Azímut

29 de mayo de 2017
“Venecia quizá se aferra más a uno por no tener polvo que por cualquier otro ...
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Hijos del Nilo

XAVIER ALDEKOA

Editorial: PENINSULA
Lugar: BARCELONA
Año: 0
Páginas: 312
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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El Nilo siempre ha tenido quien le escriba y ha dado relatos magníficos. Los dos nilos, blanco y azul  de Alan Moorehead y las páginas que le ha dedicado Javier Reverte son algunos clásicos, pero el periodista Xavier Aldecoa vuelve  a recorrer sus orillas con otro  propósito: el del cronista a la búsqueda de pequeñas historias que nos  desvelen a  nosotros, los lectores, las circunstancias actuales  de los pueblos asentados en sus orillas. Como nos dice el autor "el Nilo sigue siendo cuna del mestizaje de las grandes culturas africanas y mediterráneas de ayer y hoy", y por ello todos somos hijos de sus aguas, todos  compartimos la lucha contra sus dictaduras, contra la desigualdad y los mismos anhelos de libertad y progreso.
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La Línea del Horizonte




Caminando sobre las aguas del Golfo Pérsico

No hay mitología que en su día predijese la aparición en un hotel como el Burj Al Arab de Dubái. Pero hablamos de un país donde se buscaban aguas potables y se halló petróleo bajo tierra. Así se explica que sus beduinos pasasen un buen día de pastorear a conducir todoterrenos.

6 de abril de 2017

“Tenemos aparthoteles alrededor del mundo con lo mejor de cada casa”, me aseguró un enviado del emir, intentando impresionarme. Y a fe que lo logró, pues no había que abandonar Dubái para comprobar que era cierto, en su gran urbanización The World, sobre terrenos ganados al mar. A vista de pájaro, desde el helicóptero, sus basamentos habían reproducido a escala el mapamundi. A ras de tierra, mar del Golfo Pérsico adentro, podías escoger entre un rancho de canguros australianos, un loft de altura neoyorkyna, una mansión victoriana y hasta un iglú.

“Casi prefiero alojarme en un hotel no tan apartado. Vine a Dubái para conocer Dubái”, le respondí a mi cicerone, pecando de obvio. Así que, en su afán por demostrar lo que da de sí una lámpara de Aladino, me condujo al cenador del Burj Al Arab Jumeirah, buque insignia de lo que fue la arquitectura futurista del emirato a finales de los pasados años noventa. Desde la playa, a 270 metros de pasarela, frente a sus arenas, ondeaba su vela de hormigón. Y, cuando descendí a los sótanos subacuáticos del velador gourmet que posee, me recibió un buzo que yo creí solo disfrazado ad hoc, estando como estábamos bajo el nivel del mar. Me equivocaba.

“Tome asiento, señor. Mire la fauna de nuestro acuario con detenimiento y dígame qué se le ofrecería cenar”, me dijo aquel habitante de los batiscafos. Las mesas del cenador se disponían, todas, en torno a un enorme cilindro de cristal que dejaba ver fondos marinos en tiempo real. Por tanto, según me senté, también me dio la bienvenida un cetáceo de incisivos perfectamente alineados, que estampó su morro de proa contra el vidrio tras el que nos manteníamos con la ropa seca. “¿Se le ofrece sopa de aleta de tiburón, quizá, para empezar?”, quiso saber el buzo, al que no pasaron inadvertidos mis ojos como platos, frente a la bestia. “Siento seguir pecando de cateto, pero soy más de pulpo a la gallega para abrir el apetito”, le informé. No tuve que añadir mayores explicaciones. El buzo desapareció de mis ojos por una compuerta y, al cabo de unos instantes, le volví a ver al trasluz, al otro lado de la cristalera. Se había zambullido en el agua, me saludaba ahora entre los peces y, en cosa de dos minutos, arponeó un cefalópodo, que se hubiera dicho esperaba de antemano su final aquella noche. Poca resistencia ofreció el animalito al avezado submarinista, aunque tampoco podría jurar que parecía subvencionado para la ocasión. El caso es que cené los productos acuático más frescos que quepa imaginar. Sólo le faltó al buzo cocinármelo también bajo el agua. Y yo que creía lo más de lo más una jornada de pesca deportiva, en la que terminas, orgulloso, con dos salmonetes a la brasa. El mismo buzo fue quien me sirvió el pulpo, en un abrir y cerrar de ojos, todo él silueta circense, ahora con chaqué y pajarita, indiferentes a las temperaturas infernales del Emirato. Increíble destreza la suya. En lugar de contar con maître, camareros y chef, aquel cenador te asignaba un solo empleado por mesa, capaz, eso sí, de comerse incluso lo pescado, cocinado y servido, en un plis plas. He leído comentarios de huéspedes que ponen en duda las siete estrellas hosteleras que luce ufano el Burj Al Arab. Desde luego, en los cinco estrellas visitados hasta entonces, no había recibido jamás semejante servicio. No sé si lo dispensarán los de seis.

Viaje a Dubái, Emiratos Árabes.

Валерий Дед, Wikipedia.

Restaurante Al Mahara se llama aquél donde me quedé alucinado, “mahareta” de sorpresa en sorpresa. No llegué a él en en helicóptero, pero podía haberlo hecho, con aperitivo en el segundo de sus afamados salones gastronómicos, el denominado Al Muntaha, que brinda panorámicas del skyline Dubai, a 200 metros de altura. Finalmente, me llevaron de allí al cenador subacuático en Rolls Royce, lo que no deja de ser una excentricidad, habiendo camellos que te recordarían dónde estás. Porque tanto lujo alrededor, un lobby como el suyo de proporciones galácticas, bien puede nublar el entendimiento. Sobre todo teniendo en cuenta que la promoción del hotel entre los magnates de este mundo fue cosa de los raquetas Andre Agassi y Roger Federer, con tenis de exhibición en su helipuerto.

El Burj Al Arab fue inaugurado el 1 de diciembre de 1999, tras cinco años de trabajos sobre la isla artificial en la que se asienta y eleva 321 metros, evitando proyectar su sombra sobre la playa principal del emirato. Es una critaura de fábula surgida de las aguas, con suites en sus plantas que ocupan hasta 780 metros cuadrados, sala privada de cine incluida. Será por eso que parecen pocas las 202 habitaciones que posee, dadas sus magnitudes arquitectónicas. No hay mitología local que en su día predijese tamaña aparición en la superficie del Golfo Pérsico. Pero hablamos de una línea costera donde se buscaban aguas potable y, bajo la tierra, se halló petróleo. Así se explica que sus beduinos pasasen un buen día de pastorear a conducir todoterrenos con pinganillo y drones, saltándose varios siglos de evolución en la historia de las relaciones entre humanismo y tecnología. Se lo venía a decir con otras palabras el jeque a la diseñadora china encargada de convertir en realidad sus sueños de hormigón y metacrilato, bajo claves decorativas. Había que impactar innovando e innovar bajo impacto, no importaba cuánto hilo de oro, mármol y terciopelo se necesitase en la tarea. El jeque aprobó la magnificencia de las suites que Khuan Chew le mostraba seis meses antes de toda inauguración. Aun así, al descender al lobby de su creación marina, pasó por alto sus valores minimalistas, echando en falta signos más convencionales del lujo y la grandeza: luces multicolores por doquier, techos no menos policromados por la paleta, peceras de gran volumen y saltos de agua, chispas de la vida en el desierto que hicieran pensar en la iconografía con la que los musulmanes tratan el paraíso que Alá les reserva en el cielo.

Entre el personal de servicio que saca brillo a cada mínimo detalle del Burj Al Arab, se cuentan hasta ochenta nacionalidades distintas y se hablan todos los idiomas imaginables. Y más o menos puede predicarse lo mismo de la constelación de las finanzas, el diseño, el deporte y el plató, que añaden relumbrón con su regular presencia a las siete estrellas que le adjudicó al Burj Al Arab la periodista británica que cubría su preapertura: “Está por encima de lo que nunca había visto”, dijo en 1999.

Poca leyenda de carne y hueso atesora de momento el Burj Al Arab, más allá de maquillajes, smoking y tacones de aguja. Los directivos del Jumeria Group que lo gestionan insisten en que siete estrellas, si acaso, hay que adjudicárselas al trato exquisito, atento y principesco que allí se dispensa al huésped. Y no sólo a quien puede pagarse tal techo, sino a los invitados de sus cócteles y congresos: Giorgio Armani, Jose Morinho y Tom Cruise, por citar solo algunas cabezas de serie en las distintas disciplinas que permiten acumular fortunas personales y exigen sonrisa social. No hay límites cuando la hospitalidad beduina despliega sus encantos, vendiendo imagen internacionalmente en el planeta de groupies, paparazzis y demás fauna adyacente. El dato viene a colación porque la pareja formada por David y Victoria Bekham fue incluso agasajada en Dubái con las llaves de un apartamento cuando se inauguró la urbanización The World. ¿No era gente de mundo? Pues mejor tenerles de cottage en loft y rancho, retenidos en Dubái, imán seguro para quienes matan y mueren por sus ídolos con pies de barro.

Los Bekham también se han dejado ver, cómo no, por el vestíbulo del Burj Al Arab. Y el actor John Travolta, ya entrado en lorzas y en añitos. Con todo, para encontrar asiduos, lo que se dice su clientela más fiel, hay que mirar en las filas de los showman de la televisión argentina, los tenistas de élite y los actores de Bollywood. Por algún motivo, el Burj Al Arab ha encontrado veta en tan distintos ámbitos de procedencia. Citemos, sin ir más lejos, a tenistas como Novak Djokovic y Andy Murray. También a grandes desconocidos de nuestro papel couché, como los actores indios Abhishek Bachchan y Asihwarya Rai, que levantan pasiones y son tan conocidos como Claudia Schiffer al este del edén. Claudia, por cierto, que en declaraciones posteriores a su paso por el Burj Al Arab no ha escatimado elogios de buen paladar: “Cuando pienso en el lujo absoluto, lo hago sobre este hotel”.

Burj Al Arab, viaje a dubai

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