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    Mariano Fortuny, Francisco de Goya, Francisco Iturrino, Paul Klee, August Macke, Henri Matisse, Lee Miller, Pablo Picasso, Man Ray, Emilio Sala o Joaquín Sorolla son algunos de los artistas con cuyas obras el IVAM reflexiona en torno a la construcción del imaginario de Oriente Próximo y el Norte de África entre 1800 y 1956; esto es: desde la campaña napoléonica en Egipto y Siria hasta la independencia de Marruecos y Túnez. La exposición estará abierta al público hasta el 21 de junio...[Leer más]

  • Una vuelta al mundo en la BNE

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    Tan importante como rodear la Tierra siempre fue contarlo. No por casualidad la edad de las circunnavegaciones fue la época de la imagen del mundo, pero también la de la imprenta y el libro: mapas, derroteros y atlas, cuadernos de bitácora, diarios, literatura de viajes y, naturalmente, bibliotecas. Al fin y al cabo, ¿qué es una biblioteca sino un pequeño microcosmos, un lugar donde recorrer y perderse por estrechos y laberintos? Una exposición en la Biblioteca Nacional de España ...[Leer más]

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    Una jaula se transforma en una nube, un cubo de hielo en un regalo, notas de músicas caen como ramas de un árbol, un cactus hecho de piedras... Chema Madoz juega con elementos de lo cotidiano y con la Naturaleza, en fotografías que interpelan y sorprenden al espectador con una nueva visión del mundo. El artista crea objetos nuevos, inventa combinaciones inesperadas, piensa asociaciones insólitas. Muestra la fragilidad de la vida. Su trabajo puede verse hasta el 1 de marzo en una ...[Leer más]

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Sin Miradas. Libreta 2: Japón

De los viajes, guardo imágenes de rostros que no miraban hacia mí. Durante estos meses, esas no-miradas han regresado desde fotos antiguas y recientes, desde distintos países, desde lugares en los que estuve. Sobre ellas y el viaje trata esta serie Sin Miradas.

20 de octubre de 2020

En memoria de Megumi Shiozawa

Viaje a Japón

Necesito mis notas para volver al nombre de calles y pueblos de Japón o de otros universos donde estuve. El nombre de templos que visité, lugares donde comí y dormí, donde descubrí los onsen, los baños tradicionales japoneses. Mi memoria ya no es la de antes. La edad me ha hecho más torpe para recordar. Por eso ando por todos los sitios con mis cuadernos, anotando recorridos, puntos geográficos, rincones emblemáticos que sé, puedo olvidar. Pero hay algo que no apunto. Algo para lo que no necesito papel. Y es ese pellizco, ese golpe de contemplación y respeto que me produce, en principio, la humanidad.

El día que hago repaso de fotografías me detengo siempre en las imágenes habitadas por gente absorta en sus espacios, pendiente de su parte de mundo, que no introduce en la escena ningún ángulo, solo el instante. Esa vida indiferente y cotidiana que es magnética, grandiosa a su forma, que es el descubrimiento del Otro sin el Otro.

Si, como dice Saramago, no hacemos más en la vida que ir buscando el lugar donde quedarnos para siempre, mi sitio tendría un enorme parecido con Japón. En este país hay mucho de conexión con la naturaleza, de apreciar lo imperfecto, de armonía, de reconstruir lo roto dándole más valor que a lo nuevo, de cuidar con los cinco sentidos los detalles más ínfimos. Contiene muchos ingredientes y puede que no todos perfectos, pero casi.

Viaje a Japón

Siempre tengo la impresión de que las fotografías antes de ser tomadas se envuelven de silencio, lo hacen en esos segundos previos a disparar la cámara. Y si hay personas en el encuadre que no miran, el silencio parece aún más sólido, más sagrado. Estar presente en ese lugar y en ese momento cobra un sentido casi solemne, como si la única posibilidad de entre todas las infinitas posibilidades fuese estar allí.

En el distrito de Ito, a la entrada del santuario Niutsuhime-Jinja, uno de los más antiguos de Wakayama, vi al señor con sombrero, impecablemente vestido, su cabeza algo inclinada, como su cuerpo, descansando unas manos tranquilas en la baranda del puente rojo, y su mirada en un punto que yo no veía. Le veía a él. Yo iba en ruta hacia Koyasan, había dejado atrás el templo de Jison-in y mi segundo viaje por Japón acaba de empezar.

Ella estaba pendiente del visor. Era una parada en el trayecto que conecta Hongu y Shingu. Navegábamos por el río Kumano hacia el santuario Kumano Hayatama Taisha, uno de los tres lugares sagrados junto con los otros dos grandes templos de Kumano Nachi Taisha y Kumano Hongu, conocidos como Kumano Sanzan, un conjunto Patrimonio de la Humanidad. Ella fotografió algo que atrajo su atención del magnífico paisaje de las orillas.

Viaje a Japón

Y él, en un punto de la costa de Shirahama. No le pregunté cuánto tiempo llevaba pescando, a qué hora había llegado a ese lugar que parecía hecho a su medida. La vida a su alrededor estaba tranquila. A su espalda quedaba Engetsuto, un bello islote con una cavidad en forma de luna llena, una formación rocosa extraordinaria adonde me dirigía para ver el atardecer. Si algún día regreso, creo que el pescador seguirá allí, con su caña y su cigarrillo en la mano derecha, contemplando la superficie del agua o su profundidad.

Borges dice que buscar la serenidad le parece una ambición más razonable que buscar la felicidad. Y que, quizá, la serenidad sea una forma de felicidad. Tal vez es eso lo que encuentro en Japón, serenidad.

Estuve en el Jardín de Rocas o Karesansui del templo Ryoanji en Kioto, frente a las quince formaciones de rocas y musgo dispuestas sobre la alfombra de arena blanca. No se ven todas las rocas a la vez, siempre queda alguna oculta desde cualquier posición, para verlas hay que andar alrededor de todo el jardín. Y allí estaban ellos, serenos uno al lado del otro, parecían meditando como los monjes zen japoneses frente al Karesansui.

Viaje a Japón

Y en Kioto también estaban ellas, en uno de los caminos de torii rojos que hacen tan particular y asombroso el santuario Fushimi Inari Taisha. Y estaba él, absorbido por su pintura en un punto del Camino de la Filosofía o Tetsugaku no michi. El paseo va desde el templo Eikan-do hasta el Templo de Plata o Ginkakuji, o viceversa, y está ubicado en el barrio tradicional de Higashiyama. El profesor Nishida Kitaro le dio el nombre. Este filósofo japonés iba cada día a la universidad paseando por este sendero y meditando. Es un recorrido de flores de cerezos en primavera y de hojas rojizas en otoño, donde el sonido básico es el de los pájaros y el del agua del canal Shishigatani. Si es verdad que venimos de otras vidas, en alguna de ellas tuve que estar muy unida a este lugar, y esa unión continúa.

Mientras pienso en el Paseo del Filósofo, vuelvo a una frase de Antonio Gala: “Darle a cada día su propio afán, pero también su propia sonrisa, su propio gozo, su propio color, su propio aroma. Eso es la inteligencia. Porque una inteligencia que no nos ayude a vivir, no la quiero. No me sirve para nada. No creo que le sirva para nada a nadie”. No apuesto por ningún viaje que se haga con prisas.

Viaje a Japón

Hay miles de lugares en Japón, cientos en los que quedarse a vivir. Hay miles de lugares y está Tokio, la gran metrópolis, fascinante, elegante, perturbadora a ratos, sorprendente siempre. Una ciudad con cerca de catorce millones de habitantes en la prefectura, y más de cuarenta millones de habitantes en la Gran Tokio. Una urbe inmensa donde el credo cultural y social que hace tan singular a este país asoma en todos sus poros, aunque son muchos y muy diferentes.

Hay una vista magnífica de la capital desde el mirador del Sky Tree, una torre de radiodifusión construida en el barrio de Sumida, al parecer la estructura artificial más alta en Japón desde 2010, con sus 634 metros. Y allí estábamos, ellos mirando al exterior y yo mirándoles a ellos, sintiendo Tokio bajo los pies. Pasé las noches en distintos alojamientos, entre ellos, un hotel en los alrededores del Palacio Imperial y una vivienda japonesa en el barrio de Yanasen. Todos los contrastes, todo lo que se experimenta en Tokio, no puede narrarse íntegro, tiene que vivirse.

En la aventura tokiota, no falta la calma de los templos. Uno de los más famosos es el templo Senso-ji, en Asakusa. La primera imagen es la del enorme farolillo rojo colgado de la puerta Kaminarimon, antes de entrar en la calle comercial Nakamise que conduce al templo. La segunda es la de una mujer en kimono realizando el ritual del agua o temizu que se repite en santuarios y templos. Me fijé en sus detalles, en aquel metódico peinado que contrastaba con mi pelo recogido sin método, en aquel broche de pelo tan japonés, tan en su sitio, en esa sencillez de la elegancia japonesa. Herman Melville tendría sus razones cuando afirmó que los lugares verdaderos nunca están en los mapas, pero yo, tras conocer Japón, creo que sí lo están. Están en los mapas y están en las fotografías, como las personas, aunque no nos miren.

 

Sin Miradas

Libreta 1: Preludio

fotografia, miradas, viaje japón

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Comentarios sobre  Sin Miradas. Libreta 2: Japón

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