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Histórico noticias



Celda literaria para Cervantes

Bioy Casares y Julio Cortázar, el uno en Buenos Aires y el otro en París, publicaran en 1956 un relato similar evocando el Hotel Cervantes. Argentinos tenían que ser quienes descubrieran al mundo el hotel de los prodigios uruguayo, bajo circunstancias no menos prodigiosas…

1 de julio de 2019

Montevideo suele calificarse de reserva espiritual porteña, frente al esnobismo bonaerense, mirando al Río de la Plata. En este sentido, se parece a la capital del Tajo, Lisboa, que retiene las esencias de la Península Ibérica sin dejar de ser una ciudad cosmopolita. Pero hay más que rascar en la primera ciudad uruguaya. Mucho más.

Tras los sorbos de mate con que detienen el tiempo a capricho, para sus ciudadanos posee un fuerte predicamento el azar, la coincidencia, el albur… Vamos, la clave de los best sellers firmados por Paul Auster al desnudo. Tan acostumbrados están a las benditas casualidades en la República Oriental, que pocos se extrañaron de que Bioy Casares y Julio Cortázar, el uno en Buenos Aires y el otro en París, publicaran en 1956 un relato similar evocando los entrepliegues y bastidores del Hotel Cervantes.

Argentinos tenían que ser quienes descubrieran al mundo el hotel de los prodigios uruguayo, bajo circunstancias no menos prodigiosas. En fin. Nunca es tarde si la dicha es buena. “Juraría que al chófer del taxímetro le ordené que fuera al Hotel Cervantes”, masculla el protagonista de Bioy Casares, al verse frente al Hotel La Alhambra, en su narración titulada Un viaje o el Mago Inmortal. “A Petrone le gustó el Hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto”, escribe Julio Cortázar en las primeras líneas de La puerta condenada.

Viaje a Montevideo, Uruguay.

“Estando Cortázar en Francia y yo en Buenos Aires escribimos un cuento idéntico. Empezaba la acción en el Vapor de la carrera. El protagonista iba al Hotel Cervantes de Montevideo, un hotel que casi nadie conoce. Y así, paso a paso, todo era similar…, lo que nos alegró a los dos”, declararía Bioy Casares sobre el asunto, durante los pasados años ochenta. Y, por su parte, en una entrevista, Cortázar se extendió sobre el clímax de los hoteles de la capital charrúa, con el Cervantes a la cabeza de ellos. No en vano, era su huésped habitual: “Yo quería que en el cuento quedara la atmósfera del Hotel Cervantes, porque para mí tipificaba muchas cosas de Montevideo. Presentaba al personaje del Gerente, la estatua esa que hay (o había) en el hall, una réplica de Venus y un clima especial. No sé quién me recomendó el Cervantes, donde en efecto había una pieza chiquita. Entre la cama, una mesa y un gran armario que tapaba una puerta condenada, el espacio que quedaba allí para moverme era el mínimo”.

Vapor de la carrera se denominaba al transbordador entre Buenos Aires y Montevideo, a través del Mar del Plata. Los protagonistas de ambos relatos son viajantes de comercio. Los dos tiene vecinos de alcoba que emiten sonidos inquietantes. La misma descripción desangelada inspira a los escritores aquello que la vista alcanza desde el toilette de la habitación. “El cuarto de baño tenía una ventana grande, que se abría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil”, lamenta Julio Cortázar.

Si Miguel de Cervantes levantara la cabeza, sería para recordar que su perra vida tuvo por principal celda hostelera una mazmorra de Argel. En todo caso, saludaría la literatura del hotel que lleva su nombre e incluso albergó un homónimo teatro dentro, hoy sala de eventos en la estructura del establecimiento renovado por la cadena argentina Fen en 2011. Una cadena que de entrada aprovechó el edificio florentino que lo alberga para rebautizarlo como Esplendid  Montevideo, pero que en 2017 decidió recuperar su antiguo nombre, como epicentro del barrio de las letras proyectado en torno a él. Lo merecía el suma y sigue de plumas que, aparte las mencionadas, apuntalaron con su presencia la reputación del hotel Cervantes desde 1927. Jorge Luis Borges es el primer nombre que viene a la memoria, pero sin olvidar la del poeta y trovador Atahualpa Yupanqui y, por supuesto, la de Carlitos Gardel. Es más, aunque su nombre no resuene a este lado del Atlántico, el académico Emilio Uribe, miembro de la Generación uruguaya del Centenario, pasó sus últimos años de vida en el hotel, hasta 1975, atrayendo como nadie visitas de otros ilustres.       .

 La ensayista Vlady Kociancich hizo notar en un escrito la coincidencia de inspiración argumental entre Bioy Casares y Cortázar, llegados al Cervantes. Lo recuerda el también escritor Vila Matas. Los protagonistas de ambos cuentos se desvelan de noche. El de Casares porque repara en su condición de seductor acabado, al hilo del escandaloso frenesí con que copulan los huéspedes de la habitación contigua. El personaje de Cortázar porque cree oír el llanto de un niño tras una puerta condenada en su alcoba. “Si algún día voy a Montevideo, iré al Cervantes y trataré de alojarme en su segundo piso, en una ‘pieza chiquita’, donde tal vez siga estando ese gran armario que tapa la misteriosa puerta condenada —promete Vila Matas en honor al autor de Rayuela—. He mirado en Internet y parece que el hotel no ha cambiado mucho: continúa sombrío y tranquilo”.

Literatura sobre la literatura. Que el hotel mantenga la costumbre de convocar viernes y sábados a los swingers en torno a la réplica de Venus, diosa de su hall, resulta para Vila Matas muy sintomático. Los intercambios de pareja bailona, que allí tienen lugar, remiten al intercambio de tramas en que Cortázar y Casares incurrieron sin pretenderlo. “Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción —continua narrando Cortázar—. Por el tablero de llaves de la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de la habitación, inocente recurso de la gerencia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo. El ascensor dejaba frente a la recepción, donde había un mostrador con los diarios del día y el tablero telefónico. Le bastaba caminar unos metros para llegar a la habitación. El agua salía hirviendo, y eso compensaba la falta de sol y de aire. En la habitación había una pequeña ventana que daba a la azotea del cine contiguo; a veces una paloma se paseaba por ahí. El cuarto de baño tenía una ventana más grande, que se abría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil. Los muebles eran buenos, había cajones y estantes de sobra. Y muchas perchas, cosa rara. El gerente resultó ser un hombre alto y flaco, completamente calvo. Usaba anteojos con armazón de oro y hablaba con la voz fuerte y sonora de los uruguayos. Le dijo a Petrone que el segundo piso era muy tranquilo, y que en la habitación contigua a la suya vivía una señora sola, empleada en alguna parte, que volvía al hotel a la caída de la noche. Petrone la encontró al día siguiente en el ascensor. Se dio cuenta de que era ella por el número de la llave que tenía en la palma de la mano, como si ofreciera una enorme moneda de oro. El portero tomó la llave y la de Petrone para colgarlas en el tablero, y se quedó hablando con la mujer sobre unas cartas. Petrone tuvo tiempo de ver que todavía era joven, insignificante, y que se vestía mal como todas las orientales”.

Viaje a Montevideo, Uruguay.

Acaba de celebrarse una muestra sobre Picasso en Montevideo, razón por la que la revista Dossier y algunos de sus colaboradores más estrechos, caso del escritor Nelson Díaz, se afanaron en revisitar al artista malagueño.  Seguro que Nelson Díaz podría hablar largo y tendido sobre el Cervantes, por el que también debieron pasar otras plumas nacionales como la de Mario Benedetti, para que no todo se deba allí al imperio de los sentidos bonaerense. En todo caso, los francomasones del Gran Oriente local se encerraron allí dos días, en diciembre del 2003, para celebrar su VI Asamblea, seguida a distancia por los medios. “Se desarrolló en un ambiente de trabajo intenso, donde reinó la fraternidad, la tolerancia y el respeto mutuo”, contaron los papeles al respecto.

No podía ser menos, teniendo en cuenta que, lejos de ser espiritistas, los misterios del Cervantes pertenecen al estado febril de la literatura, en la calle Soriano, entre Convención y Andes. Un hotel perfecto, el Cervantes, para sentirse extranjero en la ciudad que a uno le vio nacer. Lo asegura Roberto Mascaró en su enciclopedia: “Encajonado hoy entre mayoría de horribles edificios, erguido junto a las montañas de basura que ensucian Montevideo, aún conserva la vista a la parte superior de esa curiosa y bizarra torta de cemento que es el Palacio Salvo. Esto le deja algo del aire cosmopolita de antaño, cuando tenía vista a la bahía y a la hoy fea y despoblada Plaza Independencia (…). Los encargados del Cervantes, entusiastas, se ocupan de recordarme que aquí se alojaron celebridades de las letras y las artes. Jorge Luis Borges es el más nombrado. ¿Compartiría acaso con su madre las habitaciones en suite del segundo piso, donde todavía nos recibe una Victoria de Samotracia en yeso? (…) Del discreto esplendor pequeño-burgués que tuviera al abrir sus puertas, en 1928, cenizas quedan, aunque curiosamente, su base material esté prácticamente intacta. La dignidad del origen residía en su modernidad, en ser el último grito en confort: 100 habitaciones, 100 cuartos de baño, calefacción central, teléfono en cada cuarto con conexión directa a Buenos Aires, terraza-jardín estilo andaluz en el piso superior, comedor y salón de fiestas con palco para la orquesta, jardín de invierno…

Hoy está espectral, sombrío, discreto, tranquilo, casi banal; se puebla a veces de los gemidos de los amantes ocasionales, del bullicio de algún baile improvisado en el salón, pero ningún fantasma aparece (…) No creo que Gardel, Charlo, José Mojica, Atahualpa Yupanqui o Adolfo Bioy Casares paren ya en este hotel cuando por aquí pasa su espectro (…) Su leyenda ya existe. Se alimenta de almas que, si se sintiesen debidamente homenajeadas, recorrerían alegremente las habitaciones casi intactas en cuanto a su mobiliario (…) Para reforzar la leyenda, como quien no quiere la cosa, Mariana Percovich lo marcó hace poco con un espectáculo sobre Gardel, pasajero ilustre”.

El diseño original de Leopoldo Tosi para el Cervantes buscaba de primeras al huésped con ínfulas chic. Pero el edificio se le fue finalmente de las manos, hasta mostrar galones de cinco estrellas vintage, donde lo importante no estribaba en coleccionar libros, sino en haberlos leído. Digamos que su travesía del desierto se tradujo en bailes semanales de medio pelo, con descuentos para sus habitaciones anacrónicas. Así que, declarado Monumento Histórico Nacional en 2002, solo era cuestión de tiempo que apareciese un grupo hostelero dispuesto a invertir en su lustre, como quien le limpia los zapatos a un Premio Nobel con amnesia. De ahí que fuera intervenido en 2011 por la firma Fen Hoteles, invirtiendo ocho millones de dólares en su nueva infraestructura de ochenta y cinco habitaciones, piscina, sauna, salas de masaje y de conciertos con camerino para los artistas. Su sala de baile se respetó, porque nunca se sabe quién puede aparecer de noche en nombre del tango y la galantería, habiendo pisado Carlos Gardel moqueta en el lugar, cuando su afamado Teatro Cervantes funcionaba también como cine.

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