estudiar, hundir la música en el cuerpo hasta ser, todo él, el primero de Brahms, el cuarto de Beethoven, el tercero de Rachmáninov, insuflado de melodías brutales para terminar, una vez tras otra, bestialmente abandonado por ellas… Un cuarto de hotel. Un hombre solo. Un piano. Toda su vida es eso” (pág. 183).

¿Se trata entonces de eso? ¿Es esto finalmente lo que descubre Leila Guerriero, que Bruno Gelber no es más que una vasija hueca? ¿Eso explica, como dice en algún momento, que un hombre con un mundo interno dramático y sensible habitado por las más hermosas composiciones pase las tardes mirando una telenovela para adolescentes titulada Las estrellas? ¿O que viva obsesionado por las operaciones de cirugía estética que no para de recomendar a sus amigas? ¿Es esa mezcla de refinamiento y frivolidad su verdadero secreto o hay algo más? Porque la imagen que nos queda al final es la de alguien que tiene los rasgos de un personaje de cuento infantil, uno de esos personajes indefinidos, mezcla de luz y viscosidad, que es peligroso y fascinante al mismo tiempo. Un personaje que se las arregla para atraer a su guarida a los incautos con sus malabares, sus abalorios y sus artificios.

Hay un punto en el que la propia Leila Guerrero parece inquietarse. Está abajo, en el portal, esperando a que Juana vuelva de unas compras. En el piso está Bruno solo, pero no puede abrir la puerta. Sin ayuda no es capaz de hacer algo tan sencillo como llegar adonde está el mecanismo de apertura, y escribe Leila: “Lo llamo para avisarle que ya estoy allí, pero cuando escucho su voz, me doy cuenta de que no siento impotencia ni inseguridad, sino que estoy eléctricamente ansiosa por verlo. Un hombre de setenta y seis años artificioso, reiterativo, dueño de un arte magistral, preocupado por la línea de las cejas. ¿Qué es esto? Se acaba el tiempo para averiguarlo”.

Crónica periodística, Leila Guerriero, periodismo, Reportaje

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