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Art déco en todas las salas

El Hotel Aristi es una joya arquitectónica de Cali. Proyectado por el empresario colombiano don Adolfo  Aristizábal  Llano, las diez plantas del edificio fueron  en sus días las más altas de la ciudad. La farándula no tardó en frecuentarlo: Marisol, Rocío Durcal, el Cordobés… o la escultora Feliza Bursztyn.

3 de marzo de 2020

Es raro que los hoteles brinden tarifas especiales a los artistas. A poco caché u overbooking que tengan suelen curarse en salud frente a sus posibles excentricidades y excesos como inquilinos. El Hotel Aristi lo hacía, sin embargo, junto al teatro del mismo nombre que protagonizó los años dorados del cine en Cali. No fue el primer hotel de altura en la ciudad interior colombiana, pero sí aquel que el empresario Adolfo Aristizábal quiso etiquetar con su patronímico, tras abrir una década atrás el Hotel Columbus. Cristóbal Colón había llegado antes que él por aquellas tierras y, por tanto, era de justicia reconocerlo. Por lo demás,  los caliqueños no conocían mayor emprendedor llegado de la provincia.

Adolfo Aristizábal Llano había venido al mundo antioqueño en Santo Domingo. Y más pronto que tarde se convirtió en próspero empresario de los cafetales, a partir de lo cual trajo el progreso motorizado a Cali en 1917. Suyos fueron los primeros autos que se vieron en el Valle del Cauca, llegados a la cordillera andina por piezas y con instrucciones para su montaje. Fue un hombre ávido y envidiado hasta su muerte en 1963, aquejado de leucemia. Tanto que la leyenda le mantiene vivo en la imaginación popular, el resto de los años sesenta y la década siguiente, asegurando que seguía de pie gracias a las transfusiones de sangre infantil que semanalmente se chutaba, tras raptar y asesinar no menos de treinta niños durante sus años vamp.

Sea como fuere, con carnet de vampiro en ciernes o sin él, el empresario se borró del mapa justo cuando hacía furor la fiebre de la salsa en Cali, a razón de los artistas que desfilaban por su hotel apadrinados por Larry Landa y Humberto Corredor, los dos impulsores del género musical en Colombia y su posterior catapulta a los boliches de Manhattan. Rivalizando con las primicias que la ciudad de Barranquilla traía, asomada al Caribe colombiano, Landa y Corredor terminaron por investir a Cali como capital de la salsa. La “Sucursal del Cielo” llamaban a Cali por entonces, con epicentro en el el hotel y teatro Aristi, antes de que ningún cartel de la cocaína la hiciera famosa.

“Prestigioso hotel de Cali requiere para su equipo de trabajo camareras para el aseo de las habitaciones… Se necesitan mujeres con excelente actitud de servicio y muy buena presentación personal”, rezaban los anuncios que en aquellos días publicaba en los diarios el Aristi, para ampliar su plantilla, sin que de ello pudiera inferirse otra cosa que contratos laborales. Ni go-gos o groupies para los artistas, ni sangre joven para el señor Adolfo Aristizábal redivivo. Y es que lo visitaban actrices españolas como Marisol y cantantes como Rocío Durcal, a más de toreros de no menos fama, como el Cordobés.

Hoteles históricos. Colombia.

Varias películas ha inspirado la maledicencia en torno al empresario Adolfo Aristizábal, acaso para poner en entredicho sus logros en Cali, a título de paisa forastero. Una de ellas la escrita por Luis Ospina en 1982, Pura sangre. Resulta más, mucho más llamativa, sea como fuere, la literatura en torno a las razones reales por las que Adolfo dejó su terruño para emigrar a Cali. Se cuenta que el presidente de la República colombiana se dejó ver en 1903 por Santo Domingo de Antioquía, por lo que le confiaron unas palabras de bienvenida para la ocasión, en su plaza principal, al estudiante Adolfo Aristizábal. Era el chico con más edad de la escuela y se apreciaban las dotes de su oratoria. Días estuvo preparándose Adolfo aquel discurso, pero a la hora de la verdad, presa de los nervios, no supo articular palabra desde el balcón del consistorio, en tan solemne oportunidad. Expectación, perplejidad frente a su silencio prolongado, apuros de las autoridades locales para salvar la situación. Excusas mil ante el presidente Rafael Reyes… El infausto lance quedaría sin duda marcado en los anales de Santo Domingo y, consciente de ello, al anochecer de aquel día decidió el chico poner pies en polvorosa, evitando burlas y escarnios. Se alejó Adolfo escaldado de su patria chica, sin billete de vuelta a ella, hasta que sus pies le llevaron a establecerse como recadero en Palmira, donde nadie sabía sobre su origen y pasado. Corría el año 1910, trabajó muy duro los siguientes doce y solo así llegó a cofundar la Trilladora de Café Aristizábal Piedrahita, empresa con la que vislumbró la pujanza de Cali en los días de entreguerra. Tanto que se dio también a la comercialización de farmacopea, electrodomésticos y tecnología agropecuaria, antes de importar los primeros coches que el tráfico rodado de Cali recibía, en su céntrica plaza de Santa Rosa.

Estaba llamada la ciudad de Cali al progreso y los grandes negocios, según avanzaba el siglo XX. No había duda. Por eso Aristizábal abrió inicialmente el Hotel Columbus, con su teatro anexo del mismo nombre, en 1943, frente a la parada señera del tranvía a vapor que se acababa de inaugurar en la ciudad. Siete pisos tenía aquel hotel, el edificio más alto de la ciudad por aquellos días, record de su cosecha que el propio empresario se encargaría de batir en 1951 con la envergadura del Hotel Aristi elevando el listón a diez plantas, más ático-terraza con piscina. De ahí que la farándula no tardase en frecuentarlo, así como los dos ex presidentes del país que atendían por Alfonso, Alfonso López Pumarejo y Alfonso López Michelsen. Al primero tuvo Aristizábal ocasión de platicarle en vivo el adverso cara a cara con uno de sus antecesores: su panegírico frustrado a oídos de Rafael Reyes, después del cual apretó las mandíbulas como correfortunas, hasta triunfar empresarialmente en Cali. Alfonso López Michelsen no alcanzó a estrechar la mano de Aristizábal, pero sí a saber entre bambalinas de su gran hotel sobre cómo enmudecía el empresario cuando el protocolo de altos vuelos le atacaba los nervios.

Más relajado se hubiera encontrado Aristizábal, caso de estar vivo, al recibir en su alojamiento público a Paco Camino, el exquisito diestro español que toreó en Cali, allá por 1971. Incluso a su antítesis en las artes taurinas, el temerario Cordobés, que en 1999 llegó al hotel. Quién iba a predecir, claro está, que a los dos les esperaba una cornada de gravedad en la Feria de Cali. Una cornada tras la cual el Cordobés exclamó: “He vuelto a nacer en Cali”. También Palomo Linares se alojó en el Aristi, para engrosar la nómina de sus visitantes VIP. Palomo Linares aterrizó y se marchó de Cali sin lamentar incidentes personales, aunque no sin medir de reojo la decadencia que los años le iban echando encima al que fuera hotel first class en toda Colombia. No en vano, Palomo Linares cumplió profesionalmente hasta con trece ferias taurinas en la plaza caliqueña.

Al escritor y periodista Alfonso Bonilla Aragón, gran cronista de la ciudad, lo prohijó también el hotel. Y qué decir de los artistas plásticos que en los años setenta lo tomaron al asalto, en tanto gran galería de exposiciones y tertulia. Fue el caso de la escultora Feliza Bursztyn. Ahora bien, en tanto artistas residentes del Aristi, se llevan la palma el cantante chicano Héctor Lavoe y el violinista Alfredo de la Fe, decidido este a salir de las drogas viviendo en Colombia. Ambos permanecieron cuatro meses en el hotel, ofreciendo a cada tanto dúos de improvisación tropicalista tan sobresalientes o más como las brindadas por el sabor cubano de la Sonora Matancera. Dicen que la sauna de los sábados años sesenta se llenaba en el hotel de rumberos…

En 1959 se abrió la Residencia Aristi contigua al hotel, pensada por el empresario Adolfo Aristizábal para aquellos clientes que decidían hacer de sus secretos de alcoba un verdadero hogar. Porque iban para ocho los años que el abogado Armando Peña llevaba ya acogido a su hospitalidad, separado solo por un tabique del director de cine Carlos Mayolo. Pese a su revestimiento de caucho, pensado para minimizar ruidos externos, Armando Peña se quejaba de lo mucho que madrugaba el cineasta para aporrear su máquina de escribir, a lo que Mayolo contratacaba haciéndole notar las cinco horas largas que a diario duraba su sesión de bañera. De cualquier manera, ambos estaban de acuerdo en ponderar el pollo guisado en la cocina del hotel, a manos de un chef del Chocó llamado Lázaro.

No fueron pocos los chefs centroeuropeos que cocinaron para el grill room del Aristi, comedor art déco de trescientas plazas cuyo buffet amenizaron así mismo orquestas como la de Santa Anita y Tita Duval, aparte los españolísimos Churumbeles, cuando no servía a la tertulia de artistas durante los distintos festivales de la ciudad. La repostería del lugar solía dejarse, pesase a quien pesase, a obradores suizos o alemanes. Y no lejos de su mostrador, donde echarle calorías al cuerpo, se hallaba el salón de belleza, la barbería, la floristería y un consultorio médico, por aquello de la gula y el atracón de dulces.

Tocaron las orquestas Romanelli y Capricho Español cuando el Hotel Aristi se inauguró a cargo de doscientas cuarenta habitaciones, inspirado su diseño en aquel que lucía el Hotel Albion de Miami, con planta telefónica para cuatrocientas líneas, enormes salones y mezzanine que hacía las veces de galería artística.

En agosto de 2009, el Aristi dejó de atender reservas, para dar distintos palos de ciego hasta derivar, una década después, en el Aristi Centro Comercial y Hotel, en poder del grupo empresarial G20. Su memoria, empero, ha pasado al otro lado del espejo. Pertenece ya al archivo de ensoñaciones como aquellas a las que invitaba su teatro contiguo del mismo nombre. Tenía el Teatro Aristi las trazas del Radio City Hall neoyorkino, a la hora de proyectar cine europeo de culto y acción. Llegó la sobreoferta hotelera a Cali con el narcotráfico y el Aristi se quedó sin papel en el nuevo guión que exigían los tiempos, habitados por héroes y villanos de otro pelaje.

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