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Aguas regias y perfume ruso en Biarritz

La residencia más regia del País Vasco francés es la casa donde veraneaba la emperatriz Eugenia de Montijo, con los años reconvertida en hotel. Allí la visitaron los escritores Prosper Mérimée y Octavio Feuillet. Y allí se alojaron Chéjov, Nabokov y Truman Capote, entre otros.

9 de enero de 2017

El nombre de Eugenia me ha perseguido durante décadas. Desde mucho antes de conocer y emparejarme con ninguna mujer que se llamase tal. Tanto es así que, sin saberlo previamente, acabé comprando en Madrid, distrito de Carabanchel, una vivienda unifamiliar levantada donde antaño habitaban los guardabosques de la que fuera esposa de Napoleón III. Eugenia de Montijo había tenido su gran residencia de invierno en Carabanchel, cuando no era distrito obrero sino villa real.

Se quedaría en anecdótico el dato si después no me hubieran encargado escribir largo y tendido sobre la reina española del III Imperio francés, visitando las moradas que su marido le iba levantando aquí y allá. Lo hizo en Suez, pero también, desde luego, en Biarritz, inaugurando el caché de su puerto cantábrico como gran balneario decimonónico. Allí la Emperatriz tomaba las aguas desde siempre y, a partir de 1855, su palacio fue frecuentado por lo mejor del gotha europeo. Cuando el actual Hotel du Palais aún era su residencia privada, la visitaron el Canciller Bismark, los reyes de Portugal, Isabel II de España, el Príncipe Alberto de Baviera y Leopoldo II de Bélgica, aparte de los escritores Prosper Mérimée y Octavio Feuillet. Tres años antes había conocido Eugenia de Montijo a Napoleón III. No hacía dos que se habían desposado con él.

El palacio en manos de la Emperatriz Eugenia cumplió bodas de plata, hasta que fue vendido a la Banque Parisenne, transformado en casino de inmediato y, hacia 1893, en gran hotel. Toda una estrategia comercial para que a los heraldos del Viejo Continente se sumasen sultanes, marahás y zares, llegados a la residencia más regia del País Vasco Francés. Ya como clientes del hotel, en plena elegancia belle époque, se dejan ver en sus salones y cámaras la Reina Victoria y Sissi Emperatriz, Eduardo VII, el Rey Oscar de Suecia y, desde luego, la singular princesa Yourinievski. Es más, siguiendo el rastro chico dejado allí por la viuda del zar Alejandro II, descorcha Biarritz la crème rusa, llegando en tren a la estación Les Negresses, vía París, desde Moscú y San Petersburgo. Los millonarios rusos que dispararon el consumo de nuestra Costa Brava, no hace mucho, hacían lo propio frente a las bravías aguas del Cantábrico vasco, un siglo atrás.

Hotel du Palais. Biarritz

Siempre ocurre lo mismo. No hay como invitar generosamente a las celebridades de turno, a la hora de la promoción, para que los parvenues sufraguen con creces, luego, sus gastos. Nada más necesario, cara a la galería, que sus excesos y caprichos. Pero Antón Chéjov fue cliente de pago en el hotel, cuando se permitió unas vacaciones en Biarritz, tras el éxito teatral de La gaviota, con Stanislavsky en la dirección dramática. Por fin albatros de carne y hueso, a pie de playa, en la laboriosa vida del autor ruso.

También los progenitores del escritor Nabokov recalaron en el Hotel du Palais, por espacio de dos meses, cuando todavía Vladimir no pasaba de los diez años y se interesaba más por las mariposas que por la narrativa. De Antón Chéjov cuentan que se desayunaba en el Palais hasta cinco platos. De los Nabokov, que se anunciaron con un séquito de once personas, entre mayordomos, ayudantes de cámara, mucamas e institutrices. Eso sí, ágrafo todavía en aquel verano de 1910, Vladimir Nabokov no dejó de recordar mucho después, en sus memorias, los baños en la Grand Plage, a la que el Palais tiene salida privada: “Allí había bañistas profesionales, hoscos vascos de bañador negro, que ayudaban a las damas y a las niñas a disfrutar de los terrores del oleaje”. Hija de burgueses parisinos, una de aquellas niñas se llamaba Colette Despres y con ella selló su primer amor Vladimir Nabokov, en un cine del pueblo.

Biarritz no pasaba de ser un pueblo de pescadores, puertas afuera de su gran hotel. Suficientemente despistado y ajeno, por tanto, para que la madre de la escritora Irene Nemirovsky recibiera en él a sus amantes, en tanto su hija se alojaba en una pensión con la niñera y su marido, un banquero judío de Kiev que gastaba la renta familiar de casino en casino. Claro que, en las salas de juegos que el Hotel du Palais conservaba, pocos ya pestañeaban a la vista de las herencias que se perdían en las apuestas refrendadas con pagarés. Podría atestiguarlo también Pierre Loti. Y tanto Jean Cocteau como Truman Capote, cuyas andanzas andaban en boca del personal hostelero, en Biarritz, allá por los pasados años cincuenta y sesenta.

Con medio siglo de adelanto a la inauguración del hotel, llegó Víctor Hugo a su franja de costa vasca, fascinado por lo que entonces llamaba “pueblo blanco, de tejados rojos y verdes postigos, frente al océano bravío”. Otro medio siglo después de alojar a Truman Capote, el hotel ganó categoría oficial de “palacio”, según las rigurosas exigencias de la alta hostelería francesa. Llovía sobre mojado en Biarritz el año 2011… Y habían pasado a mejor vida, claro está, sus primeros arquitectos, que nada distinto a un palais bajo estilo Segundo Imperio habían concebido en su solar.

Distintos nombres de rue francesa recuerdan a Hippolyte Durand, que levantó la planta original del palais. Y a los llamados Auguste Ancelet y Auguste Lafollye, que le añadieron alas, mientras Eugenia de Montijo lo habitó. Pero tanto o más que sus pabellones, las casetas de baño a rayas siguen evocando en Biarritz los felices y festivos años veinte. Más allá de boatos y séquitos, Vila Eugenia había pasado a llamarse Hotel du Palais, en 1893, prometiendo en adelante despreocupación mundana y burbujas de champán como mejor terapia de cura balnearia. Prometiéndoselas felices, pese al incendio que asoló la villa original incluso, el 1 de febrero de 1903. “El espectáculo del incendio fue imponente”, podía leerse en las páginas del semanario Blanco y Negro, que se hicieron eco del suceso. “Las llamas acrecentadas por el viento iluminaban los acantilados de la costa y se reflejaban en las olas, mientras caía un copioso aguacero. Llovían chispas de fuego del suntuoso edificio. Una inmensa multitud presenciaba el desastre”. Luego se le encargaría al arquitecto Edward John Niemans la reconstrucción interior del palacio, en hormigón armado, dejando a la vista sus fachadas estilo Luis XIII. Y su principales murales modernistas, a Paul Gervais, cuyo pincel dio vueltas y revueltas en torno al mito del vellocino de oro.

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