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    Las comunidades nómadas kazajas del norte de Sinkiang migran anualmente hasta mil kilómetros de distancia, constituyendo uno de los movimientos estacionales más largos de Asia Central. Realizan dos viajes al año: pasan los meses de frío en un lugar fijo, resguardado del viento o en la orilla de un río, y en primavera parten hacia los pastos de verano, en el macizo Altái, en lugares más elevados y frescos. Al llegar el otoño, vuelven a sus asentamientos de invierno. Desplazamientos ...[Leer más]

  • Cartografiando la Luna

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Algo de Madrid

A Madrid, villa popular y callejera, obra del arte cotidiano y coqueta, no la conoce nadie. Es una cebolla de miles de capas, una piña repleta de corazones con historias parejas, de coches y trenes que madrugan, pero hay algo, quizá sea su equivocada urbanidad, algo entrañable, que te raspa los tejidos.

5 de octubre de 2015

Pedí escribir de Madrid, y al poner las manos sobre las teclas del ordenador, se volvieron inútiles. En la cabeza, los pensamientos se rayaban como los discos de antes. Dado el número de años que he pasado recorriendo sus calles, debería ser el lugar del que mejor podría hablar; pero no es así, porque a esta ciudad que es ratonera a cielo abierto, villa popular y callejera, obra del arte cotidiano y coqueta aunque de gusto discutible, bien, no la conoce nadie.

Madrid es una cebolla de miles de capas, una piña repleta de corazones con historias parejas, de coches y trenes que madrugan, de gorriones que han crecido respirando la contaminación sobre sus nidos; pero hay algo, quizá sea su equivocada urbanidad, algo entrañable, que te raspa los tejidos y te coloca una bandera carmesí en el centro del pecho. Sus calles tienen la piel dura de los elefantes, esos pliegues gruesos que esconden las capas de episodios narrados a medias, porque en Madrid siempre hay algo que se silencia, algo que ardió durante años en las farolas que desaparecieron para modernizar sus plazas, algo que aún se custodia en las viejas porterías de las plantas bajas. Es una metrópolis de barrios, que indiferente al lucro de otros usos del tiempo aún conversa en la escalera, donde todavía se estila la plática sobre unos pocos peldaños, al pie del ascensor o en la puerta de casa.

Viaje a Madrid

Madrid es una urbe femenina (recuerden que, aunque se hable de “el oso y el madroño”, antiguamente era una osa) que viste a diario con camisa y pantalón, distraída y de movimientos cortos, que finge concentración y pericia, con un complejo de inferioridad que va superando con el paso del tiempo. Es posible que no naciera para ser capital, pero también mi admirado escritor, Saramago, decía con su hermosa modestia que él no había nacido para ser premio nobel, para ser entrevistado en la televisión, para llegar donde llegó; pero lo hizo y, además, con una excelencia exquisita.

No entiende de orígenes, si vives en Madrid, eres para ella un madrileño o matritense, en definitiva, uno de sus hijos biológicos o adoptivos, aunque “gatos” en la ciudad se dice que hay pocos. Las leyendas cuentan que el apodo felino se otorgó durante la conquista de la ciudad por las tropas de Alfonso VI, porque se realizó mediante el asalto de la muralla por las que treparon las facciones castellanas; pero quédense con la segunda leyenda, que dice que fue dado a los ciudadanos de Madrid en la Edad Media por su gran habilidad para trepar por murallas y acantilados con las manos desnudas. Hagan, si lo desean, la prueba del gato, pero para Madrid, sin reparar en más atributos innatos o accidentales, madrileño es todo el que vive en y con ella.

Viaje a Madrid

Cuando se deambula por Madrid, se hace por una las capitales más altas de Europa, 667 metros sobre el nivel del mar. Su lejanía de la costa deja a la ciudad como la muchacha en la ventana del cuadro de Salvador Dalí, mirando un exterior donde encuentra el mar que le falta. Madrid sufre una suerte de nostalgia por no tener olas que ofrecer a los que vienen a verla, y eso le da una frágil belleza.

El magma del vientre caliente de este volcán urbano se percibe sobre todo en el casco antiguo, que se fue poblado hasta reventar como una olla, dando lugar, entre muchas cosas, a las corralas, fascinantes ágoras de lo cotidiano con forma de patio que fueron retratadas al detalle por el costumbrismo madrileño. Como también lo fueron las estaciones de trenes por donde durante años entraron hombres y mujeres del campo esperanzados con el banquete del progreso, ese que las duras faenas de la tierra parecían negarles; en los andenes, deambulaban también variedades diferentes de estafadores, maleantes y carteristas. El edificio principal de la estación del Mediodía, que no es otra que la estación de Atocha, es de 1888, el año en que Van Gogh pintaba La noche estrellada sobre el Ródano, con esos reflejos temblorosos de luces sobre el agua que algo recuerdan a los del río Manzanares, del que hoy resta una corriente de agua desmejorada que a duras penas hace honor al cauce originario; pero sí, la ciudad tiene su río. A Madrid, le fueron creciendo la Gran Vía y otras grandes vías, hasta lograr un desorden urbanístico desproporcionado pero, de alguna incierta forma, artístico.

Fotografías de Madrid

Permítanme nombrar de carrerilla algunos lugares reconocidos por transeúntes residentes y foráneos, sin ellos, Madrid estaría incompleta, como la Puerta del Sol, corazón arrítmico de la ciudad, donde está el kilómetro 0, punto de partida de la numeración de las carreteras radiales del país, y al que el cantautor Ismael Serrano le puso música y letra. Después, la calle Mayor, la Plaza Mayor, la calle Bailén, la calle de Alcalá, el Parque del Retiro, en el que se encuentran el Palacio de Cristal, un lugar onírico y tangible al mismo tiempo. La plaza de España, el Templo de Debod, el barrio de La Latina, el barrio de Lavapiés y el barrio de Malasaña, las calles del Carmen y Preciados, la Plaza de Callao. El barrio de Chueca, la calle de Arenal, el Teatro Real en la Plaza de Ópera, la Plaza de Oriente donde se encuentra el Palacio Real. El barrio de las Letras, las calles de Huertas, la Plaza de Santa Ana. Las zonas ajardinadas como el Campo del Moro y los Jardines de Sabatini, la Casa de Campo y el Parque Madrid Río, cruzado por los puentes de Segovia y de Toledo. Y esa terna del Arte que forman los museos del Prado, Reina Sofía y Thyssen-Bornemisza por el Paseo del Prado, donde uno tropieza con la fuentes de Cibeles y de Neptuno. Madrid continúa por el Paseo de Recoletos hasta la Plaza de Colón, el barrio de Salamanca, el Paseo de la Castellana, y otros tantos lugares; pero, y esto es lo importante, Madrid no son sus piedras, ni siquiera sus cuadros, sino la gente que la erosiona y construye, que llena el transporte público, los mercados locales, los círculos espontáneos alrededor de artistas callejeros.

Madrid se cuela por el sentido del olfato cuando se deja de caminar para entrar en alguna de sus emblemáticas tascas, bares o restaurantes, muchos con decenas de estrellas concedidas por el voto popular. Dentro, uno agudiza la nariz y cierra el resto de los sentidos; percibe, entre otros aromas, el de la cocina típica, que debe mucho a la gastronomía de otras regiones españolas, platos como el cocido madrileño, los callos a la madrileña y postres como las rosquillas o las torrijas. Hay locales donde, a cualquier hora del día, uno respira un aire pegajoso impregnado del aceite de las frituras y donde el paladar accede a churros, tortilla de patatas, bocadillos de calamares o patatas bravas, en medio de una continuidad de ruidos y movimientos que se viven como una original compañía.

Fotografías de Madrid

Y como todas las ciudades, Madrid también tuvo su infancia. Al parecer, los primeros asentamientos humanos fueron en las terrazas del río en el área de influencia del Puente de Segovia. En el período prerromano y romano, el territorio no era más que una región rural, beneficiada por la situación de cruce de caminos y la riqueza natural. Población estable no se conoce hasta el siglo VII, cuando se entra en la etapa visigoda que precede al asentamiento musulmán de Maǧrīţ del siglo IX, momento en que Madrid empieza a germinar. Este es el primer nombre documentado que dio en castellano antiguo Magerit, pero sobre su origen hay multitud de hipótesis. Por un lado se afirma que Maǧrīţ deriva de maǧra, que significa “cauce” o “lecho de un río”, al que se añadió el sufijo romance -it, que indica “abundancia”; luego Madrid significaría “lugar abundante en aguas”, en referencia a los varios arroyos de superficie y subterráneos que existían en el solar de la ciudad; por otro lado, se cree que Maǧrīţ es la arabización fonética de la voz romance, Matrice, pronunciado Matrich que equivale a “matriz” o “fuente”. En cualquier caso, parece evidente que la ciudad tenía los ojos acuosos.

Fotografías de Madrid

La primera noticia escrita sobre Madrid procede del cronista cordobés Ibn Hayyan (987-1075), y la más completa la da el geógrafo al-Himyari en el siglo XV, quien, citando fuentes más antiguas, dice que en esta noble ciudad de al-Ándalus “hay barro con el que se hacen unas ollas que pueden utilizarse para ponerlas sobre el fuego durante veinte años sin que se rompan, y lo que se cocina en ellas se conserva sin que le afecten ni el frío ni el calor del ambiente”. Lo curioso es que habla de las ollas de barro, pero podría aplicarse para describir el carácter madrileño.

Antes que cristiana, Madrid fue musulmana. Y antes que un Palacio Real y un alcázar cristiano, Madrid tuvo su fortaleza andalusí y su mezquita mayor, cuya existencia daba a la población el rango de medina o ciudad. La fortaleza omeya de Madrid cedió tras la caída del reino taifa de Toledo en manos de Alfonso VI de León y Castilla, y la medina fue tomada por las fuerzas cristianas. Detrás vino la incorporación a la Corona de Castilla, su designación como sede de la Corte por Felipe II y el título de villa en 1123. De ahí la expresión: “Madrid es villa y corte”.

Fotografías de Madrid

La vida de la ciudad continúa, aunque desconfía de ese destino tan poco real para ella. A los miembros de la corte, a la burocracia real y a todas las personas necesarias para su sustento, se unen desheredados y buscavidas de todo el Imperio español. Llegan los monarcas de una nueva dinastía que la encuentran oscura, de calles angostas, masificada, sin sistemas de alcantarillado y pestilente; pero, con todos esos atributos y algunos más, el pueblo de Madrid se levanta contra las tropas francesas el 2 de mayo de 1808 y detona la Guerra de la Independencia; enfrenta una Guerra Civil (1936-1939) en la que fue castigada por el fuego artillero y los bombardeos aéreos. Y pasó de una represión que la dejó agonizante a la Movida madrileña y a formar uno de los núcleos culturales más importante de Europa.

Madrid es la única capital del mundo que exhibe en plaza pública una imagen de Lucifer, con su Fuente del Ángel Caído; otra estatua popular es la de Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro, que preside el mercadillo callejero de El Rastro. Tiene letreros publicitarios que han adquirido rango de históricos y están legalmente protegidos, como el de Schweppes en la plaza del Callao o el de Tío Pepe en la Puerta del Sol. La ciudad supo lucir capa larga y sombrero ancho, y hoy se viste con infinidad de prendas.

Fotografías de Madrid

Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Tirso de Molina, Calderón de la Barca o Mariano José de Larra sembraron sus notables talentos por la villa. Tuvo escritores, pensadores y poetas que frecuentaron cafés clásicos como el literario Café Gijón o el Café Comercial, y otros que, entre páginas, deambularon por la sordidez de un Madrid nocturno, como el poeta ciego de Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, y hablaron de los espejos deformantes del callejón del Gato y del esperpento. Ahora toman el relevo locales como el Café Libertad 8 o Aleatorio Bar, donde la poesía se populariza o, mejor dicho, se escapa de las librerías de élites ociosas, haciendo que los versos regresen a los foros abiertos.

Hace unos meses Leo de Aurora, increíble guitarrista de flamenco, un madrileño con manos y corazón de oro que en los próximos meses sacará su primer disco en solitario Aurora, me decía en una entrevista que Madrid es grande porque no pregunta nada, ni quién eres ni de dónde vienes, da respuestas. Pues sí, Madrid es grande, y largo, largo es su viaje.

Fotografías de Madrid

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