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Casa embrujada en las plantaciones de Jamaica

La Rose Hall Plantation de Montego Bay pasó  de casa encantada a gran hotel de lujo. Tanta fue la excitación y el espanto suscitados por el resort jamaicano que, al inaugurarse, se ofrecieron pernoctas gratis a los clientes que demostrasen dormir  plácidamente allí.

16 de mayo de 2016

Los fantasmas no se tienen sólo por patrimonio de paisajes envueltos en niebla y tormentas. En mansiones con prosapia pueden campar a sus anchas, a cielo descubierto. Inclusive cerca de resorts, esos que hicieron de la Montego Bay caribeña epicentro de la fórmula vacacional “todo incluido”. Jamaica viene a ser para el norteamericano como Cuba para el español: la isla hedonista que sirve los mejores combinados de ron en el propio idioma. Considerando, además, la inclinación del norteamericano medio a las emociones infantiles, tipo Halloween, no es de extrañar que la Rose Hall Plantation de St. James haya dado que hablar, hasta convertirse primero en museo del terror, para más tarde reabrir sus puertas como gran hotel.

Patrimonial en la isla de Jamaica viene a ser la residencia Rose Hall, pues levantó sus muros en la década de 1770, bajo inspiración georgiana y como señorío colonial para las plantaciones esclavistas de la época. Los rastafaris remontan los orígenes históricos de la Jamaica negra mucho más atrás, emparentándolos con el reino salomónico de Abisinia. Pero sus cantos reggae no se tienen por crónicas oficiales de la isla, por más que la llegada al Caribe de mano de obra afro facilitara el exterminio de su población aborigen. De ahí que Jamaica cuente entre sus epopeyas fundacionales el relativo a la latifundista Annie Palmer, que en el Rose Hall enviudó, asesinó según cuentan a sus dos maridos posteriores y, a partir de ese momento, emuló a las amazonas de la región, arrastrando cada noche esclavos hasta su cama, para darles muerte también al amanecer. He ahí la versión que el argumento de Las Mil y una noche conoció en el Nuevo Mundo. Parece que Annie Palmer se había iniciado en el vudú, lo que facilitó mucho sus tareas con filtros de amor, vendettas, amarres y males de ojo lanzados a diestro y siniestro.

Casa embrujada en las plantaciones de Jamaica.

De entonces a esta parte dicen que el fantasma de Annie nunca dejó de habitar la mansión. En el jardín que  circunda queda, para más inri, su supuesta tumba, tapada por una lápida de piedra carcomida por el musgo. Un túmulo monumental que descansa sobre la tierra, sin enterrar, respetado por la restauración que la manior conoció en los pasados años sesenta.

Nació Annie de padre irlandés y madre inglesa, destinados ambos a morir pronto de fiebre amarilla en Haití. Una niñera se hizo cargo de Annie ante su orfandad, iniciándola sin mayores miramientos en los secretos de la santería y la magia negra, hasta su traslado a Jamaica para tomar por esposo a John Palmer, latifundista en la explotación de la caña azucarera. A partir de ahí, la balada country de Johnny Cash puede guiarnos por la finca. The ballad of Annie Palmer se fija en el poste para la flagelación de esclavos que aún mantiene la finca. También en la tres palmeras crecidas frente a la playa cercana, según las habladurías y Johnny Cash, que las vio de tú a tú, personificación ellas de los tres maridos que Annie tuvo, allí sepultados. Maravillosas las vistas que la mansión tiene sobre la costa caribe…

Aparte de describir las porcelanas, cuadros de pinacoteca y escalinata de caoba, llegado a la casa con su guitarra, Johnny Cash sugiere que la carrera delictiva de Annie respondió al despotismo de su primer esposo, todo él ordeno y mando. Y, a la postre, su canción de 1973 se lamenta de que los actuales propietarios de Rose Hall no muestren las habitaciones donde perdieron la vida los maridos de Annie. Porque Johnny Cash asegura que los lamentos que cada noche se oyen en la finca no son los de Annie, sino los de sus víctimas masculinas, por más que  los turistas hayan sentido allí, en la casa vacía, una inquietante presencia femenina.

La que fuera Miss Mundo, Michele Rollins, ostenta a día de hoy la propiedad del Rose Hall, conservando el salón de Annie, butacones y camafeo de la viuda incluido. Un daguerrotipo de la señora Palmer que nos la muestra con el pelo recogido y mirada ausente. Lo bastante como para atemorizar los pasos de sus visitantes, que hasta lo alto de su colina se aventuran, interesados por sus habitaciones con cama bajo dosel. Suelos ajedrezados en un espacio con base de piedra, piso superior enyesado y seda en los estampados florales de sus paredes. Tanta fue la excitación y el espanto suscitados por la casa hechizada, que al inaugurarse como hotel su dirección brindó pernoctas gratis a los clientes que demostrasen dormir  plácidamente allí, sin alarmarse ante ruidos extraños. Lo sé porque coincidió con mis días en el superclub Hedonism de Negril, resort nudista cercano, donde la clientela americana se prodiga en pelota picada, copa en mano, incluso en el jacuzzi. Frente a semejante panorama no me pude resistir a la tentación de conocer el Rose Hall.

Casa embrujada en las plantaciones jamaicanas

“Annie Palmer llegó aquí en 1820 —escribe el periodista James Henderson en su guía del lugar—, dejando para la posteridad fantasiosos rumores de túneles subterráneos, manchas de sangre y apariciones. Una belleza de renombre, Annie Palmer, temida por su magia negra y el final de sus tres maridos, uno envenenado, el segundo pasado a cuchillo y el tercero asfixiado. (…) Pocas evidencias sostienen esta odisea, descrita del modo más divertido en el libro La bruja blanca de Rose Hall.”

Henderson se refiere a lo relatado por HG de Lisser, que además reseña la crueldad de Annie al derramar aceite hirviendo en los oídos de su segundo marido moribundo. Luego de la música, los anales de Rose Hall nos llevan de libro en libro, atendiendo a los escritores que en el caserón recalaron, en uno u otro momento. Incluso cuando las lámparas de araña y antigüedades de origen europeo que atesoraba la residencia no daban más que para la contemplación, desde el bar y el restaurante que tuvo, antes de verse hotel.

Corre de boca en boca que Annie murió en su cama, estrangulada a su vez por Takoo, uno de los esclavos a los que sometía sexualmente, antes de ejecutarlos. Cinco mil llegaron a ser, a juicio de Johnny Cash, sus esclavos, los favoritos destinados a pasar por su catre antes de morir, y sin sexo el resto a los azotes. Será por eso que los turistas del Rose Hall sacan fotos con rostros esbozados que no veían en sus encuadres, frente a la cabecera de bronce que tiene la cama de Annie, en sus espejos y junto a las lámparas de araña que proyectan sombras de murciélago.

Una pareja de Meryland invirtió millones en la restauración de la casa, antes de que el magnate John Rollins la hiciera suya y de la Miss Mundo a la que dio apellido. Teniendo en cuenta que la mansión costó la friolera de  30.000 libras esterlinas, al levantarse en el siglo XVIII, no resulta descabellado imaginar lo que Rollins debió de gastar medio siglo en su restauración, reponiendo puertas y escalera de madera noble, dañado todo ello por la rebelión de esclavos que en 1831 desportilló la casa. Un siglo largo contemplaba la mansión deshabitada y vista bajo embrujo por parte de los lugareños, cuando los Rollins se hicieron cargo de ella, acaso conocedores de la información que Margaret Morris aporta así mismo sobre el lugar:

 “Se especula sobre Annie Palmer en términos de mujer hermosa, lasciva y diabólica, que se propuso tener hasta cinco varones simultáneos a su servicio placentero. Lo cierto es que el Excelentísimo John Palmer, custodio de la localidad de St. James, adquirió Rose Hall a través de matrimonio y  construyó la casa. Fue John Palmer el cuarto marido de la señora Rosa Palmer, sobre cuya virtud da fe la Iglesia de St. James Parish, dado que en su seno murió a los 72 años. Existió luego una tal Ann Palmer, esposa de James Palmer, sobrino nieto del Custodio y heredero de Rose Hall. Pero de Ann Palmer se predica también estatura de esposa modelo. Así que, si la leyenda de la Bruja Blanca pervive en el tiempo, hay que achacarlo al morbo, a prueba incluso de espiritistas que intentaron comunicarse con ella en el más allá”. De hecho, a poco de que el iluminado Bambos afirmase descubrir en Rose Hall muñecos de vudú e incensarios sobre un nido de termitas, varios mediums acudieron allí en loor de multitudes. Corría el año 1978, entre todos ellos invocaron a la bruja y nadie apareció a su llamada, para decepción de la multitud de curiosos que tal guija había despertado. Quedaba aún tiempo para que, en 2007, el investigador Benjamin Radford diera con la clave de tanto montaje, señalando el modo en que realidad y ficción se había solapado en Montego Bay. En opinión de Radford, la leyenda negra de Rose Hall se alimentó de la novela titulada La Bruja Blanca, que vio la luz en 1929, año de la Gran Depresión y el crack de la bolsa en Wall Street, que trajo consigo paro, desesperación y tendencia del americano medio a creer en sortilegios y soluciones sobrenaturales para sus males. Leyendo con detenimiento a Herbert G. de Lisser, queda clara la tergiversación en los anales que arrastra tras de sí la Great House de Montego Bay, bautizada con el nombre de la virtuosa Rose Palmer y con el de Annie a la vez. No dejes que la verdad dé al traste con una buena historia, sostiene el manual del buen narrador. Que se lo pregunten a los guionistas del documental Ghost Adventures, que dedicó un episodio a Rose Hall. Y a Diana Gabaldón, que en su novela Voyager también menciona sus secretos. Y a Stevie Nicks, la cantante del grupo Fleetwood Mac, que participó encantada, no bajo encantamientos, en el capítulo dedicado a Coven y la Bruja Blanca durante la emision de la serie American Horror Story, distribuida por la Fox en España. Es más, la decimonovena temporada del reality show Next Top Model tuvo por escenario la misteriosa casa, sirviéndose del balcón desde donde, según las lenguas, Annie Palmer paladeaba los latigazos a sus esclavos y se deshizo de una de sus doncellas, en un ataque de ira, arrojándola al vacío.

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