Azímut

21 de octubre de 2018
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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A vuelta de correo y altos vuelos

El aviador francés Jean Mermoz utilizó el aeropuerto de Saint-Louis de Senegal desde 1927 hasta 1936, año de su desaparición. Se alojaba siempre en el Hotel de la Poste y dormía en la habitación 219, lugar mítico desde entonces para las nostálgicos de la aventura aeropostal.

1 de octubre de 2018

Todavía sigue esperando a que regrese del cielo su cliente más famoso y asiduo, un excombatiente de la Primera Guerra Mundial. Por eso la habitación 219 se mantiene tal cual la dejó sin ventilar, en diciembre de 1936, fecha de su vigésimo cuarto vuelo transoceánico: su bureau, su aguamanil y mesillas de noche. Partió pilotando el avión Cruz del Sur, a sabiendas de que necesitaba una puesta a punto. Pero la correspondencia entre Europa y el Cono Sur, por esas fechas, no podía esperar. Nadie le volvió a ver. “Para nosotros el mayor accidente pasa por morir en la cama”, solía comentar el aviador Jean Mermoz, que en mayo de 1930 atravesaba en vuelo con hélice y sin escalas el Atlántico, por primera vez en la historia.

Aunque radicada en la isla de Saint-Louis, allá por el año 1927, la Aeropostale no progresó lo que debía, sino con la hazaña de Jean Mermoz. A partir de ella, redujo su tránsito a horas el correo que tardaba semanas de barco hacia Sudamérica. Todo un logro que permitió a la compañía de Toulouse operar a discreción en el África Occidental Francesa, casi hasta su independencia en 1960. Senegal ganó su soberanía, en ese momento, con un poeta como primer presidente. Y su hotel más antiguo, el Hotel de la Poste, cumplió cien años largos. Databa y aún data de 1850, en Saint-Louis, cuando el soleado puerto fluvial al que mira disponía de línea directa con París, en sus dominios sudaneses. Saint-Louis, en memoria, claro, del Rey Sol. Así lo cuenta el escritor y académico Pierre Loti, en 1873, cuando tomó notas en el hotel sobre la isla para su novela Le roman d`un spahi.

A vuelta de correo y altos vuelos

A día de hoy, las riberas de Saint-Louis en el río Senegal han sido absorbidas por la expansión de Dakar, la capital moderna del país. Pero en el Hotel de la Poste siguen esperando a que vuelva Jean Mermoz de las Américas… Siguen esperándole allí y, por sorpresa, en febrero de 2018, llegó Enmanuel Macron para anunciar los fastos por el aniversario de la aeronáutica gala y de Saint-Exupéry, su piloto más literario, cliente así mismo del Hotel de la Poste.

A la salida del puente Faidherbe, que une su lengua de tierra con el continente, Saint-Louis mantiene su aeródromo y base para hidroaviones en el entorno de un caserío de cal, doble tejado, barandales de forja y madera para sus balcones. Ha envejecido, por tanto, con elegancia, al perder sus galones capitolinos. Un festival de jazz desde los años noventa le pone banda sonora y, a resultas de él, otro buen puñado de figuras internacionales ha frecuentado su hotel con más solera: el ex ministro de cultura carioca Gilberto Giil, el pianista Randy Weston y Elvin Jones, los integrantes de la Orquesta Aragón, el trompetista Jerry González, Liz McComb, el acordeonista Richard Galliano, Pharoah Sanders y Lucky Peterson han ocupado las mismas habitaciones que en su día tuvieron, además de Jean Mermoz y el autor de El Principito, aviadores como Léopold Gourp, Henri Erable, André Parayré, Gabriel Thomas y Henri Guillaumet. Al aviador Henri Guillaumet, precisamente, se le atribuye una frase que resume el leit motiv con el que vivían los de su cuerda: “A ninguna bestia en el mundo se le ocurriría hacer lo que yo”, dijo Henri al despegar de Saint-Louis, para terminar sorteando la cadena andina con veinticuatro horas largas de vuelo ininterrumpido en el cuerpo.

También el Hotel de la Poste recibió en acto de servicio a Émile Barrière y Marcel Reine, otros dos pilotos a la conquista de las estrellas. Y a los armadores de avión Latécoère, Couzinet y De Havilland. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Seguramente la memoria sangrante que había hecho de Saint-Louis un puerto negrero hasta entrado el siglo XIX. Algo que anualmente se recuerda, no obstante, con el Desfile del Fanal. El tam tam, entonces, anima una sucesión de farolillos similares a los que los esclavos del siglo XVIII llevaban a la misa del gallo en Nochebuena. El resto del año los niños venden a las puertas del hotel modelismo de los aeroplanos pioneros en Saint Louis. Hace ya que su clientela pasó de ser mayoritariamente blanca a interracial. Y, por lo demás, puestos a decorar la imaginación, podríamos decir que las corcheas del jazzman han perfumado las nubes que el pionero de la aviación buscaba antaño, con ventanales en el Hotel de la Poste. De hecho, el eslabón perdido entre el aviador de antaño y el jazzman actual vino a ser el astronauta Thomas Pesquet, que también recibió salutaciones en el Hotel de la Poste.

A vueltas de correo y altos vuelos

Saint Louis presume de festival jazz desde 1993, una vez reformulada localmente la música que los soldados americanos trajeron en la Segunda Guerra Mundial. Así que por el hotel y su restaurante Flamingo han pasado, además, estrellas de la música africana como el multinstrumentista Manu Divango, Femi Kuti, el pianista sudafricano Abdoulah Ibrahim, el guitarra Ali Farka Touré y el cantante camerunés Richard Bona. Y, desde luego, Youssou N`Dour, gran ídolo nacional, a la cabeza de artistas no menos locales como Wasis Diop.

Treinta y nueve habitaciones le han dado para mucho al hotel, que a cincuenta metros dispone de manteles y cocina refinada en el Flamingo, otro atractivo que ofrecer, testado en primera instancia por ilustres de la propia isla, como las escritoras Aminata Sow Fall y Maiga Ka, más el también literato Charles Carrière y los filósofos Gaston Berger y Souleymane Bachir Diagne. Entre los nativos de Saint-Louis que adquirieron reconocimiento en las bellas artes se vio charlar, a la hora del café, al pintor Iba N`Diaye, así como al productor Joseph Gai Ramaka y a las principales integrantes de la escuela fotográfica local, Mama Casset, Salia Casset y Meissa Gaye.

Senegal terminó dando al mundo deportistas de alto nivel, como el boxeador Battling Siki, que junto a los futbolistas N`Diaye Papa Walgo, Jacob Ba y Alain Moizan dejaron allí su recuerdo. Y otro tanto cabe decir de dos generales africanos, Babakar Gaye y Alfred Dodds, lo mismo que de cargos políticos como  del histórico Ousmane Ngom, de Galandou Diuof, Cheikh Tidiane Gadio y El Hadj Amaou Niang.

Fundada en 1659 por marineros de Normandía, hoy Patrimonio de la UNESCO, Saint Louis vino a ser el primer asentamiento europeo en el África Occidental, con sus apenas dos kilómetros de largo y cuatrocientos metros de ancho. Suficiente espacio como para ser capital no solo senegalesa, sino también de Mauritania hacia 1902. Y para que desde allí despegasen aviones con nombres de probada grandilocuencia, entre quienes volaban de hemisferio a hemisferio, con el océano de por medio: la Cruz del Sur, el Arco en el Cielo… Por algo, además, sus barriadas en el estuario del Río Senegal atendieron pronto por “la Venecia africana”, con una flota pesquera de cuatro mil embarcaciones. Por eso también muchos de sus edificios coloniales se han convertido en cenadores y resorts de nuevo cuño, bajo la mirada impertérrita del Hotel la Poste, a la entrada de la ciudad histórica, vecino de la llamada Casa Rosada y del puente que une la isla con la tierra firme. Un puente del arquitecto Nougier Kessler, falsamente atribuido a Gustav Eiffel.

¿Por qué se dice que la isla sigue esperando a Jean Mermoz? Será porque en 1952 se le nombró Caballero de la Legión de Honor francesa, como si pudiera ir a recoger en persona tal distinción… O porque, mientras habitó el Hotel de la Poste, acostumbraba a embarcar con él a sus jóvenes pescadores en vuelos de reconocimiento. Jóvenes a los que explicaba las bondades de su isla desde el cielo, mientras pilotaba. Los lugareños no acaban de creerse que Mermoz decidiera quedarse en el cielo, en lugar de seguir residiendo en su patria fluvial de adopción, tanto como la ponderaba. “Son los fracasos bien llevados los que dan derecho a triunfar”, había dejado también dicho el acrobático e intrépido Jean Mermoz, apodado el arcángel por sus compañeros de filas.

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  • 08 de octubre de 2018 a las 15:44

    Fantástico artículo Maurilio! Creo que consigue transmitir la magia y el encanto del Hotel de La Poste y toda la historia que representa, tanto en la historia de Senegal como de la aviación. Habrá que ir…

    Por Roberto Peregrin
  • 08 de octubre de 2018 a las 21:51

    Me alegro de que te haya gustado, Roberto.

    me alegro mucho, porque sé que eres viajero de paladar fino. Un abrazo

    Por Maurilio de Miguel Lapuente