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Campo de Criptana: Ver molinos o gigantes

No es casual la elección de un molino de viento como enemigo en la obra cervantina. Es sabido que tal vez el fenómeno meteorológico más desagradable y generador de ansiedad hasta enloquecer sea el viento. Viento y locura. ¿Cómo no unirlo  todo y ver brazos de amenazantes gigantes?

7 de septiembre de 2020

No lejos del lugar de cuyo nombre Miguel de Cervantes no quería acordarse, se encuentra el Campo de Criptana donde el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha luchó contra los gigantes. Existen datos que acreditan que en aquellos tiempos hubo allí treinta o un número mayor de molinos. Eso demuestra que se trataba del lugar mencionado por el escritor. En la actualidad solo se conservan diez, tres de ellos datan del siglo XVI.

La mente tiene su ecología y una parte importante es el espacio en el que ella, nosotros, nos desenvolvemos. No todos los lugares son iguales, algunos son considerados el ónfalo, el centro del mundo, el lugar en el que se concentra eso que llamamos espíritu, energía o cualquier otro término con el que queramos significar  lo inefable. Todos esos lugares producen un reflejo de algo de lo que estamos hechos los humanos y el cosmos que nos rodea. En el Campo de Criptana se siente esa fuerza telúrica. Sin embargo, cuando me dirigía  al cerro de los molinos, pensaba, simplemente, que iba solo a conocer los  artilugios que citaba Cervantes en el famoso episodio.

Al bajar del coche y caminar un pequeño trecho, me vi rodeado por los molinos. Bellos y elegantes pero imposible no contemplarlos como gigantes convertidos en máquinas de moler. Cervantes nos contó una historia que allí cobraba vida y sentido. Los humanos  creamos símbolos y los articulamos en una ficción, en una narración a la que nos complace referirnos. En medio de esa ficción vivimos estando a la vez  circundados por lo real, entendido como lo ajeno, lo inasumible, lo peligroso, lo incompatible, así como lo imaginario, que incluye lo compensatorio, lo falso, lo imposible y aun lo loco. También vivimos en medio de todo eso. Me sentí emocionado, contento y aprensivo. Don Quijote tuvo mucho arrojo al asumir todo ello y salir de caballero andante a mejorar el mundo.

En los molinos de Campo de Criptana se encuentran condensados conceptos importantes: el trabajo, el poder, la posesión, la explotación, la marginación, el calor… y simultáneamente la belleza, el dominio de la naturaleza, el alimento… ¡Cuán contradictorios somos!

Esos molinos son capaces de desafiar al lugar en el que están insertos: La Mancha, nombre derivado de un topónimo árabe que significa “tierra seca”, “tierra sin agua”. Y así es. Los molinos de la sierra son una singularidad en ese territorio. Son poco numerosos pero contribuyen poderosamente a crear el imaginario que llamamos La Mancha. Mirando en cualquier dirección observamos un mundo plano, sin agua, lleno de una bella luz blanca, sin apenas montañas o ríos permanentes y caudalosos. La lluvia que cae se filtra hacia el interior de la tierra y así se ha originado un acuífero, denominado sin ningún afán poético “23”, que durante siglos sirvió para abastecer las fuentes, los pozos, las surgencias, las Lagunas de Ruidera y las Tablas de Daimiel. Hoy la sobreexplotación —La Mancha actualmente aparece como  un paisaje verde con  cultivos de viñas, olivos, frutales y cereales que van agotando el acuífero— hace que, por ejemplo, Daimiel se acerque ya a la desertificación. De algo hay que vivir, cierto, pero o se hace con mesura o pronto nadie podrá habitar allí.

Rafael Manrique.

Don Alonso Quijano es un hidalgo manchego. Vive empobrecido y aburrido. Así hubiera podido pasar toda su existencia, pero Miguel de Cervantes nos muestra a ese personaje como un inconformista y rebelde: un romántico. Añadiéndole un trastorno mental que, por lo menos, se puede calificar de notable… ¡mejor que mejor! Y esa personalidad alterada y aislada, poblada de noches en claro y días en turbio, hacen que Don Alonso se plantee vivir el gran tema de todos los tiempos: el amor. Y no solo el erótico, sino el amor a todo lo humanamente bueno. Después de todo, Don Quijote sale a “desfacer entuertos”; esto es, a remediar injusticias allí donde las hubiere y a enfrentarse con gente “descomunal y soberbia”. Además, tiene otro objetivo: obtener el amor de Dulcinea ,y piensa que solo lo obtendrá si él le ofrece  algo profundo y fuerte. No olvidemos que nunca la ha visto. Solo ha pensado en ella. Y la única vez que consigue verla la encuentra transformada, según él, por un mago maligno en una ruda aldeana de El Toboso. En esas condiciones cualquiera hubiera dado en una locura semejante, pero no creo que tan literaria y poética. Simplemente en una simple chifladura.

El Quijote no emprende la lucha contra los gigantes porque crea que ellos son malos. En realidad los molinos no cometen ninguna maldad. Tan solo existen y mueven los brazos de manera amenazante, tal como don Alonso imaginaba que hacían los de Criptana. Nuestro héroe es quien sube a buscarlos para derrotarlos y ofrecer esa hazaña a la mujer de sus sueños y delirios. Pruebe el lector a situarse debajo de una de esas aspas. Seguro que ve gigantes… o es que su cabeza no rige correctamente.

Cuando uno se va acercando desde la llanura a la sierra de los molinos, ya comienza  a verlos como seres descomunales. El relato cervantino consigue tenernos dominados. Desde la distancia vemos gigantes que pronto tendremos a nuestro lado. Solo de esta turbia manera sentiremos bullir en las profundas circunvoluciones cerebrales que nos conforman algo del delirio, de la pasión y de la amenaza que Cervantes creó. Y ya puestos a delirar hay que mencionar la existencia de un molino dedicado a la sorprendente Sara Montiel, que además le pertenecía. Ojo con burlarse: es la primera mujer española, y de humilde ascendencia, que llega a ser estrella de Hollywood.

No nos enfrentaremos a ellos y acabaremos, si somos sensatos, por ver molinos y museos, pero quien solo es capaz de ver molinos allí donde solo hay molinos, es digno de lástima. Nunca llegará muy lejos con tan acendrado realismo. Por eso me gusta el lema turístico que el Campo de Criptana ha elegido para promocionarse: Tierra de gigantes. 

Cervantes, a lo largo de su vida, viaja por buena parte de Andalucía, Castilla y La Mancha. Algunos opinan que no nació en Alcalá de Henares sino en este territorio, aunque no en ese lugar del que no quiso acordarse. Pero el caso es que conoce bien el paisaje y el paisanaje. De ahí sus lúcidas y precisas descripciones. Al situarnos en el cerro de Criptana, estas realidades paisajísticas de las que habla Cervantes nos sobrecogen. También su materialidad física. El calor, el frío, la llanura, las escasas lluvias.

No es casual la elección de un molino de viento como enemigo. Es sabido que tal vez el fenómeno meteorológico más desagradable y generador de ansiedad hasta enloquecer, sea el viento. Los molinos de La Mancha captan todos los vientos posibles, en cualquiera de  las direcciones. El molinero ha de saber orientarlos, mediante un ingenioso sistema, para sacarles provecho. El dicho “no sabe por dónde le da el viento” tal vez haga referencia a las pequeñas ventanas que rodean al molino y que sirven para averiguar precisamente eso, por dónde viene el viento. Con esa información ya puede convertirlo en algo útil.

Los molinos se mueven con el viento, viven del viento. Viento y locura. ¿Cómo no unirlo  todo y ver brazos de amenazantes gigantes?

Rafael Manrique.

Otra antinomia nos aparece. Don Quijote, con escasos  recursos de lucha y ataviado  de forma anticuada, se enfrenta a aparatos de tecnología inteligente y precisa. Aún hoy la ingeniería de los molinos asombra. El Campo de Criptana, a través de ellos, ofrece a los visitantes una experiencia de lo real, de lo poderoso, de lo peligroso. Don Quijote se enfrenta a gigantes armado sobre todo con el  amor delirante por la sin par Dulcinea. Tal vez no haya fuerza más poderosa y frágil.

Aparentemente, y esa era la experiencia de Don Alonso Quijano, no ocurre  nada en La Mancha, pero el episodio de los molinos muestra como sí pueden pasar cosas. Es cuestión de valentía, de deseo… y algo de delirio. ¿No es esto lo que ocurre en toda  vida que merezca la pena ser vivida? Cambiar el tedio por la aventura no es sencillo. Para ello el hidalgo desarrolla un procedimiento mental que consiste en una especie de algoritmo: ver la realidad, negarla, transformarla en algo mucho más interesante, actuar sobre ella, fracasar y finalmente justificar el desastre por la intervención de poderosos y hostiles magos. Y vuelta a empezar. Lo que no ocurre, excepto al final de la segunda parte de libro estando su muerte cercana, es la sensación de desaliento, de derrota, de fracaso personal. Nunca se rinde. Sus derrotas las considera dignas, aunque para un observador puedan parecer patéticas, tristes o ridículas. Pero los lectores siempre estaremos de su parte.

Los molinos del Campo de Criptana son el producto bellísimo del ingenio humano. Sin embargo, el Quijote cervantino los convierte en la base de algo que ya no es humano. No hay que entender esta afirmación como sinónimo de crueldad o falta de piedad. Son una llamada, un mensaje destinado a recordarnos que el mundo abarca más de lo que vemos, incluso más de lo que imaginamos. Los molinos ofrecen a cada persona una base material desde la que realizar una mirada apropiada a sus deseos. Sancho ve molinos. Su pensamiento es realista, cauto y razonable. Respeta lo que hay hasta la exasperación. Es una criatura  lógica, aspira a gobernar una ínsula y eso ya le convierte en un hombre político. Por el contrario, Don Quijote quiere sobrepasar los pequeños límites en los que transcurre su existencia. Debido a ello pagará un alto precio. Son innumerables las decepciones y las palizas por llevar a la práctica lo que imagina. Pero si no se hace eso alguna vez, ¿qué vida le espera a uno?

Es importante la lucha contra los molinos porque son, a su vez, para el mundo del Quijote, una de las representaciones del mal. Es posible que el bien no venza en la tierra, pero sí lo hace en el corazón de las personas. El caballero andante no cambia el mundo, pero sí logra transformarse a sí mismo y a Sancho. Tal vez desde una óptica personal no podamos aspirar a más.

Don Quijote sale al mundo creyendo en las palabras, en los compromisos, en el honor. No es ingenuo, conoce el mal: magos perversos, gigantes, traidores… Pero cree posible un mundo mejor.

Situándonos en Campo de Criptana nos colocamos ante un dilema poderoso: ver molinos o gigantes. Y no es una elección banal. O vemos un sistema de moler grano o desaforados gigantes cuya derrota conduciría a un mundo mejor. Pero para ese combate hace falta que Don Quijote tenga la compañía de Sancho y que Sancho tenga la de Don Quijote. Separadamente, cada uno  solo poseería  locura o vulgaridad.

La sierra de los molinos es, en realidad, lo que plantea Cervantes: un test. Si se sube de forma realista se verán molinos y el objetivo de la visita será cumplido con rapidez. Y no es poco. Se podrá admirar el sorprendente y lógico ingenio del mecanismo de su funcionamiento y el paisaje que configuran todos ellos juntos. Pero si uno asciende  como Don Quijote, en busca de gigantes, la experiencia será muy diferente. Se puede llegar a pasar allí buena parte del día hablando del autor o con el autor acerca de toda esa vida. Es en ese momento cuando uno puede comprender su genio literario y psicológico. Don Quijote quiere ser otro, quiere tener otra vida diferente de la que el destino le ha deparado, que era aburrida aunque mejor que la de muchos de los que le rodeaban. No se resigna a tan poco.

Así, si ya desde la llanura se adivinan gigantes, si uno trata de verlos con el genio que Cervantes insufló a sus visiones, uno podrá enfrentarse a seres inexistentes y con ello no se quedará viviendo por debajo de sus propias posibilidades, sino que tratará de hacerlo por encima de ellas. Con una cierta  peligrosidad  para el equilibrio personal, pero de forma creativa y fascinante.

Enfrentarse a los gigantes… Don Quijote resuelve de esta forma el dilema que planteaba su contemporáneo Shakespeare. En el famoso dilema del príncipe Hamlet, la decisión se antoja clara: la acción más noble es ser, es enfrentarse a las dificultades de la vida. Oponerse “… a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia”. Otra cosa es que sea sencillo de ejecutar.

El libro de Cervantes es, simultáneamente, un libro de caballería y una severa crítica a esa literatura. Hace mucho que no se leen ese tipo de libros y pudiera pensarse que un libro como El Quijote debería haber sido olvidado. Pero ha ocurrido exactamente lo contrario. Los lugares que describe el autor, como el Campo de Criptana, las ideas y situaciones vinculadas a estos paisajes y sus personajes forman hoy parte del patrimonio de la humanidad.

Somos quijotes y sanchos. A veces gigantes, a veces molinos y, ¡ay!, muy muy rara vez, escritores como Cervantes. Y a ratos llenos de un realismo materialista: a treinta y muchos grados, la cerveza fría en el bar frente a los molinos, con vistas a La Mancha, es insuperable.

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