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Histórico noticias



Bremen: Más allá de Roland y los músicos IV

La historia de Bremen va ligada a la de sus puertos y el río Weser. En el muelle de Bremerhaven se encuentra el Centro Alemán de la Emigración, donde se recuerda a las numerosas familias que abandonaron sus hogares hacia un futuro incierto en el Mar del Norte.

26 de noviembre de 2014


La Bremen de los puertos

Al encanto de sus parques, y nunca muy lejos de ellos, Bremen suma el pulso continuo de su vida económica. El espíritu de la Hansa se respira en el trasiego continuo de los trenes de carga que van y viene y en las dimensiones y actividad de sus puertos.

La existencia y desarrollo de la ciudad de Bremen se explica por su localización junto al río Weser, en el punto en que el río se ensancha y se hace navegable. A pesar de que, como veremos más adelante, la sedimentación del Weser y el aumento del calado de los navíos redujo la actividad del puerto, un recorrido de poco más de dos horas en alguna de las embarcaciones que salen frente a la Iglesia de Sant Martini nos permite contemplar las versiones modernas de las antiguas industrias de la Hansa, como la cervecera Beck’s, Kellog’s o Primark, entre otras.

Otro encanto del puerto de Bremen está en el paseo que bordea su muelle, donde en los días de buen tiempo es tan agradable relajarse con el fluir de las aguas y las embarcaciones. Y, cuando necesitemos más marcha, podemos subir hasta la ribera Schlate, llena de terrazas y cafés.

Más al norte, a veinte kilómetros por autopista o cómodamente en tren, llegamos a la ciudad portuaria de Vegesack, en la desembocadura del Lesum. Fue el primer puerto artificial de Europa, y sus orígenes se remontan a la guerra de los Treinta Años. En ese tiempo se instalaron en la zona comunidades de holandeses que se vieron en la necesidad de construir un nuevo puerto, ya que el creciente enarenado del Weser les impedía llevar sus víveres a los campos de batalla del interior y, en consecuencia, los barcos de mayor calado necesitaban previamente aligerar su carga.

Sede de la mayor flota alemana de pesca del arenque y de importantes astilleros, Vegesack, auténtico Puerto-Museo, nos ofrece la posibilidad de contemplar y visitar interesantes embarcaciones, tales como un queche cangrejero, una coca hanseática y hasta un buque contraincendios todavía operativo.

Puertos de Bremen, Alemania.

Ralf Roeber, Wikipedia.

Esculturas representando hombres y niños escudriñando con prismáticos los distintos puntos cardinales, o la de una monumental cola de ballena, acentúan ese clima marinero y nos llevan hasta el Weser Promenade. Si lo seguimos, disfrutaremos de un bucólico paseo entre las aguas del río y el Stadtgarten, el extenso parque con arbustos y árboles exóticos y flora típica de la zona. Más arriba tenemos la Weserstrasse, pintoresca calle alameda que aloja en primavera y verano un impresionante mercado de flores al aire libre.

Seguimos cuarenta kilómetros más norte y llegamos a Bremerhaven (literalmente, “puerto de Bremen”), ya en la desembocadura del Weser con el Mar del Norte. Es el puerto pesquero más importante de Europa, sede de grandes astilleros y uno de los principales puertos de exportación de automóviles de Europa. Otro paseo en barco nos permitirá sumergirnos en el frenesí de su intensa actividad portuaria y de los impresionantes containers de automóviles alimentando las bodegas de colosales navíos.

Bremerhaven es generosa en aproximarnos a los distintos aspectos de la vida marítima, con su Museo Alemán de la Navegación, el Zoo marino; la Casa del Clima y los diferentes barcos museos anclados en sus muelles. Pero quizá su perla de la corona radique en el Deutsches Auswanderer Haus, el Centro Alemán de la Emigración.


Un museo muy especial: el Centro Alemán de la Emigración

Junto al antiguo puerto se levanta este interesante edificio, obra del arquitecto Andreas Heller. Es un  bloque apoyado parcialmente sobre una base oval. Su solidez se ve aligerada tanto por unas persianas que dejan pasar el aire y que en un ángulo recogen, que no encierran, un globo terrestre como por unas blancas y curvas estructuras sobre su techo, que sugieren pañuelos de despedida o alas que recuerdan los sueños de aquellos que emprendieron el camino de la emigración. Si miramos hacia abajo, antes de entrar nos encontraremos con los nombres de algunos de estos emigrantes grabados en las piedras y la fecha en la que comenzaron su aventura.

Con el ticket de entrada nos entregan una tarjeta de embarque. Ahí figuran los datos de un emigrante alemán y de un inmigrante llegado a Alemania. Consta de una banda magnética que nos facilitará el acceso a las diferentes dependencias y nos permitirá conocer la historia de estas dos personas reales, con las cartas, fotos y objetos que de ellas se conservan.

Comenzamos nuestra visita en una sala que nos brinda información sobre el contexto histórico de la emigración. Atravesamos luego unos estrechos e inestables puentes y desembocamos en el muelle de partida. Allí, deambulando entre figuras de tamaño natural de hombres, mujeres y niños, con sus maletas, sus bultos y en un ambiente de tenues luces, la emoción comienza a aflorar. Es como si percibiéramos los temores e ilusiones de esos viajeros.

Para situarnos en la verdadera dimensión de ese trasvase de población, la sala contigua se llama “Galería de los siete millones”, ya que tantos fueron los europeos que, entre 1871 y 1913, abandonaron Europa por este puerto. Siete millones entre alemanes y habitantes de otras naciones, muchos de ellos de la Europa del este, especialmente judíos que huían de los bárbaros pogromos.

Las causas de estos movimientos están ampliamente detalladas en los paneles; pero también podemos abrir a nuestro aire montones de cajones y escudriñar documentos, cartas y fotos de muchos de estos valientes. O utilizar los numerosos auriculares que cuelgan a lo largo de la sala. Nuestra tarjeta nos va indicando, además, las particulares vicisitudes de nuestro compañero de viaje.

Nos toca entrar ya en el barco, adentrarnos en las reducidas cabinas de los pasajeros de tercera clase, con sus amontonadas literas, con las ropas tendidas entre ellas, las míseras letrinas y, a continuación, asomarnos con envidia a las mayores comodidades de los pasajeros.

Emigrantes viajando en tercera clase, 1882.

Por fin llegamos a Ellis Island, donde deberemos contestar el cuestionario que nos permitirá la entrada al Nuevo Mundo. Si hemos tenido suerte, arribamos a una logradísima reproducción de la Grand Central Terminal de Nueva York. Mencionemos aquí que el Museo de la Inmigración de Ellis Island tuvo una colaboración destacada en la creación del Centro de Bremerhaven y, si visitáis Brooklyn, podréis observar, en la iglesia de Zion, una estatua de Roland, de metro y medio de altura, que en 1890 la ciudad de Bremen regaló a sus ciudadanos allí radicados.

Pero aquí no acaba la experiencia. Recordemos que en nuestra tarjeta aparece también el nombre de alguien que varias décadas después buscó un futuro mejor en Alemania. Así que ahora pasamos a la nueva sección, incorporada hace unos años, y que recoge la información sobre aquellos que tentaron suerte aquí. Su vida en su lugar de origen, sus ilusiones, sus contactos –en algunos casos– con los que ya estaban en la tierra a la que deseaban ir, sus primeras experiencias, sus luchas, sus progresos o, también, a veces, sus fracasos.

Finalmente, en una amplia sala podemos informarnos sobre los principales países receptores de la emigración que zarpó desde Bremerhaven. Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá y Australia, entre otros, disponen de paneles con mapas, gráficos y clarificadores textos. Además, todo aquél que sepa o sospeche ser descendiente de estos emigrantes podrá intentar localizarlos en la actualizada base de datos que el Centro pone a su disposición.

Difícil es no salir conmovida después de esta recreación de tan duras y valientes historias de vida. El homenaje de Bremerhaven a tanto coraje y sacrificio se prolonga en el grupo escultórico Emigrantes, que, en la despejada Willy Brandt Platz, evoca esa aventura. Vemos en ella a un hombre joven con un brazo y con su mirada avanzando hacia el mar que los llevará a un futuro tan deseado como desconocido. Con su otra mano sostiene la de su pequeño, hijo que parece dudar entre el arrojo paterno y la actitud más recogida, ya nostálgica, de la madre, que mira hacia la tierra a la que quizá no volverán nunca.

Os sugiero que no dejéis de buscar la puerta trasera del imponente Sail City Hotel, ya que, desde allí, un ascensor de pago nos lleva hasta una fantástica terraza-mirador a noventa metros sobre el nivel del mar, donde podremos gozar de una extraordinaria visión de trescientos sesenta grados de Bremerhaven. Mucho ha crecido este puerto, y mucho los navíos que continuamente lo surcan, pero el Mar del Norte que se abre al final es el mismo por el que abandonaron sus hogares aquellos cuyas vidas recreamos hace unos instantes.

Artículos anteriores: Bremen: Más allá de Roland y los músicos III y III


Bibliografía

  • J.C. Bosse, I.Weibezahn y K.Bahnson. La Catedral de San Pedro de Bremen. Munich, 2012.
  • Gossman, Lionel. Brownshirt Princess: A Study of the Nazi Conscience, Open Book Publishers. Cambridge, 2009.
  • Ibero, Alba. Pintoras expresionistas: cuatro perfiles de mujer, Duoda CIHD. Barcelona, 1992.
  • Árboles monumentales en Bremen.

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