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Calle Lope de Vega, Santander

Quizá no sea una de las calles más transitadas y turísticas de Santander, pero es una de las más hermosas. Con sus miradores, comercios y esa cuesta empinadísima que va a parar directamente a la bahía, recuerda a San Francisco y a sus cinematográficas avenidas.

1 de julio de 2013

Toda ciudad tiene una historia que aporta una serie de significados, gracias a los cuales llegamos a  su comprensión como conjunto total del escenario urbano que se trate. Es algo que uno capta al pasear por sus calles, y más si vive en ella, pues una ciudad no es entendida de la misma forma por quien es un visitante sólo por unos días. A veces, la fuerza de la costumbre, las obligaciones y vidas apresuradas, hacen que los santanderinos podamos, por ejemplo, cometer la barbaridad de pasar días seguidos sin ver el mar, como les ocurre a otros residentes de ciudades que se abren generosas al “incesante mar”, como escribe Gamoneda. Pero cuando uno vive o visita una ciudad, lo que le rodea, lo que toca con la mirada o roza físicamente, de una forma u otra, son sus ciudadanos y sus espacios, aunque el mar sea también un espacio.

Pero vayamos hoy a las áreas sólidas por las que caminamos a pie al ritmo que el estar, que el momento, que el ser y la belleza peculiar de cada cosa nos dictan, entendiendo aquí el concepto “cosa” como todo aquello que nos llama, no sólo la atención, sino íntimamente, a nosotros mismos como seres humanos con una biografía –en el más amplio sentido del término- concreta.

Así pues, hay lugares públicos y lugares privados. Las calles participan de ambas características. Son los lugares por los que nos comunicamos con otras personas; son los lugares por los que salimos a andar tantas veces solos y pensamos en silencio la vida o el vivir; son los lugares que nos sirven a veces, necesariamente, para trasladarnos de un espacio a otro; o donde se encuentran los escenarios que nos relajan y entretienen o reúnen con los otros, y son los lugares donde están nuestros hogares y las casas donde vivimos.

Nuestra identidad suele venir dada por esa localización  espacial y temporal que llamamos casa. La casa, la calle de nuestra casa, es nuestra dirección, algo de gran valor en estos tiempos crueles de pérdida de hogares y desahucios.

Las calles de la ciudad son su memoria, los capítulos y episodios de la construcción de su historia, su relato paso a paso. No se trata ahora de teorizar sobre todas las dimensiones del concepto “calle”. Ni de glosar algunas de ellas bien conocidas, como el Paseo de Gracia de Barcelona o la Gran Vía  de Madrid (por no salir de España), que son espacios artísticos en sí mismos. No, se trata de algo de menos peso, lo que no quita que pueda ser revelador. Ahora quiero hablarles de una calle de menos empaque, digamos, por comparación, de algo de apariencia e historia más discreta, de una calle de Santander.

Fue ésta una ciudad bonita. El espacio geográfico en el que se sitúa, la orilla norte de la bahía de Santander, es uno de los más hermosos de España. Las guerras, los incendios, la falta de inversión, el exceso de especulación, el mal gusto de sus gobernantes y la incultura general han ido acabando con lo más característico y bello de la ciudad, que se fue construyendo desde la Edad Media hasta los primeros años del siglo XX, pasando por el siglo XIX. Casi todo ha ido desapareciendo, y sólo quedan algunas –pocas, sí- calles dignas de mención.

¿Cuál es la más hermosa, si es que eso se puede clasificar y calificar? Les propongo una: la calle Lope de Vega. Supera en mucho a dos de las que suelen considerarse como las más bellas o importantes: el paseo de Pereda, que básicamente es una fachada marítima, y el paseo de Menéndez Pelayo, el cual, dentro ya de la ciudad, todavía mantiene su fisonomía y origen de boulevard residencial de las afueras.

¿Qué es lo que hace que una calle sea considerada hermosa o, al menos, que a los ciudadanos les guste y atraiga y que tenga un significado propio y distinto en el contexto de toda la ciudad? Apunto cuatro particularidades que perfilan un carácter y personalidad que las distingue de las otras: Sus edificios; su relación con las demás calles; las vistas que proporciona -que no desmejoran en ningún punto en este caso del que hablamos-, y la armonía que logra su totalidad, toda la calle, desde el inicio hasta el final, a lo largo, a lo alto y a lo ancho, incluidas las tiendas, el mobiliario urbano, los rótulos y letreros, etc. Todo.

La calle Lope de Vega de Santander recuerda a algunas de San Francisco, esas que, empinadísimas y con badenes o altibajos de impresión, descienden, casi surfeando por los aires, como una pasarela, como para una procesión, desde lo alto hasta la misma bahía en línea recta. Aquí ocurre lo mismo: Desde su cruce con la calle del Sol y del Carmen, justo donde sitúa la iglesia que lleva el nombre de esta última calle, esencial en la imagen entrañable que de ella nos hacemos, hasta la bahía. Y lo hace a tramos, de forma escalonada. Es empinada, ya digo, y su rampa se suaviza y allana cuando se cruza con las otras calles perpendiculares del entramado urbano, sobre todo las que ya van dando a la mar, al paseo Pereda, que es su morir o donde termina.

Eso implica cuidado, diseño, racionalidad. No es un completo tobogán, aunque desde la iglesia del Carmen la bajada sea hermosa en su pendiente con algo de vértigo apetecible. Pero puede andarse por ella de forma sosegada, recreándose, hablando tranquilamente o simplemente mirando, hablando en silencio.

 

Calles de san francisco en cantabria

También esta calle, como las de San Francisco, tiene aires de cine. Es corta y no lo es, pues el hecho de que sea tan pindia, como aquí llamamos a las cuestas pronunciadas, y que enlace de forma directa hacia lo alto con la calle Francisco Palazuelos, la hace más larga, le da más perspectiva y más vistas. Y este hecho, que sea una calle de longitud transitable y a la vez estrecha pero no agobiante, la hace humana, provinciana, plácida. Y, sobre todo, paseable. Al hacerlo, miras, respiras, sientes o, cuanto menos, entiendes por qué aquella burguesía decimonónica y conservadora se esforzaba en creer que el mundo nunca cambiaría.

Esta calle pertenece a un mundo desaparecido. Al pasear por ella, por sus distintos y cambiantes tramos, uno es también algo fantasmagórico, ectoplasmático, aunque tal vez vivir en Santander ya implique ser algo así como de pura apariencia. Ese es el peligro.

Calle Lope de Vega, Santander.

Rafael Manrique.

Según los datos de Simón Cabarga, esta calle se crea en el año 1864 y se amplía pocos años después, configurando desde entonces su actual y elegante trazado. Es una época en la que el puerto y la incipiente industria traían riqueza a la ciudad. Se alzaron entonces las casas en lo que iba constituyendo el nuevo ensanche de la ciudad. Eran, son, casas hermosas, de burgueses, comerciantes y de rentistas, en un estilo que algunos denominan regional y que se puede ver a lo largo de toda la cornisa del cantábrico español.

Mientras se pasea por ella, uno puede sentir que está en una pequeña ciudad norteña, húmeda, lluviosa y verde, casi siempre ventosa. Y no en otra. Eso nos dicen sus miradores. No hay invento mejor para protegerse de las inclemencias del tiempo y, sin perder baza, mirar el paisaje, ver a la gente, cotillear, comparar, deducir, fantasear, novelar. Y eso tan simple también conforma el carácter de una ciudad, de un pueblo, de una calle, cómo no.

Cada uno de estos miradores, en la parte de la calle que va desde el cruce con la de Santa Lucía hasta el mar, es distinto. Los hay suntuosos y los hay más sencillos. Algunos hacen unas curvaturas insólitas para asomarse a dos calles. Hoy valdría una fortuna hacer cosas así.

Sus comercios son también curiosos. Desde luego, encontramos la hoy ya inevitable tienda de chinos. Hay un comercio de alimentación de esos de toda la vida, con diseño intemporal; también tiendas anodinas e incluso feas a rabiar, y una de las mejores tiendas de ropa de la ciudad. Pero el local comercial más interesante, de mayor carácter de la calle, es un taller minúsculo, grasiento y cutre que se dedica a arreglar bicis y motos de forma perfecta y fiable. Pilar Miró rodó en esta calle y en ese taller escenas de su película Werther. El guion lo compartió con Mario Camus. Necesitaba un marco natural  y levemente urbano para ese film de corte melancólico. Santander y su entorno eran perfectos pare eso. Y esta calle, la quinta esencia de esta ciudad.

Al final de la calle, hacia el paseo Pereda y el mar, está la bahía, enmarcada por los últimos edificios. Eso hace que, a cada hora del día y en función de la estación del año, al bajar se observe un cuadro de corte impresionista. La bahía a distintas horas del día, cual si fuera la catedral de Rouen, unas veces  luminosa, acogedora y azul, otras gris, fría y neblinosa, otras llena de olas y mar picado, otras verde, oscura, anunciando la noche… En ocasiones se ven las montañas del fondo, y a veces la niebla lo oculta todo, hasta el final de la misma calle.

Las guías turísticas apenas la citan. Es esta una razón más para pasear por ella cuando se pueda, tanto si se es visitante turista como si se vive en la ciudad y en ella tenemos la casa.

calles de santander, santander

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Comentarios sobre  Calle Lope de Vega, Santander

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  • 08 de noviembre de 2018 a las 8:11

    tras los recientes “arreglos” acometidos por el ayuntamiento, esta maravillosa calle ha dejado de ser eso, maravillosa. Olvidémonos de San Francisco: la magia ha desaparecido. Las rampas de aeropuerto desfiguran y aniquilan lo poco que quedaba de entrañable de algunos rincones de Santander, la marítima. RIP

    Por trebol