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Histórico noticias



Azorín en París, el paseante inmóvil

Azorín describe un París propio, estático, triste, detenido en el tiempo, vacío y mudo, disecado con el escalpelo implacable de su prosa. Su galofilia se ejerce desde el pudor y la distancia, desde la timidez y la tristeza, desde la frialdad y la abstracción.

26 de julio de 2012

Don José Martínez Ruiz (Azorín, 1873-1967) ha sido uno de los escritores españoles más francófilos, aunque no afrancesado, del siglo pasado. No era difícil serlo en los años en que París era el centro de las artes y de la cultura, albergue de originales, disidentes y rechazados de todo el mundo. No era París manantial sino más bien embalse; las fuentes brotaban fuera de sus fronteras. Supo aprovechar la creatividad genuina venida de los pogroms, de la revolución rusa, de la masacre de los armenios, de todas las guerras y dictaduras de Europa. La cultura y las artes se beneficiaron de un aporte extraordinario y exterior de genio y maestría.

Placa de la calle de Tilsitt en ParísAzorín vivió varias temporadas en París, primero como corresponsal durante la Gran Guerra. Escribió numerosos artículos para “defender y propagar el espíritu francés”, que después se recopilaron en Con bandera de Francia (Biblioteca Nueva, Madrid, 1950). En ellos nos cuenta su admiración por Anatole France, por Jaurès, el socialista asesinado, o por Maurras (que en Madrid tiene una calle por la zona de Doctor Fleming). Algunos contemporáneos le llamaron galófilo, neologismo que no ha hecho fortuna. Vivió en el número 14 de la rue de Tilsitt, que circunvala la plaza de l’Etoile, donde está el Arco del Triunfo, en el tramo entre Hoche y Wagram. Entonces era un barrio de cierta prestancia, hoy convertido en zona turística banal, poblada de gente de paso, sin alma ni gracia.

En París, Azorín se dedicaba sobre todo a deambular, a flâner. Lo mismo que hacía en otros lugares, observaba calladamente, sin apenas ser notado. Tomaba cuidadosas notas bibliográficas y de lugares, para describir los pormenores de un parque, de un portal, hasta el banco de un square olvidado donde las primeras hojas del otoño iban tapizando del amarillo al naranja  los castaños de Indias. Paseaba por los muelles, rebuscando en los cajones de los libreros de lance, o cogía “un veloz automóvil” para ir a una librería o una biblioteca algo más lejana. Su pluma captaba, como un dibujo a tinta china, la ciudad. Su visión de París era triste, él estaba triste. “¿Son tristes las márgenes del Sena?”, se pregunta Azorín.

Sus descripciones de París son minuciosas y a menudo los personajes históricos ocupan –como el gran Henri IV, héroe del escritor –más espacio que los reales, contemporáneos. Cuando se detiene en una persona de carne y hueso suelen ser anónimos, un poco como figuras de cera. La vendedora de periódicos, el zapatero remendón, una señorita seca de la Biblioteca Nacional. Azorín confiesa que el museo que más le gusta, más aún que el Louvre, es el Museo Grévin, el Museo de Cera. Una preferencia que es una confesión. Le gusta esa “especie de cadáveres alquilados”, como llamaba Ortega y Gasset a las figuras de cera. A veces, sus llamadas novelas, como Doña Inés o La Voluntad, en las que no ocurre nada, nos introducen también en unos museos de cera, con personajes casi inertes de cera pulida y pálida. Jean Cassou lo definiría acertadamente como “el pintor más extraordinario de lo inórganico”.

Contrariamente a su amigo Baroja, los libros le sirvieron para evadirse de la realidad. José Martínez Ruiz y Pio Baroja Nessi Confiesa, en plural mayestático: “Veníamos de ver libros y volvíamos a nuestra borrachera de libros. Nos desabrimos a nosotros mismos; sentimos irritación contra nosotros mismos. Se impone a nosotros, hipotéticamente, la vida a los libros; pero siempre, en esta lucha, los libros salen victoriosos”. Victoriosos han resultado todos esos ejemplares, algunos muy raros, que fue comprando por París y que sobreviven a su coleccionador en la biblioteca de su casa-museo, muy bien conservada. Allí reposan muchos de los libros que hemos visto citados por el escritor. El clima de Monóvar es perfecto para las bibliotecas antiguas, sin moho, humedades ni bichos.

París son muchas ciudades lañadas por los squares, que él ama especialmente, y unidas también por los 22 puentes que entonces había (hoy son 33, sin contar los del bulevar Periférico y los dieciséis del magnífico canal St. Martin que va de La Villette al Arsenal). Azorín descubre la ciudad, la visita en “automóviles de punto”, como llama a veces a los taxis, algo a pie. Pero va mucho en metro. Surcaba París en el metro, con una afición que luego sería recordada por José Alfonso, respecto al metro de Madrid, “tiene el gusto misterioso de bajar al metro por las tardes, sentarse en uno de sus bancos subterráneos y ver pasar los trenes uno tras otro”.

Vista general de ParísPero tuvo una visión estática de París. Nos sorprende que se mantuviera ajeno a todo lo que se movía en aquella época por París. Si leemos a Francis Carco, a Mac Orlan, a Max Jacob, coetáneos, vemos Montmartre, el incipiente Montparnasse, el grupo de La Ruche -La Colmena-, los cubistas, todo lo que por allí bullía. Pero él nos confiesa que en tres años no ha trasnochado una sola vez. Ni ha ido a ningún baile del 14 de julio. Azorín flota en un París abstracto, donde solamente se mueven esos personajes sin perfiles que aún hoy vemos en calles serias, uniformes, frías. ¿Se le escapó o lo evitó? ¿Fue alguna vez a Montparnasse? Quizás no. Su ambiente estaba en los lugares más aburridos, como el Círculo Interaliado, le Cercle Interallié, un club instalado en la rue du Faubourg Saint Honoré cerca de la Concorde, en un palacete donado por un Rothschild, muy cerca de la Embajada británica, la que fuera antaño palacio de Wellington y que guarda reliquias como la cama de Pauline Bonaparte, la hermana favorita del emperador. El Círculo se convertirá en uno de los casinos más exclusivos de la oficialidad alemana a partir de junio de 1940.

Parece como si Azorín hubiera vivido cincuenta años antes de su tiempo. Por sus páginas pasan escritores hoy casi olvidados como Barrès, el loreno, fino, vitalista y comprometido, Gourmont –que él llama, hispanizando siempre los nombres- Remigio de Gourmont-, Morel Fatio. Barrès, autor del Jardin sur l’Oronte para quien “mi Oriente, es España”, tiene la excusa de que amaba España, lo que a nuestro autor le embargaba. Cuando cita autores o historiadores para explicar la Gran Guerra, se remonta a Renan, a Hanotaux, a Fustel de Coulanges. Si no, comenta un libro de Paul Bourget o de otros escritores muy secundarios. Para hablar del amor, algo tan palpable, tan inmediato en París, se remonta nada menos que a Sénancour.

Esta alienación respecto al todo–París ha sido quizás la razón por la que Azorín haya pasado totalmente desapercibido a los lectores e intelectuales franceses. Otros extranjeros, menos meritorios, supieron integrarse, venderse mejor, y hoy forman parte del acervo de la cultura parisina de entreguerras. Nuestro alicantino, minimalista y sobrio, pasó como una sombra por aquel París efervescente. Azorín, que había sido anarquista en su juventud, acabó “desentendiéndose de toda pasión peligrosa”, como dijo acertadamente don Julio Caro Baroja.

Portada del libro Paris bombardeadoNi siquiera la Gran Guerra parece estremecerle. ¿Qué lee Azorín en plenos bombardeos de la Gran Bertha, cuando retumba ese obús lanzado desde 120 kilómetros, desde las profundidades del bosque de St. Gobain, cerca de la imponente ciudadela de Laon? Lee El Quijote. Y cita a Corneille. Un pasajero de otro tiempo. Bebía, morigerado, su agua de Vittel y mantenía breves conversaciones con algún huésped del hotel Majestic, que veintitrés años después sería también la sede de la Propaganda-Staffel (literalmente: escalón de la propaganda) nazi.

Va al Louvre, donde le sorprende que la gente vaya con el sombrero puesto. “El Louvre es mundano, el Prado severo”, concluye. De la pintura francesa, apenas alguna referencia a los impresionistas, que considera una consecuencia del naturalismo de Flaubert, los Goncourt, Zola.

Quizás la elección de los barrios y calles donde moró Azorín, le dificultaron relacionarse con los intelectuales franceses y con el resto de españoles que pululaban por París, entre Montparnasse y sobre todo Saint Michel y Saint Germain. Baroja, a pesar de ser huraño, sí los encontró de vez en cuando. Tampoco se mezcla Azorín con el pueblo francés vivo y voluptuoso, sino con algunos modestos artesanos, trabajadores como él, de la minucia y el detalle.

Seguramente se acercaría por la Maison de la Presse, en la rue François I, calle hoy de modas y modistos célebres. Era la agencia de información del gobierno francés durante la Gran Guerra y allí tenía su despacho Francis de Miomandre, premio Goncourt de 1908, traductor de Cervantes y Unamuno. Este escritor vivía también alejado del mundanal ruido, en la avenue Mozart, en los confines del elegante y soso distrito 16. Inspiró a los aliadófilos de Argentina y Brasil y unió otros iberoamericanos a la causa. Azorín, con su francés tímido, buscaría en Miomandre la información que luego vertía en sus artículos. La Maison de la Presse todavía existe y sus salas se pueden alquilar para celebrar presentaciones, reuniones con periodistas y conferencias.

Azorín nos confiesa que jamás habló el francés, aunque sí lo leyó con gusto y provecho. Hispaniza muchos nombres, otros no, de forma algo caprichosa. Saint Germain des Prés, es San Germán de los Prados, o St. Etienne du Mont, San Esteban del Monte, plaza de la Estrella, san Julián el Pobre, pero a la île de la Cité sigue llamándola en francés. Se siente extranjero en París. Dice que no sabe de dónde es, “como no tengo papeles de identidad, no saben en París quién soy; no lo sé yo tampoco”. Es la confesión de un exiliado, de un hombre al que la patria, las dos Españas, le han abandonado. Lo que nos podría llevar a una reflexión sobre las patrias. Es difícil, eterno, el problema de identificar la patria. ¿Es la patria como los padres, como los progenitores, que no los elegimos? ¿O podemos escoger la patria, una patria distinta? Thomas Mann, también perplejo en tiempos oscuros, lo expresaba muy bien: “¿qué quiere decir hoy el extranjero, la patria? …cuando el extranjero se hace patria, la patria se hace extranjera”.

Casa Museo de Azorín en MonovarAzorín es diferente. No habla con nadie, hace “excursiones mudas” por la ciudad, como las que hacía por los campos de Monóvar. Le gustan los squares silenciosos, y en especial el Carpeaux, cerca de Marcadet, en el norte, a espaldas de Montmartre. Lo que le admira es el civismo, la civilidad, la diferencia entre españoles y franceses. Consulta Le guide des convenances, observa cómo caminan los franceses, cómo se comportan, cómo velan por su paisaje, por la estética de sus ciudades.

Azorín resume su vida a observar. Con una mirada a través de un cristal, médica. A eso contribuyen sus frases, escuetas, cortísimas, que parecen la descripción de un catálogo o el informe médico. Azorín, en su frialdad casi médica de diseccionador, nos dejó un retrato inmóvil de la capital francesa, conservada como en formol. No en vano su hermano Ramón era médico –casó con mi tía abuela, Carlota López Aguilar –y la medicina estuvo muy presente en la vida del escritor y le interesó mucho.

En su segunda larga estancia, y última, en los años de la guerra civil española, Azorín viviría en otro barrio también con poca alma. Se alojaba en el hotel Buckingham, en el 45-47 de la rue des Mathurins, frente a la Capilla Expiatoria, panteón de Luis XVI y María Antonieta, cuyos cuerpos decapitados fueron enterrados en ese lugar. Por ese barrio vivió Godoy, según el Marqués de Rochegude, que en su Guide pratique à travers le vieux Paris (Hachette, 1903) afirma que la apertura de la calle Scribe hizo desaparecer el palacete del mariscal Brune y el de Manuel Godoï, prince de la Paix. Su descendiente, monsieur Philippe Godoy, afirma que su antepasado, olvidado por la Corte española y por el infame Fernando VII, vivió en la mayor pobreza sus últimos años, habiendo abandonado dicho palacete cuando se arruinó por culpa de Pepita Tudó, su segunda esposa, que se largó con el último dinero que le quedaba de sus cuentas francesas e inglesas, que le había administrado Cabarrús.

También moraría Azorín en el Hotel Peiffer, situado en un callejón de la Madeleine, cerca de Les Arcades. Este era unos de los grandes barrios elegantes de París, de la nobleza del Imperio. Son barrios fríos como aburridos salones burgueses, de una sequedad cartesiana. No muy lejos está la iglesia de Saint Philippe du Roule, triste, envarada. Allí enterraron a Balzac.

Nos dejó unos retratos de París límpidos, perfectos, con su prosa impecable. Pero son calles vacías como de domingo por la tarde, inertes, muertas. No creo que su mirada fuera melancólica pues para tener melancolía hay que tener pasión o haberla sentido. La melancolía es pasión congelada. En París, ciudad de las pasiones, él nos parece ajeno a toda “pasión peligrosa”. Parafraseando al escritor francés Michel Déon, se podría decir que París le impregnó de su escepticismo pero no le contagió sus pasiones.

Azorín, escritores, generación del 98

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