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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Across the Universe. De Panamá a La Luna

La NASA envió a Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins a la selva panameña en compañía de un cacique emberá con quien los astronautas aprendieron técnicas de supervivencia. También les enseñó que La Luna es el cementerio de su tribu, cuyo espíritus ascienden allí al morir.

29 de octubre de 2018

Across the universe. De Panamá a la Luna

Para ahorrar unos ciento cincuenta dólares, me levanté temprano, cuando el restaurante del hotel aún no estaba abierto y mi única posibilidad de conseguir un café estaba en el trayecto hasta llegar a la estación de metro Fernández de Córdoba o a la de Argentina, más o menos a la misma distancia.

Eran las siete de la mañana, la hora en que la gente comienza a despertarse en Ciudad de Panamá pero los comercios aún mantienen sus puertas cerradas, cuando los trabajadores se mezclan con los estudiantes camino de sus centros porque allí el curso escolar comienza a finales de febrero y dura hasta mediados de diciembre.

Lo único que se vendía por las calles eran los periódicos locales: La Prensa, Panamá América, Crítica, El Siglo, La Estrella, Hora Cero, Mi Diario y Día a Día, cuyas noticias principales narraban en voz alta los vendedores mientras una multitud de sonámbulos pasaba de largo, yendo hacia lo inevitable. Me detuve ante uno de aquellos voceros, fascinado por su destreza al colocar un periódico sobre su pulgar sin que se arrugase ni se le cayera pese a su movimiento constante, en un ejercicio de equilibrismo más interesante que las noticias que narraba de viva voz y sin titubeos, como si en realidad fuesen las de días pasados, con leves alteraciones, y las recordara de memoria.

El ex Presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, residente ahora en Miami, se negaba a regresar al país, donde la Corte Suprema le acusaba por delitos de corrupción. Y Jorge Serrano Elías, Presidente de Guatemala entre 1991 y 1993, residente ahora en Ciudad de Panamá, se negaba nuevamente a responder ante la Ley en su país, de donde huyó después de apoyar un autogolpe de Estado como el de Alberto Fujimori en Perú, en el caso del primero con catastróficas consecuencias, porque no obtuvo el apoyo de ejército y se salvó in extremis de ser pasado por las armas.

Viajes de ida y vuelta.

Corruptelas aquí y allá.

Nada nuevo, en cualquier caso, para los panameños, acostumbrados primero a dar refugio a delincuentes internacionales tanto como a solicitar luego inútilmente la extradición de sus propios delincuentes a otros países.

De Panamá a la Luna

Lo más llamativo no eran las noticias, sino la destreza de los voceros mientras sostenían un periódico sobre sus pulgares, como si detrás de aquel equilibrio se escondiese algún secreto, un horizonte muy lejano para el lenguaje, incapaz de permitir la mayoría de las veces que la verdad esté entre tú y yo, y que siempre tenga que estar en ti o en mí, en tus palabras o en las mías. Me pareció una imagen infinita que ni siquiera pude registrar porque mi mente golpeó mi mirada de tal manera que ya no era capaz de ver y en vez de eso intentaba construir un pensamiento, pero lo que yo pudiese decir sobre todo aquel asombro se acabó muy rápido, y me quedaba todo el día por delante.

Debía ir hasta la Estación Albrook y desde allí montarme en el diablo rojo (un autobús) a Cabilma, para trasbordar a una van colectiva en dirección a Caimitillo, con una parada intermedia en el embarcadero del río Chagres, donde los indios emberás montan en sus cayucos a los turistas interesados en visitar algunos de sus poblados, tras un regateo no demasiado prolongado, al menos en mi caso, dejando el precio en una cuarta parte de lo que suelen ofertar las agencias de viaje.

Como iba solo y para no cobrarme una cantidad que no estaba dispuesto a pagar, me dijeron que subiese a una embarcación con varios pasajeros ya: un matrimonio de jubilados de La Martinica y la guía, de quien no se habían separado desde su llegada a Ciudad de Panamá, hacía casi una semana.

El plan consistía en remontar el río unos cuantos kilómetros y luego adentrarnos en la jungla hasta llegar a unas cataratas, antes de ir al poblado de Parará Purú, escuchar las explicaciones del cacique de la tribu, comer sábalo frito, asistir a los bailes indios y curiosear por su mercado de artesanías. No era gran cosa si uno pensaba que la mayor parte de los emberás panameños, casi exterminados por los españoles a su llegada a las costas de Darién y más tarde en sus incursiones por tierra, provenían de Colombia, del momento en que perdió su soberanía sobre parte del Istmo y Panamá se convirtió en un país independiente en 1903. Comenzaron a instalarse a orillas del Chagres a partir de 1930, porque allí podían pescar, cazar y cultivar lejos de la belicosa tribu de los kunas, con quienes estuvieron en guerra hasta 1950.

Desde 1984, cuando toda la zona en torno al río se declaró reserva natural, su vida cambió mucho. Ahora ya no pueden talar árboles para construir casas o cayucos; cada familia solo dispone de una hectárea para plantar maíz, plátano, yame o banano; no pueden vender sus productos en los mercados… Y todo eso los conduce a la pobreza, a tener familias cada vez más pequeñas y a su autoexplotación turística, con visitantes a cuentagotas, porque Panamá no es un lugar adonde vaya la gente con intereses antropológicos, teniendo tantos campos de golf, resorts y playas para practicar deportes acuáticos, a salvo de la malaria o la fiebre amarilla del interior de las selvas, también de las bocaracas, las patocas o cualquiera de las múltiples especies de culebras venenosas de las que los emberás solo están a salvo en chozas construidas como palafitos, a uno o dos metros del suelo, porque así se aseguran de no ser atacados mientras duermen. Para ellos, morir en mitad del sueño es lo más parecido a dejar una historia inconclusa cuando llega la hora de irse a la cama, y ser incapaz de continuarla al día siguiente.

Tienen miedos así, pero quién no.

De Panamá a la LunaDurante la comida en el poblado, la guía del matrimonio de jubilados de La Martinica regateó de viva voz su comisión con los emberás, que al parecer querían pagarle solo por uno de los cónyuges, aunque ellos les hubiesen cobrado a los dos.

-¡Qué panameños os habéis vuelto! -le oí decirles cuando finalmente parecieron llegar a un acuerdo.

Me sorprendieron sus palabras, porque ella, en nuestra incursión en la jungla, me había dado la sensación no de estar haciendo su trabajo de forma desinteresada y altruista, sino más bien de que con aquellas dos personas mayores la movían otras cosas además del dinero. Siempre pedía que aminorásemos el paso para no dejarlos atrás, cuando el matrimonio se detenía para que él tomase aire y no le diese un infarto o para que ella masajease sus rodillas y sus piernas no colapsaran de pronto. La verdad, sin embargo, es que la guía se había hecho cargo de ellos por la mitad de lo que solían pagarle otros turistas, y lo había hecho por ser temporada baja.

-Necesito la comisión, con mi sueldo y el de mi marido cubrimos la hipoteca, las facturas y el colegio de las niñas, y no hemos comenzado siquiera a comer -me dijo sin que yo le hubiese preguntado nada, como si aun así se sintiera un poco humillada por las circunstancias y necesitara justificarse.

Viendo, además, que el matrimonio había acabado el postre y ambos intentaban echar una rápida cabezada antes de que empezaran los bailes tribales, me explicó que muchos jubilados martiniqueños e incluso otros muchos estadounidenses cada año pasaban el mes de junio en Panamá aprovechando las ofertas de hoteles donde podían dormir, desayunar, comer y cenar por mucho menos de lo que gastarían si se quedaran en sus países.

-En realidad no les interesa nada, están demasiado mayores; pero en las piscinas y los minigolfs o viendo televisión por cable, al cabo de una o dos horas de haber llegado los mata el aburrimiento y al día siguiente ya se apuntan a visitas como esta.

Una de las danzas que luego ejecutaron los emberás convertía a cada uno de ellos en un planeta girando en torno a un círculo dibujado en el suelo que simbolizaba La Luna. Se acercaban y se alejaban en una especie de cortejo, introduciéndose en él quienes al final del baile conseguían flexionar su cuerpo y pasar por debajo de una soga a menos de un metro del suelo, que representaba una especie de frontera entre la vida y la muerte. La música dejaba de sonar en cuanto el último estaba en el círculo, para entonces ya bastante poblado y desde donde nos sonreían todos los indios, invitándonos con un ligero toque de ironía a convertirnos en astronautas y probar suerte, ver si también éramos capaces de cruzar aquella frontera sin rompernos la crisma.

No sé las razones de los demás, yo ni siquiera lo intenté porque no me había ido de un lugar para llegar a otro, sólo por estar lejos.

Cruzar fronteras no nos convierte -creo- en personas distintas, pero nos permite encontrar la distancia desde donde podemos entender mejor lo que somos y lo que no queremos ser. Lo demás son ilusiones parecidas al círculo simbolizando la Luna, que -por cierto- los indios borraron con sus pies cuando se dieron cuenta de que ninguno de nosotros iba a participar en la danza, por cansancio, edad, pudor o sentido del ridículo, también porque imitarnos unos a otros es una forma muy triste de reconocer que en el fondo somos intercambiables, adaptables, sustituibles… Y hasta invisibles por ser tan iguales. No.

De Panamá a la Luna

El cacique de la tribu nos había explicado la importancia de la Luna en la cultura emberá, la capacidad de los indios para, gracias a ella, ver mejor en la oscuridad, a salvo de los espejismos del día, por eso pescaban y cazaban casi siempre de noche, cuando los animales dormían o descuidaban la guardia y era más fácil pillarlos desprevenidos.

No me supo decir -cuando le pregunté en un aparte- si aquella creencia provenía de tiempos de la conquista, de una estrategia para evitar a los españoles, cuyas tendencias a esclavizar y saquear tuvieron consecuencias como que de pronto se produjeran migraciones masivas hacia zonas muy frondosas, de difícil acceso a caballo, en carro o arrastrando pesados trabucos y armaduras. Hacia la selva, adonde los conquistadores no pudieran arrastrar su civilización tan fácilmente y se vieran obligados a enfrentarse a los indios en igualdad de condiciones pero en desigualdad de conocimientos, porque allí la ciencia y el humanismo europeos servían de bastante poco, nada.

La selva, ese laberinto que rodea a Ciudad de Panamá y el resto de las ciudades del país; la fiera hambrienta que se traga carreteras, casas y pueblos enteros si no se le planta cara y se la combate a diario. Territorio de los indios. Siempre ha sido suyo, nunca dejará de serlo a no ser cuando desaparezca o a las madereras y los agricultores latifundistas no les quede nada por talar.

De Panamá a la Luna

Quién sabe mejor que los indios dónde dormir a salvo de las fieras: sobre las ramas de un sangiro, un totumo o una copaiba; quién conoce mejor que ellos las propiedades medicinales de un tamarindo, un calaguala o un guaco; quién se aprovecha mejor que ellos de los frutos del mamey, del zapote o del caimito. Muy poca gente. Incluso los estudiantes de medicina y los químicos que trabajan para laboratorios hoy en día les consultan, porque América, desde los tiempos de la conquista, fue una ampliación de conocimientos casi inabarcable para los europeos y fue por ello mismo también un territorio de tinieblas, como lo es ahora Internet, donde es más fácil perder el norte que encontrar el sur cuando se busca información. Y en la jungla solo si uno sabe rendirse al llegar a sus propios límites, puede conseguir que los indios lo guíen un poquitín más allá. A diferencia de nosotros, ellos no acumulan datos o recuerdos innecesariamente. Su radio de acción en el espacio y en el tiempo es bastante corto, así evitan -sin saberlo y sin pretenderlo- nuestros problemas con la identidad y con la memoria. Ellos se mimetizan con el entorno, no lo transforman en absoluto. Puede que a nosotros nos parezcan casi unos sonámbulos, pero lo cierto es que caminan mejor de noche de lo que nosotros lo hacemos a la luz del sol.

El poema Primer sueño de Sor Juana Inés de la Cruz describe el sueño de alguien que intenta comprender el Universo y no lo consigue, despertándose cada mañana confundido y enfadado pero al mismo tiempo consciente de que conocer nuestros límites es lo único que nos permite cruzar fronteras para conocer el mundo en su totalidad, siempre ajeno y misterioso.

De Panamá a la Luna

El cacique de Parará Purú me contó antes de irme que en la década de los sesenta, aprovechando su control sobre el Canal y las zonas limítrofes, en los seis o siete años anteriores al golpe de Estado del cual salió Omar Torrijos convertido en líder de la Revolución Panameña, Estados Unidos no solo solidificó el prestigio de la Academia de las Américas (donde se enseñaban métodos de tortura, asesinato y represión a futuros presidentes de Latinoamérica, como volar sin paracaídas), sino que también se estableció un centro de adiestramiento para militares a quienes luego se enviaba a Vietnam y para astronautas a punto de viajar al espacio exterior. A unos se les preparaba para ir y a otros para volver, con ese temor tan estadounidense de perderse en cualquier trayecto, que al fin y al cabo no expresa más que su miedo ante lo desconocido, a lo ajeno, por esa tendencia suya a conquistarlo todo o a comprarlo todo, a utilizar como única dialéctica las armas o los dólares, sin argumentos alternativos: conformarse con estar de paso y sentirse extranjero, obligándose de esa misteriosa manera a aprender un poco sobre los demás.

Temiendo un posible desvío de la cápsula del Apolo 11 en su regreso a la Tierra, antes de que sus tripulantes se convirtieran en los primeros seres humanos en poner sus pies en La Luna, la NASA envió a Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins a la selva panameña en compañía de un cacique emberá muy conocido en aquella época, Antonio Zarco. Aprendieron con él técnicas de supervivencia: a construir cabañas, cocinar boas, buscar raíces comestibles, evitar a las fieras, encontrar agua almacenada en las plantas… También les enseñó que La Luna es el cementerio de los emberás, cuyo espíritu asciende allí cuando mueren.

¿Se lo contaría de noche, ante una fogata, como se cuentan casi todas las historias? ¿Y ya luego, en La Luna? ¿Vio Armstrong, por ejemplo, a los espíritus de los emberás deambulando, casi de puntillas, para no hacer ruido y no llamar la atención?

Es difícil saber qué vio, no tan difícil imaginar qué pensó al estampar sus huellas en la superficie lunar, cuando dijo aquello de «es un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para la humanidad».

Para Armstrong, haber ser sido el primer ser humano en pisar La Luna no significaba gran cosa a nivel personal, ni siquiera significaba que eso convirtiese a su país, Estados Unidos, en propietario del satélite, solo significaba, si acaso, que al fin las leyendas y las ficciones, pese a las sospechas y cuestionamientos sobre aquel viaje, habían aterrizado en el territorio de la realidad, donde nada nunca es una verdad por completo pero al menos es una media verdad, lo bastante sólida para que a partir de ella se pueda seguir soñando e imaginando, proponiendo nuevos destinos desde los cuales observemos nuestra propia historia a una distancia prudencial, sin poder tocarla aunque siendo todavía capaces de escucharla, porque así es como sonaban The Beatles al cantar Across the Universe o David Bowie al cantar Space Oddity por primera vez, y como todavía siguen haciéndolo; porque así es como la música suena, adelantándose siempre, atravesando el tiempo y el espacio sin tocarlos, sin detenerse, sin colonizarlos, cada vez más lejos y sin embargo a nuestro alcance, esperándonos para que podamos escuchar sus extraños mensajes.

De Panamá a la Luna

Llegué a la zona del Canal en Miraflores con una extraña sensación que me impidió sumarme al asombro de otros turistas mientras un enorme carguero chino era conducido a través de las exclusas, camino del Atlántico. Todo aquel despliegue técnico me pareció entonces solo una parte más del gran parque temático en que se va convirtiendo el mundo, construido como un enorme edificio sin otra historia que su vacío interior.

De Panamá a la Luna

El espectáculo tiene la capacidad de desviar nuestra atención, enredarnos en su sofisticada maquinaria, donde las proporciones de los relatos intermedios que le dieron vida -con sus cuestionables desvíos y sus precios desproporcionados- son tan insignificantes, tan microscópicos, que uno al final pasa de largo por ellos, convirtiéndose así en cómplice del silencio con el que se nos recibe vayamos a donde vayamos.

Observé el Canal sin pensar demasiado en su prodigioso funcionamiento, el truco de unir océanos haciendo posible lo imposible, porque en aquellos momentos me pareció que desde el presente solemos ver esas cosas sin reparar ya en que detrás de ellas no existe la justicia, la sensación de haber alcanzado un fin a través de medios lícitos. Consumimos imágenes con un nulo sentido crítico porque nos sentimos protagonistas mientras las vemos, sonreímos a la cámara inmortalizando nuestra perversa y perezosa complicidad.

A veces pienso como Eadweard Muybridge, que en 1875 hizo un viaje de nueve meses recorriendo Centroamérica, cuando ante la bahía de Ciudad de Panamá, a punto de hacer una de las 140 fotografías que hoy pueden verse en el archivo digital del Boston Athenӕum, dijo que le gustaría «describir un océano donde cien años después todavía puedan ahogarse quienes lo vean».

De Panamá a la Luna

Recorriendo poco después las salas del Museo del Canal en el Casco Viejo, la exposición El sueño de Panamá en torno a la obra de Paul Gauguin me ayudó a descubrir que, antes de asentarse en Polinesia y pintar los cuadros que finalmente le hicieron famoso, llegó a Panamá esperando encontrar una civilización primitiva a partir de la cual se produjese el milagro de síntesis expresiva que iba buscando: pintar al ser humano sin ornamentos, desnudo, sin retórica, carente de trámites, acultural, puro, todavía inocente.

Había abandonado a su mujer y sus cinco hijos en París -a quienes consideraba un obstáculo para convertirse en el artista que deseaba ser- pero le perseguían los remordimientos y el miedo, además de la precariedad económica.

Intentó sobrevivir en la isla de Taboga, de donde se fue al cabo de tres meses, durante los cuales seguramente escuchó miles de historias sobre los piratas que la habían poblado a partir del saqueo de Henry Morgan en 1671, después de su exitoso ataque a Ciudad de Panamá, que los españoles habían reducido a cenizas antes de que el pirata británico pudiese darles muerte y robar un botín que no encontró por ninguna parte.

En la isla de Taboga, Gauguin sufrió la fiebre amarilla, sobrevivió gracias a la caridad y al final tuvo que irse a trabajar temporalmente al Canal por un sueldo misérrimo, un año antes de que las obras que dirigía Ferdinand de Lesseps se interrumpiesen, en 1888, y el sueño de unir el Atlántico con el Pacífico quedase pospuesto una vez más, hasta su inauguración el 15 de agosto de 1914.

Sobre el paso de Gauguin por Panamá queda hoy una placa en la Alliance Française y las especulaciones de algunos académicos que aseguran que todo cuanto pintó en aquel periodo acabó en manos de los indios que lo asistieron en sus momentos de calamidad, incapaces de apreciar su valor pero quizá no tan descuidados como para tirarlo a la basura o dejarlo deteriorarse.

Cada cierto tiempo, según parece, alguien -un coleccionista o un marchante- hace preguntas aquí y allá, se introduce en ambientes que nadie aconsejaría frecuentar, va a lugares peligrosos sin pensar si arriesga el pellejo, siguiendo la pista de esos cuadros, acuarelas, carboncillos y dibujos desaparecidos (o jamás pintados), en busca de la riqueza que hoy podrían proporcionar en subastas y ventas clandestinas las imágenes del mundo tal cual lo vieron tiempo atrás otros ojos, más entrenados que los nuestros para descubrir tesoros ocultos.

Texto, vídeos e imágenes de Hilario J. Rodríguez.

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