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Histórico noticias



El espíritu de Roma. Fragmentos de un diario

Por Noni Benegas. Vernon Lee se enamoró de Roma de pequeña, al asomarse a un balcón de Trinitá dei Monti y ver una puesta de sol, en la casa familiar de un compañerito que de grande será el pintor John Singer Sargent. Allí se iniciará en los secretos del arte del flâneur.

31 de octubre de 2019

Confieso que quise empezar a leer el libro por el comienzo, pero cuando vi la enjundia e interés del prólogo de Amparo Serrano de Haro, autora también de la magnífica traducción, decidí entrar de lleno al texto de Vernon Lee para recibir de primera mano el impacto de su prosa. Me refiero a las entradas referidas a Roma, que  durante casi veinte años Lee consignó en sus diarios, y que publicó en vida bajo el título: El espíritu de Roma. Fragmentos de un diario en 1906.

La edición actual que tengo en las manos es una delicia, incluso por la hechura: las solapas que me facilitan guardar la pagina que estoy leyendo al cerrarlo; el tono apergaminado del papel y el espesor del grano; la numeración hacia el medio de la página, al margen, justo donde cae la vista;  el tamaño, ideal para un gabán de grandes bolsillos o un bolso mediano, sin que pese mucho.

Literatura de viajes.

Provista de un lápiz rojo y azul, me puse a leer. Y me pasó lo siguiente. No marqué nada hasta la tercera entrada o fragmento. Y no lo hice porque la primera y, sobre todo, la segunda entrada del libro, titulada Una misa pontificia en la Capilla Sixtina, me arrebató. Recordé aquella secuencia de la película Roma, de Federico Fellini, en la que asistimos a un desfile de modas con ropas para la alta jerarquía de la Iglesia. En el cual, como ocurre en la naturaleza, sobresalen ellos con sus tocados y colores.

La gracia de Fellini consistió en ponerles patines, invisibles debajo de las faldas largas hasta el suelo, para que se deslicen y giren como seres alados sobre la pasarela. Una sensación de amplitud que multiplica la holgura y magnificencia de sayas y capas.

Pues bien, la acumulación de imágenes no me dejaba quitar ojo de la página, y menos aún detenerme a subrayar. Todo el conjunto, o sea, la descripción de la gran misa oficiada por el Papa, es un magma de colores, olores y sonidos que avanza sin detenerse.

Va desgranando lo que ve:

“Suizos con sus alabardas, caballeros de la Orden de Malta, chambelanes, como si fueran pinturas de Rubens o Frans Hals, prelados y cardenales, cada uno con su pequeño séquito de sacerdotes púrpura…, la intensidad carmín del escarlata…”

Desbordada por esa tromba de gente, Vernon Lee apunta:

“Al mismo tiempo, una impresión de total desconexión respecto a todo esto; ausencia de todo espíritu o significado… magníficas cosas artísticas fuera de lugar, inútiles, sin patrón y casi odiosas…”

Pero luego echa la vista hacia arriba, descubre el techo ricamente policromado y vuelve a la carga:

“Ese enorme Juicio Final, esa masa de desnudos espantosos, brutales, agrupados como por un carnicero… La procesión papal, túnicas blancas, candelabros de oro, un anciano sacerdote tambaleante, pálido como si estuviera mareado por encima de la multitud, por encima de las alabardas y penachos, entre los abanicos de avestruz blanco, soltando bendiciones… El ruido de la gente arrastrándose de rodillas… las letanías interminables superadas por espasmos sobrenaturalmente repugnantes del coro, el incesante movimiento de toda esa masa de espaldas negras, contornos de mejillas y orejas que asoman entre diversos tipos de negro oxidado…”

La impresión que me causó el aluvión de planos y contraplanos me hizo anotar a un costado de la pagina: “el argumento mismo es el continuo de la imagen, como ocurre con los cuentos de Lezama Lima, que José Ángel Valente prologó”.

Me refiero, a que no hay más historia que la de las imágenes que se encadenan entre sí. Pinceladas, toques, parches de color casi sin verbos, pues el tiempo, aquí, es el de la descomposición de los colores y las atmósferas:

“Las velas que se vuelven amarillas… en las balaustradas de mármol talladas por las manos de Rovere… con una vaguedad gris luminosa…”

Y tan es así, que una empieza a sospechar, y luego lo confirma, que el tema subyacente del libro, que funciona como un bajo continuo en casi cada entrada de este diario, es el tiempo.

¿Y qué otro podría ser el tema básico de Roma, la milenaria que vio pasar, triunfar, y desaparecer a tantas civilizaciones?

No hay verbos, dije, cuya función es conjugar el tiempo. Pero, justamente, lo que se cuenta a través de las imágenes es el paso del tiempo. De ahí que cualquier otro argumento pierda gas y caiga aplastado por la eternidad de esa ciudad.

El espíritu de Roma. Vernon Lee

Sin embargo, a medida que fui avanzando en la lectura, Vernon Lee me permitió respirar entre las imágenes. Y subrayar.

Y esto sucede cuando, en vez de registrar pasivamente lo que ve, muestra el efecto de aquello que ve en ella.

A esto le llamó empatía. A entrar en sintonía con las obras de arte y dejar que despierten nuestros recuerdos, a la vez que estimulan nuestra mente con asociaciones e ideas.

Por ejemplo, en el tercer fragmento titulado  Segundo regreso a Roma —al año siguiente de la Misa papal—, verifica esa empatía con la ciudad.

De entrada, afirma que es sensible a la grandeza de Roma. Pero no en el sentido heroico o trágico, sino “grandeza en el sentido de espléndida retórica”.

Aquí subrayo y me pregunto: ¿cómo es que una ciudad puede tener una retórica, y en dónde descubrirla?

Vernon Lee cifra esa retórica romana en el tamaño enorme de todo. Las inmensas columnas y la extensión de los palacios, la profusión del agua, pero también las largas barbas y cabelleras, la estatura de sus gentes y hasta “el acento perezoso, que tiende a lo grande, a lo enfático”.

“Una retórica espléndida de boca ancha”Y pienso en la manera en que, aún hoy, los romanos abren mucho la boca para pronunciar, por ejemplo, la palabra mermelada: mar-ma-la-ta, en vez de la boca pequeña y fruncida de los franceses para decir: confiture.

Lo genial es haber asociado ese rasgo a la índole general de la ciudad.

Como, también, la insólita comparación que hace entre “una iglesia de todo menos limpia, pero bien barrida y convencionalmente adornada”con la poesía de Robert Browning, renombrado poeta de la época.

El libro está escrito a lo largo de casi veinte años –finales del 19 hasta 1905– entre los treinta y cincuenta de la autora, residente en Florencia, que cada tanto viene a visitar la ciudad como si de un amante se tratara.

Un amante con el cual mantiene una relación de amor-odio, pero a quien le resulta imposible dejar.

Se enamora de pequeña al asomarse a un balcón de Trinitá dei Monti y ver una puesta de sol, en la casa familiar de un compañerito, que de grande será el pintor John Singer Sargent, y cuya madre Vernon Lee adopta como madre sustituta. Esta la iniciará en los secretos del arte del flâneur, o sea, a algo así como detenerse en una esquina para beber la mañana, según reza el verso de Pavese.

Consigna cada visita a la ciudad como quien recorre el rostro amado, para comprobar la persistencia de las facciones y adivinar los cambios –”mis varias y sucesivas Romas”, escribe– que anuncian un futuro del que sabe no participará:

“Solo para mí en estos lugares impersonales y casi eternos, que han permanecido dos mil años y pueden seguir así otros dos mil más, aparecen visibles las sombras proyectadas por mi propia vida, los rostros de aquellos que han desaparecido, han muerto, incluyéndome a mi”.

Así, va alzando el retrato de una Roma que es casi un ser vivo, con sus fachadas “demacradas”, ese curioso adjetivo aplicado al aire o los edificios, o la cualidad “asesina” de ciertos barrios, como Campitelli, donde “detrás de los grandes palacios se esconden los estranguladores”.

También reconoce:

“Los hábitos irrompibles de la ciudad, y sus razones sin respuesta, que masacran silenciosamente cualquier voluntad que encuentra en su camino”.

Incluidas la vulgaridad de los incipientes turistas y el tráfico que, si bien descalabran a Venecia y Florencia, Roma sabe cómo someter a su armonía eterna, al igual que hizo con bárbaros y peregrinos. Ese sometimiento resulta ser un consuelo:

Roma y su significado inmutable me atrapaban de nuevo, y me liberaban de las inquietudes de mi propio pasado o presente”.

La empatía se hace presente en cada nueva incursión y lleva a la duda de si lo que ve no es una proyección de su estado de ánimo:

La gran amplitud y el vacío, que parecían ser más bien un sentimiento que me habitaba, más que una cualidad del lugar”.

Los infinitos trampantojos de las siete colinas:

La sorpresa de comprobar que ese gran edificio visto desde abajo es una ruina sin techo… En lo alto esta la verdadera Roma oculta, todo lo que no adivinas mientras caminas por las calles de abajo”.

O la asimilación de la gente a la arquitectura y el paisaje, como esas dos figuras con túnicas blanquecinas, semejantes a columnas de mármol estriadas. Permanecieron inmóviles tanto rato que comenzó a dudar de si había interpretado algún pilar o cortina como figuras humanas.

Pero es en la entrada que titula Las excavaciones donde Vernon Lee muestra hasta qué punto el texto (escribir) se convierte en un estímulo para la memoria, y es a la vez el sitio que contiene en potencia la capacidad de evocar recuerdos, como si de un palimpsesto se tratara. Así, muestra las coincidencias entre el trabajo arqueológico y la estratificación psicológica.

Más aún, cada entrada o fragmento del diario se comporta como un objeto transhistórico en sí, con nuestra intervención. Pues esas vasijas, ruinas, o templos que aparecen, no solo ha sido interpretados por los arqueólogos, o reproducidos por Piranesi, sino que se le superponen las impresiones de la autora, y las nuestras al leer su texto.

“En el Foro, esta mañana, una especie de “biblioteca” de los diversos estratos de la excavación… siglo tras siglo representado por poco más que huellas, bases de columnas desaparecidas, cimientos de edificios…. Entre esas “capas de nada”,montones de fichas. Destacan columnas antiguas que Piranesi ya dibujó. Sentí claramente que el pasado es solo una creación del presente.

Pensé: demasiado impecable para tratarse de meros montones de escombros arquitectónicos, por no hablar de la tierra, y los diversos estratos que se han acumulado sobre ella. Tuve la sensación de la complejidad infinita de toda realidad, y de la parcialidad e insuficiencia de los caminos con que nuestra razón, o fantasía revestida de razón, la recorta.

Rituales y leyes cuyo significado se convirtió en mera consigna hace dos mil años; razas cuyo carácter, aspecto o lenguaje solo pueden ser imaginados, todo reaparece adquiriendo precisión y certeza. ¿Pero no es esto una mera creación como la del arte o la metafísica?”

Y en otra entrada va más lejos: “la construcción y destrucción de las montañas y países y de toda la historia”.

Me quiero detener en el modo en que capta la no-relación de Roma con el mar:    

La inutilidad de ese Mediterráneo sin mareas, incapaz de purificar o renovar incluso unos pocos metros del interior. ¡Piensa en los estuarios del norte! ¡En la limpieza de las corrientes y el calado vivificante que el océano introduce en lo más vital de los países!

Uno siente que nadie desembarcó desde Eneas y sus compañeros en esta orilla poco profunda…  La renovación de Roma, igual que su agua potable, siempre ha provenido de las montañas; la desembocadura del Tiber es su salida, no la entrada del mar”.

Quiero citar el modo originalísimo que tiene de pintar con palabras como los impresionistas de su tiempo:      

“… un centenar de alumnos del colegio germánico… vimos sus ropas como geranios o pimientos moviéndose entre las columnas y bajo los naranjos en flor…”

Y por último, una entrada de 1903, ya iniciado el siglo XX, que le permite constatar que el futuro ya está allí:

“Las oquedades a través de las cuales la vida más íntima se ha hecho visible en los últimos treinta años están empezando a cerrarse.

Esa extraña visión simultánea de los siglos, como la visión de la vida que se dice tienen los ahogados, está terminando con la agonía de la muerte de la antigua Roma.

Unos metros más allá carricoches y automóviles, toda Roma se extendía bajo nosotros con sus nuevos barrios sin terminar…”

Sin embargo, para mí la lectura no había terminado, y una vez disfrutado el texto de Lee, volví por donde había empezado, y empecé una conversación con Amparo Serrano de Haro, a través de su prólogo lleno de sentido y sensibilidad.

Uno de esos libros que  saben ganarse un sitio en la escueta pila de la mesilla de noche, porque un párrafo antes de dormir estimula como pocos la fábrica de los sueños.

 

 Noni Benegas

Buenos Aires, 1947. Vive, entre 1980 y 1986, en París y Ginebra, donde conoce a José Ángel Valente, encuentro que va a tener un papel decisivo en su camino poético. Desde su llegada a España, colabora en prensa, realiza traducciones y da a conocer a autores relevantes como Paul Virilio, teórico de la velocidad.

Entre sus obras destacan Argonáutica (1984), La Balsa de la Medusa (1986), Cartografía Ardiente (1995), Las entretelas sedosas (2001), Fragmentos de un diario desconocido (2004) y De ese roce vivo (2009). Su labor literaria ha sido reconocida con los Premios Platero de Naciones Unidas, Miguel Hernández y Esquío.

Es coautora, junto a Jesús Munárriz, de la antología Ellas tienen la palabra (Hiperión 1997 y 3ª edición 2006). Presente en numerosas antologías, dos selecciones recogen sus poemas: Burning Cartography, traducción y selección de Noël Valis, Host Publications (Texas, 2007), y El Beso, Librería del Centro (Madrid, 2007)

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