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Objetivo: Birmania, sin más pretensiones que la memoria

El Hotel Strand abrió sus puertas en Rangún en 1901. Durante el periodo colonial, fue uno de los alojamientos más lujosos del Imperio Británico, y aún a día de hoy sigue siendo el más famosos del sudeste asiático. Allí han dormido desde Rudyard Kipling a Mick Jagger.

3 de diciembre de 2019

Hace ya mucho que Birmania desapareció del mapa, para reeditar el reino de Burna y acabar conociéndose, a secas, como Unión de Myanmar. La historia reciente replegó el país sobre sí mismo, con la independencia ganada en 1948 y la dictadura militar que cuatro décadas después lo cerró a cal y canto. La antigua teocracia budista, el maoísmo y el ruido de sables se enfrentaron finalmente a tres bandas en la ex colonia británica, negando cualquier observatorio occidental sobre la evolución del país. Y eso que Birmania fue de los pocos dominios británicos en ultramar donde se toleró el mestizaje, los matrimonios mixtos de mujeres locales sobre todo con escoceses.

Con los militares negándose a dejar el poder y el pasaporte fluvial del crucero Orient Express pude yo visitar el país, eso sí, cuidándome muy mucho de no pisar minas antipersonales. Fue una visita en volandas, a lomos del lujo asiático entendido en todas sus acepciones. Servicio refinado de la firma O&E a bordo, atardecer de ensueño entre las estupas de Pagan y, cómo no, degustación de la atmósfera Strand a modo de cóctel. Strand, así se llama la calle de Rangún de donde tomó su nombre el hotel más victoriano de las victorias británicas en Asia. Nació a la carta en 1901 gracias al empresario John Darwood, enseguida fue adquirido por los hermanos Sarkies y en 1925 pasó a manos del restaurador Peter Bugalar Aratoon y de Ae Amovsie, cuando Birmania trataba de ser algo más que una provincia colonial del subcontinente hindú. Luego, al año de servir sake a las tropas japonesas que ocuparon la zona con la Segunda Guerra Mundial, en 1941, pasó a ser administrado desde el Hotel Imperial de Tokio. Llegó la derrota nipona, Gran Bretaña salió extenuada de la guerra y, por primera vez, los birmanos pudieron pisar el hotel emblema de su capital, hasta entonces reservado el derecho de admisión primero a pieles blancas y luego amarillas.

Viaje a Myanmar.

A los industriales armenios Aviet y Tigran Sarkie, nacidos en Irán, se deben los principios del gran lujo hostelero en el sureste asiático. A iniciativa suya cobraron entidad e identidad el famoso Raffles de Singapur, el Oriental malayo de George Town y el Strand, entre otros templos del confort occidental sin fronteras. Pero si el Strand marcó estilo y época fue gracias a los años que transcurrieron entre las borracheras del escritor Rudyard Kipling y el roquero Mick Jagger, pasando por las de cineastas temperamentales como Orson Welles y actores como Noël Coward, que ganó el apelativo de Sir. El ahora denominado Sarkies Bar, con su barra de teca, su heráldica tallada en la pared y su mesa de billar se preció siempre del mejor whisky escocés y de malta, antes y después de macerar su propio ron Mandalay, servido directamente del barril a la clientela. Nada de lo que se privasen tampoco el estadista Lord Mountbatten, el millonario Rockefeller, el también cineasta Oliver Stone y el modisto Pierre Cardin.

Los estucos del Strand se miran en el río Irawadi, que recorría mi crucero Road to Mandalay. Y recuerdo que la comida que sobró de nuestra singladura la tomaron ceremoniosamente los monjes, poco antes de que buena parte del pasaje fuera conducido al famoso hotel. Solo parte de él, porque el Strand no cuenta con más de treinta y dos suites, a título de hotel boutique.

Andaba yo empeñado en un largo viaje, que recorría inicialmente Birmania de norte a sur, para adentrarse luego por Tailandia a través de la suntuaria ruta Krmer y, llegado a las escalinatas de Angkor Wat, terminar en Camboya. Proyectaba casarme por el rito budista en una estupa desierta de Bagan, aunque aún no sabía si lo hacía con una cortesana. Es más, la susodicha, indecisa hasta el final, bien podía largarse con el fotógrafo belga que la cortejaba, justo antes de subir a los altares. Toda una aventura de la incertidumbre. Así que llegué al Strand en condiciones más que justificadas para emborracharme, engrosando al punto la lista de las almas que perdieron sobre su barra de bar las penas, las formas o los papeles. El escritor Somerset Maugham tal vez hizo otro tanto, al pasar por semejante abrevadero del animal que todos llevamos dentro. Y qué decir de George Orwell, uno de sus discípulos… Orwell visitó Birmania como oficial de la policía india entre 1922 y 1927, momento en el que desarrolló intelectualmente su aversión al imperialismo. Mil veces le ofrecieron barra libre para introducirle en la dolce vita colonial británica. Pero Orwell era un hombre de principios y de finales muy lúcidos, incluso etílicos, tal como se deduce de su primera novela, Los días de Birmania, que publicó en 1934.

El establishment americano se ha dejado ver también por el Strand, con caras de muy distintos estatus. Jimmy Carter sonrió como acostumbra en el Strand. El chef y presentador televisivo Antonhy Bourdain tentado estuvo de arremangarse ante sus fogones. Grata, gratísimamente impresionado, quedó el productor y guionista Edward Harrison Norton, con los cabeceros de sus camas tallados a mano, todos de teca. Las sillas de ratán que posee. Sus ventiladores de techo originales, que siguen ordenando la brisa con pasos de baile. Chandeliers, jarrones y antigüedades locales, entre las que destacan paneles de laca procedentes de Bagan precisamente. El Strand cuida el más mínimo detalle de nivel.

Los mayordomos del hotel desprenden ya más glamour que sus actuales clientes. Pero al menos el edificio y su función se recuperó tras el abandono al que fue conducido por las primeras autoridades de la independencia birmana. La Corporación de Desarrollo Económico de Myanmar no lo hizo mejor, una vez adquirió su propiedad en 1963. Al hilo del golpe militar, en 1989, pasó a manos del empresario Bernanrd Pe-Win y Adrian Zecha, que recalcaron su rumbo cosmopolita, pese al aislamiento en el que los golpistas sumieron al país. Y eso con la renovación a la que le sometieron en 1993, no para dotarlo de piscina o canchas de tenis, sino para convertir la arqueología del lujo en una ciencia antropológica. La teca y el mármol volvieron a sus suelos, así como los muebles de caoba, los doseles y, en el baño, amenities de la marca Molton Brown y pastillas de thanaka, la pasta de corteza arbórea que lo mismo vale de cosmético que de protector solar. Christian Martena se llama su último chef renombrado. Andreas Augustin, quien investigó hasta la extenuación, para publicar la historia del hotel. GCP Hospitality, el grupo inversor que lo opera, renunciando a comercializar alcobas que no sea suites y, en su nómina, una suite presidencial no menor de doscientos metros. Todo sea por reconciliar seda y caviar, en la que denominaron “mejor posada al este de Suez”.

El tiempo no perdona… No perdonaría que el Strand dejara de estar donde está, en la calle que le dio nombre, a falta de otras pretensiones. Lujo en el Strand sin otra pretensión que la buena memoria.

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