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Groenlandia, la tierra del Imaka

Kalaallit Nunaat, el país de los seres humanos, es una de las regiones más atroces e inhóspitas del planeta, un lugar en los confines de la tierra que te aprisiona con su inmenso desierto de hielo, pero también con las historias apasionantes de sus recios habitantes y de los exploradores árticos.

23 de junio de 2020

“Nuestros antepasados hablaron pródigamente del origen del hombre y del de la Tierra hace mucho, mucho tiempo. Ellos no sabían conservar las palabras en líneas, como hacen los hombres blancos; las personas que vivieron antes que nosotros solamente contaban. Y contaban muchas cosas, tantas que hoy conocemos todas estas historias”. Mitos y leyendas inuit, Knud Rasmussen.

La historia de Groenlandia empezó mucho tiempo antes. Antes de que se oyese hablar de una gran isla que un tal Gunnbjorn Ulf-Krakason había avistado a lo lejos. Antes de que en el año 985 de las cuentas de los cristianos el vikingo Erik el Rojo escuchara la música que emanaba de esta Tierra Verde a la que llamó “mi isla” y encontrase para los nórdicos una nueva tierra de colonos. Antes de que los primeros barcos balleneros se adentrasen hasta estas aguas heladas, recónditas e inexploradas del Atlántico Norte y, al abrigo de sus escarpadas lenguas de tierra, consiguieran resguardarse del viento devastador que azotaba sus naves.

Mucho antes de que allá por el año 1611 el espíritu evangelizador del pastor Pierre Biard encaminara sus pasos desde la misión jesuita de Nueva Escocia hasta estas escondidas tierras y, en su narración del viaje, denominara a sus pobladores “esquimales”. Así es como les llamaban sus enemigos, los indios vabinaks, y viene a significar “comedores de carne cruda”.

Más tarde, en 1818, una expedición ártica patrocinada por el Almirantazgo británico y comandada por el capitán John Ross y el contralmirante William E. Parry en su incansable búsqueda del legendario Paso del Noroeste, contactó con un reducido grupo de estos hombres que permanecían aislados del mundo, creyendo ser los únicos habitantes de la Tierra.

La historia de Groenlandia empezó mucho tiempo antes.

Mucho antes de que alcanzasen sus costas las primeras expediciones arqueológicas, etnográficas o biológicas conducidas por científicos daneses o alemanes y certificasen a ciencia cierta que Groenlandia era una isla. Antes, incluso, de que se internasen en su gran meseta helada los grandes exploradores polares, como el noruego y premio Nobel de la Paz Fridtjof Nansen, quien, entre los años 1888 y 1889, finalizó con éxito la expedición que atravesó la isla de costa a costa; hazaña que narró al detalle.

La historia de Groenlandia empezó muchísimo antes. Muchísimo tiempo antes de que , en 1953, Dinamarca dejase de considerar este territorio como una de sus colonias y sus habitantes pasasen de ser avanersuarmiut, gente del norte, a ser, simplemente, daneses del norte.

Toda esta vasta región helada del Ártico llevaba miles de años habitada por una cultura de pueblos cazadores y pescadores del hielo que habían desarrollado una civilización propia: los inuit, nombre con el que este pueblo se conoce a sí mismo y que quiere decir “ser humano”.

Viaje a Groenlandia

Estos primeros pobladores provenían del Ártico canadiense, descendientes, a su vez, de una primera oleada de pequeños grupos de cazadores siberianos que, siguiendo el corredor de la tundra ártica, se habían aventurado hasta estas tierras cruzando el Estrecho de Bering. Un movimiento migratorio coincidente con la última glaciación Würm, que suavizó las gélidas temperaturas del planeta y permitió que, en su desplazamiento hacia el este, aquellos hombres primitivos dieran con aguas más libres de hielos. Así, sin saberlo, se adentraron en un mundo nuevo, logrando sobrevivir en las recortadas zonas costeras de una de las regiones más atroces e inhóspitas del planeta: Groenlandia. En su lengua natal, Kalaallit Nunaat, el país de los seres humanos.

Nacía el pueblo groenlandés, empezaba a caminar la historia de un pueblo que se decantó por habitar un lugar en los confines de la tierra, se asentaron en el límite, allí donde el mundo acaba. Echaba a andar la Tradición Microlítica Ártica, que se conoce como cultura Saqqaq, o Periodo de Independencia I. Esta primera oleada humana evolucionó hacia la cultura Predorset, y esta, a su vez, dio paso a la Dorset, o Tunnit, como se conoce en la tradición oral inuit. Un pueblo legendario que despareció hace unos mil años, dando entrada a otros grupos provenientes de Alaska que se establecieron en el norte, en la ciudad de Thule, abriéndose paso hacia el sur y ocupando toda la isla.

Todas estas culturas sobrevivieron en uno de los climas más duros y oscilantes del mundo. Estos hombres y mujeres representan el caso extremo de adaptación humana en un tierra que te tiene prisionero, el hombre salía victorioso de una lucha poderosa contra las cadenas que aquí imponen montañas altas cual murallas, verticales lenguas glaciares que se precipitan hacia el mar, el inmenso desierto de hielo, el frío aterrador y la claustrofóbica oscuridad de la noche polar.

Pero esta tierra también te aprisiona por sus apasionadas historias, por el amor a recitar poemas, a cantar canciones y por su imponente paisaje helado. La proyección del alma adquiere un lenguaje propio, abarcar con la mirada tanta belleza desplegada e intentar describirla con palabras es como escuchar música y querer poner por escrito lo que se ha oído. Ni siquiera en su propio idioma, el groenlandés, una lengua rica y repleta de palabras sonoras, seductoras, con eco mágico, algunas terriblemente largas y otras diseñadas para albergar su propio mundo: Angalalluarnissassinnik kissaallusi, que tengas un buen viaje; qanik, grandes copos de nieve que se posan sobre el hielo; pirbuk, viento suave que arrastra consigo la nieve ligera; nunuteq, rocas que emergen del indlandis, ese gran manto de hielo interior que cubre la isla; o la enigmática sinik, sueño. En esta planicie blanca de horizontes infinitos y escasas referencias espaciales, la distancia del viaje depende del número de sinik que se tengan, no es una distancia, ni siquiera un cómputo temporal, es un concepto que describe la unión entre el espacio, el tiempo y el movimiento, algo tan natural para un inuit pero imposible de recoger en otro idioma.

Y qué decir de su luz, esa que marca el devenir de la vida, ausente durante cuatro meses al año, impone respeto, se cobra su precio, reina de una noche eterna que tributa pago a los hombres con el brillo de la luna sobre la nieve y el hielo y con las enigmáticas auroras boreales, las llamadas Luces del Norte, las alugsukat, o nacimiento secreto en esta parte del mundo, soberbios chorros de luces de colores que incendian y bailan su ancestral danza en el cielo.

Toda esta luz dormida se despereza en primavera y un abanico de azules y blancos, verdes y plateados te absorben desde dentro. Infinitos tonos de azul, del mar, del hielo, del cielo; un azul que tanto le gustaba pintar al maestro renacentista Durero. Aunque en esta recóndita tierra el azul cielo es un lugar frío y desolador; mientras que la tierra alberga calor, aquí abajo se encuentra el abrigo protector. Una naturaleza dura, indómita, salvaje que hace de estos guardianes de los hielos gente amable, de vida sencilla y digna, que se rige por el tiempo que hace, los animales, el amor, la difícil tarea de vivir y lo terriblemente sencillo que se hace el morir. La tierra del imaka, el país del quizá.

Groenlandia, este no país de los mapas, esta tierra desconocida para buena parte del mundo, navega entre la tradición y la modernidad, entre la entidad individual y la colectividad, sin olvidarse de sus raíces tan profundamente ancladas en la tierra. Una tierra extraña y frágil, sumida en el olvido, que no hay que explicar sino entender para acercar.

Durante la primera Inuit Circumpolar Council que tuvo lugar en Barrow, Alaska, en 1977, descubrieron que todos los grupos inuit establecidos alrededor del Ártico forman un solo pueblo que comparten la misma lengua, las mismas fantásticas leyendas, los mismos mitos ancestrales, aquellos remotos del oqalugtuat, o más cercanos del oqalualat, esos que le contara a la luz de una lámpara de grasa el inuit Arnaaluk al último gran explorador polar y gran conocedor del alma inuit, Knud Rasmussen, que compiló de forma tan magistral en el libro de relatos El gran viaje en trineo.

Desde aquel remoto día saben que todos ellos albergan la misma relación espiritual entre el hombre, los animales y el entorno natural y, sobre todo, su mismo amor por la tierra y el mar. Esta tierra que desde que pisaran en aquella primera noche de los tiempos tanto miman, con la que quieren avanzar, que saben vivir sin dañarla y de la que se responsabilizan ante futuras generaciones. Porque la tierra en la que vivimos no la heredamos de nuestros padres, nos la dejan prestada nuestros nietos.

Groenlandia, un lugar en el mundo donde la naturaleza tiene alma, Kalaallit Nunaat. Todo un mundo por aprender sin enseñar.

Domitila Barbolla Mate

De formación académica licenciada en Derecho por la Universidad de Alcalá, apasionda de los viajes, de la lectura, de la música, de la historia, de la montaña, del campo… De infinita curiosidad, agradecida de caminar por la vida con mi gente, que me quiere y a la que adoro.

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