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A resguardo de la fama en la Costa Brava

Truman Capote escribió ‘A sangre fría’ en el Hotel Trías de Palamós. El mismo donde se alojaron Ava Gardner, Madeleine Carroll, Josep Pla, Salvador Dalí, Robert Ruark, Federico Mompou, Amenábar… y otros tantos famosos, artistas y literatos que buscaban refugio en las playas de la Costa Brava.

15 de mayo de 2014

Resulta difícil para cualquier espada de las letras modernas evitar rituales a la hora de enfrentarse a la página en blanco. Una encomienda a modo de fotografía junto al ordenador, el sempiterno vaso de whisky, la bata de estar que lleva en sus bolsillos la inspiración, el cigarrillo en el cenicero o el ramo de flores vegano… Por más que en este oficio se quiera mantener uno a raya, peca de toxicómano. Siquiera una raya al día le otorga tal carácter, cuando no hablamos de escritores maniáticos, con tics, supersticiosos a ultranza, bipolares por exigencias del guion. Todo plumilla o plumífero tiene sus ceremonias de iniciación con cada libro que escribe o nunca escribirá; las guarda en secreto o a voces, lo mismo que, en su momento, las guardaban sus escritores de cabecera.

Viene a ser casi imposible, pues, sustraerse a la tentación de escribir, siquiera una líneas, sobre la mesa en la que lo hacía Truman Capote, llegado al Hotel Trías de Palamós. Una gran mesa de mármol, en la que cuentan las lenguas que el enfant terrible de la literatura periodística americana le puso punto y final a su novela probablemente más leída, hacia el año 1961. La literatura siempre lo es “a sangre fría”… Cuando Hollywood rompió en películas y documentales sobre la vida y obra de Capote, avanzados los pasados años setenta, no pocos admiradores suyos peregrinaron en masa a su villa gerundense de adopción, buscando las imágenes que el celuloide mostraba en carne de alabastro: su famosa mesa de trabajo en el Hotel Trías.

Los veranos de Truman Capote en Palamos.Hay que decir, en honor a la verdad, que Truman Capote sólo leía los periódicos del día sobre la gran mesa que aún conserva el hotel, durante los tres años que lo frecuentó, instalado por temporadas en la habitación 210. No podía estar en mejores manos viniendo de Nueva York, habida cuenta de que el hotel nadaba en efluvios del mejor champagne francés, cuyos alambiques de producción se habían afincado en Palamós. Aunque amigo personal de la familia Colomer, que sostiene a día de hoy la propiedad del Trías, escribir, lo que se dice escribir de corrido, lo hacía Capote en los apartamentos que los propios Colomer le proporcionaban, sobre el mismo paseo marítimo del Trías.

Está documentado, en todo caso, el grito agudo que Truman Capote profirió a sus puertas cuando se enteró por la prensa de que su amiga Marilyn Monroe había muerto, al otro lado del océano Atlántico, lejos de él. Ya se sabía, medio siglo atrás, que las chicas guapas y los homosexuales inteligentes se buscaban entre sí, como buenas compañías, intercambiándose a menudo el papel como confesor/confesora de la reina. Truman Capote, no obstante, tenía pareja estable en Palamós. El mismo hombre que le trajo de Córcega allí, pero le convenció, a la postre, para comprar casa en los Alpes suizos y no en la Costa Brava, dominante como era en su relación de pareja.

Siendo Truman animal literario de sangre fría, hecho al cínico glamour de salón neoyorkino, dicen que en la Costa Brava vino a buscar el calor tabernario de pescadores y payeses, disfrutando de la sardana, la lonja vespertina, la plaza mayor y la playa de Palamós. En bata y con sombrero de ala ancha para ensombrecer su rostro, solía dar la mano flácida Capote a cuanta persona le presentaban en la villa. Pero no por ello ganaba fama huraña. Lo cuentan quienes lograron que el predicamento hospitalario del Trías corriera de boca en boca hasta la fecha.

Una fama ganada a pulso de trato familiar y discreción para con la selecta clientela fija que el hotel tiene desde mitad del siglo pasado. No importa que la marquesa de Hartington, Kathleen Cavendish, llegara a sus puertas en un ostentoso yate y allí se alojase, el verano de 1963, buscando un lugar tranquilo para que su hermano, el presidente John Fitzgerald Kennedy, viniera de vacaciones al año siguiente. Lástima que justo en noviembre de ese mismo año fuera asesinado en Dallas… Y es que, para entonces, Ava Gadner ya había visitado el Trías, y Madeleine Carroll, la actriz mejor pagada de Hollywood desde su entente con Alfred Hitchcock en The 39 Steps, ejercía de embajadora cultural en la costa gerundense, para la beautifaul people americana.

José Colomer Trías, hijo de la madre coraje que levantó la primera Trías, rememora la tarde que llegó a la casa del cazador Robert Ruark con Ava Gadner de paquete en la moto. El también escritor norteamericano, cliente inicial del hotel, daba una fiesta con alcohol a espuertas, ya con casa en Sant Antoni de Calonge. Un gran party a la que estaba invitado lo más granado de la sociedad artística internacional que visitaba la España anterior a cualquier desarrollismo al volante de un seiscientos. Hasta motivaba aquella España tardo-franquista las inversiones inmobiliarias de los pied noirs que volvían de Argelia, camino de su Francia natal.

Aunque radicado en Sant Antoni, recibía Robert Ruark su correspondencia en el Hotel Trías, destino postal que le merecía la mayor fiabilidad. Nos referimos, además, a todo un corresponsal de la prensa británica, gracias a lo cual circulaba en Rolls Royce por el paseo marítimo de Palamós, con Truman Capote no pocas veces de copiloto. Truman Capote, que no escatimaba whisky y gin tonics con  aceitunas, rodeado de perros y gatos, a la hora de escribir a deshora.

Tras redactar en Palamós una novela de saga familiar, Robert Ruark murió en Londres, pero quiso que le enterrasen en Palamós, lo mismo que Madeleine Carroll. La gran moovie-star que precedió como rubia platino a Marilyn indicó a Capote el camino de la Costa Brava y se hizo levantar, a la postre, un castillo escocés en la Torre Valentina de Palamós.

Sin necesidad de naturalizarse  “catalanes de adopción”, al cabo del tiempo, así mismo encontraron su hogar en el hotel Trías el compositor Federico Mompou, el cineasta Alejandro Amenábar, Assumpta Serna y los Marqueses de Urquijo, que también apadrinaron a nuestro Truman Capote en su finca. Y, por supuesto, lo halló el famoso empresario Arturo Mundet, catalán de veras él y destinado a ganar fama en México con una patente de sidra saborizada denominada sidral. Tanto el escritor Josep Pla como el mismísimo Salvador Dalí solían, por otro lado, comer a menudo en el Trías. Sin embargo, el pintor que más frecuentó el actual Hotel Trías, nada más abrirse, fue sin duda Josep Maria Sert, aquel que había salvaguardado los tesoros del Museo del Prado en Ginebra frente al golpe de estado franquista, a iniciativa de la Sociedad de Naciones. Josep Maria Sert que enseguida tuvo por temporadas en su casa al propio Dalí.

Truman Capote.Muestra a día de hoy el Trías dos suites nominales, la 703 y 704, dedicadas a Truman Capote y Ava Gadner, para ponerle rememoranzas a su marinero art decó, empeño del diseñador Lazaro de Rosa-Violán, vinculado al Gabinete Contemporarain Studios en Barcelona. Y en su salón de estar se recuerda que un día bailó descalza Micaela Flores Amaya “La Chunga”, lo mismo que el reciente rodaje de la película Ismael, en torno al cual se reunieron Belén Rueda, Juan Diego Botto, Sergi López y Mario Casas por estos pagos.

Le dio la espalda al autor de Desayuno con diamantes la misma higth class que le había ensalzado, en cuanto se vio reflejada frívola en el espejo que sus crónicas sociales le pusieron de frente. El alcohol hizo el resto, luego, con la salud de Truman, justo cuando se producía el relevo generacional de personalidades en el hotel. Entonces aparecieron en su hall Montserrat Caballé, Antonio Gades y George Moustaki, a sabiendas de que no sólo Truman Capote, sino además el actor británico David Niven lo habían visitado.

En su libro L`home dels pijames de seda, Màrius Carol, director de La Vanguardia, ha retratado aquellos años dorados del hotel, ora con los pies en el suelo, ora fabulando, no fuera que la realidad de lo ocurrido le estropease una buena historia. Hay que decir, no obstante, que suficientes prodigios le habían sobrevenido al hotel ya, sin fabular, cuando Màrius Carol ganó con ese libro el Premi Prudenci Bertrana.

La primitiva ubicación del Trías, fundado en el año 1900, fue bombardeada durante nuestra Guerra Civil y, en consecuencia, cerró hasta poder trasladar, no sin esfuerzo, su sede en el paseo marítimo a las dos torres jugenstill sobrevividas en la década de 1940 al frente bélico. Y eso gracias al préstamo para reconstruirlo allí que Doña Isabel Puch hizo a la familia Colomer. Después, el Trías fue ganando metros de reconstrucción original, a medida que actrices, novelistas y otros aventureros de la necesidad estética fidelizaban allí su presencia, a salvo de autógrafos y paparazzis.

Ahora bien, nunca el Hotel Trías elevó en su nuevo solar más pisos que los convenientes a la mirada que levanta la cabeza frente a él. El hotel de las estrellas que acaba tapando el cielo con altura de rascacielos termina por estrellarse… A ojos del huésped, ha de dejar ver el fin aéreo de su hechura, como le sigue ocurriendo al Trías.  La finalidad de escala y trato humano para el que fue concebido.

 

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