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Histórico noticias



Aventura en la gasolinera

Todo viaje es un riesgo…, suelen decir los libros de viajes. ¡Pero qué sabrán ellos!, si nunca se han quedado sin líquido refrigerante en el coche, atrapados en medio del páramo castellano. Un desternillante relato para viajeros con conocimientos de mecánica cero en la carretera.

23 de mayo de 2016

Cuando ocurrió venía pensando en cómo los elementos singulares de una zona crean como emergente un paisaje armónico y reconocible. Quería escribir un artículo para La Línea del Horizonte. Como pueden ver, estaba inmerso en profundas reflexiones a caballo entre lo imaginario y lo simbólico. De repente se oyó un agudo pitido y una luz roja en el salpicadero empezó a parpadear. Ya estamos: lo real había irrumpido en mi vida. Al principio reaccioné como en toda mala noticia, negándolo: bah, no tiene importancia, será una extravagancia del coche. Luego pasé a jugar fuerte contra la información que se quería imponer: Y si sigo… ¿qué puede pasar…? Las demás fases de las actitudes reactivas ante la catástrofe se las ahorro.

La luz estaba al lado de un bonito símbolo en el que el termómetro aparece sumergido en una especie de tina. No soy dado a los jeroglíficos, pero todo apuntaba a que algo pasaba con el agua y la temperatura. Sin embargo, el termómetro del coche afirmaba con rotundidad que era correcta. Esta discrepancia, esa contradicción entre dos realidades materiales, está en la base de la locura; pero, afortunadamente, ese fondo de sensatez que todos tenemos logró hacerse oír y me dirigí hacia una gasolinera. Había que interrumpir el viaje. Una vez allí saqué un libro de la guantera.

No les he dicho que, técnicamente hablando, soy una rata de biblioteca. Se me dan bien los libros, me gustan, así que no me desanimé al ver el tocho del manual de instrucciones. Por deformación profesional fui directo al índice. No sabía cómo iniciar la búsqueda: ¿luz roja, líquido, temperatura, sonido…? Afortunadamente, al abrirlo vi un desplegable con un dibujo realista del salpicadero y así pude saber a qué página dirigirme (ya no amaré más el arte abstracto…). La luz correspondía al líquido refrigerante. No sería el único fluido que aparecería en esta historia. En la página correspondiente había un  texto que ni de lejos hubiera merecido un premio literario. Apenas se entendía nada. Confirmé que había abierto el libro por las instrucciones en español. Y así era. Tuve un instante de ira pensando en esos robots chinos que traducen textos, pero no era el mejor momento para ponerse tiquismiquis con la sintaxis y el léxico. Al final comprendí que lo que ocurría era que no había líquido refrigerante.

Hecho un brazo de mar rodeado de tierra (de Campos) por todas partes me dirigí a la tienda de la gasolinera en la que, tras un primer vistazo, observé que había de todo: prensa, muñecas, CDs, morcillas, vinos de la región, revistas porno… Pero no líquidos.

Aventura en la gasolinera

Pregunté al hombre que atendía: ¿Tienen ustedes refrigerante? Me miró con una mezcla de sorpresa, desilusión y suspicacia. Detrás de él había decenas de bidones de dicho producto. Literalmente, muchos bidones, y además, enormes. No sé por qué había pensado que se vendería en frascos pequeños como el perfume. Era algo seguramente caro y escaso, ya que su falta obligaba a suspender un viaje. Ya dicen los psicoanalistas que las ausencias siempre se pagan. El empleado me dijo que lo había de 17 grados bajo cero y hasta de 59, también bajo cero. Me miró de arriba abajo y dijo: Para usted será suficiente el de 17. Eso sí me molestó. Me dolió mucho.  ¿Por qué no podía comprar el de 59?, ¿por qué no podía irme al Polo Norte en coche?, ¿me consideraba un incapaz? Qué sé yo, mil preguntas más. El automóvil perdía líquido y yo autoestima a raudales. Pensé en pedir el de 59. Sería más caro, bueno, pero para qué vale el dinero si no es para ocasiones como esta, digo yo. Por otro lado, pensé que sería bueno exponer al señorín mis pensamientos para que viera que no me había rendido a la primera y que iba cargado de argumentos. ¿Para qué quiero un refrigerante a 59 grados bajo cero? Más bien necesitaría un “calentante”. No se lo dije. No quería pasar por un listillo o un borde, ambas estructuras de carácter que me parecen muy desagradables.

Adquirí el que me recomendaba. Y aquí empieza la segunda parte. Era un bidón enorme de un líquido con un color entre la Fanta de limón y los productos radiactivos verdes que salen en Los Simpson. Pagué y pensé: Dios, que no me vea ningún colega del departamento con un bidón de este color.

Mi autoestima se arrastraba por los suelos cuando, pazguato de mí, se me ocurrió preguntar: ¿Y ahora abro y lo hecho en el motor? Así, como si fuera una lluvia dorada. Esto último lo pensé pero no lo dije, no fuera que me considerara además un pervertido. El lector ya sabe a qué me refiero. Yo sabía que tenía un motor, pero nunca de los jamases lo había visto. Sabía que existía porque ya desde la escolástica sabemos –y dale con saber– que el motor inmóvil es imposible. Pero no lo había visto. Yo soy claramente de conceptos. Y lo real, real… Pueden ustedes pensar que ser así es irresponsabilidad o dejadez, pero… ¿para qué quiere ver uno un motor si ya tiene la idea de él? Pues no, ahora estaba seguro de que tenía que haber uno. Un motor con todas las letras.

Un hombre que debió de haberlo oído todo porque estaba en el establecimiento, intervino. El sujeto medía como dos metros, tenía unas manos como de cuarenta centímetros, vestía una camisa “moda leñador de antaño” que no les describiré, y, pues sí, un buenísimo aspecto de rural y sano como una manzana con sonrisa amistosa y tranquilizadora. Se ofreció a acompañarme al coche y ayudarme. No me gusta que me ayuden. Soy de los que prefiere perderse antes de preguntar una dirección, pero para entonces mi indefensión estaba acabando con mi fuerza personal. Acepté (encantado, lo confieso). Y para establecer conversación en el trayecto hasta el automóvil herido de muerte le dije que no sabía que un coche llevara tantos fluidos. Ahí me enteré de que había muchos dentro del motor. Yo sabía lo de la gasolina, es decir, lo básico; pero al parecer hay aceite, líquido de frenos, de válvulas, el susodicho refrigerante y agua sin más. Mencionó algún que otro más, pero me sentía desbordado por tanta realidad y no atendí bien. Resulta que el motor, tan sólido él, era un charco de humedades diversas.

También en el camino me enteré de que no se podía abrir el depósito, ya que al parecer ese líquido de marras podía estar muy caliente y se podía formar una especie de geiser refrigerante (¡vaya contradicción para un lógico como yo!) que nos podía quemar.  Digo “nos” mayestáticamente, como el Papa, pero el que iba a abrir el depósito era sólo él, ustedes ya me entienden.

Aventura en la gasolinera

Para entonces, el viaje había quedado interrumpido en medio del páramo castellano y había que esperar a que el Leviatán que vivía en el interior de mi automóvil se calmase. Todo viaje es un riesgo…, suelen decir los libros de viajes. ¡Ja, qué sabrán ellos!

Al rato, el hombre decidió abrir uno de los varios contenedores de líquidos misteriosos que habían aparecido. No sé cómo supo cuál era, pero francamente no estábamos para epistemología. Con prudencia retiró una de las tapas y sonó un silbido como de aire al ser expulsado. Al cabo paró. Yo no sabía si era que ya se podía quitar la tapa del todo o que el coche había exhalado su último suspiro.

El hombre miró y luego habló sabiamente: No tenía nada de líquido. ¿No lo ha rellenado usted nunca? Lo preguntó amistosamente, pero a mi susceptibilidad le sonó a un reproche terrible que, además de acabar de aplastar la autoestima, hizo que apareciera un nuevo sentimiento: la temida culpa. “No, nunca”, acerté a decir (era imposible mentir). “¿Y no lo lleva a engrasar?”, inquirió. Y dije: “Yo no, lo hace un cuñado. La última vez quiso pasar la ITV y llevarlo antes a revisar a un taller. A la vuelta me lo trajo con una horrenda pegatina en el parabrisas y un cargo de 400 euros…” Me miró con expresión de incredulidad. Pero no insistí en el tema porque quien no tiene un cuñado medio psicópata e incluso con temple delirante no puede entender estas cosas.

Un orificio desconocido y anhelante se abría ante nosotros. Yo, por no parecer un pusilánime, me adelanté, tomé el bidón y me acerqué al agujero. Pero, claro, había que echar el líquido a pulso, como se hace con un porrón. Y tampoco se me da bien la tecnología popular. El primer chorro cayó fuera. El hombre me dijo moviendo la cabeza: “déjeme, déjeme”. Tomó el bidón y lo vació a la perfección. Con las últimas gotas del líquido se fueron también mis últimas reservas de autoestima. Me pidió que encendiera el coche y así lo hice (a estas alturas, era lo único que sabía hacer). La peligrosa luz se había apagado. Se lo dije triunfante, más que nada por darle apoyo psicológico y reconocimiento, pues he leído que eso es muy importante. Su diagnóstico y operación habían resultado un éxito.

Le di las gracias y nos despedimos. Pero me quedé melancólico y meditabundo. Una carrera, dos masters, una tesis doctoral, varios libros y artículos, por no mencionar una permanente lectura obsesivo-compulsiva de prensa y diarios, y  resulta que no sabía qué era un anticongelante ni nada de lo que tenía entre manos. ¿Qué clase de viajero era yo? Más aún, ¿qué clase de ser humano? Reanudé mi viaje, pero estaba decidido a cambiar. Al llegar a casa no sabía por dónde empezar y me puse a buscar en Google. A ver, qué pongo: ¿coches, mecánica, luces rojas, refrigerantes…? Así que al final busqué un foro de coches. Me apunté. Al poco empezaron a llegar mensajes. Pero en ellos no se hablaba de mecánica, sino que advertían de que España se hundía en el comunismo y que había que preparar sacos terreros para la próxima guerra civil que se aproximaba. Bastante desesperado, no sé cómo se me ocurrió dar un trago al refrigerante. No me sentó nada bien, vamos, que me sentó fatal. Cuando la ambulancia me llevaba al hospital pensé con resentimiento que ellos tendrían todos los líquidos en su sitio.

Y ahora estoy en una sala, solo, esperando que venga el psiquiatra. Al entrar me han visto dos residentes, pero sus criterios han quedado en empate. Uno pensaba que yo era un suicida y que debían ingresarme y el otro pensaba que era simplemente un gilipollas y que los hospitales públicos no están para eso. A ver qué piensa el adjunto. Ah, por ahora el artículo para La Línea del Horizonte tendrá que esperar a que me den el alta.

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