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Caminando, evidentemente

Considerado por muchos como algo del pasado, el hecho de caminar es algo más que una forma saludable de hacer ejercicio y reducir el colesterol: es una forma de viajar para conocerse a uno mismo mientras descubres nuevos lugares y paisajes con tranquilidad.

27 de mayo de 2013

Las dos etapas cruciales en el desarrollo de un bebé son: pronunciar las primeras palabras y levantarse y comenzar a caminar. La primera le posibilitará la comunicación con sus semejantes y la segunda la movilidad, la capacidad para desplazarse de un lugar a otro; en definitiva, la oportunidad de viajar. La movilidad es la característica que diferencia el mundo animal del vegetal y animal, pero para los humanos significa mucho más.

En español tenemos dos verbos para caracterizar esa acción: andar y caminar. Aparentemente parecen iguales, pero la etimología de las palabras indica unos matices nada desdeñables.

El verbo “andar” es una variación romance del latín ambulare, cuya traducción más extendida es “desplazarse de un lugar a otro dando pasos”; mientras que “caminar” procede de “camino”, lo que implica una direccionalidad y, por lo tanto, una intención. Ya no se trata de ir de un parte para otra, sin ton ni son: significa dirigirse hacia un lugar preciso por un motivo concreto.

A primera vista podríamos pensar que todos nuestros desplazamientos tienen una motivación, pero tantas veces es tan banal que la mayor parte de nuestras caminatas diarias –al trabajo, al súper, al gimnasio… incluso al cine o al teatro– son más un simple ejercicio de andar, establecido por las conductas sociales, que algo que responda a una causa realmente interiorizada y, por lo tanto, persiguiendo un objetivo individualmente seleccionado. Pero puede que por este camino estemos entrando en una dimensión que no es la que se pretende en estas líneas. Luego, volvamos a un tema más próximo.

Caminar.

Andrew Bowden, Flickr.

 

Caminar en el viaje

En un siglo hemos acelerado la velocidad de nuestros desplazamientos. Con excepción del medio marino donde no ha habido grandes cambios, el transporte terrestre ha evolucionado vertiginosamente y no digamos del, hasta hace poco inexistente, mundo de la aviación.

Atravesamos los cielos a casi 800 km/h, los trenes alcanzan más de 300, los coches rondan los 120 y a los autocares se les prohíbe ir a más de 90. Las ciudades se han llenado de coches y de autobuses, y los peatones que van por las calles parecen querer competir con todos ellos, pues o bien van con prisas o siguen los consejos médicos para reducir el colesterol.

Ni siquiera durante ese mes que llamamos de vacaciones disminuimos nuestra velocidad. Viajamos en veloces aviones a lugares que denominamos exóticos, aunque tantas veces los tendríamos que calificar simplemente de distantes. Allí, nos esperan raudos autocares, de lujo por supuesto, que nos llevan a toda velocidad de un lugar a otro mientras fotografiamos por la ventanilla los paisajes. Visitamos monumentos, ciudades, museos, pueblos y gentes a paso ligero, y terminados estresados, agotados y empachados de imágenes.

Caminar.

Razi Marysol Machay, Flickr.

Supongo que si yo ahora tratase de aconsejarles caminar como forma de viajar se me tildaría de anticuado, y puede que tuviesen razón. Pero, durante cientos, incluso miles, de años, caminar ha sido la forma tradicional –y única– de realizar un viaje, porque incluso cuando utilizaban cabalgaduras no iban a una velocidad muy superior a la de un caminante. Quizá sea un cuestión puramente evolutiva, pero creo que todavía no estamos genéticamente preparados para desplazarnos a velocidades mayores.

Cuando caminamos el paisaje tiene tiempo para fijarse en nuestras retinas y calar en nuestras almas, o al menos almacenarse en algún recóndito lugar de nuestro cerebro, junto con olores, sonidos y otras sensaciones. Y allí estará cuando queramos recordarlo. A mayores velocidades, como cuando vamos en un coche, todo se amontona: las imágenes se entremezclan y los sentidos difícilmente aprecian toda la riqueza de texturas del exterior del cubículo.

Además, caminar tiene otra virtud. Con facilidad el viaje exterior hacia un punto determinado se convierte en un viaje interior a un lugar indeterminado de nuestro ser. El repetitivo movimiento de avanzar paso a paso, posiblemente unido a la quietud de los sentidos que no experimentan grandes cambios, lleva a una especie de masaje mental de efectos cuando menos sorprendentes. Los problemas se relativizan y encuentran su justa posición, al tiempo que un terremoto interno sacude nuestras prioridades vitales, o más bien derriba los decorados con que las revestimos.

Quizá sea por eso que todas las grandes tradiciones de sabiduría aconsejan hacer, al menos, una larga peregrinación en la vida. Caminando, evidentemente.

caminar, primer aniversario la linea del horizonte, viajar sin prisa

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