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Cantos de sirena y cisne bajo el volcán

En el paseo marítimo de Nápoles hay un cinco estrellas que le disputa el nombre al portentoso volcán de la ciudad. El Vesubio es un hotel volcánico donde los haya. Guy de Maupasant y Oscar Wilde fueron de los primeros huéspedes que acogió cuando abrió sus puertas en 1882.

6 de febrero de 2017

Nápoles se cuenta entre las ciudades que se agachan hacia el mar desde las colinas, como a recoger algo: un barco, la isla de Capri cercana… La factura de las casas va ganando empaque según se asciende hacia las almenas de Sant`Elmo, cenit arquitectónico en la más española de las urbes trasalpinas. Sin embargo, la altura de su vivienda sobre el Mediterráneo no estratifica socialmente al napolitano, como cabría suponer en otra plaza fuerte. A la ciudad le sobran castillos a ras de agua, sus teatros regios se asoman al puerto y, por si fuera poco, en su paseo marítimo hay un cinco estrellas que le disputa el nombre al portentoso volcán que domina el golfo. Un hotel volcánico donde los haya, que incluso anticipa con guiños a la decoración pompeyana lo que las ruinas romanas más famosas del entorno atesoran. El microclima interior del hotel Vesuvio, en una palabra, desdice a quienes llegan a él acusando el gentío felliniano que anima, exaspera, confunde y regurgita la vida callejera de la capital italiana del sur. Su temperamento, vocerío y tráfico. Su paso en corto con lengua larga.

Recuerdo que pisé por primera vez Nápoles la nochevieja del 2006, bajo cita aparentemente galante, que al cabo de los meses me convirtió en padre. No era yo el primer llamado a satisfacer instintos maternales ese Capo d`anno. Otros candidatos se cruzaron en esos días con la misma mujer en Milán y Roma, según bajaba de latitud, hasta calzarse la bota geográfica de Italia. Sea como fuere, conté a mi favor, sin que lo supiera, con el activo magma que subyace a la ciudad, aunque su volcán permanezca sin sulfurarse. Semejante fuerza telúrica me asistía bajo los pies, ahora lo sé, aparte el deseo por volver a la vida de las momias en Pompeya. No sé, digo yo… Al pasear por la ciudad asolada por la lava del Vesuvio, Pompeii en latín, resulta inevitable observar muecas, rictus, en los rostros de quienes la habitaban con quehaceres cotidianos que, a sangre y fuego, el volcán calcinó para los restos.

A poco que uno crea en la transmigración de las almas, llámalo reencarnación si quieres, se sentirá en Nápoles como en casa, parte y partícipe de no se sabe qué línea de transmisión genética que parece emparentarle, perdón por el exceso, con las enseñanzas de Guy de Maupasant y Oscar Wilde. De hecho, se llama Parténope el paseo marítimo donde se asienta el Hotel Vesubio, que ambos escritores frecuentaron nada más abierto en 1882. Parténope, en honor a la sirena que dicen allí cantó para seducir a Ulises y ahogarlo en las aguas cuando volvía en barco de la Guerra de Troya.

Viaje a Nápoles, Italia.

Ulises resistió el magnetismo del canto en boca de sirena fatal, haciéndose atar al mástil de su barco para deleitarse con él, sin acudir a sus brazos. Otros tuvimos menos perspicacia. Valgan, en todo caso, aquellos días a cuerpo de rey para el recuerdo. No de forma distinta se debió sentir Gustavo V de Suecia cuando se alojó en el Hotel Vesuvio. O tal vez lo que valorase allí fueran las zapatillas de andar por moqueta de casa, lo mismo que le ocurrió al bailarín Nureyev e incluso a Grace Kelly, tan incansable como parecía junto a Rainero en fiestas de tacón alto. Pero, puestos a citar personajes estrechamente vinculados a las crónicas del hotel, merece punto y aparte el tenor Enrico Caruso, que a sus fogones acudía para cocinar. Ventajas de no haber sido del todo profeta en su tierra natal, en la que se albergaba como un visitante, siempre en el mismo albergo. Ni más ni menos que el primer tenor de la Metropolitan Opera neoyorkina fue Caruso, durante diecisiete años. Tantas confianzas se tomaba el extrovertido divo en el Vesuvio, que a día de hoy la carta de su restaurante Caruso Roof Garden incluye las recetas por él patentadas. Pruebe allí y sólo allí, en un jardín con vistas de novena planta, el “Bucatini alla Caruso”.

Las lenguas aseguran que Bruce Springsteen hizo honor a ese plato cuando recaló su enésima gira europea en Nápoles. Faltaría más… Con maestro tal de cocina en el gremio y pese a sus trazas de leñador, el Boss no secundaría los malos precedentes de otros roqueros americanos a la hora de pedir hamburguesa en el más refinado restaurante. Refinado que rima con suculento en el Vesuvio, a la vista de la tradición culinaria que le avala. Porque, además, en sus dos restaurantes panorámicos las vistas a la gran bahía alimentan tanto como una selección de las mejores mozzarelas.

Maria Callas completa la terna de huéspedes educados en el bel canto sobre los que el Hotel Vesuvio puede presumir, a viva voz. Privilegios de tener el canto de una sirena por cuna lírica en los orígenes griegos de la ciudad. A la hora de rivalizar en materia de bellezones raciales, sin embargo, compite la Callas en su libro de oro con Rita Hayworth y con la mismísima Sofía Loren, otra napolitana asidua a los grandes hoteles de Nápoles. Todo ello con permiso de Julia Roberts, última actriz en pisar moqueta llegada al Vesuvio, más o menos en la época que también reservó suite a Ranya de Jordania.

El financiero belga Oscar de Mesnil fue quien levantó los frontispicios del Vesuvio, considerando que los dictados de la belle époque no podían pasar por alto la magnificencia de una ciudad todavía muy borbónica. Poco se sabe de él, aparte de eso. Más huella dejaron los chascarrillos en el hotel de Woody Allen, a cuyo humor viene como anillo al dedo la bulla y teatralidad napolitanas a pie de calle. Y Juan Carlos I, con esa manera tan suya y romana de explayarse, precisamente en el país donde se crió. Ya pudo explayarse, considerando la suite Presidencial que ocupó, la misma de Bill Clinton y Hillary, que alcanza los trescientos metros de superficie.

La mafia andaba cambiando de negocios cuando yo caí inicialmente por Nápoles. Consecuencia inevitable de nuestra sociedad de masas, consumista de usar y tirar, sabían sus capos que se llegarán a pagar fortunas transnacionales por hacerlas desaparecer en el futuro más próximo. De ahí que alentase la huelga de basureros que tenía la ciudad bajo la ley de la pestilencia, ya una semana, con la inmundicia a merced de las gaviotas. No de otro modo me expliqué cómo il comune napolitano gastase lo indecible en fuegos artificiales para celebrar el fin de año, en lugar de invertir en la recogida urgente de tanta basura acumulada en las calles. El Hotel Vesuvio asistía, no obstante, sin despeinarse, a tan dantesca puesta en escena, con el paso cambiado. Todo era pulcritud en sus salones. Un presente continuo iniciado en la educación belle époque que le dio santo y seña, atendiendo a la famosa frase del aristócrata Lampedusa en su novela El Gatopardo: “Todo ha de cambiar para que siga igual”. Al menos de puertas para adentro… Enrico Caruso murió en el hotel una mañana de 1921. Sus ojos se apagaron, pero no sin haber entonado y bien entonado antes el O sole mio entre estos muros de oratorio y devoción al buen gusto pagano.

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