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  • Una vuelta al mundo en la BNE

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    Tan importante como rodear la Tierra siempre fue contarlo. No por casualidad la edad de las circunnavegaciones fue la época de la imagen del mundo, pero también la de la imprenta y el libro: mapas, derroteros y atlas, cuadernos de bitácora, diarios, literatura de viajes y, naturalmente, bibliotecas. Al fin y al cabo, ¿qué es una biblioteca sino un pequeño microcosmos, un lugar donde recorrer y perderse por estrechos y laberintos? Una exposición en la Biblioteca Nacional de España ...[Leer más]

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    Una jaula se transforma en una nube, un cubo de hielo en un regalo, notas de músicas caen como ramas de un árbol, un cactus hecho de piedras... Chema Madoz juega con elementos de lo cotidiano y con la Naturaleza, en fotografías que interpelan y sorprenden al espectador con una nueva visión del mundo. El artista crea objetos nuevos, inventa combinaciones inesperadas, piensa asociaciones insólitas. Muestra la fragilidad de la vida. Su trabajo puede verse hasta el 1 de marzo en una ...[Leer más]

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El viaje inmóvil de las mujeres

Hoy, encerrados entre cuatro paredes, amenazados por un enemigo invisible que nos persigue hasta cortarnos la respiración, podemos por fin entender a esas mujeres para quienes su único espacio de acción era la casa. Casas que ahora se han convertido en una fábrica de miedos y angustias.

27 de abril de 2020

Oriana Fallaci lo llamó el “sexo inútil” en su reportaje sobre la condición de la mujer alrededor del mundo, un ser sin cuerpo ni rostro ni voz que hay que esconder de toda mirada ajena, instrumento del poder masculino que se podía traspasar de padre a hijo, “una nota a pie de página en la vida de otro”, como dijo Martha Gellhorn. Considerada una especie humana domesticada o un animal de compañía, su valor dependía de su capacidad de procrear y su identidad estaba vinculada a la de ama de casa, en su imagen tradicional, u objeto de pasión, en su imagen más moderna. El único espacio de acción: el hogar, entendido con una connotación subjetiva, como lugar íntimo y privado, donde la única aventura permitida era la emocional.

Hoy, encerrados entre cuatro paredes, amenazados por un enemigo invisible que nos persigue hasta cortarnos la respiración, podemos por fin entender a nuestras mujeres. Nuestros hogares se han convertido en una fábrica de miedos, angustia e inquietudes que nos hacen vulnerables, nos tiranizan, nos hacen sentir acorralados, lejos del grupo, solos. Una soledad que tiene un sonido propio, que hace eco en el universo doméstico donde estamos confinados. Un espacio que nos ampara pese a sentirnos desamparados, inseguros, escépticos, que repara y separa a la vez: una zona templada y confortable que nos cobija y protege, pero también un territorio cerrado, ahistórico, donde las agujas del reloj marcan un tiempo infinito, pasivo y asfixiante. El tiempo de los fantasmas, de los peligros, de las amenazas que pensábamos tener controladas o silenciadas bajo una rutina que se repite automáticamente cada día de nuestra vida, a veces tediosa o aburrida, otras segura y acogedora. Un tiempo que nos está obligando a pararnos, a reflexionar, a convivir con esos temores, y a enfrentarnos a ellos.

El viaje inmóvil de las mujeres

En este punto, las mujeres han sido verdaderas maestras, porque, como un minero encerrado en una mina oscura y sin aire, supieron encontrar una salida, ver la luz, y transformar su hogar en el reino del deseo, en espacio de transgresión, en territorio de la esperanza. Nuestras mujeres supieron convertir el peligro en un riesgo que afrontar.

Su entusiasmo por romper las barreras, subvertir las ideologías y el orden lineal de la historia fue contagioso. Tenían mucho trabajo por delante, decidieron empezar por recorrer el espacio público. No fue una sorpresa observar una configuración androcéntrica que respondía a los usos y disfrute de un solo sexo, el masculino, unos espacios urbanos pensados desde las necesidades de la esfera productiva perteneciente al hombre, generadores de jerarquías y desigualdades. Sin embargo, ese mundo exterior, tradicionalmente varonil, donde predominan los paradigmas relacionales masculinizados, las mujeres ya lo conocían.

En sus días monótonos, quietos y rutinarios, soñaban con nuevos imaginarios, fantaseaban con espacios abiertos, deseaban un tiempo lleno, desordenado, nuevo. Para ellas, la realidad exterior era un sueño, una fuente de emociones, una llamada a experimentar nuevas posibilidades, una invitación a vivir. ¿Cómo pudieron transformar las mujeres su deseo en acción?

Usando la imaginación. Y asomándose a la ventana.

Sí, esas mismas ventanas donde todas las tardes, a las ocho en punto, salimos a aplaudir en reconocimiento a la labor de los sanitarios durante esta crisis del coronavirus, que se está convirtiendo en terapia de grupo, un canal de salida desde los límites de nuestros hogares para alterar el presente, renovarse y proyectar nuevas imágenes hacia un mundo exterior.

Desde las ventanas, las mujeres también viajaban más lejos, respiraban el aroma a libertad, exploraban la geografía física buscando su línea del horizonte y saboreando el gusto de vivir. Carmen Martín Gaite las defino un “punto de embarque”, un “andén”, una “alfombra mágica”. Yo las definiría como un medio de renovación de la existencia para crear un nuevo orden, abandonarse al destino y fabricar la propia libertad. Las ventanas como imagen futura de nuevos territorios a descubrir, búsqueda de la existencia empírica, sentimiento de riesgo y esperanza de transformación. Es ahí que empieza la aventura.

En las ventanas las mujeres construyeron nuevos mapas, empezaron a dialogar con el espacio, a redefinir la realidad, a rechazar lo previsible privilegiando la incertidumbre del camino. Gracias a las mujeres hemos aprendido a traspasar los límites, a mirar adelante, a construir un tiempo futuro, indeterminado e incierto, y a poner en duda el momento presente que responde a la precariedad apegándose desesperadamente a un mundo conocido e inamovible cuyo disfrute es mesurado, sin asombro ni sorpresa. Las mujeres nos han enseñado a vivir el espacio diario con el espíritu del viajero, a ver el mundo en su realidad sin conformarse con su retrato borroso e intangible.

¿Cómo pudieron romper con el orden patriarcal, salir de la caverna platónica, liberarse de sus cadenas y ver la luz del sol?

Porque fueron valientes, pudieron desafiar un mundo heredado con perseverancia, fuerza y firmeza de ánimo. Siguieron su impulso liberador, se lanzaron a una navegación precaria y ampliaron sus posibilidades vitales, orgullosas y seguras de sí mismas y su proyecto humano.

Ante este confinamiento forzoso, la aventura es nostalgia y el laberinto de la mente es nuestra única forma de viajar, de recordar, de proyectarnos al horizonte de la esperanza. De poco sirve ahora ese valor bélico que nos empuja hacia el territorio de la libertad y de la creación. Pero la libertad también puede ser otra, y consiste en aceptar las leyes de la naturaleza sin intentar cambiarlas, concentrarse en un solo punto y buscar un sentido en nosotros mismos. Porque el espacio exterior es una forma de lo interior y nuestras mujeres lo sabían. Por eso, antes de orientar las brújulas hacia el norte, volvieron a escribir su identidad, a apropiarse de su existencia y a crear nuevas estrategias de cambio. Y cuando salieron, se comieron el mundo.

 

Maria Elena Casasole

Sobre mi… Una licenciatura en Idiomas, literatura y ciencia de la traducción; una tesis sobre la literatura de viaje femenina hispanoamericana; un Máster en Turismo y otro en la enseñanza del español para extranjeros. Profesión: Traductora. Nacida en la patria de Cristóbal Colón, su ‘Diario de a bordo’ me lleva a América Latina, en un periplo todo femenino en búsqueda de mí y de mi identidad a través de la comparación con el Otro y el descubrimiento de la diversidad. En el lejano 2007, quedo seducida por la tierra de Don Quijote y desde entonces son las palabras las que viajan. Las llevo lejos, hasta mundos inexplorados, las deshago, las recreo y las transformo. Nunca he dejado de buscar el país de los sueños. El viaje para mi es huida, separación, nostalgia; es la belleza de lo ignoto y el miedo a lo desconocido, es incertidumbre, inestabilidad, rebelión. El viaje para mi es una necesidad vital y constante de conocer y conocerse.

Más sobre la autora en www.mecasasole.comFacebook y LinkedIn.

coronavirus, covid 19, feminismo, mujeres viajeras, viaje y género

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Comentarios sobre  El viaje inmóvil de las mujeres

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  • 20 de mayo de 2020 a las 0:43

    Excelente artículo. Felicitaciones Maria Elena.

    Por Humberto Hincapie