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    El artista Luis Sáez ha remontado el Ganges desde su desembocadura en Calcuta hasta Gangotri, al pie del glaciar en que brotan sus fuentes, para mostrar su desbordante espiritualidad en una exposición abierta al público hasta el 9 de febrero en el Museo Nacional de Antropología. Siempre sin abandonar los márgenes del río, las fotografías hacen escala en algunos de los lugares más señalados para las diferentes religiones de la India: Bodhgaya, donde se halla el árbol bajo el cual Buda ...[Leer más]

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Baobab, el árbol de la palabra

Se cuenta que al principio de la vida el baobab era el árbol más espectacular de la Tierra. Pero he aquí que el árbol adquirió tanta soberbia y vanidad que llegó a desear ser superior a sus creadores. Los dioses, enfurecidos, lo castigaron plantándolo al revés.

11 de febrero de 2016

“En cada dirección se divisaban paisajes misteriosos del pasado y del futuro. El presente es la deslumbrante luz salvaje, el sol, un ave, y un baobab en su aislamiento heráldico, como el árbol donde nació la humanidad.”

El árbol en que nació el hombre.  Peter Mathiessen.

Dicen que al hacerse adulto se hizo soberbio, como el ser humano, como Luzbel, como los constructores de la torre babilónica. Y no hay cosa que más moleste a cualquier dios que alguien que quiera ser como él. Se cuenta que al principio de la vida el baobab era el árbol más espectacular de la Tierra, con hermosas hojas verdes y brillantes y unas flores delicadas de bonitos colores y agradable perfume. Sus creadores, maravillados de su perfección, le concedieron una enorme longevidad. Así su obra sería admirada a perpetuidad. Pero he aquí que el árbol adquirió tanta soberbia y vanidad que llegó a desear ser superior a ellos. Los dioses, enfurecidos, lo castigaron plantándolo al revés y dejando sus preciosas hojas y flores bajo tierra. Y siguiendo esta versión de la leyenda, así es cómo lo vemos hoy.

Pero la evolución de las decisiones y aconteceres siempre es imprevisible. Lo que empezó como castigo se convirtió en su mejor valor. Al tener ese aspecto de estar plantado boca abajo, de estar creciendo hacia adentro, se le admiró por su posibilidad de permitirnos conectar con el inframundo, con los ancestros, con lo oculto. Muchas tribus africanas se reúnen, conversan libremente, firman tratados o establecen compromisos sentados bajo ese árbol.  Muchas reuniones importantes tienen lugar allí y las actividades de los chamanes a veces sólo tienen eficacia si se han realizado bajo su sombra. Algunos pueblos enterraban en sus troncos a los griots, que eran los depositarios de la cultura oral. El  baobab es el árbol ideal para la celebración de la palabra profunda y significativa, es el árbol del diálogo. Sólo a su lado el ser humano tiene la sensación de que sus actos están en relación con el cielo y la tierra, con el pasado y con el futuro. Pero cuidado: Dicen las leyendas que nadie puede quedarse dormido bajo sus ramas porque los dioses se lo llevarán al cielo. Y eso puede tener un matiz positivo o negativo.

Baobab

Rafael Manrique.

Los baobabs crecen en África,  Australia y  sobre todo en  Madagascar, hábitat de seis de las nueve variedades que existen. Sin embargo, se desconoce la etimología y, por tanto, qué significa esa palabra que suena tan hermosa y ancestral: baobab. Nada que ver con Adansonia, su nombre científico, que nadie usa y que debemos al botánico francés Michel Adanson (1727-1806).  Es de esos árboles que, como las palmeras, las acacias o las hayas, tienen una entidad estética, formal, tan inequívoca, tan bella y perfecta que definen, por su mera presencia, un paisaje. Hasta un solo ejemplar es capaz de señalar un territorio.

En Occidente, incluso los que  nunca se han interesado por las plantas o nunca han visto un baobab, lo reconocen inmediatamente: es el árbol que amenaza el asteroide de El Principito. Al crecer, sus raíces harían estallar el minúsculo planeta. Y él debe ocuparse constantemente de extirparlas. Eso significa que, a pesar de que ese libro dio a conocer su belleza y singularidad en el mundo entero, para el pequeño príncipe de Antoine de Saint Exupéry era una mala hierba sumamente peligrosa, lo cual no coincide con las creencias de los distintos pueblos de donde es endémica. Eso no desmerece la belleza de su porte y su capacidad de transportarnos a África al instante. Para que luego se diga que la literatura no transforma el mundo. Es notable, hablando de Saint Exupéry, la capacidad de crear en el ámbito de su profesión una obra maestra. Era piloto del servicio postal francés; con frecuencia volaba  a Senegal; allí veía desiertos, baobabs, boas, chamanes…,  mucho de lo que de forma magistral e inolvidable introduciría en su obra, y aunque puede parecer una excelente obra menor, es una pieza maestra de la literatura contemporánea en su claridad y poética sencillez. La cita con la que se inicia este artículo es del libro de Peter Mathiessen. Es uno de los mejores sobre África, de un autor que, además, escribió tal vez el mejor libro de viajes que se puede leer, El leopardo de las nieves. No es el único libro que menciona estos árboles tan peculiares. La escritora senegalesa Ken Bugul (pseudónimo de Marietou Mbaye) escribió El baobab que enloqueció, una novela autobiográfica que describe el proceso de aculturación postcolonial de los  niños senegaleses educados en medios francófonos.

Baobab

Rafael Manrique.

También a esta autora le impresionan las sugerencias que aportan los baobabs. Se discute mucho en psicología y filosofía acerca del fondo y la forma, de  la superficie y del interior. Para ciertas corrientes del pensamiento occidental lo importante es lo interior y la esencia. Este árbol, de diseño extravagante, muestra cómo la forma es también decisiva. Esencialmente es tan sólo un árbol,  formalmente es único, misterioso, raro y bello. Su mera presencia da un aire mágico a todo el paisaje. Si uno ha leído El Principito y viaja a África y ve que realmente existen los baobabs, queda maravillado por  la importancia y fuerza de la literatura. La magia de la que se habla en el libro existe. Y esa experiencia conmovedora se instala en la mente cada vez que uno los contempla. Despliegan belleza –y la belleza altera, perturba, aunque no sepamos por qué– a todas las horas del día. Desde el amanecer hasta el atardecer. E incluso a mediodía, cuando desafía el implacable sol africano. Desde luego crecen, como he mencionado, en varios lugares del mundo, pero estos de Senegal añaden a su belleza intrínseca su vinculación con el Principito. De hecho, uno puede comprar como recuerdo un pequeño baobab en Saint Louis o Dakar y tratar de cultivarlo en Europa. Tarea difícil no solo por el clima, sino porque las primeras hojas pueden tardar mucho en salir y su forma característica tan solo se consigue alrededor de los doscientos años.

Aunque su fruto es comestible y tiene varias propiedades médicas, no es muy práctico desde el punto de vista material. Su madera es mala y crece muy lentamente –puede vivir hasta mil años o más–. Su tronco, que con el paso del tiempo se hace hueco, puede llegar a almacenar cientos de litros de agua; agua que, en épocas de sequía, es clave para la existencia. Su interior vacío también se ha usado como cárcel e incluso, en Australia, como pub. Pero lo importante del baobab no es su valor de uso, sino el de cambio. Un árbol barroco, coqueto, algo narcisista y  sagrado se lleva bien con la especie humana, porque, en buena medida, somos como él.

Al viajar por Senegal su presencia es constante. Muchas pistas están bordeadas de baobabs de diferentes tamaños, como ocurre en Europa con los plátanos o los álamos. Eso da al paisaje un cierto aire propio de los filmes de ciencia ficción. En algunos de ellos, como en la saga de La guerra de las galaxias, hay planetas con árboles que se le parecen.

Otra leyenda  cuenta que hace mucho, mucho tiempo, el baobab era muy distinto. Podía caminar libremente por la sabana africana sintiéndose muy enamorado. Su corazón palpitaba por una jirafa que todas las mañanas comía de sus frutos y le acariciaba sus altas ramas con su cabeza. Pero una diosa que estaba, a su vez, enamorada del baobab se sentía terriblemente celosa. Enfurecida lo puso boca abajo y lo clavó en la tierra. Por eso las hojas que hoy vemos en su copa parecen raíces. Pero, ¡ay!, la fuerza del amor y de la vida son invencibles: no se secó y sobrevivió.  Son los celos…

Si va a África acérquese a uno de estos árboles míticos en soledad y dedíquese a pensar, sin más, sólo pensar –“sólo mirar, no comprar”, le dirán los vendedores callejeros–. Y que sea lo que sea de esa actividad.

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