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Árboles de las islas atlánticas y otros mundos

El relato de un viaje sin retorno por las islas francesas de Oléron, de Ré y la pequeña, pero aún más imprescindible, isla de Aix, marcado por la presencia de los árboles y la escritura. Tres islas en el Océano Atlántico similares en belleza pero no idénticas.

29 de junio de 2015

No sé cuando decidí ser árbol. Tal vez ni siquiera fue una decisión propia. Con el tiempo me he dado cuenta de que ninguna de mis decisiones fue mía, le pertenecen a una mano a la que nunca he reconocido su autoría. Lo que importa es que, al final, mi vida no será mía, sino de esa mano silenciosa que trabaja a destajo incluso contra mis planes; sé que ustedes entienden.

He pasado buenas horas admirando y dibujando el mundo de los grandes vegetales, entregada y fascinada a la tarea, pero ser árbol no es fácil. Algunas acciones, y estoy pensando en el hecho de leer o incluso escuchar música, permiten al cuerpo permanecer inmóvil; hablo de una inmovilidad exterior; por dentro sólo uno sabe el número de fantasmas que se despiertan. Sin embargo, de todas las posibles acciones, pocas me resultan más estimulantes que el movimiento físico, ese desplazarse de un punto A a un punto B, sobre todo, cuando A y B no tienen en apariencia nada que ver, imaginen un viaje desde las montañas Tíbet a las arenas del Sáhara, por dar un ejemplo. Yo pensaba que los árboles no se movían.

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Lo tuve que desear una de esas noches urbanas con amenaza de insomnio, en la que me acosté cansada de ir montada en el tranvía de un mundo para el que somos el ticket que nos pica el supervisor a la entrada. Seguro que había estado mirando entre párpados las nubes gordas como fabulosas estatuas de Botero, sus grises golpeaban el cristal y venían cargados de giros de 180 grados en las sábanas, de pensamientos recocidos en el magma pringoso del día, de los esqueletos adustos de las tareas pendientes, de una lista de la compra llena de marcas y dedos de grasa. Seguro que no abrí la ventana, que me quedé dormida; pero antes tuve que haber pedido al silencio aromático de la madrugada, y sin despegar los labios, “ser árbol”; entre sus muchas virtudes, ellos no saben de dinero, de cambios ni rutinas.

Así, el 18 de junio de hace dos años, en la habitación de un dulce hotel de la isla de Oléron, mi deseo que, para entonces, había atravesado el cosmos, tuvo que rebotar en algún planeta habitado y regresó a la Tierra. Lo advierten los dichos populares, “ten cuidado con lo que anhelas”, porque puede venir un envío de realidad cuando ya ni te acuerdas, y en el peor de los casos, cuando ya ni lo deseas.

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Nada es casualidad, y no lo era, que mi metamorfosis vegetal sucediese en una primavera a punto de hacer las maletas, que ocurriera, no en 2010, pero sí el mismo día en que moría el viajero más humano que he leído, ese “humanista compasivo”, como decía su esposa, la periodista y traductora Pilar del Río. Junto al escritor, yo encendía mi lamparita por las noches y así quedaba, alumbrando hasta que acababa alguno de sus libros. Recuerdo que esa mañana había recorrido las playas arenosas de la isla, sorteado dunas y dudas, que me puse un corazón de hormiga para ascender la altura máxima de aquel territorio insular, esos treinta y cuatro metros de la duna de Saint-Trojan, y así sentir que había superado el mayor obstáculo del día. Por la tarde no hice otra cosa que mirar el océano, columpiar mis ojos en las olas peregrinas para relajar esas venitas rojas que los cruzan, no por falta de sueño, sino más bien, por exceso de sueños; sé que ustedes me siguen.

Saramago tuvo que mirar muchas veces aquellas olas atlánticas que llegaban a las orillas de Lanzarote, a su bella Lisboa, que se filtraban por el perfil costero hacia el subsuelo alentejano, una tierra que sostuvo los cuerpos tumbados del nieto solícito y del abuelo analfabeto cuando, bajo una cúpula nocturna y calurosa, se sucedían las historias del anciano. Muchas noches después, el escritor recordaría a sus abuelos al recibir el premio Nobel de Literatura, y recordaría el momento en que el hombre agrietado por las faenas del campo se despedía uno a uno de los árboles de su finca cuando sintió que la muerte le penetraba por dentro sin posibilidad de tregua.

En este viaje por las islas francesas de Oléron, de Ré y la pequeña, pero aún más imprescindible isla de Aix, había disfrutado de adelfas, agaves, eucaliptos y mimosas; de robles, palmeras e higueras; de unos pinos sobre los que, espalda contra tronco, había respirando las sombras que borran esos ocasos que no esperan lunas. Árboles que conocían la guerra mejor que la paz, que habían acompañado a soldados, saboteadores, bandidos, a hombres de un poder siempre discutible, a monjes, a hospitalarios habitantes y aislados lugareños, a viajeros hambrientos de otros mundos, a magos viticultores y encantadores de flores, también a escritores admirados, como Pierre Loti.

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Yo conocí a Pierre Loti en el café de Estambul que lleva su nombre, un enclave cautivador y melancólico; allí estaba sentado con su fascinación por la sensualidad femenina y esa fiel admiración por lo oriental y, en particular, por Turquía. Hablamos de rutas y de libros, él con esa voz tranparente que emplean los que ya no están, a mí me dio por pellizcar y alisar con suavidad el mantel de la mesa. Al partir, cuando ya apenas le distinguía, se levantó alzando su té turco, yo diría que a la salud de Aziyadé, la mujer de los ojos verdes de la que supuestamente se enamoró. Vivieron una de esas historias de amor que acaban en una novela, la que Loti escribiría titulada con el nombre de ella. Siendo amantes, él dejó la ciudad del Bósforo y a su regreso, años más tarde, buscaría a la bella mujer, cuando ya estaba muerta. El escritor tuvo una vida intensa como oficial de la Marina Francesa, recorrió decenas de países y repitió en algunos; de las experiencias atesoradas están llenos sus libros. Loti está enterrado en el jardín de la Maison des Aieules, en Saint-Pierre d’Oléron, en esta “isla de los perfúmenes” como él la llamaba. No muy distante de este lugar estaba yo, pero yo como árbol.

Saramago inicia El viaje del elefante con una frase que después de aquel 18 de junio recuerdo cada aurora: “Siempre acabamos llegando a donde nos esperan”, yo no sé todavía quién o quiénes me esperan; pero, en esta nueva condición botánica, yo espero la luz del sol, la lluvia para beber y una tierra fértil que me alimente, soporto los vientos y me inclino buscando apoyar mi copa sobre otra copa; a veces me consuelan otras ramas, otras soy yo quien consuela; mis raíces no quieren cesar de viajar, de conocer nuevos suelos, de toparse con otras raíces y hacerse compañía. En estas islas atlánticas he encontrado una casa y, al final, mi vida no ha cambiado tanto.

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

Viaje a las islas francesas de Oléron, Ré y Aix

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