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Abecedario de los Pirineos: D de Diente de Llardana y más

Dientes, muelas, agujas, brechas, crestas… metáforas montañeras con las que escalamos y conquistamos cordilleras, en un ejercicio de imaginación y supervivencia que nos lleva, del Posets al Aneto, por los macizos más imponentes de los Pirineos.

2 de mayo de 2014

Dientes, muelas, agujas, torres, gendarmes, cuernos, pitones, puntas, brechas, pico y picas, tucas y turquetas y vértices, y diedros y crestas. Volvemos, aprovechando los tres picos de más de tres mil metros que en el Pirineo se los describe como dientes, a hablar de nombres. Y digo volvemos, si es que se leyó primero la E de Eriste, Estós, incluso Estats, y si no, volveremos a hablar de nombres. Toponimias y metáforas. Ya lo adelantamos o lo repetiremos: los Pirineos es un asunto también de nombres.

Carlos Muñoz Guiérrez.

¡Tantas cosas a las que nombrar! Y es que ya sabemos que el lenguaje es la herramienta simbólica que la especie humana en su curso evolutivo produjo, aunque no sabemos cómo, para poder referirse a las cosas del mundo sin tenerlas presente, para ordenarlas y categorizarlas según el valor que los hombres ponían en ellas, y para comprenderlas y comunicarlas entre los integrantes de un grupo. El lenguaje nos proporcionó un recurso inigualable para sobrevivir y adaptarnos a los peligros del mundo natural, para transformarlo y para conformar a lo largo de los siglos culturas y tradiciones que facilitan la supervivencia de los nuevos seres humanos que nacen a un mundo desconocido y hostil.

Pero el mundo es siempre más rico que nuestra capacidad para nombrarlo o nuestros procedimientos para comprender y crear conocimiento son limitados. De hecho, ¿cómo creamos u obtenemos conocimiento del mundo y de lo que en él sucede? Una forma es a través de la percepción que nos proporcionan nuestros sentidos; es decir, por experiencia, directa o transmitida. Otra, por razonamiento, por medio del cual obtenemos nuevos conocimientos combinando el que ya tenemos. Y una tercera y más fundamental es mediante proyecciones metafóricas y metonímicas que de un dominio ya conocido realizamos a otro que aún nos es desconocido.

Las metáforas no son sólo un asunto de poesía, son un recurso cognitivo fundamental basado en una imaginación encarnada con la que captamos semejanzas y proyectamos los rasgos distintivos de una cosa conocida a algo que necesitamos comprender. Y si no, piensen en el tiempo o en el espacio, en la energía o la gravedad, en el amor o el odio, ¿qué son sino metáforas?

Y nuestra imaginación se muestra tan impotente, pero a la vez tan altiva en la montaña, como nosotros mismos nos encontramos en ella, indefensos y pequeños, pero deseosos de conquistar sus cimas y de explorar sus paisajes. Por eso las cumbres toman formas de dientes, muelas o dedos; de torres, torreones y agujas; de gendarmes, cuernos o pitones. Pero también detectamos entre sus formas crestas y espolones y, si no, desde la matemática, usamos formas geométricas como diedros, aristas o vértices para referirnos al aspecto que presentan sus planos y conformaciones y para transmitir metafóricamente su condición.

Si lo que vamos es a escalar o ascender los picos o picas, es indudable que, sin haberlos visto, una aguja es más difícil que un diente, aunque éste se puede diferenciar poco de un cuerno o pitón. La torre, más ancha, nos permitirá mejor reposo en su cima y, si es muela, seguro que podremos hasta acampar en la cumbre.

Si la cresta tiene una brecha, podremos pasar de un lado a otro con facilidad, aunque supondrá una dificultad si lo que queremos es recorrerla en su longitud. La cresta transmite un perfil dentado (de dientes), pero si es arista, entonces será afilada y expuesta, y culminará en un vértice.

¡Metáforas! ¡Que haríamos sin ellas! Y, por otro lado, cuánto nos confunden y simplifican, porque a menudo de la metáfora surge la realidad. Una realidad inventada, que podría haber sido de otra manera, porque a la postre, nada es de un modo esencial u objetivo, sino que resulta del proceso por el que lo comprendemos. Por eso profundo es lo que nos decía Nietzsche:

“¿Qué es entonces la verdad? Un ejército en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos. En resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se han olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal” (F. Nietzsche. Verdad y Mentira en sentido extramoral).

El Diente Royo es, naturalmente, una masa rocosa que tiene forma de diente, en la cresta que va de los picos de la Forqueta al pico Espadas (3.332 metros), que se une con el gran Posets mediante otro cresterío, en el que se han denominado también otros salientes rocosos como la Tuca de Llardaneta y la Turqueta Roya (obviamente más baja). El Diente de Llardana (3.010 metros), sin embargo, aparece antes del Posets si se asciende a éste por la normal desde el refugio de Ángel Orus, en el valle de Eriste. Aunque es una hermosa conformación rocosa, relativamente aislada, tiene la mala suerte de ser un saliente de la masa del Posets, así que su ascensión no suele ser un objetivo habitual, a menos que el escalador sea ya un coleccionista de cumbres.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

En el otro gran macizo pirenaico, enfrentado al del Posets, el del Aneto, encontramos los cresteríos más imponentes y quebrados de la cordillera. De hecho, el Aneto es una gran masa maciza que se despliega en el espacio en largos y tortuosos salientes alrededor de su cumbre, salvo en su cara norte o noreste por donde se despliega su glaciar, en todas las demás direcciones encontramos largas barreras rocosas que delimitan valles con forma de embudo que se ensanchan según la franja rocosa pierde altura y se diluye suave o abruptamente. Por el noroeste, la cresta del Medio, conformando el circo de Coronas, discurre desde la Maladeta, encadenando siete tresmiles, entre los cuales está el pico Maldito, la Punta Astorg, el pico del Medio (porque está más o menos en el medio de la cresta) y los Picos de Coronas, hasta el collado de Coronas. Del Aragüells al Pico Maldito, por el suroeste, encontramos la cresta de Cregüeña, con su punta y las agujas Haurillon y Juncadella, y por detrás, ¡como no!, del pico Maldito, encontramos al gendarme Schmidt-Endell. ¿Qué significa esto? ¿Hay un gendarme vigilando las cumbres? ¿Eran gendarmes Schmidt y Endell? ¿Qué hicieron por allí? Schmidt y Endell ciertamente fueros los primeros que se documenta que subieron y dieron nombre a la torre que entre dos brechas de la cresta aparece plana, como la gorra de un gendarme, detrás del pico maldito en la cresta de Cregüeña. Otra costumbre montañera que sirve para nombrar cuando ya faltan nombres para tanto pico, poner el nombre de aquellos que por primera vez pisaron las cumbres. Otro ejemplo notable al final de esa línea que une el Maladeta con el Aneto y que conforma todo el macizo en su orientación noroeste-sudeste son los picos Russell. Pero de Russell, personaje singular, nos ocuparemos en otro momento.

Siguiendo con la descripción hacia el sur, paralela a la cresta de Cregüeña, se diluye el Aneto en la temible cresta de Llosas, dentadura de un carnívoro donde cinco afiladas agujas cosen el cielo conforme las cordadas la recorren: Argarot, Tchihatcheff, Franqueville, Escudier, Daviu (otros pioneros pirineistas). Y finalmente, ese tramo que va del Aneto a los picos Russell recibe el nombre de cresta de Salenques, en donde encontramos además de la espalda del Aneto, el Tempestades, Margalida y Picos Russell, una colección de gendarmes, torres, puntas y resaltes que ya ni se nombran sino que se numeran. Porque ya nos faltan nombres ante la complejidad del mundo, pero tenemos también el número.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

“Mira: les entregué [a los hombres] la numeración, la principal de todas las estratagemas” (Prometeo encadenado, Esquilo).

Así pasa otras veces como con las cuatro agujas de Lézat, en el Pirineo francés; y, en otras ocasiones, ya el propio hecho de no tener nombre, nombra: la punta Innominata, en el macizo del Mont Blanc, en los Alpes franceses, o la Torre sin Nombre, en el grupo de las Torres del Trango, en el Karakórum pakistaní.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

¿Qué es una montaña? Piedra y rocas en una continuidad inseparable de las playas del mar. El mundo es un continuo, nosotros dibujamos en él las cosas y los objetos, establecemos las relaciones que mantienen entre sí, ordenamos en grupos, nombramos y numeramos. Kant tenía razón cuando nos advirtió que el conocimiento sólo ocurre cuando nuestro entendimiento pone en los objetos aquello que los hace comprensibles, las categorías a priori del entendimiento. Y comprendemos según relaciones generales que surgen de nuestra imaginación encarnada, es decir, desde nuestro cuerpo, nuestro trato con la realidad y nuestra disposición corporal en el mundo. La semejanza, la identidad, la diferencia, la cantidad que enumeramos y la palabra que nombra.

¡Metáforas!, con las que hacer poesía y con la que construir un mundo que nunca se explica solo y que no viene etiquetado. No hay nada sino materia, la misma que conforma la montaña y que resulta tan incomprensible y esquiva como el mundo entero, pero buscamos semejanzas y hallamos dientes y muelas, agujas y pitones, aristas y crestas, y, entonces, parece que hay un orden que descubrir, cuando lo que hay es una imaginación esforzada en comprender los gendarmes que deseamos escalar.

Abecedario de los Pirineos, Crestas del Aneto, Diente de Llardana, Posets

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