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Cómo sobrevivir sin comida en la Antártida II

Las regiones polares siempre han dado ejemplos de superación y de compañerismo, a veces, aun a costa de la propia vida. En esta ocasión fue el comportamiento de unos perros el que se convirtió en un modelo a seguir para una nación que atravesaba una grave crisis de identidad.

9 de noviembre de 2015

La instalación de la primera base japonesa en la Antártida, allá por 1957, tuvo una repercusión social en su país mucho mayor de la esperada, e incluso de la deseada. De entrada, que el barco que llevaba los materiales para su construcción tuviera que ser rescatado por un rompehielos ruso, al quedar encerrado por el mar helado, no fue algo bien recibido por la opinión pública. Si bien fue un acto humanitario por parte de las autoridades soviéticas, el recuerdo de los brutales enfrentamientos entre ambos países estaba todavía muy vivo, y el rescate tuvo un agrio sabor a humillación.

Un año después, el mismo barco, cuando volvía a reabastecer la base, nuevamente quedó cercado por los hielos y otra vez tuvo que enviar un mensaje de socorro. Afortunadamente, esta vez fue atendido por un rompehielos norteamericano. Pero si las autoridades antárticas japonesas pensaron que, al menos en aquella ocasión, la deshonra no había sido tan grave y, por lo tanto, la opinión pública no iba a arremeter contra ellos, se equivocaron por completo.

Debido a la extensión del mar congelado y a las inclemencias meteorológicas, ni fue posible avituallar la base, ni tuvieron tiempo para evacuar a quince perros, que los científicos habían utilizado para sus desplazamientos en trineo. Allí quedaron, sujetos por unas cadenas a unas estacas clavadas en la nieve, esperando que volvieran a rescatarles. Condenados a muerte.

 

La expedición antártica japonesa

A lo largo de la primera mitad del siglo XX Japón había sufrido amargas derrotas, provocadas por sus ansias expansionistas. A esto se añadió que, tras su rendición en la Segunda Guerra Mundial, tuvo que aceptar la ocupación de los Aliados hasta 1952. Fue un largo periodo de desmoralización y desaliento para el pueblo japonés. De ser la orgullosa potencia hegemónica de la región pasó a ser un país derrotado, gobernado por los mismos extranjeros que habían bombardeado sus ciudades y arrasado su economía. Por si fuera poco, una serie de malas cosechas extendieron el hambre por todos los rincones del país.

En este contexto de hastío y desmoralización, la expedición a la Antártida pretendía devolver al pueblo japonés el orgullo nacional perdido. Pero, evidentemente, las cosas no salieron como se habían previsto.

Cómo sobrevivir sin comida en la Antártida

Si las llamadas de auxilio para salvar el buque supusieron nuevas humillaciones, haber tenido que retirarse de la base sin cumplir su misión y, especialmente, haber dejado a los perros encadenados a un espantoso destino provocó una gran conmoción social. Lo que debía haber sido un motivo de afirmación para una nación abatida, se había convertido en una manifestación de incompetencia primero y de crueldad después. Que todavía se agravó más al conocerse que se les habían ajustado los collares que les unían a las estacas clavadas en la nieve, para que no pudiesen soltarse.

Las familias que habían donado los perros no podían comprender este comportamiento, y los periodistas criticaron la falta de profesionalidad de la organización de la expedición en su conjunto. Fueron meses amargos para el programa antártico japonés y sus responsables.

 

Dos bultos negros

En este ambiente de derrota salió la tercera expedición. Nuevos perros fueron seleccionados, aunque en este caso no hubo donaciones y todos hubieron de adquirirse.

Esta vez el barco pudo alcanzar la Antártida sin ayuda de los rompehielos de otros países y, cuando por fin alcanzaron la base, la primera visita fue al lugar donde habían dejado los perros. Quitaron la nieve que cubría la zona de las estacas y, para su sorpresa, sólo encontraron los cuerpos sin vida de siete de ellos. El resto había logrado zafarse de sus collares y escapar.

En cualquier caso, parecía que aquello no habría servido más que para prolongar sus sufrimientos, porque nadie podía pensar que hubiesen resistido las bajas temperaturas de la Antártida y menos aún sin contar con el alimento adecuado.

De repente, el piloto del helicóptero, que transportaba las personas y equipos, informó que durante uno de sus vuelos le había parecido ver unos bultos negros que se movían en las proximidades de la base.

 

Nace un mito

Inmediatamente los cuidadores de los perros salieron hacia la zona indicada. Incluso a distancia fueron capaces de distinguir a dos de los perros con los que habían convivido un año entero: Taro y Jiro. A su voz, los dos fieles animales se acercaron como si aquel largo invierno no hubiera sido más que unas pocas horas de separación. Sin embargo, por mucho que buscaron no fueron capaces de dar ni con el más mínimo rastro de los otros seis perros que habían logrado soltarse.

La noticia se extendió por Japón y su historia de superación se convirtió en leyenda en un país que necesitaba símbolos para afrontar su destino. No solo habían sido capaces de luchar hasta liberarse de sus cadenas, de soportar las duras condiciones de la Antártida y de buscar comida en aquel desierto helado, sino que también habían respetado los cuerpos sin vida de sus compañeros muertos. Todo un decálogo para un pueblo que trataba de levantarse de sus cenizas.

 

Un recuerdo vivo

Inmediatamente, los perros de su raza, la Sakhalin Husky, que hasta ese momento habían sido despreciados y sólo utilizados para el trabajo, se convirtieron en los más demandados del país. Todos querían pasear orgullosos un perro de esa raza, y así se ha mantenido hasta hace pocos años.

Jiro murió en la Antártida por causas naturales un par de años después. A Taro le llevaron de regresó a su país, donde vivió hasta los 15 años de edad en las instalaciones de la universidad de Sapporo. Cuando murieron, sus cuerpos fueron embalsamados y todavía hoy siguen expuesto al público.

Para conmemorar su gesta se erigieron diversos monumentos en distintas ciudades del Japón. El más famoso se levanta en las inmediaciones de la Torre de Tokio. Muestra la manada de los quince perros y pretende concienciar contra el maltrato a los animales.

Cómo sobrevivir sin comida en la Antártida

Parece el motivo adecuado, ¿verdad?

bajo cero, Cine, viaje a la antartida

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