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Bullabesa y catalanes en Marsella

Hacia 1720, unos pescadores catalanes llegaron a la costa de Marsella y se instalaron en una playa donde todavía ningún turista se bañaba. Hoy ya no ponen a secar sus redes en la arena, y la única señal que de ellos queda es el nombre del lugar: la rue des Catalans.

4 de octubre de 2012

El plato típico de Marsella es la bullabesa, una sopa a base de rape, congrio, centollo, salmonete, escorpina, cigalas, langostas… y todo aquello que se mueva con gracia dentro del agua. En sus orígenes, era una receta de pescadores humildes, que  echaban en una olla todos aquellos desechos del mar que, en el mercado, nadie les querría comprar. Hasta que alguien tuvo la idea de tirar un bogavante al caldero y empezaron a cobrarte 65 euros por este sencillo popurrí de pescado aromatizado y marisco.  Vete a saber, quizá fue un pescador catalán, con aires de Ferran Adrià, quien tuvo tal visión empresarial…

Plato de Bullabesa, Marsella.Pienso en ello mientras me dejo escandalizar por la carta de Chez Michel, un restaurante donde las “vedettes internationales”  van a comer “poisson sauvage de la Mediterranée”. Se trata de un negocio familiar situado en el número 6 de la rue des Catalans, justo enfrente de una playa donde, hace casi 300 años, llegaron con sus barcas un grupo de pescadores procedentes de la costa catalana.

Por aquel entonces, Marsella se estaba recuperando lentamente de su última epidemia de peste: la plaga se había llevado por delante a la mitad de la población; los ciudadanos más acaudalados habían abandonado sus villas y sus casas de campo por miedo al contagio; las viviendas contaminadas estaban tapiadas… Una ciudad fantasma que se había quedado sin hombres del mar y que los pescadores catalanes no dudaron en ir a repoblar.

Rue des Catalans.

Meritxell Álvarez Mongay

Toda una oportunidad comercial que, durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763), se incrementaría, pues los marineros franceses les dejarían disponibles todas las sardinas cuando la Marina Real les llamara a filas. Y después estaban los Pactos entre Carlos III y Luis XV: qué menos, teniendo reyes de la misma familia, que permitir a los franceses faenar en Gibraltar y a los barceloneses vender lenguados libremente en la ciudad focense.

En éstas estábamos cuando los pescadores catalanes amarraron sus barcas en la cala de Saint-Lambert y se alojaron en Les Vieilles Infirmeries, el mismo lazareto que, hace unos años, estaba a rebosar de apestados. Era, por lo tanto, un barrio aislado, que las murallas y el Fuerte de Saint-Nicolas mantuvieron hasta los años 1860 en el extrarradio. Entonces, el actual boulevard Charles-Livon conectó al quartier con el Vieux Port, y la promenade de la Corniche –ahora, Corniche du Président John F. Kennedy–, con la avenue du Prado, un paseo lleno de bananniers muy concurrido por los flâneurs, ya fueran a caballo o a pie.

Plage des Catalans.

Meritxell Álvarez Mongay

Así es como la Plage des Catalans se pone de moda en el siglo XIX. Se proyectó edificar un casino que atrajera a turistas ricos, y hasta el propio Napoleón –a quien se le había antojado “une habitation avec les pieds dans l’eau”– se construyó allí cerca su Palais du Pharo. Tartanas varadas, redes secándose en la playa y pescadores guisando una bullabesa en la arena ya no resultaban lo suficientemente chics para el barrio; los catalanes fueron expulsados y, bajo la protección de Eugenia de Montijo, se mudaron al Vallon des Auffes.

Decido seguir el rastro de los catalanes desterrados. El sol se acerca a mediodía; es la hora de comer para un marsellés, así que familias con niños abandonan la playa también. Cogen el autobús 83, y yo les acompaño a pie por la Corniche Président John F. Kennedy hasta llegar al Monument aux morts de l’Armée d’Orient et des terres lointanes, mastodóntico memorial que se cuela en todas las fotografías cuando quieres capturar al castillo de If preso en la neblina. La fortaleza me recuerda que también la prometida del reo más famoso de la isla, Mercedes Igualada, era catalana, y que ya me he quedado lo suficientemente atontada mirando la línea del horizonte que separa los azules del cielo y del agua.

Monument aux morts de l’Armée d’Orient et des terres lointanes y Castillo de If, Marsella.

Meritxell Álvarez Mongay

Auffes viene de auffa, que significa esparto en lengua provenzal, material que los artesanos del pintoresco puerto pesquero utilizaban para fabricar cestería y jarcias. Los esparteros llevaban desde 1750 trenzando atochas en el Vallon des Auffes cuando llegaron, cargados de bonitos, los nuevos vecinos. Ignoramos si los catalanes serían bien recibidos, ya que su reputación no era precisamente buena. “Ils ne sont pas l’elite de leur nation”, criticaban con finura los franceses, queriendo decir, en realidad, que los catalanes eran de la peor ralea de Marsella: la Cámara de Comercio les acusaba de hacer contrabando de vino y tabaco y la Magistratura del Trabajo, de destruir el fondo marino con la sobrepesca. ¡Incluso les llegaron a acusar de haber introducido la peste en la ciudad! Es decir: debía de ser tan habitual encontrarse a un catalán en el mar como en la sala de un tribunal.

Vallon des Auffes, Marsella.

Meritxell Álvarez Mongay

Sorprendentemente, el Ayuntamiento de la villa siempre defendió los intereses de esta minoría: si los catalanes pescaban más, aducía la municipalidad, no era sólo porque drogaran a los meros y utilizaran sepias y calamares como cebo, sino porque, además de todo esto, trabajaban con mayor fervor.

Sea como fuere, lo cierto es que, cuando los pescadores catalanes dejaban de lanzar sus redes en aguas galas, el precio del pescado aumentaba y las familias modestas ya no podían comer bullabesas. Quizá, si los catalanes que quedan en Marsella se volvieran a la mar, la próxima vez que viajara a la ciudad yo también podría deleitar mi paladar con esta modesta sopa venida a más.

bullabesa, marsella, playa de los catalanes

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