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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

Histórico noticias



Beryl Markham, las alas de la libertad

Beryl Markham escribió su libro de memorias “Al Oeste con la noche” (Libros del Asteroide) para recordar una infancia feliz en Kenia y el origen de su pasión por volar. Fue la primera mujer en atravesar el Atlántico sola, sin escalas y prácticamente de noche volando de este a oeste.

11 de octubre de 2012

“He aprendido que si debes abandonar un lugar en el que has vivido y al que has amado

y donde todos tus ayeres arraigan, debes abandonarlo de la forma menos lenta,

tienes que irte del modo más expeditivo que puedas. No vuelvas la vista atrás

ni creas que las horas que recuerdas son mejores porque murieron”

 

Portada Al oeste con la nocheBarry Shlachter la buscó y la encontró. Como corresponsal de la agencia Associated Press pensó que  hacer una visita a esta mujer octogenaria, que tantos años después se había reconvertido en un personaje atractivo, era una buena noticia. Cuando dio  con ella en su casa de Nairobi, cerca del hipódromo, como era previsible, le sorprendió su pobreza y la encontró recuperándose de otro robo y de los golpes que había recibido. Aún debía ser una mujer muy atractiva a juzgar  por los comentarios que hizo Martha Gellhorn cuando la visitó no hace mucho.  Al oeste con la noche  había permanecido largas décadas sepultado por varias razones, algunas bien difíciles de comprender. En 1942, cuando se publicó, la marejada de acontecimientos de la II Guerra Mundial lo oscureció y el éxito con que habían sido aclamadas las Memorias de África, de su amiga y  vecina Karen Blixen, publicadas cuatro años antes, lo relegó como un testimonio secundario o incluso inferior.  Este maravilloso relato biográfico, que por momentos alcanza un vuelo literario conmovedor, profundo y exacto volvió a elevarse a tiempo de endulzar los últimos cuatro años de su autora. En este tiempo se vendieron más de medio millón de ejemplares.  Pienso en otras escritoras como Jean Rhys, Clarice Lispector, o las propias Martha Gellhorn o  Karen Blixen oscurecidas en vida y pagando su excepcionalidad biográfica, su inteligencia creativa y su rebeldía vital con una vejez austera y llena de penalidades.

Beryl Markham junto al Percival GullEl de Beryl Markham (Beryl Clutterbuck de soltera) es un libro  tan sobresaliente y su largo secuestro tan incomprensible que alienta la más que evidente sospecha de que ese mundo femenino hecho a sí mismo, e incardinado en una libertad casi impensable para la época, tenía poco interés para el mundo editorial, pero no para esa nueva masa lectora, que lo sigue leyendo  ahora ávidamente, y que aprecia  modelos narrativos e historias construidas y vividas desde una perspectiva femenina que enriquece el punto de vista tradicional  y la mirada sobre la realidad. Aquí lo que se cuenta son escenas de su infancia y juventud, hasta que su hazaña de cruzar el Atlántico de este a oeste, sola, en un monoplano Vega Gull de color turquesa y alas plateadas, la convirtió en una heroína con pedestal y en una pionera de la navegación aérea, pero de aquella particular manera de entender el vuelo como una experiencia de libertad y humildad, que volaba pegado a la tierra y a merced de los caprichos y furia de la naturaleza.  Volar sin la soberbia de la mecánica, sólo por el placer de la perspectiva, una experiencia de la que hablaron otros como Saint Exupéry, Joseph Kessel, o James Salter. “Volamos –escribió ella–, pero  no hemos conquistado el aire. La naturaleza señorea en toda su dignidad permitiéndonos el estudio y el uso de aquellas de sus fuerzas que alcanzamos a comprender”. Aprendió, como otros pioneros de una aviación romántica y poco técnica, que  la alquimia de la perspectiva reducía “mi mundo y toda mi otra vida, a una pizca de nada. (…) Aprendí a ir a la deriva”.

“Volamos, pero  no hemos conquistado el aire. La naturaleza señorea en toda su dignidad permitiéndonos el estudio y el uso de aquellas de sus fuerzas que alcanzamos a comprender”.

Cartel color de su libroSu hazaña consistió en despegar desde  Abingdon (Inglaterra) con destino a Nueva York, volando prácticamente a ciegas y de noche durante diez horas a través de seis mil kilómetros sobre el mar. Al atravesar Terranova el frio empezó a crear placas de hielo en la toma de aire de su depósito de gasolina hasta ahogar el motor. Su pericia al hacer planear el aparato sobre un cenagal en Baleine Cove, Nueva Escocia, Canadá, le permitió sobrevivir, aunque no cumplir su deseo de aterrizar en Nueva York. La historia comenzaba unos años atrás en el corazón de lo que, hasta entonces, aún se llamaba simplemente, África oriental, y en realidad era otro de aquellos paraísos que sus colonos aún no daban por prestado, pero que acogió a un puñado de buscavidas, fundamentalmente ingleses, en busca de fortuna o de aventura. Un microcosmos que supieron recrear con sensibilidad tres mujeres: Karen Blixen, Elspeth Huxley y ella misma y que vivía de espaldas a la futura Kenia y sus habitantes, un  mundo encerrado en una burbuja de jardines ingleses que “mima las costumbres injertadas del árbol original. Se viste para cenar, sirve el oporto a su hora y ama las carreras de caballos”. Un mundo que prometía un paraíso inventado, altivamente reflejado en esta frase de la repisa de la chimenea del corazón de la colonia: el club Muthaiga en Nairobi y que rezaba así: “Na Kupa Hati M`zuri” (“Os traigo la buena suerte”). Nacer o morir, triunfar o fracasar se conectaba  en África al  hilo invisible de la suerte o de la inevitabilidad de un paisaje incontrolado  por oscuras leyes naturales. Junto a un pequeño avión

De azar o suerte trata el encuentro de una chica de 17 años a caballo por un jirón de polvorienta carretera en África, con un hombre seis o siete años mayor que ella. Tiene el capó abierto de un artefacto bastante inútil en ese escenario: un coche. Ambos inician una conversación intrascendente. Él, que ya había volado como piloto en la Primera Guerra le confía, mientras repara la avería, que quiere conseguir una avioneta. “Cuando vuelas –le dice–, experimentas una sensación de dominio que no tendrías ni aunque toda África fuera de tu propiedad”. Poco después ella montó en su caballo y enfiló el camino a Molo, la  aldeaen la que vivía por aquel entonces, mientras pensaba que, al final, todas las partículas encajan y el conjunto pasa a pertenecerte… “Unas palabras engendran un pensamiento, un pensamiento una idea y la idea un acto. El cambio es paulatino y el presente es un viajero cansino que haraganea sobre el camino que desea tomar el mañana”.

Castrol posterNo mucho tiempo después Beryl Markham se sacó el carnet de piloto y trabajaba para la Wilson Airways, la primera línea comercial en el África oriental fundada por Tom Black, el hombre del coche averiado que encontró por casualidad unos pocos años antes. Al principio el trabajo de Beryl consistía en ir y volver desde Nairobi transportando correo, material o personas, al igual que Denys Finch Hatton, el amante de su amiga Karen Blixen. Según ella, un hombre irresistible (“Si hablamos de encanto fue el propio Denys quién lo inventó”): “Hecho de intelecto y fuerza, intuición y humor volteriano”, pero que por poco le arrastró a una muerte pactada a la suerte. Escuchándola a ella, fue una intuición de Tom Black la que le previno para no acompañar a Finch Hatton ese día en  su vuelo a Voi. Nada más despegar su avión sobrevoló dos veces la pista y cayó. Murió junto a su ayudante Kikuyo. Así eran las cosas en un lugar y un tiempo en el que se vivía con escasas seguridades y se aceptaba el precio de volar artesanalmente “no más que una huida pasajera de la eterna custodia de la tierra”.

Denys Finch Hatton

Finch Hatton, con el viaje interrumpido a Voi,  había tenido la idea de rastrear desde el aire las manadas de animales, especialmente elefantes, para ofrecer esa información a las adineradas partidas de caza que por entonces asomaban a Kenia en impresionantes safaris, algunos tan legendarios como el que protagonizó el expresidente Theodore Roosevelt y su hijo Kermit unos años antes y en el que se dio caza a 1.100 animales, de ellos unos 500  considerados caza mayor. Beryl Markham vió en estos vuelos al servicio de los grandes safaris de caza una oportunidad para mejorar su salario e hizo realidad la idea de Finch Hatton; trazaba el itinerario de la manada una vez localizada, calculaba las distancias, examinaba el terreno anotando en una libreta que llevaba atada al muslo los abrevaderos, la presencia de otros animales y el mejor modo de aproximarse a ellos. Después arrojaba estas notas en una bolsita emplomada que dejaba caer sobre el campamento volando en rasante. Quién estaba ahí para recoger la bolsita era a veces Blix, Blickie, el barón von Blixen, marido de Karen Blixen y amante de la propia Markham. Será con él, en el asiento trasero de su Leopard Moth, con el que atraviesa África en 1936 para volar la  primera de sus seis veces  a Londres en una experiencia que “no fue de hecho un viaje, sino una odisea” y “sin más equipaje que el que cargaría un escolar para un fin de semana”.

Barón Von Blixen

En la vida de Markham empezaban a arraigar sueños de más altos vuelos. El paisaje en el que había vivido desde niña había empezado a angostarse y Nairobi vivía para ella el final de una época: “Las aventuras llegaban a Nairobi en rollos de celuloide directos de Hollywood y las aventuras para otras partes del mundo salían de Nairobi en rollos de celuloide filmados por las cámaras de trotaselvas profesionales. Era un buen momento para marcharse”.

Se nota que era un buen momento para cambiar de vida porque el relato de Markham es,  sobre todo, la vida de su infancia y adolescencia en África y no la posterior a su fama como pionera de la aviación. Es esa África vivida desde dentro por una niña de cuatro años que llega con su padre en 1906 a una pequeña granja en Njoro desde donde se podía divisar los bordes calcinados del volcán Manengai y hasta la cumbre nevada del monte Kenia si el día estaba lo suficientemente despejado. Sin referentes femeninos de su cultura, salvo la importante relación con Lady Delamere, a la que consideraba su madre adoptiva y que ocupaba, con su después famoso marido, otra granja de las proximidades, Beryl se crió con los niños nativos aprendiendo sus juegos, la forma de sobrevivir a los peligros de la sabana y a cazar con arcos y flechas. Ser una niña de otro mundo le permitió pertenecer al mundo de los niños nativos, ser uno más “en un mundo sin vallas”.

“Volar no es más que una huida pasajera de la eterna custodia de la tierra”

Dominaba el swahili, el nandi y el masai, se paseaba descalza en compañía de los muramis nandis cazando en el valle de Rongai o en las escarpaduras de Mau. Sufrió de niña el ataque de un león semidoméstico o la visita de un leopardo mientras dormía en su choza, y utilizaba la lanza como el mejor de los nandis. Ser extranjera le permitía ser una excepción entre las muchachas nandis  “que  eran tímidas, femeninas y hacían lo que se supone que deben hacer las mujeres. “¡Jamás cazaban!”. Aparte de su perro Buller, una de las compañías que conquistó un lugar profundo en su vida fue Kibii, un compañero de juegos inseparable que reencontró con los años  transformado en un sabio y solícito murani y que bajo el nombre de Arab Ruta fue su ayudante y persona de confianza durante muchos años de su vida adulta.

Beryl Markham a caballoSon estas estampas de una vida en perfecta consonancia con la vida salvaje, con sus lecciones ancestrales de supervivencia en un mundo en el que no cabe la soberbia del ser humano frente al orden natural, las que ocupan algunos de los pasajes más logrados de este relato. Parte de una sabiduría ancestral que permitía la supervivencia afinando la astucia en  condiciones no siempre de igualdad con la naturaleza y sus exigencias antes de ser barrida por las armas y la técnica. El cazador pactaba una estrategia con el animal sin que estuviera escrito que habría de celebrarse en un plano equivalente. Y así era.

Seguramente en esta relación de tú a tú con el mundo animal se fraguó la pasión de Beryl Markham por los caballos. De su cría, doma y adiestramiento vivió la autora cuando una terrible sequía asoló durante años la granja paterna.  Acuciado por las deudas su padre hubo de rehacer su vida en Perú y ella decidió quedarse en Kenia. Sola, a los 17 años se mudó a Molo en compañía de Pegaso, el caballo que le había regalado su padre, y allí se buscó la vida entrenando cuadras. Muchos años después, tras  sus aventuras aeronáuticas, sus tres maridos, su vida en Londres y Nueva York,  sus variados amantes y una efímera fama como escritora de estas maravillosas páginas, volvió de nuevo a África  a entrenar caballos.

Así fue como la encontró Barry Shlachter, el corresponsal de Associated Press que quería entrevistar a esa anciana olvidada y lejana que sorteaba la miseria de su vejez con el recuerdo de una infancia feliz. Menos mal que el dinero que le proporcionó la reedición de Al oeste con la noche le permitió vivir con la dignidad económica necesaria para afrontar su muerte. Lo que ocurrió cuatro años más tarde.

Aún existen dudas sobre si fué la propia Beryl Markham quién redactó estas sutiles memorias. Puede que su tercer marido, a quién menciona en la dedicatoria, Raoul Schumacher, un escritor de Hollywood sin mucha suerte, le ayudara a poner en orden este relato; o quizás fué la influencia de su algo mas que amistad con Antoine de Saint Exupéry, la que diera volumen y hondura a algunas reflexiones de apacible sensibilidad. Que más da. Cuesta creer que este libro lo hubiera escrito un hombre, porque se nota. Es evidente que se nota.

Algo más de información en este documental sobre la vida de Beryl Markham

 

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