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Cartagena, la ciudad fénix

Cartagena siempre ha resurgido de sus cenizas. Púnica, romana, bizantina, musulmana, ilustrada, decimonónica y hoy, una ciudad dinámica que está poniendo en valor sus magníficas ruinas. Todo esto define a la ciudad murciana, con sus interesantes museos, su gastronomía y su literatura.

6 de octubre de 2020

Una ciudad que se precie ha de tener ruinas, restos del pasado que nos hagan evocar historias y leyendas. No necesariamente han de ser ruinas antiguas, simplemente espacios abandonados al pasado, dejados, pero respetados. Hoy podemos apreciar por toda España desde las ruinas romanas y árabes hasta la llamada arqueología industrial del siglo XIX, con ejemplos considerables en el sur, como en Linares (Jaén) y en Peñarroya-Pueblonuevo (Valle del Guadiato, Córdoba).

Una ciudad, para que nos atraiga e intrigue más, deberá haber sido destruida, reconstruida, sometida, abandonada y, al fin, renacida. Los sedimentos de la historia, de los pueblos que por ella pasaron la definen, le dan su personalidad. Cartagena tiene todas las ruinas del pasado hispánico y es quizá una de las ciudades españolas con más carácter.

Las ruinas han sido siempre útiles para conocer la historia, para aprender de ellas —como lo prueba el Renacimiento que se inspira en las romanas y griegas—, y para las artes, para la literatura y la poesía. Aunque algunos aún confundan decrepitud con decadencia, las nobles ruinas son el testimonio mudo y expresivo de una cultura. Son como los sedimentos geológicos, hay que preservarlas y estudiarlas, pues nos están contando algo. De ahí que las restauraciones hayan de ser rigurosas, como las de Cartagena, de las que el Teatro romano es un ejemplo de interpretación e inteligencia.

Cartagena

Kurtis Garbutt, Flickr.

Al llegar a Cartagena, el viajero se sentirá al principio algo decepcionado, porque sus accesos nada indican de la riqueza histórica que esconde. Barrios de bloques, afueras descuidadas, naves industriales y centros comerciales desparejados en medio de una planicie seca y polvorienta, como tantas ciudades españolas. Pero hay que perseverar y entrar. El visitante no quedará defraudado.

Cartagena y su entorno han sufrido invasiones y guerras, pues sus montes encerraban minerales y su bahía es uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo. Y Cartagena siempre ha sabido renacer. Son numerosos sus renaceres; desde la destrucción de Qart Hadasht, la flamante ciudad de Hasdrúbal, yerno de Amílcar Barca, pasando por el fin del Imperio romano, los bizantinos, los musulmanes y una larga decadencia hasta que los Austrias y después Carlos III la revitalizaran. Y después, otra vez, la guerra de la independencia con las aviesas destrucciones perpetradas por los napoleónicos para que no hubiera renacer posible, el fuerte temporal de 1862 que destruyó el frente marítimo, los fieros bombardeos del gobierno central contra el Cantón, y el durísimo final de la guerra civil.

Cartagena siempre ha resurgido de sus cenizas y es hoy una ciudad dinámica que está restaurando muchos edificios singulares del modernismo que no fueron demolidos; y nos ofrece unos museos importantes, además de estar poniendo en valor sus magníficas ruinas. En cuanto a riqueza histórica, pocas ciudades se le pueden comparar. Púnica, romana, bizantina, musulmana, ilustrada, decimonónica y hoy, una ciudad del siglo XXI. Todo esto es lo que define a Cartagena.

El romanticismo pasó por la ciudad y no logró —ni quizá le interesó— descubrir su pasado escondido, enterrado. Tuvieron otras preocupaciones: la invasión francesa, el tumultuoso siglo XIX, el Cantón. No hubo tiempo para hacer excavaciones. Apenas hace treinta años se ha iniciado la verdadera recuperación de Cartago Nova. Tras los trabajos arqueológicos de singular importancia para recuperar el pasado romano, en los últimos veinte años la ciudad ha recuperado una considerable parte de su densa historia, incluida la púnica. Esta, la cartaginesa, fue siempre menospreciada, porque los romanos se encargaron de denostar a los cartagineses como si hubieran sido unos salvajes, cuando pertenecían a la mejor tradición fenicia y helenística.

Por su localización, es una de las ciudades españolas más plásticas, que más merece la fotografía o la pintura (“cada balcón repetía la misma acuarela suave de azules, grises y blancos —mar, cielo, rocas y velas desplegadas—. El paisaje resultaba de una dulzura y de una ingenuidad de estampa antigua”, Sender). Una bahía y puerto natural guardados por dos imponentes promontorios, el Cerro Galeras y el de San Julián, con fortificaciones que datan del siglo XVIII. Cinco colinas de nombres antiguos, que corresponden a los santuarios de los dioses fenicio-púnicos, según Polibio: La Concepción (Asklepios por Eshmun), Monte Sacro (Kronos por Baal Hammon), Cerro de San José (Aletes), Despeñaperros (Hephaistos por Kusor) y El Molinete (Arx Hasdrubalis).

“Cartagena tenía color de hierro viejo, de quilla blindada, que un día encalló y abandonada en el roquedo fue cubriéndose de moho y de liquen. Cartagena era una plaza fuerte, con sus murallas por Quitapellejos hasta la estación del ferrocarril, cerrando por San José y Monte Sacro sobre el puerto.” (Mr. Witt en el Cantón).

Mariano Ramón Sánchez.

Las trazas de la ciudad vieja siguen aún su pasado romano e incluso cartaginés, pues el kardo y el decumano no fueron solamente romanos, sino cartagineses, que los orientaban ligeramente escorados, no norte-sur y este-oeste. Los romanos conservaron gran parte de la infraestructura urbana púnica, como se observa en la plaza de San Ginés, por ejemplo.

Sus museos dan buena cuenta de este pasado, hasta el más reciente. Además de la Muralla púnica, la casa de la Fortuna, el Augusteum, el Foro y el Teatro romano, hay que visitar el Naval y el de Artillería o Militar, visitas imprescindibles no ya por su importancia meramente marcial, sino porque son museos de historia. El de Arqueología Subacuática está cerrado por obras por un tiempo, a pesar de que su construcción es la más reciente. Habrá que volver. El museo Arqueológico municipal también es necesario, entre otras cosas porque conserva muchos restos cartagineses que no se pueden ver en otros lugares. En el Museo Militar, el despliegue de armas, de instrumentos de medición y de comunicación, de mapas, miniaturas, planos, lo hacen un museo para conocer la historia moderna de la ciudad y de España. Hasta hay una máquina Enigma, ese maravilloso aparato de transmisiones codificadas alemán que solamente en Bletchley Park lograron descifrar. Las explicaciones sobre el Cantón, sobre la Guerra Civil, son dignas de respeto y muy ponderadas, incluso el hundimiento, en marzo de 1939, tres semanas antes de terminar la guerra, del buque de transporte militar franquista ‘Castillo de Olite’, que causó centenares de muertos, siendo uno de los hechos singulares de combate más sangrientos. Son, por cierto, mucho más claras e ilustrativas que las del Museo del Ejército de Toledo, en el que han literalmente borrado grandes partes de nuestra historia reciente para ser políticamente correctos.

La rebelión del Cantón en 1873 fue un ejemplo de lo que no debían hacer los revolucionarios, escribió Friedrich Engels, indignado con los bakuninistas que, dijo, le habían dado una puñalada trapera al movimiento obrero (Los bakuninistas en acción). Solo se consiguió más ruina, más destrucción, el retroceso del movimiento obrero y un considerable retraso de veinte años, por lo menos en la necesaria modernización de las instalaciones del puerto, que ya se habían iniciado antes y que fueron destrozadas por los cantonalistas y por los bombardeos centralistas dirigidos por Martínez Campos.

Además de ser la tierra del escritor Arturo Pérez-Reverte, cuyo libro Falcó le rinde tributo, hay otros libros sobre Cartagena que merecen su relectura, como Mr. Witt en el Cantón, de Ramón J. Sender, y Lola, espejo oscuro, la trilogía de Darío Fernández Flórez que evoca el personaje de una mujer de la vida del barrio del Molinete, lugar de chabolas, casas de juego y burdeles que fue demolido no hace muchos años para ir descubriendo el Arx Hasdrubal, donde se ubicó el palacio fastuoso del fundador de Qart Hadasht y, abajo, el antiguo Foro romano.

El libro de Sender es deudor del episodio nacional De Cartago a Sagunto, de Benito Pérez Galdós, sobre todo en la descripción de Colau y de una de las batallas navales de la Numancia contra los centralistas. Para conocer el pasado cartaginés en Hispania, que mucho menos conocido, es muy recomendable el libro de Manuel Bendala Galán, Hijos del Rayo, un relevante estudio científico e histórico sobre los Barca. Aníbal de Cartago, de Pedro Barceló, es otra lectura necesaria.

Cartagena aún está descubriendo su pasado. Afortunadamente pasaron las décadas de la pura especulación inmobiliaria y de ese mal gusto que aparece en barrios modernos, por no hablar de la vecina La Manga del Mar Menor. En el cerro del Molinete continuarán los trabajos durante años y podremos tener sorpresas. Una parte ya ha sido excavada y el Foro romano y las termas se pueden observar. Las ruinas han de contemplarse en silencio, dejando que la imaginación y el sueño hagan resurgir los tiempos pasados. El turismo habrá de ser respetuoso para evitar ese tumulto que observamos en Roma con las masas y grupos siguiendo a guías con banderines.

Pero como no solo de cultura vive el viajero, podrá encontrar varios restaurantes que, lejos de ser elitistas o snobs, como a veces sucede con los famosos, satisfacen los gustos más exigentes, además de tener un servicio modélico (hay que decir que en Cartagena solo se encuentra simpatía en todos los establecimientos comerciales), son, La Alacena de María y El Barrio de San Roque, además de Techos Bajos y el Club Náutico Santa Lucía, cerca del puerto pesquero.

Cartagena, Murcia.

Evgeniy Isaev, Flickr.

Y, para terminar, si el viajero gusta de leer, acérquese a la librería La Montaña Mágica, donde podrá pasar un largo rato husmeando y comprando buenos y bien escogidos libros. Curiosamente, hay en las librerías de la ciudad muy poca bibliografía sobre Cartago Nova.

Acaba la estancia y nos han faltado días para apreciar en toda su extensión lo que ha significado Cartagena en la historia de España y en la del Mediterráneo y la dejamos con el deseo de volver, lo que no será difícil, pues está perfectamente comunicada y es acogedora por la amabilidad de sus gentes, que no hacen alarde de nada, sino que trabajan y cumplen. En el puerto están amarrados dos modernos buques de salvamento marítimo, en el Arsenal buques modernos, de investigación, de defensa. La población, variada, con muchos magrebíes, convive apaciblemente. Queda mucho por recuperar, por extraer del subsuelo rico en historia y vestigios, por arreglar barrios y recuperar las pocas joyas que restan del modernismo; poco a poco la ciudad recupera su esencia milenaria.

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