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Histórico noticias



Sudán: Los desiertos de Nubia

Por María José Sáez Brezmes. Las reinas Kushitas eran guerreras que dirigían personalmente sus ejércitos; de hecho, fueron ellas las que defendieron Kush de la invasión de Alejandro Magno. Un ejemplo más entre muchos del poder de las mujeres en las culturas ancestrales de África.

29 de abril de 2019

La arena de los desiertos de Nubia recuerda al color del oro, oro que en la antigüedad fue símbolo de riqueza del país, tan ansiado por los faraones egipcios. En Bayuda aún se ven restos de los antiguos yacimientos, ya sin oro; pero me parece que la riqueza de estos desiertos sigue siendo enorme, aunque en el viaje por el norte del país se adivina una enorme pobreza que, por lo que cuentan, se agudiza en el recién establecido Sudán del Sur, donde los recursos que proporciona el río parecen poco aprovechados. En los días que viajamos por estos desiertos había escasez de pan por problemas de abastecimiento de trigo, y en las gasolineras se veían largas colas de coches que esperaban conseguir un poco de gasolina. Aún así, yo encontré en esta tierra una riqueza extraordinaria. ¿Riqueza? ¿De qué riqueza estoy hablando?

El actual Sudán, territorio al sur de la segunda catarata del Nilo, donde vivían los Nubios, fue explotado y dominado durante varios siglos por los egipcios, que ansiaban sus minas de oro, situadas alrededor de la cuarta catarata, a lo que denominaron Reino de Kush. Fue durante la dinastía XVIII cuando Nubia estuvo completamente bajo control de Egipto. Los egipcios comenzaron comerciando con las riquezas de este bello país, comprando oro, esclavos, especias, pieles de animales, etc. En otros momentos saquearon la región y más tarde se lanzaron a conquistar estos territorios para someterles e incorporarlos a su imperio. En los últimos días de la dinastía XX (año 1069 a. C.) y por primera vez en mucho tiempo, Nubia quedó totalmente liberada de la ocupación de egipcia. Poca documentación se ha encontrado del período comprendido entre el siglo X y IX, que se conoce como la “Edad oscura”.

Los nubios, habitantes principales entonces de esta región, son un pueblo de piel oscura, altos, de rasgos faciales poco pronunciados y facciones atractivas, con la sonrisa a flor de piel, al menos aquí en el norte, que confiere tanto a hombres como a mujeres, una gran belleza. Hoy en día se ve una mayor variedad de etnias y más gente con la tez tostada, como de miel oscura, casi tan abundantes numéricamente como los anteriores.

Dos son los desiertos que teníamos previsto visitar a la búsqueda de los rastros históricos de un periodo, quizá el más desconocido del imperio egipcio, el de los faraones negros, la dinastía XXV. Nos adentramos en el desierto de Nubia, al que nos conduce el Nilo una vez que abandonamos Jartum, tras producirse en Omdurman la confluencia entre el Nilo Azul, que viene de Etiopía, y el Nilo Blanco, más caudaloso, que nace en Uganda. ¡Qué enorme diferencia entre el Nilo que atraviesa Egipto, lleno a temporadas de barcos de turistas, y el que recorre estas tierras!

El desierto nubio y el de Bayuda están comprendidos y delimitados por el Nilo, donde este adopta un par de pronunciados meandros, y es ancho, caudaloso, limpio y, aunque parece navegable, no vi en todo el recorrido nada que no fueran pequeñas barcas de pescadores locales, ni tampoco rastro de lugares donde barcos más grandes pudieran atracar en la actualidad. Sin embargo, encontramos inscripciones bien antiguas, donde se reflejan que los que venían de Egipto lo hacían por barco, ya que están representados en los petroglifos que visitamos en Wadi Sebu, a la altura de la tercera catarata.

Viaje a Sudán

María José Sáez Brezmes.

Entrar en la soledad y el silencio del desierto hace pensar con qué otros seres vivos vas a convivir, el mudo vegetal se identifica con facilidad y se limita a matorrales secos y unos arbolillos que aparecen cerca de los pocos pozos de agua que hay. Al irse acercando al Nilo comienzan a aparecer palmerales frondosos, aunque la sensación de sequedad tampoco ahí desaparece. 

Viaje a Sudán

María José Sáez Brezmes.

Nada más comenzar el camino se empiezan a ver huellas en la arena que permiten identificar a los animales que allí viven. Las primeras que vi se dirigían hacia una roca cercana, buscando la sombra y la humedad que estas proporcionan. Rápidamente pensé en reptiles y no en los escarabajos que normalmente se asocian a Egipto, pero fue el miedo a las serpientes lo que no me dejó pensar; Carla, nuestra guía, nos había advertido que en el convoy llevábamos antídotos para los venenos, pero ni aun así desaparece la intranquilidad que estas generan. Un amigo me había comentado: “Si te pica una serpiente, lo mejor es que te lleven al hospital más cercano, donde sus médicos seguro que distinguen mejor que nadie las distintas picaduras, porque ya habrán tratado muchas otras”. Casi no encontramos huellas de serpientes, fácilmente identificables por otro lado, porque parecen producidas por el apoyo de los dos brazos de un niño de forma alterna y continua, generando montículos de arena a ambos lados. Las más abundantes son las de los lagartos, con sus triangulitos laterales y la línea central que marca la cola. 

Viaje a Sudán

María José Sáez Brezmes.

Avanzamos en dirección norte, paralelos al Nilo, hasta encontramos la tercera catarata, que es realmente un rápido, como en el caso de las otras tres, pero que impide pasar a barcos y barcazas, haciendo del Nilo un río de aguas azules y limpias, que nadie parece usar para lavar, ni bañarse, aunque es a lo que realmente incitan estas aguas frescas y fluidas. 

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María José Sáez Brezmes.

Cruzamos el Nilo para alcanzar la isla de Sai, y para ello nos suministraron tules blancos como protección ante los mosquitos y otros insectos del río, a la búsqueda del templo de Soleb, construido por Amenhotep III, hasta el que llega un canal donde desembarcaban los faraones, que costó casi treinta años construirlo. Allí cogemos un bus local en dirección a Abri, donde se encuentra el templo de Tiy, recientemente descubierto en Sedeinga, donde hay una importante necrópolis con gran número de pirámides meroíticas, ya que este fue un lugar clave de paso para el comercio entre Nubia y Egipto. Tiy, esposa de Amenhotep, fue una reina poderosa que introdujo el culto al dios Atón en Egipto, desafiando el poder de los sacerdotes que adoraban a Amón. Tiy fue venerada como una diosa viviente y se la representa con una peluca que cubre su cabeza y se corona con el ureo real y el disco solar.

Aquí se ha hallado la colección más grande de inscripciones en meroítico, escritas en piedra. Resulta interesante que muchos de los hallazgos en esta necrópolis están dedicados a mujeres de alto rango, que señalan que la sociedad Nubia era matrilineal. También en la isla está la cantera granítica de Tombos, donde ante una gran estatua abandonada de Taharqo, el gran faraón de la dinastía XXV, nuestra guía nos relató la historia antigua de estas tierras. Llama la atención la referencia al Alto Nilo, que es la desembocadura en el Mediterráneo, lo que sugiere que la historia de este río, que nace en el sur, y de este pueblo, nos la han contado los egipcios y no sus pobladores originales, que tan importante papel cumplieron en la conservación de la civilización egipcia.

Por fin nos cruzamos con gente, y resulta curioso que todos conocieran a Carla, aunque unos la llamaran Carla y otros Carlo, porque en Sudan la terminación “a” y “o” en los nombres propios se usa indistinta e independientemente del género. Mientras viajábamos en los 4×4 por el desierto, íbamos leyendo e intentando organizar en nuestra cabeza la secuencia de acontecimientos y pobladores que se sucedieron en estos territorios, pero sorprendentemente ninguna de nuestras fuentes de información reflejaba lo que ya sutilmente se hacía patente: la importancia de las mujeres en esta cultura y estas tierras.

Dormimos en un asentamiento de tiendas de campaña iluminadas con pequeñas placas solares que funcionaron estupendamente, en pleno reino de Kush, cerca de Kermah, la antigua Napata, que fue la capital de este reino 2500 años a. C., cuando Tutmosis conquistó la zona. Durante el día, el azul del cielo es tan intenso que ayuda a transportarte sin dificultad a tiempos más antiguos, y a pesar de que no encontramos nómadas, sí vimos las deffufas, edificios de ladrillo de gran tamaño situadas en alto y cuya utilidad aún es desconocida, aunque se especula con su carácter defensivo. Desde su parte más alta, el panorama es magnífico y en la primera que visitamos se identificaban unas construcciones circulares delimitadas por piedras de color blanco y negro de carácter funerario. Cerca de ella, en un seco arbolado, hicimos picnic, la forma habitual de nuestras comidas durante el viaje, porque en los cafés de carretera la oferta de comida es escasa; lo bueno es que permiten encontrarte con la gente de la zona.

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María José Sáez Brezmes.

Algunos hombres llevan un carrito tirado por un burro, el animal mas abundante, y venden verduras, mostrándose encantados de que les fotografiemos, aunque en las ciudades y pueblos está prohibido. Montaron el picnic en la arboleda cercana al Museo de Kermah, de techos abovedados repetidos al modo de la arquitectura tradicional.

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María José Sáez Brezmes.

En la sala principal del museo, siete estatuas de granito negro descubiertas descabezadas en 2003, representan a todos los faraones negros. ¿Pero cómo y por qué los reyes Nubios se hicieron con el poder en Egipto, que ostentaron durante más de siete décadas, ellos que habían nacido en una tierra originalmente de esclavos? El museo resultó ser un excelente punto de partida para seguir su historia.

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María José Sáez Brezmes.

Avanzando ya hacia el sur ese mismo día vimos aparecer Gebel Barkal, una colina que en Nubia siempre fue considerada un lugar sagrado, a cuyos pies el faraón Tutmosis III construyó un templo dedicado a Amón, del que aún se puede observar su planta. Este faraón también fundó Napata, desde donde se controlaba el comercio establecido con Nubia. Los egipcios consideraban que el hogar de Amón en el sur se encontraba en Gebel Barkal, y aunque tanto en el norte como en el sur este dios está representado por un lanudo carnero de cuernos curvos, existen ciertas singularidades que les diferencia. 

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María José Sáez Brezmes.

Gebel Barkal puede verse desde las necrópolis cercanas, aunque desde su cumbre estas no se divisan. Delante del montículo hay un pináculo que fue una enorme cobra blanca recubierta de oro, el ureo protector, de la que desafortunadamente no queda más que una estructura informe, que con distancia e imaginación se puede vislumbrar. El clero de este templo ejercía una gran influencia entre los gobernantes y la población, haciendo que en el reino de Kush se mantuvieran las tradiciones egipcias, así que sus reyes, asentados en Napata, establecieron la sucesión dinástica y restablecieron la costumbre de enterrar a sus gobernantes en pirámides. Pirámides más pequeñas que las del norte en Egipto, pero en mayor número, que las hace una de las señas de identidad de esta cultura en el desierto nubio.

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María José Sáez Brezmes.

El templo de Amón, situado en la base de Gebel Barkal, fue un importante centro de peregrinación, por lo que los sacerdotes de Karnak, viendo una competencia que hiciera peligrar su influencia, decidieron tras muchas intrigas iniciar negociaciones con ellos, hasta acordar establecer la dinastía XXV, que ocuparon los reyes de Kush. Desde entonces, los faraones negros se ciñeron la corona de doble cobra, la de Kush y y la de Egipto, pues nunca renunciaron a sus orígenes. Su legitimación supuso un fortalecimiento de las tradiciones del imperio antiguo.

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María José Sáez Brezmes

Fue un antecesor de Taharqa quien estableció el poder de Kush en todo Egipto, y este, el emperador más grande de la dinastía XXV, ordenó construir una columnata en el templo de Karnak, de la que hoy en día solo se conserva una columna papiriforme, la más majestuosa y bella de todo el conjunto. Taharqa fue coronado en Menfis y fue gran devoto de Amón. Para mantener una relación más estrecha con el norte e introducirse en los núcleos de poder, los faraones negros revitalizaron la institución de la Divina Adoratriz de Amón, estableciendo que sería una hija del faraón la que ocuparía este posición.

Gebel Barkal, situado cerca de la actual Karima y de la cuarta catarata, tiene una cumbre plana a la que se sube para admirar los alrededores y la fantástica vista del ocaso. Fue divertido subir y, aunque el camino parecía muy inclinado, es corto y se accede fácilmente. La panorámica es magnifica y hay gente de la zona con la que es fácil conversar, que sube para disfrutar de la deliciosa brisa y de la puesta de sol. Desde allí se ve el templo de Amón al fondo, entre cuyos restos se encuentra la entrada del templo de la diosa Mut, esposa de Amón, construido por Taharqa, que hay que visitar linterna en mano, ya que está excavado en el propio montículo, donde en sus dos salas se conservan hermosas pinturas en buenas condiciones. 

Taharqa gobernó durante mas de treinta años y ha pasado a la historia por su labor administrativa y porque tuvo que repeler los ataques de los reyes asirios, aunque terminó rindiéndose ante la victoria de Asurbanipal, que le obligó a retirarse a Tebas, donde se cree que murió. En tiempo de Taharqa, los reyes kushitas seguían siendo enterrados en la necrópolis del Kurru, donde hay setenta pirámides con veinte reyes y cincuenta reinas enterradas. Pero este fundó una nueva necrópolis al otro lado del Nilo, el Nuri; él está enterrado en la pirámide más alta, en cuya tumba se ha encontrado una importante colección de vasos canopos.

En nuestra andadura por el desierto nos paramos en alguna ocasión en casas de barro donde vivían a temporadas familias extensas que nos acogían amablemente. A veces algunas de nosotras donaba algo que llevaba encima para los niños o las mujeres y, en una manifestación más del poder familiar de las mujeres, estos sencillos regalos se les entregaban a la más anciana de la familia, como garante de su buen hacer en el reparto equitativo de su uso. Un hallazgo interesante que se reforzaba con pequeños detalles, la expresión de la consideración y poder de las mujeres en las culturas ancestrales de África.

Aspelta, el último faraón de la dinastía XXV, movió la corte a Meroe, lo que estimuló el desarrollp de las tradiciones de origen kushita. En Meroe, un gran número de pirámides meroíticas se ubican en un maravilloso desierto arenoso, algunas derruidas parcialmente por los saqueadores. En esta cultura, reyes y reinas ostentaban un poder similar; así, las reinas negras, conocidas como Candaces, no solo gobernaban el hogar, sino que poseían los bienes de la familia y elegían a sus maridos. En el periodo en el que ellas mandaron se mantuvieron buenas relaciones comerciales y diplomáticas con los faraones, hasta que estos decidieron anexionarse Nubia. En Kush los reyes heredaban a los hijos de sus hermanas, de modo que en la coronación de Aspelta se mencionaron siete generaciones de antepasados maternos. En las estelas meroíticas, el nombre de la madre se nombra antes que el del padre, lo que abunda en esta curiosa sociedad matrilineal. Las reinas Kushitas eran reinas guerreras que dirigían personalmente sus ejércitos, cuyos soldados montaban elefantes; de hecho, fueron reinas las que defendieron Kush de la invasión de Alejandro Magno.

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María José Sáez Brezmes.

En Naga, en el templo de Apedemak, el dios León, están quizá los restos arqueológicos kushitas más impresionantes del desierto, ya que el templo en sí mismo es un museo al aire libre, cubiertas sus paredes de bajorrelieves donde las reinas, los reyes y los dioses están representados por gentes africanas, dado sus características físicas, mujeres de caderas anchas con grandes collares, uñas largas, y hombres de espaldas anchas y cabezas redondas. Incluso en la entrada del templo, a ambos lados de la puerta principal, la reina y el rey están representados ambos matando esclavos en la misma posición de fuerza. Cerca de este importante asentamiento se encuentra un pozo en el que por fin vimos a un grupo grande de nómadas tomando agua que se mostraron poco comunicativos.

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María José Sáez Brezmes.

Estos desiertos encierran restos arqueológicos e historia, no solo la que sucedió en tiempos de los faraones negros, sino la de otros invasores y la cultura del pueblo nubio, que aún despierta poco interés. Todavía África es el continente más desconocido, menos estudiado, no por eso menos sorprendente y atractivo, y donde descubro que sus civilizaciones más primitivas muestran bases de igualdad entre mujeres y hombres que no siempre he visto en otras culturas milenarias. Para mí, este viaje me revela otra importante pieza en el puzzle que voy construyendo al buscar los restos y complejidades de civilizaciones primitivas y de las primeras sociedades organizadas que empezaron a poblar el planeta. Además, entrar en contacto con la vida local despierta en mí la curiosidad por el conocimiento histórico, porque desde esta perspectiva es muy diferente leer la historia. Desde lo local, los detalles observados, anotados, fotografiados, permiten acceder a los libros buscando mayor comprensión y conexión con otros hechos históricos, otras civilizaciones, culturas… Porque el contacto con lo real es mas complejo e integral y permite abordar de forma más profunda e interesante lo que sucedió en ese territorio.

María José Sáez Brezmes

Me formé viajando y estudiando en países que no eran el mío. Así, comencé a incorporar en mi vida pedazos de otras cultura. Colaboré en la creación de la Casa de la India en Valladolid, país que adoro por sus gentes. La fotografía se hizo mi compañera, ayudándome no solo a recordar sino a vivir los destinos que visitaba, los momentos y las personas que me encontraba, que me acompañaban, que me querían y quisieron quedarse conmigo. Casi inconscientemente, el lugar donde paraba se hizo mi país y me sirvió de estímulo para seguir viajando. Empecé a interesarme por aquellos que recorrieron parte del mundo en tiempos remotos. Me apasioné por rebuscar en las civilizaciones primitivas de las que queda mucho por conocer y así viajar para ver, encontrar, descubrir nuestras raíces como humanos tanto en sus aspectos biológicos, que es mi formación principal, y culturales y civilizatorios, que es mi pasión.

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