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Bermondsey Street. Una calle de Londres

Es una calle pequeña, hecha para pasear despacio y para conocer la esencia del Londres moderno, más allá del Soho, el Parlamento, Oxford Street y el British Museum. Era uno de los lugares por los que se movía Oliver Twist; ahora hay tiendas, galerías de arte y restaurantes.

28 de septiembre de 2015

Visitar una ciudad es algo bastante complejo y difícil.  ¿Qué es lo que hay que ver para sentir, para saber que uno conoce algo de lo que esa ciudad significa? Es complicado tanto si se trata de una ciudad muy especial, como lo son Venecia o Cartagena de Indias, o muy grande e importante como Tokyo o, como es el caso que nos va  ocupar, Londres.

En toda ciudad uno ha de aspirar a recoger algo de esa poesía inefable que tiene cualquier lugar, sin lo cual no habría diferencia alguna entre una ciudad y otra. Ciertamente, Londres exige conocer sus grandes áreas o monumentos. El Parlamento, la Torre de Londres, el Museo Británico, el Soho, la Tate Modern, Oxford Street, Portobello… Todo ello tiene interés, pero también constituye un problema. Esos lugares muestran una ciudad inmutable, congelada, consumible por los extranjeros, ya que  son ellos los que suelen visitarlos y fotografiarlos. De la misma manera que un madrileño difícilmente fotografía a la Cibeles (pero haberlos, haylos).

Pertenecen a Londres, desde luego, ni que decir tiene que son interesantes, claro, pero también equívocos. Nos hacen creer que una ciudad viene a ser un parque temático claramente reconocible y usable para adquirir la experiencia estándar de haber estado allí y poder luego decir: “he estado en Londres”.

Todos los lugares tradicionales nos dan una sensación cómoda e incómoda, al tiempo de “ya conocido”. Los hemos visto en películas, en documentales o incluso ya hemos estado alguna vez enfrente o dentro de ellos. No nos resultan extraños. Y tal vez sea eso lo peor que se pueda decir de una estancia en una ciudad ajena: que no produzca extrañeza, desasosiego, misterio, incertidumbre y hasta un cierto temor.

Viaje a Londres

Matt Brown, Flickr.

Desde luego, son parte de una visita a esta ciudad. Tal vez no sea necesario empezar por ellos, pero sí que habrá que ir en algún que otro momento. Uno puede visitar Londres por razones instrumentales: un curso, una reunión, un trabajo, un concierto. En ese caso, esa actividad ya justifica el viaje, aunque no se haga nada más. Pero no me refiero ahora a estas visitas, sino a las turísticas, a aquellas en las que se pretende conocer Londres. ¿Un exquisito, pensaran ustedes, que quiere visitar lugares raros, elitistas o snobs? Ya verán que no… del todo.

Trataré de ir algo mas allá de los datos e imágenes que pueden encontrarse en Internet con facilidad, para proponer e invitar a una visita a la calle Bermondsey, en la orilla Sur de Londres. Pero antes de eso, volvamos un momento al tema general de toda visita de turismo.

El turismo es una práctica antigua y noble. Piensen en Herodoto. Se trata de ver mundo, de dar una vuelta (tour) para saber dónde se vive. Y, tal y como le contaba a ella, para saber por qué y para qué vivimos, para entender(nos) mejor. Otra cosa es que el actual mundo del turismo sea una actividad banal y con frecuencia deplorable, como también ella decía, no sin cierta desconfianza, al iniciar el paseo. Pero esa degradación es aplicable a cualquier actividad humana: la formación académica o el sexo…, por poner situaciones que imagino bastante alejadas entre sí.

Uno no puede visitar Londres. Como tal es sólo un nombre, una metonimia, aunque la visita se inició discutiendo si era metáfora o metonimia… apreciaran ustedes el nivelazo del  inicio del itinerario. Se ha de seleccionar. ¿Con qué criterio? Uno de ellos puede ser tratar de ver la ciudad que viven sus habitantes. Parte de ellos. Lo que más interese a uno. Los suburbios, las elegantes casas de Fitzrovia, las mansiones de Hampstead o esta calle que les propongo ahora.  Se trata de ver en ella  una ciudad moderna, plácida, habitada por profesionales, pequeña, totalmente inserta en el siglo XXI, bella y tradicional en su diseño y abierta al futuro de lo que se entiende por una ciudad. Se trata de ver lo que la ciudad tiene de esencia y de particular. Hay muchos lugares en los que eso es posible. Esta calle es uno de ellos. Muy notable.

Y no se trata de un lugar raro o no advertido por nadie. Es conocida, aunque poco visitada. Y además es céntrica. La Torre de Londres, el Ayuntamiento o todo el Southbank están a pocos minutos caminando. También el rascacielos The Shard, de Renzo Piano, concluido hace poco. Nada de lugares esotéricos o para connoisseurs.

Hay muchas maneras de detectar qué lugares pueden ser básicos para conocer una ciudad. Las guías sin duda siguen siendo útiles, pero también las entrevistas, las noticias, las revistas semanales, las opiniones de los conocidos… van desgranado ideas o detalles de la ciudad en la que viven o conocen.

Bermondsey Street es una calle pequeña. Hecha para pasear despacio  por una acera y luego por la otra. Es  una zona conocida y habitada desde el medievo. Hay referencias a ella desde el siglo XI, pero adquiere más importancia a partir del siglo XIV, ya que por su proximidad al río estaba llena de almacenes y talleres. Comerciantes de lana, piel y seda tenían aquí sus fábricas y depósitos. Con el paso del tiempo se convirtió en una de las zonas mas sórdidas de la ciudad.  Era uno de los lugares por los que se movía Oliver Twist, el personaje de Dickens.

La zona fue muy dañada en la Segunda Guerra Mundial y el deterioro de la actividad portuaria alrededor de los años sesenta dejó la zona casi en ruinas. Pero tras la rehabilitación de los docklands del Támesis todo se recuperó y hoy es una zona preciosa, londinense y sofisticada.

Esos almacenes han sido recuperados como casas o negocios que conservan su estética portuaria, con grandes ventanas y portalones, así como las grúas para la carga del material en cada una de ellas.

Viaje a Londres

Nicolas de Camaret, Flickr.

A lo largo de su recorrido hay tiendas, restaurantes, compañías de diseño, oficinas de arquitectos y diseñadores urbanos y pubs. Todos ellos pequeños y elegantes. Además, hay  un museo y una sala de exposiciones de arte moderno con las más rabiosas propuestas. Y digo rabiosas porque más de una vez se han visto envueltos en polémica los trabajos de los  artistas allí expuestos. Se trata del famoso White Cube. Hace años facilitó el acceso a las salas y a los medios de comunicación a una generación de jóvenes artistas británicos entonces desconocidos. Hoy muchos de ellos están entre los más cotizados del mundo:  Damien Hirst o Tracey Emin. El edificio actual es nuevo. Del año  2011.  Es un antiguo almacén totalmente rehabilitado, minimalista y completamente blanco. Y, como puede imaginarse por el nombre, de líneas rectas y puras. Muy atractivo. Aun vacío merece la pena visitarlo. Además, es enorme, una de las mas grandes salas de exposiciones privadas de Europa. No desentona con el resto de las edificaciones. Casi enfrente está The Fashion and Textiles Museum, que forma parte del Newham College . Es un pequeño y bonito edificio de corte racionalista pintado a colores.

Antigüedades, escuelas de diseño, bares, patios interiores, pequeñas salas de exposiciones… Más allá de los edificios o lugares, la calle merece la pena por su atmósfera y su utilización mixta como espacio público y privado. Londinense y postmoderna, se convierte en la esencia de lo mejor que se ha ido desarrollando en Londres en estos primeros años del siglo XXI. Los comerciantes son amables. Acostumbrados a la gente pero sin agobios. Tan sólo en el festival que hay en septiembre se dan aglomeraciones.

Sea british, sea postmoderno, sea elegante… Pasee por la calle, tome algo o compre algún complemento, por ejemplo, en la minúscula y encantadora  tienda 167, que, como habrán adivinado, está en ese número de Bermondsey Street, South Bank, Londres.

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