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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Besos desde Marte. I wish you were here!

Todo aquel que viaja experimenta, aun en pequeñas dosis, el desamparo, la soledad, cierto peligro ante lo diferente y lo fascinante. Pero aquello que debieron de sentir viajeros como Marco Polo, Cristóbal Colón o Armstrong sólo es comparable a lo que hoy sería un viaje a Marte.

16 de noviembre de 2015

Viajar hoy no es tarea fácil. No sólo por los acontecimientos sociopolíticos que han cerrado destinos otrora populares y bellos: Argelia, Níger, Libia, Siria… sino que el mismo concepto de viaje está cambiando. Ya no serían posibles viajes como los de Bruce Chatwin, Peter Matthiessen o Leigh Fermor. Ni tan siquiera alguno de los que describe Javier Reverte.

Pero no sólo están los problemas geopolíticos. El mismo concepto de viaje está cambiando. Ir a ver etnias remotas suena a ridiculez occidental. Ya prácticamente no quedan y donde existen sería inmoral visitarlas y alterarlas o hacer fotos a sus miembros como si fueran esas cinco fieras grandes de la sabana africana, pasión de tantos turistas, para su desgracia (la de los bichos me refiero).

Paisajes por describir tampoco quedan. Cada rincón del globo es más o menos conocido y cartografiado. Claro, no es lo mismo Benidorm que Djanet, pero aun así hace mucho tiempo que ni esta última es susceptible de una gran aventura de características épicas.

Las culturas no se pueden visitar. En un viaje uno no aprende de las culturas ajenas más que en aspectos superficiales y anecdóticos. Hace falta estar años para comprenderlas y aun así… Recuerden los casos de la ingenua Margaret Mead o del divertido Nigel Barley, engañados amplia y jocosamente por las tribus que investigaban.

Hoy sólo se puede viajar desde un punto de vista intimista, subjetivo. Y está muy bien, merece la pena, pero es lo único posible. En la actualidad una persona percibe el mundo para sí, no para la humanidad, como ocurría con los viajeros de antaño. Por eso es tan difícil hoy encontrar nuevos buenos libros de viajes. Ya no se le puede descubrir objetivamente nada a nadie. Sólo podemos, eso sí, llevar al lector a una experiencia emocional o cognitiva propia. A través de ella podrá interesarse por lo que se le relata. De lo contrario, o es una batallita del abuelo o un discurso pelma al estilo del inefable capitán Tan de los programas infantiles de hace años y años: “En mis viajes a lo largo y ancho de este mundo…”

Pero no quería hablar de viajes sino de un viaje. Uno que seguro no haré. Y que muchos de ustedes tampoco, aunque quizá sí sus descendientes: a Marte. Ahí sí. Ahí sí hay un viaje. Y esto viene al hilo de la película Marte (el marciano) que se acaba de estrenar. Como es bien sabido es un filme de Ridley Scott, a quien le debemos obras maravillosas, desde Blade Runner hasta Alien, sin olvidar Thelma y Louise.

Se trata de una película, al final, sobre un viaje y lo que en él puede ocurrir. Pero no es este el lugar para hacer una crítica cinematográfica. La prensa ya se ha ocupado de eso, sino de pensar en el concepto de viaje que en ella se propone.

Marte. Película de Ridley Scott

FOX.

Estamos acostumbrados por el cine y la literatura a que sean los de Marte (marcianos) los que vengan a vernos. Casi siempre con actitudes hostiles. Pero en este filme no es así. Somos los terrícolas los que llegamos a Marte y, por cierto, si hay que creer lo que vemos, en una sola misión dejamos basura como para acabar con ese planeta en unos pocos viajes. Pero no nos desviemos… los viajes.

Viajar es algo realista, material. Es cierto que se puede hacer sin moverse de casa o hacerlo vicariamente con los libros o los documentales. Son actividades interesantes pero eso no quita que la esencia del viaje es el traslado. Ir a un sitio distinto del que se vive. La literatura nos proporciona una experiencia intensa y conmovedora pero irreal; no estamos en los lugares acerca de los que leemos. El cine da un paso más. Es irreal, ciertamente, pero la experiencia de viajar que proporciona es tan poderosa que nos permite acercarnos a lo que sería estar en Marte o, sin irse tan lejos, a experimentar lo que vivieron los primeros grandes viajeros, las primeras exploraciones. El reto cognitivo y emocional que supone viajar a tierras que nos son extrañas. Y quizá no la haya más extraña y lejana pero accesible, por difícil que sea, que Marte.

Como seguro que el lector sabe, el filme de Ridley Scott describe cómo la tripulación de la nave Ares III se ve obligada a evacuar Marte ante una peligrosa tormenta de arena. El astronauta, botánico e ingeniero de la NASA Mark Watney queda atrapado, sus compañeros le dan por muerto y abandonan el planeta. Pero sobrevive. Queda aislado y solo a ochenta millones de kilómetros de la Tierra donde las naves tardan en llegar más de tres años. Dispone del equipo y abastecimientos que allí han quedado y que no le permitirán sobrevivir por mucho tiempo. Más solo y alejado que Mark Watney (interpretado por Matt Damon) es imposible estar. Su historia nos permite acercarnos un poco a esa sensación única para un ser humano de estar aislado no en lugar sino en todo un planeta hostil a la vida humana por definición y que te hace depender de la técnica para sobrevivir. Utiliza para ello su formación científica, buen humor, optimismo y viveza mental, gracias al diario y los videos que va grabando. Precisamente esa es una de las características de la película: la importancia que tiene la comunicación y que cualquiera que ha viajado solo ha experimentado.

Es una aventura con un claro precursor dentro de la literatura de viajes de corte moral: Robinson Crusoe, la historia del náufrago que creó Daniel Defoe en 1719. Pero el referente directo de este filme es la novela Marte (The martian), de Andy Weir que fue autopublicada, signo de los tiempos, en 2011. En ella se relata la supervivencia de un hombre que, como Crusoe, vio que “era inútil quedarse allí quieto”. No en una isla, sino en un planeta. Es una lástima que la película, perfectamente realizada, ambientada y emocionante, no llegue a tratar bien precisamente este aspecto de la tormenta psicológica del personaje aislado en Marte. La actitud que describía de vitalismo y buen humor resulta, en ocasiones, inverosímil y cargante. No se trata de un filme de Bergman, es Hollywood. Y eso que tenemos para la experiencia del astronauta de Marte precursores reales: Armstromg y Aldrin en la Luna. Ellos no sabían si tras el paseo el módulo funcionaría y podrían volver a la Tierra. Una aventura tan fantástica, tan al límite de lo humano, que mucha gente pensó que era un montaje de la NASA (aunque suelen ser los mismos que creen que Elvis aún vive y que Noé hizo un arca).

Marte. Película de Ridley Scott

NASA/JPL.

A pesar de eso, lo que describe es la quinta esencia del viaje que ha de provocar una cierta y patente ansiedad creativa. Un viaje no es tal si no produce algo de aquello que Moisés dijo: “ser extraño en tierra extraña”. Todo aquel que viaja, siquiera sea a un sitio cercano, experimenta, aun en pequeñas dosis, el desamparo, la soledad, cierto peligro ante lo diferente y lo fascinante. Sólo que en Marte esto es en grado sumo, la experiencia de viaje total, comparable sólo a la que pudieron tener Colón, Marco Polo o los mencionados Armstrong y Aldrin.

Otro aspecto interesante del filme es el paisaje, una de las grandes razones para viajar. Podemos pensar que Marte es un desierto y, de hecho, aparte de los paisajes digitales, está rodada en Wadi Rum, Jordania, un desierto bellísimo de color rojo. Pero no es así. No es un desierto, es otro mundo, otra lógica, otra razonabilidad que sólo somos capaces de concebir a través de un paisaje que sí conocemos.

Algo que dice Watney es también importante en el hecho de viajar a lugares un tanto remotos: Ningún ser humano ha visto, ha estado allí jamás. Eso ya nunca es verdad en la Tierra, pero a veces lo parece. Y cuando no es verdad siempre queda viajar con los ojos con los que no ha viajado nadie. Con los propios. Más humilde, pero más real y probable.

La película fracasa en mostrar de forma verosímil esos grandes temas de la existencia, como la angustia de la soledad extrema o el espanto ante la certeza de la muerte en el abandono más absoluto. El filme no consigue transmitir al espectador qué significa emocionalmente quedarse solo en Marte, frente al abismo del hambre y la presumible locura. No obstante, es, sin duda, una lujosa y eficaz producción excepcionalmente filmada, sobre un viaje extraordinario. Ver este film, ponerse en situación, reflexionar con lo que nos muestra, nos hará mejores viajeros cuando nos enfrentemos a tareas menos complicadas.

Experiencia de Viaje, Marte, matt damon, ridley scott

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