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Bogaziçi Express

Los trenes que recorren Anatolia se alargan atravesando montañas enormes y se atreven a desafíar las más remotas tierras y conflictos en el este Kurdo. Pero desde la estación de Haydarpasa en Estambul, aún no se tiene la sensación de que Europa se ha quedado atrás y nos vamos a sumergir en otro mundo.

7 de octubre de 2016

Este fue un viaje que estuve a punto de no hacer. Se hubiera quedado en apenas unos minutos de vuelo, unas horas de espera en aeropuertos o la anécdota del taxi por la costa del Bósforo. Pero tuve la suerte de mi imprudencia, el dictado que muchas veces la sinrazón hace de nuestras vidas. No era la primera vez que visitaba Estambul. Hay lugares que siempre se encuentran en el camino, algunas ciudades a las que uno vuelve durante los años, al comienzo o al final de un viaje: Bangkok, La Habana  o Estambul.

Aquella fría noche de comienzos del otoño del 2001 había ya bebido más raki del necesario y hablaba sin parar con mi tío Orhan en un restaurante de pescado  en el barrio de Ortakoy junto al bósforo. Hablábamos de su forma de ver el mundo, kemalista y republicano, de la división entre los gobiernos y el poder profundo del ejército turco en la formación de la “Nueva Turquía”. No era la primera vez que los dos nos enzarzábamos en una discusión política. Era él quien explicaba vehementemente por qué Turquía tenía que apoyarse en una extraña cooperación con Israel o qué pintaban todos los nuevos barbudos moderados en el partido Fazilet (Virtud). Los barbudos para mi tío eran sinónimo de islamista, igual que en Occidente habían sido símbolo de las nuevas transgresiones hippies o progresistas en los años 70. Yo me preguntaba si no sería también, un poco, el papel que estaban desempeñando estos grupos en la rancia sociedad turca.

La situación política exterior e interior había estado controlada por los militares desde que Ataturk Kemal se alzara con el poder y proclamara la República en 1923 con un ideario claro de occidentalizar su pueblo y eliminar de una vez por todas el atavismo otomano simbolizado por el fez y la poligamia. Trenes, coches, aviones, fusiles y cañones, grandes edificios, obras públicas y carreteras. Estaciones de trenes como palacios, la técnica tratada como arte, casi una superación de la vanguardia futurista en su vertiente más politico-social. Por ahí puede ir su afinidad a países como Alemania o Italia.

Con Alemania participó y perdió en la Primera Guerra Mundial. Un ejército que mantenía los restos del Imperio Otomano que durante casi cuatro siglos mantuvo bajo sus alas a media Europa y todo Oriente Próximo. La afinidad de tres de los más temibles y pro-occidentales dirigentes del Partido de los Jóvenes Turcos con Alemania tuvo esta triste repercusión, una herida tremenda en aquella Turquía ya tambaleante. Pero fue Ataturk y su visión laica del estado defendido por un ejército al que encargaba velar por los principios de la República el que generó una nueva realidad turca. Podríamos considerar a esto un ejército de jacobinos. De hecho, durante muchos años el ejército ha depuesto y juzgado a primeros ministros acusados de acumular el poder y poner en peligro el estado democrático. Extraño para mí, ciudadano de un país donde el ejército ha significado, durante el mismo período, todo lo contrario.

La aristocracia de Estambul, los burgueses adinerados y cultos con estudios en Francia o Inglaterra estaban perdiendo terreno, se quedaban atrás en el nuevo modelo que se estaba desarrollando a finales del siglo XX. Cada vez más, un mayor número de hombres de negocios islamistas del interior de la Anatolia iban ocupando el poder y desplazando al entorno en el que mi tío se había movido siempre.

Sin embargo, esa ciudad era un ejemplo de cosmopolitismo. Sus clubs de jazz son islas en la gira de cualquier buen músico. Todavía tiene ese aspecto underground que le presta el humo y la noche. Me gusta más el jazz en la Sofyali Sokak, junto a Tünel. Bajando por Istiklal Cadesi hasta el puente Gálata hay unos cuantos garitos donde uno puede relajarse o excitarse escuchando a los grandes del jazz de Estambul, Aziza, Laço Taifa, Mercan Dede.

“Pero hombre, no se te ocurra volar a Ankara”, me dijo. Yo no sabía quién era aquel tipo pero tenía labia y parecía conocido en el bar. Supongo que nada que hubiera dicho habría cambiado el destino. Uno detrás de otro, los temas de jazz progresivo iban inundando mi raki cerebral y llevaban todas mis precauciones al fondo de un optimismo recuperado. No bebas con extraños. Y bebía sin parar de copas que no había pedido. Era agradable sentir el potente sonido entre las figuraciones de un mundo sin fronteras. Muchos ginfizz después seguía la fiesta en uno de los últimos clubs abiertos en las inmediaciones. “Nada que ver, vas entrando en la Anatolia, vas a comprender muchas cosas. Estambul no es Turquía, allá abajo las cosas se hacen y perfuman de forma diferente. No te lo puedes perder. Y llévate a estos músicos de jazz local”, seguía hablando Yurdal, aquella pieza suburbana que me mostró el blues de Estambul. Aún nos escribimos correos electrónicos y siempre estará dispuesto a guiarme en las noches de su ciudad, es un experto. Sin capacidad de reacción y a una hora intempestiva, decido quedarme un día más en la ciudad disfrutando de una contundente resaca. En realidad no pude despertarme para coger el avión.

Dos mañanas después cruzaba el Bósforo en un ferry. Dejaba atrás viejas calles de mercaderes y palacios para entrar en Asia. Era aún temprano, al menos para mí lo era, y la ciudad tenía algo de bruma sobre las cúpulas de las mezquitas y el contorno de Topkapi. Hacía fresco y me arrebujé en mi cazadora mientras el viento aparente me despertaba. Es fantástico que el viento lo pueda provocar uno.

Viaje por Turquía tren

El embarcadero está frente a la estación de tren Haydarpasa. Desde este edificio neorenacentista con forma de castillo alemán, salen los trenes hacia Asia. Trenes que recorren la Anatolia, que se alargan atravesando montañas enormes como las Taurus o que se atreven a desafiar las más remotas tierras y conflictos en el este Kurdo. Desde Haydarpasa uno difícilmente tiene la sensación de que se va a sumergir en otro mundo, que ya Europa queda definitivamente atrás, que los olores van a ser otros y las historias llegan con otras polvaredas de mesetas, con sonidos de galopes en las estepas y vientos ardientes del sur. Haydarpasa es obra del pensamiento alemán a comienzos del siglo XX. Se terminó de construir en 1909 por la Compañía Anatolia-Baghdad, en plena expansión del Imperio. Pero en su cafetería decorada con azulejos o bajo el gran reloj barroco ya nada queda del antiguo ideario; ahora miles de turcos y extranjeros se afanan en busca de su lugar en uno de los cientos de trenes que salen cada semana desde aquí. Y yo hice lo propio.

Mi tren era el Bogaziçi Express. Un nombre exótico. Me pareció adecuado para un cómodo viaje entre dos ciudades que llevaría apenas nueve horas. Estaba preparado para dormitar y leer con la nariz pegada a la ventanilla durante la mayor parte del trayecto. Las butacas eran cómodas y el tren tenía aire acondicionado, además de baños extraordinariamente limpios, un servicio atento y un estupendo restaurante a bordo. Casi antes de comenzar la marcha ya estaba sentado en una mesa con mantel blanco y florero. Pedí una botella de vino turco y me arrellané frente al paisaje que se deslizaba de manera perfecta. A la derecha, el Mar de Mármara, donde de cuando en cuando podía ver algún buque de carga que se dirigía hacia el estrecho de los Dardanelos. A la izquierda, una llanura fértil. Mujeres que recogían la cosecha inclinadas sobre la tierra.

“¿Le importa que me siente?” Un joven me pregunta en correcto inglés. Echo un vistazo al vagón restaurante y está lleno. Sólo mi mesa para cuatro comensales mantiene tres de sus lugares vacíos. Con un gesto le invito a tomar asiento. Evren tiene menos de treinta años y es moreno de piel muy pálida. Destacan sus ojos claros en un rostro que podría ser fenicio. Dejo a un lado mi libro y comenzamos a charlar sobre lo mismo que uno charla en los encuentros de los viajes. Evren era de Estambul y viajaba hacia Capadocia. Su mujer estaba allí desde hacía unos días y él había aprovechado para pegar un salto e ir a ver a su familia a Estambul. Luego seguirían su viaje de novios hacia Siria por tierra. Se acababan de casar en Barcelona, su mujer era española y le había conocido en un tour por la Turquía que guiaba Evren. La pasión turca. Compartimos la botella y él pidió otra.

El tren había tomado rumbo al sur y estábamos viajando por la meseta. Golpes de polvo se pegaban de cuando en cuando a la ventana. Para Evren los islamistas eran la representación del atraso de su pueblo, con sus normas estrictas en las relaciones entre sexos, su trato machista a las mujeres y su mojigatería en todo lo que fuera arte y diversión. Tampoco estaba muy cerca de la posición de los militares que parecían unos seres antediluvianos cargados de fuerza y consignas, que habían reprimido las protestas universitarias a base de palos (a qué me sonaba todo esto…). Evren no quería quedarse en su país, estaba encantado con el salto y aquella chica moderna, guapa e inteligente era un sueño perfecto. Ahora Evren era un turista que viajaba con su novia hacia Palmira, el oasis de la reina Zenobia, la ciudad de las palmeras en el desierto arábigo.

Volví a mi asiento. Iba cayendo la noche y algunas luces dispersas aparecieron en la tierra arrugada y parda. No se veían árboles por ningún lado. Intenté concentrarme en la lectura. “Me permite su billete?” El revisor estaba en el pasillo a mi altura, pero no se dirigía a mí. “Perdone señora, su billete” La mujer pelirroja permanecía inmóvil con la boca abierta y los ojos cerrados. La movimos un poco pero seguía sin despertar. Poco después la mujer se encontraba en el suelo entre los asientos. El hombre regordete sentado junto a nosotros se levantó y puso los dedos índice y meñique sobre su cuello. Parecía que respiraba. Ella seguía sin reaccionar hasta que de pronto despertó y con cara extrañada preguntó quiénes éramos y qué hacía ella en esa posición. “Me llamo Osçan y soy médico en Nigde. Perdone señora, perdone pero no despertar y no saber qué pasa”. El doctor era un hombre vestido con un discreto traje gris. Hablaba un inglés con fuerte acento y sus manos revoloteaban al mismo tiempo que miraba al suelo. Parecía avergonzado de haber tocado siquiera a la mujer. Pero ella, sin ningún pudor, le agradeció en turco su intervención. “A veces tengo narcolepsia y no despierto. Parece como si hubiera tenido un derrame cerebral, que es lo que el doctor pensó, pero luego despierto y no recuerdo nada desde que caí en ese extraño sueño”, dijo ella mientras caminábamos hacia los baños. “No se preocupen, ya estoy bien”. El señor Osçan y yo esperábamos de todas formas en el pasillo a una discreta distancia de la puerta de los lavabos. “No saber qué hacer”, dijo en su inglés chapurreado. “No es bien tocar a las mujeres de otros. Pensar que enferma, mal de aquí, sangre dentro de cabeza”, y hacía el gesto de que le iba a estallar la frente. Estuvimos un buen rato allí y Osçan me contaba que en Turquía todo iba mejor desde que los islamistas moderados habían conseguido cierta cuota de poder.

Pertenecía al partido Fazilet y se consideraba un demócrata islámico, un moderado que apoyaba el poder civil frente a los militares. Vivía y trabajaba en Nigde, una pequeña ciudad del sur de la Anatolia y puerta de entrada a los Montes Taurus. Este polvoriento lugar había cambiado mucho desde que Fazilet había entrado en juego hacía unos años. Muchas personas que provenían de clase baja rural habían logrado estudiar carreras universitarias y ahora existía una clase media de profesionales que estaban realmente decididos a optar por una vía diferente a la de Estambul. “Usted pensar que es como democracia cristiana en tu Europa. No es talibanes ni terroristas de Irak. Sólo democracia con poquito islámica”. Yo trataba de ver aquello y me parecía divertido. O sea, que al final nuestros gobiernos de derechas eran más “cristianistas” que estos presuntos “islamistas”, o lo que pasaba es que el lenguaje estaba tan manipulado que islamista se leía terrorista y cristianista se leía defensor de la libertad. Conceptos todos ellos bastante confundidos, la verdad. Y tampoco se podrían cruzar, no, tampoco. Osçan tenía educación y sus formas eran las de un hombre humilde casi recién salido del campo, pero me caía simpático, la verdad.

La señora del pelo rojo salió sin mayores problemas y sin que nos vieran nos escabullimos hacia el bar del tren. Pedimos unos rakis y agua. “Mira, espera aquí, espera aquí por favor. Unno mommento”. Esto último lo dijo en italo-español cuando se había enterado de dónde venía yo. Me encontraba dando vueltas al raki con hielo y agua, una “palomita” que lo llaman en mi barrio de toda la vida, cuando aparecieron Osçan y un tipo delgado, nariz aguileña y jersey de mezclilla demasiado grande.

“Mi amigo se llama Adem, él habla bien.” Joder si hablaba bien, y mucho. Inglés, francés, árabe, alemán y un poco de español. “Sí, claro, viví en Francia durante casi toda mi vida. Mis padres emigraron cuando yo era muy pequeño. Pero allí no me adapté bien, en la escuela no jugaba con los demás niños. Mi hermano sí, él estaba encantado. Yo prefería quedarme con mis abuelos en la pequeña casa de la costa de Bretaña. Allí nadie me molestaba, hablaba turco con mi abuela y me enseñaban a cocinar. Guisaba mucho y cuando estábamos en la cocina mi abuelo siempre ponía un disco de Dalida. El vapor en las ventanas de la casita y mi abuelo dando pasos de baile cantando ‘Gigi Lamoroso’ mientras un suculento karniyarik se gratinaba en el horno. Mi abuela entonces gritaba que dejara de hacer el tonto, que esos no eran modales de un señor turco. Pero yo me reía y hacía bromas con él, reverencias como había visto en las películas antiguas. Allí sí estaba bien, y los viernes rezábamos y la casa se llenaba de nuevo de olor a mar y a fiesta. Aquello para mí era Turquía, aunque realmente no recordaba casi nada de mi tierra. Cuando acabé el colegió decidí que volvía al pueblo de Anatolia, de donde había salido, y mis abuelos secundaron mi idea. Regresamos los tres y desde entonces sólo vemos a mis padres en las vacaciones de verano, cuando vienen a vernos al pueblo.”

Adem es un extraño ejemplo de lo que pasa en Turquía, o pasaba, porque últimamente casi recibe el mismo número de inmigrantes que emigrantes abandonan el país. Uno de los lugares de donde proceden los emigrantes ilegales es Irán. Su frontera bajo el increíble Monte Ararat es un continuo de controles militares centrados más en los conflictos políticos de la zona que en el paso de emigrantes en buses destartalados.

Pero Adem, además, era un islamista más islamista que Osçan. Pertenecían al mismo partido, pero a diferentes sectores. Adem era un ejemplo de joven que recuperaba su identidad a través del modelo de vida musulmán y que estaba menos cercano a los supuestos occidentales y por tanto tampoco a la Turquía republicana. Para él las cosas estaban muy claras en el libro del profeta. El papel de la mujer o las mujeres, el papel de los ancianos, la función social de los cargos religiosos e incluso la ley islámica en casi todos sus puntos. Sólo había alguna brecha cuando se tocaba el tema de Dalida, entonces su fervor se dirigía a la defensa de esa extraña cantante que había nacido en Egipto, de una familia italiana, se había paseado del brazo de la fama y acabó desapareciendo en Francia con todo el sabor de las estrellas malditas.

Ya era de noche cuando llegamos a Ankara. Adem y Osçan me despidieron con dos besos en la enorme estación de piedra. Mis pasos resonaban sobre el mármol mientras el Bogaziçi Express se apagaba lentamente como en una de mis viejas películas de blanco y negro. Nadie me esperaba en la estación y eso me alegró, aunque fuera algo previsible.

viaje a turquia, viaje en tren

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