Azímut

21 de noviembre de 2018
“Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia”. Enrique Jardiel ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Libros de viaje




Antes y después de los Balcanes

El paso fugaz de Rebecca West por los Balcanes antes de la Segunda Guerra Mundial fue suficiente para que alguien, alguien con mucho talento para la literatura, escribiera ‘Cordero negro, halcón gris’, uno de los mejores libros de viajes de la historia. Este es el retrato de la autora y del viaje.

6 de septiembre de 2018

La afirmación es de la propia autora, y podría encabezar buena parte de su obra: “Cristo nos dijo que amáramos al prójimo como a nosotros mismos, y esa es una clase de amor frío e intelectual. Pocos disfrutamos de nosotros mismos”. Rebecca West (Londres, 1892 – 1983), nombre de un personaje de una obra de teatro de Ibsen, que adoptó de manera oficial quien fue bautizada como Cecily Isabel Fairfield, tenía tanto miedo a este mundo lleno de idiotas que vivió guardando la distancia exacta, la que le permite entender a los demás, pero no termina de llorar lo que otros lloran ni reír lo que otros ríen, porque amaba más al prójimo que a sí misma. Sorprendida por la incapacidad de la gente de ver el mundo a través de los ojos de los demás, conserva una mirada inocente y limpia, con tanta obsesión como para considerar que la empatía es una de las ramas del árbol de la nobleza, junto con la ternura. Hizo de su limitación una virtud de la que, al contrario de lo que mueve a la mayor parte de la gente, no se sentía orgullsa. “Los hombres de acción suelen enorgullecerse tercamente de sus limitaciones, y lo mismo hacen los inválidos”, dijo. Y así es como consigue casi desaparecer de sus crónicas, ella, la autora, que no quien narra, y tanto en su obra periodística como en sus viajes se empeña en hallar trazas de dignidad y, cuando las encuentra, elogia a la gente sin afectación. Es una escritora técnicamente perfecta, tanto que uno siente complejos al leerla, si es que uno, a su vez, siente algún tipo de aspiración o anhelo literario. Rebecca West es inimitable y su prosa posee un estilo tan depurado que parece carecer de él. Solo así se explica que uno pueda leer las mil trescientas páginas de Cordero negro, halcón gris sin fatigarse.

Enviada por la revista Atlantic en 1936 a un viaje de mes y medio, con todos los gastos pagados y acompañada de su marido, además de los guías locales y los mozos de hotel, no sería hasta 1944 cuando pondría el punto final al cuaderno de viajes, ensayo filosófico, reseña histórica, trabajo periodístico, de dilema filosófico y social, que es considerado uno de los grandes libros de viajes de la historia.

West recorrió tantas ciudades que apenas tuvo tiempo para ser una viajera lenta, algo que pospuso para las horas de despacho, frente a los folios, reelaborando sus apuntes de campo. El trabajo es concienzudo y resistente, teniendo a este último adjetivo en todos los sentidos de su polisemia: el empeño de largo aliento y la rebelión con que carga su relato. Podría decirse que así prolongó lo que caracteriza su biografía, la pobreza en que nació, la emigración a Escocia, su feminismo intelectual en una sociedad machista y ser madre soltera, madre de un hijo que le dejó el paso por su vida del escritor H.G. Wells, el autor de El hombre invisible, que hizo honor a este título en la vida de Rebecca. Primero amante, luego amigo acérrimo, pero nunca padre. El hijo de Rebecca y H.G., Anthony West, dedicó su vida a defenestrar a quien fue madre soltera sin renunciar a sus principios sobre el requisito de una mayor igualdad. Anthony la presentaba como un monstruo vanidoso y hasta se negó a acudir al entierro de su madre. Ese viaje y ese libro no salió todo lo bien que hubiera deseado Rebecca.

El encargo de la revista Atlantic estaba maldito, dado que Rebecca West siempre se mostró a favor de los oprimidos y buena parte de la historia sobre la que gira el libro tiene que ver con el atentado que prendió la mecha de la Primera Guerra Mundial. West quiso ver en el muchacho que dispara a un perdedor, a un pobre, a un condenado en vida y, a su juicio, eso puede justificar cualquier tipo de acto, incluido un regicidio. O sobre todo un regicidio. Las mejores páginas del libro son aquellas en las que reproduce la larga lista de asesinatos y los juegos de tronos que han tenido lugar en la región, que ha sido el puente donde se ha librado buena parte de la historia mundial, donde se detuvieron o avanzaron los ejércitos de imperios de Oriente y Occidente, donde se fragmentaban y unían fuerzas e intereses. Esos párrafos constituyen una de las mejores lecciones de historia que se han escrito, tanto por la valoración que hace de una región que se nos antoja alejada de donde creemos que se coció la historia, como por la facilidad para la narración: su calidad literaria no tiene nada que envidiar al mismísimo Lev Tolstói, al que añade lo único que se puede rescatar de los culebrones, que son las maldades de las dinastías, lo que le da un cierto aspecto de thriller. Eso sí, la historia que marca West apoya al desvalido, aunque destripa la psicología de los personajes históricos por inducción y con mucha inteligencia.

Acude a Yugoslavia para dar conferencias en universidades, pero se detiene en lo personal, y no únicamente en las batallas, sino también en la socioeconomía del pueblo. Y piensa en el pueblo como individuos, como personas, como uno más uno, más uno, más uno… hasta llegar a cientos de miles, todos con rostro y firma. O sin firma, porque una de las denuncias que hace es la del analfabetismo del campesinado, que es parte del maltrato al que se le somete. West jamás pierde de vista que, sea cual sea la solución, a la fuerza ha de pasar por la cortesía y la conciencia de los estratos sociales. Sí, aunque reniegue de ello en otras obras, comparte con Marx la idea de la lucha de clases. Dicta que los gobiernos están abandonando el campo e invirtiendo en las ciudades, a donde la clase exprimida manda a sus hijos para que se les explote, mientras vende reses escuálidas por desesperación. Un fenómeno que se suma al malestar de la historia bélica, para dar lugar a un pueblo difícil, por su falta de medios para rejuvenecerse.

rebecca westEl campesinado ha quedado reducido a bestia de carga mientras, por las ciudades, a lo largo de siglos, han pasado toda suerte de imperios. El territorio fue conquistado por Roma y Roma arrasada por los bárbaros. En el este, se libró una guerra de trescientos años entre Hungría y Venecia, luego cuatrocientos al servicio de Venecia, mientras por el oeste acosaba el imperio otomano, adueñándose de parte del territorio, hasta que, de hecho, comenzó la guerra de Napoleón contra Turquía, un episodio que terminó con la desesperanza del imperio francés y, más tarde, un desgobierno a la sombra del imperio austriaco. A todo esto, Rebecca West da por bueno el estado moderno y, debemos confesar esta premisa, es favorable a la monarquía, al menos en su país de origen. En lo que atañe a temas religiosos, a lo largo del libro deja que sea su marido el que dirima las fobias contra el catolicismo, enemigo pegado a la piel de los protestantes hace ahora un siglo. En su opinión, hay demasiados obispos en la política y el tono de la historia de los Balcanes es repugnante.

Pero West es también feminista. De hecho, su carrera periodística, autodidacta convencida, comenzó con una columna en un semanario sufragista sobre la libertad de amar. Así es como no se le escapa que, aun dentro del campesinado, la mujer sigue siendo la gran perdedora. Le impresiona la capacidad de adaptación a una condena, a pasarse la vida embarazadas, viviendo con lerdos regados de alcohol por dentro y de lodo por fuera. Pero esta capacidad de adaptación tiene el nombre del gran mal de los seres humanos que, a juicio de los clásicos griegos, es la resignación. No pudiendo renunciar a la vida que sufren, las mujeres campesinas pasan sus días con nubes de melancolía allí donde debería haber dignidad. Solo el acceso a los árboles y al agua, que son el mayor de los bienes, las rescatará durante algunos segundos. Eso y la sinceridad, que tal vez sea la forma más decente que tiene de expresarse la pobreza, el resto de dignidad que le queda al pobre. La naturaleza y la verdad centran su atención allí donde vaya. En los Balcanes encuentra una sinceridad de la que ya carece occidente. Es como si fuéramos sus amigos, pero estuviéramos hechos de otra sustancia: para nosotros la vida se mejora quitando cosas malas, sin embargo, para los balcánicos la vida se mejora añadiendo cosas buenas. Es fácil reconocer un sano orgullo en esa postura. Y es que en los Balcanes, el orgullo es una herencia cuyo origen se pierde en las raíces de los tiempos.

Por eso el juego de tronos es una grosería más que han sufrido, amenazados constantemente por imperios. Así hasta que se impone Yugoslavia como una necesidad y, por tanto, como un estado dentro del cual no se está predestinado a la armonía. Cincuenta años más tarde, las palabras de Rebecca West fueron algo más que proféticas. Pero durante el viaje ella se iba haciendo a la idea del país que visitaba a través de las conversaciones con sus cicerones y las visitas a castillos decadentes, castillos de nobles políglotas cosmopolitas y arruinados, en los que cuelgan enormes cuadros de caza, con flacos campesinos que suministran piezas de tiro a gordos señores. No es de extrañar que el pueblo deteste la idea de un gobierno e insista en examinarlo. Pero lo hace a través de la pasión, que es la fuerza motriz de una gente astuta, sucia, solitaria, rural. Gente obsesionada por conservar lo que ellos llaman “lo nuestro”, al igual que los franceses llaman “lo nuestro” a Astérix y la aldea gala, y no al imperio romano, del que en realidad son herederos. El mal es universal: uno cree que ha rescatado su cultura o su esencia liberándose de un yugo, cuando ese yugo es, precisamente, lo que los ha configurado como pueblo, como país, como individuos. Algo que se expresa hasta en lo popular, hasta en el arte de los gitanos, denigrado por el sistema capitalista que no reconoce el arte popular y sí las joyas. Tal vez porque, a juicio de West, el sistema capitalista pasa por encima de quien no acumula bienes materiales, y los gitanos son pobres.

Rebecca West no se detiene muchos días en cada destino. Pero se da cuenta de que en lugares como Sarajevo conviven la fe y los herejes de todas las religiones. Es un sociograma del malestar mundial, una situación enconada en la que todos son víctimas. Pero pasea por las calles y el ambiente le resulta apaciguado, tranquilo, suave por sí solo. Algo extraño entre gente vehemente acostumbrada a tener a la muerte por vecino. ¿Podría llamar estabilidad a esta atmósfera, a esta reunión de buenas personas? En buena medida, sí. Aunque entiende que no existe una estabilidad política, partiendo de su prejuicio: la estabilidad política es lo que regenta el país del que ella procede. Y eso es una pócima aplicable a cualquier estado. Al menos esa es la sensación que da, pues entre tantos cientos de miles de palabras que componen el libro, no define qué es la estabilidad política. A pesar de que el esfuerzo que hace por definirla es ciclópeo. De hecho, si el libro supera de largo las mil páginas, según el marido de Rebecca, el banquero Henry Waxwell Andrews, se debe a su afán por explicarlo todo, por responder a demasiadas preguntas.

Y a lo largo de un viaje, surgen muchas preguntas, o dudas, o inquietudes. Es posible que ese último término, inquietudes, encaje mejor con el espíritu de la obra que el de amplio espectro que es preguntas, porque lo que no resuelve es lo que atañe a lo moral. West está incómoda al no hallar respuestas, al no ser uno más de esos extranjeros que llegan allí para enseñar y no con intenciones de aprender. Si come en una taberna, sospecha que la dueña regentó un prostíbulo y, sin atreverse a preguntar, busca pistas por toda la aldea que así lo delaten. No, ella no es uno más de los extranjeros con las conciencias y los complejos borrados. Ella sabe que en la vida hay cosas por las que merece la pena pelear, pero esas cosas solo son mejores si quienes las hacen sin lucharlas hubieran peleado por ellas de haber sido preciso.

Y así West completa un trabajo que hoy resultaría imposible, porque entonces había espacios vacíos sobre los que elaborar teorías. Ahora hay docenas de expertos occidentales sobre el fenómeno balcánico. Ahora, cuando ya terminó una guerra que importó un comino a la mayoría de la gente que podía haber tomado la decisión de salvar unas vidas que ya habían visto demasiados horrores. Para ello bastaba con haber nacido durante la segunda década del siglo XX y haber sobrevivido a la primera gran guerra. Hasta tal punto que ya en aquella época, y todavía en la actualidad, el varón balcánico tiene la media de estatura más alta de Europa, es decir, la masculinidad entendida como fuerza les ha ayudado a no extinguirse. Uno se pregunta cuántos débiles cayeron por el camino sin necesidad.

West tenía mucho talento para mezclar todos estos ingredientes sin que se notaran las fracturas ni los cosidos. Tenía ambición por escribir un gran libro, pero no por escribir el mejor libro de la historia de los viajes. En cualquier caso, consiguió atraer la atención, lo cual implica ser iconoclasta, sí, pero al estilo ortodoxo occidental. Escribe con la seguridad propia del británico clásico, ese neocolonial que explica a sus compatriotas cómo funciona el lugar que ha visitado. En ese sentido, nadie escribiría hoy un libro semejante. Uno lo lee como si se tratara de una novela, no de periodismo, faceta en la que aporta lo que los que están en el poder quieren que aporte. El libro es algo acomodado, como lo son los libros de texto, a la hora de reflejar un pensamiento político, entendiendo por tal la organización del conjunto de los hombres y su gobierno, no las votaciones electorales y la farsa de la democracia representativa. Jessa Crispin (Kansas, 1978), otra incansable feminista, afirma que ella amputaría las demasiadas oraciones enunciativas y preguntaría a Rebecca mil cosas que da por supuestas. Su análisis del libro Cordero negro, halcón gris, incluido en El complot de las damas muertas, es un atrevimiento, una manera de derribar a dioses consagrados sintiendo el polvo metiéndose en los ojos. “Muchas de estas afirmaciones parecen ser fruto de su condición de mujer intelectual; cuestionarse a una misma muestra debilidad, y los compañeros hombres se abalanzan sobre la debilidad de la mujer”, justifica así Crispin el tono asertivo que adopta Rebecca West.

“Cristo nos dijo que amáramos al prójimo como a nosotros mismos, y esa es una clase de amor frío e intelectual. Pocos disfrutamos de nosotros mismos”. Repetimos la frase porque Crispin destaca que en el libro falta Rebecca West, que su mirada es fría, intelectual. Y es cierto que, para ser un libro de viajes, falta la complejidad del narrador: abrumado o exaltado, melancólico o rabioso. Un autor subjetivo no expresaría que todos los serbios son muy vigorosos y a todos los turcos hay que echarles una segunda mirada. Pero sí hay individuos, algunos muy concretos, algunas muy valientes, casi todas mujeres. Es ahí donde hace la transferencia literaria, donde se proyecta. El libro, para qué engañarnos, sigue siendo una lección de literatura. La acertada crítica de Jessa Crispin ya había sido respondida por Rebecca West al mencionar su visión de las relaciones humanas.

Más adelante, mucho más adelante, superados los setenta años, West intentó repetir experiencia en México, en la zona de Yucatán. De hecho, Rebecca se mantuvo activa hasta 1980, cuando entregó su última crónica sobre la invasión de la embajada americana en Irán. Aunque la mayor parte de sus textos mexicanos están inéditos, algunos se publicaron en forma de artículo en The New Yorker. Por la ruta de los años escribió todo tipo de obras, desde reseñas literarias defendiendo a Proust o Virginia Woolf cuando sus obras eran recibidas con carcajadas, hasta novelas como Cuando los pájaros caen, en la que se impone el realismo político, con un paralelismo de fondo en el que se compara la revolución rusa con los acontecimientos en los Balcanes. Sus novelas son éticas, sociales, culturales, realistas. Y también filosóficas: novelas en que los espías han leído a Kant y a Hegel. Las dificultades de los hombres a la hora de entenderse cruzan su obra en canal. Al igual que la pregunta de en nombre de qué es lícito un acto como, por ejemplo, el del asesino.

O la traición. Una de sus obras más significativas lleva por título El significado de la traición, y es un reportaje filosófico sobre el último espía condenado a muerte en Gran Bretaña. El reportaje pasa por todos los vericuetos de la ética, por la enseñanza de la lealtad a un estado y por la comprensión de un hombre solitario que no comparte los pareceres comunes. En realidad, es un libro en el que se pregunta si la vida es una estupidez moral. El único exceso de egoísmo del espía consistió en tratar de convencer, mediante emisiones radiofónicas, de los beneficios del Tercer Reich. Dando por bueno el estado moderno, Rebecca West considera que el traidor puede aportar algo positivo, pues se trata de alguien capaz de imaginar la transformación social y dar rienda suelta a la rebelión. Pero si un estado protege a un individuo, considera que tiene derecho a contar con su lealtad, que es una respuesta nada dramática a la traición a un contrato social que presupone sagrado.

Claro que para eso es necesario que exista un Estado. La Yugoslavia que encontró West en su viaje podría aparentarlo, porque la palabra Estado es un término bastante burocrático. Difícilmente se podría hablar de un país, pues este ya es un concepto cultural y humano en el que una serie de arquetipos unifican a los habitantes, a pesar de ellos y, con frecuencia, criticados con dureza por ellos. También por la propia Rebecca West, como cuando es testigo de una tradición ritual en Macedonia donde los familiares y vecinos obligan a una niña pequeña a presenciar la muerte, a degüello, de un cordero negro, para luego purificar lo que ya era puro, trazando un círculo sobre la frente de la niña. La sangre del cordero servirá de tinta para manchar la piel que, en un giro paradójico, abriga la cabeza de una niña que perderá su inocencia ante la brutalidad de la tradición popular. West marcará a tinta la diferencia entre tradición y cultura, dejando bien claro que en cuanto aparece un signo de crueldad, lo que tomamos por nuestra cultura es una aberración. La cultura ha de ser siempre amable y cortés.

La Yugoslavia de West es una suerte de unión de federaciones: serbios, croatas, bosnios, eslovenos, montenegrinos, kosovares, macedonios… Su compromiso no podía atarles, necesariamente, a un Estado, porque no existía ese ente que les protegiera. Sería raro encontrar un traidor, porque no había nada a lo que traicionar. Pero, eso sí, siguiendo la guía de W.H. Auden, los compañeros de viaje de West piensan que la naturaleza es mejor que la civilización, y el Estado es civilización, es invención de los hombres. De ahí que a la autora le llame tanto la atención que uno de sus chóferes recoja una tortuga pequeña y trate de darle de comer un bien tan escaso como es el chocolate.

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