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Conrad y su pasión por los mapas

Rescatamos este curioso texto de Joseph Conrad sobre geografía y exploración que forma parte de la antología de textos sobre La aventura. Justo una idea‘. En él Conrad vuelve, al final de su vida, sobre sus héroes de infancia. Aquí contamos la importancia de este rescate.

30 de mayo de 2017

La recuperación de este texto conradiano en castellano bien merece unas líneas de presentación habida cuenta de la rareza del tema, los recuerdos biográficos rescatados en él, la confesión sobre su pasión por los mapas y la cartografía y el momento personal en el que ve la luz, solo menos de un año antes de su muerte.

JLa aventura. Justo una ideausto al finalizar la redacción de este texto, el escritor cayó presa de otro de sus paralizantes ataques de gota y en la inevitable revisión médica que suscitó se le diagnosticó una dolencia de corazón que meses después puso punto final a su vida. En estos años finales, Joseph Conrad ya se había distanciado del rigor y la exigencia de sus grandes obras que, salvo Victoria (1915) o La mirada de Occidente (1911), habían visto la luz justo antes de comenzar el nuevo siglo: La locura de Almayer (1895), El negro del Narcissus (1897), El corazón de las tinieblas (1899) y Lord Jim (1900). Aunque, en estos ejemplos, la acogida crítica, ya desde su primera y sorprendente madura novela, La locura de Almayerhabía sido, por regla general, suficientemente elogiosa, no atrajo nunca una suficiente masa de lectores que le permitiera vivir desahogadamente. Las penurias económicas y una escasa predisposición al ahorro, hecho que resaltan sus biógrafos, saltearon su vida familiar con cíclicas crisis que el escritor sorteaba produciendo relatos cortos e historias destinadas al floreciente mercado de publicaciones periódicas que venían a socorrer, de tanto en tanto, la maltrecha economía familiar. De modo que Conrad, en sus últimos años, se volcó en el periodismo.

La vida de Joseph Conrad aparece dividida en dos mitades biográficamente independientes salvo por el poderoso vínculo que une su escritura con el rescate de su memoria. Desde su juventud, y hasta los 36 años, Conrad llevó una dura vida de marino mercante a bordo de más de una decena de buques en dirección al Extremo Oriente, Oceanía y América; se casó a los 38 con una mujer —Jessie George— 16 años menor que él y tuvo dos hijos, Borys y John, a una edad muy tardía para la época, lo que supuso, especialmente en el caso de su conflictivo primogénito, tener que solventar deudas y responsabilidades económicas en una vejez marcada por la mala salud física y también la psicológica, pues el escritor padeció intermitentes y duros episodios de angustia y depresión en las últimas décadas.

También su propia esposa, Jessie, padeció crisis de movilidad por una afección en las rodillas que acarreó varias operaciones, y el consiguiente refuerzo de sirvientes para cuidar de ella y sus hijos. Sirvan de contexto estos apuntes sobre su vida para explicar muchos de los altibajos de su producción literaria en los años finales y hasta cierta concesión a apetitos lectores más populares en algunos de sus relatos cortos e historias. Su viaje a Nueva York en abril de 1923 había sido sufragado en parte por el artículo Ocean Travel publicado en el Evening News y, a su vuelta, en junio, escribió Geografía y algunos exploradores en su casa de Oswald. Como hacía a menudo con otras obras largas, descansaba de ellas aireándose con los encargos más comerciales; haciendo incisos, en este caso en la redacción de su novela Suspense, que meses después, tras su muerte, dejó inacabada. Al igual que Navidades en el mar, que también redacta en esos meses, este raro texto, dedicado a su pasión por los mapas y a algunos exploradores, iba destinado a redondear las siempre maltrechas arcas familiares. En otoño aceptó la oferta de escribir este artículo, que primero se iba a llamar The romance of travel, y que después tituló definitivamente Geography and Some Explorers.

A través de Richard Curle, amigo, editor, agente y hasta albacea de su testamento —Curle había publicado en 1914 el primer estudio crítico sobre la obra de Conrad—, le llegó la propuesta del editor de Countries of the world para escribir una serie de textos con destino a esta colección. Finalmente se convino que Conrad escribiría una introducción a todos ellos y sería remunerado con doscientas libras. Más tarde, su editor, Eric Pinker, se lo ofreció al director de la revista National Geographic, Gilbert Grosvenor, por lo que se publicó después en ella con una asignación de quinientos dólares. Para rentabilizar aún más el relato, Curle lo ofreció al editor Strangeways & Sons, que realizó una edición limitada del mismo. Posteriormente apareció recopilado en Last Essays, edición póstuma a cargo de Richard Curle, realizada dos años después de su muerte, en 1926, con el título genérico de The Cambridge Edition of the Work of Joseph Conrad.

La exploración, el viaje, los mapas… Cuesta creer que Joseph Conrad no hubiera tocado apenas estos temas en sus muchos escritos autobiográficosCrónica personalNotas de vida y letras, El espejo del mara pesar de confesar la deuda juvenil que contrayó con la literatura de viajes y la exploración. Lo confiesa en este texto que deriva, hacia la mitad, a sus recuerdos y lecturas juveniles, especialmente al relato de Sir Leopold M’Clintock, The voyage of the Fox in the Arctic Seas, que cuenta el terrible desenlace de la expedición Franklin que, como se recordará, mantuvo en vilo durante muchos años a la sociedad norteamericana. Conrad confiesa que lo leyó a los diez años, probablemente en francés, y que esa lectura “me hizo apreciar los mapas, y revelaron mi predisposición latente hacia la geografía”, léase el mundo, el afuera, el más allá. Como curiosidad, Conrad recupera en este texto, justo al final de su vida, aquella famosa frase que encontramos en El corazón de las tinieblas y que aquí vuelve a recordar de esta manera: “Sólo una vez mi entusiasmo fue objeto de burlas entre mis compañeros de escuela. Una vez, poniendo el dedo en el centro del mapa, aún en blanco, de África, declaré solemnemente que un día iría allí”.

Tanto en un breve prefacio al libro de su amigo y agente Richard Curle —Into the East: Notes on Burma and Malaya— como en el propio Geografía y algunos exploradores, que escribe casi al mismo tiempo, Conrad es consciente del fin de una época que él identifica como el final del “viaje heroico” que dará paso a un ejercicio de la movilidad indiferenciada propia de la modernidad. También en lo literario Conrad se sitúa en la bisagra entre la literatura victoriana y la moderna, puliendo un estilo visual y puntilloso en la forma, y comprometido en el fondo, con el resalte de ciertas cuestiones morales: la culpa, la redención, el deber y el uso de eficientes recursos dramáticos como el azar o el destino. La primera mitad de su texto va encaminada a resumir el devenir de la moderna geografía sin más espacios en blanco, a esas alturas, que los de los casquetes polares aún no suficientemente explorados, o los fondos marinos; metáforas del fin de una expansión geográfica que él divide primero en una época imaginaria, la medieval, pasando por los mitos del nuevo mundo, la geografía ilustrada o científica, bajo el protagonismo del mar y algunas de sus figuras de referencia —Vasco Núñez de Balboa, Abel Tasman o James Cook— y la geografía de tierra adentro que es la de la apropiación colonial “imperial”, según sus palabras, y que marca el fin de una época, tal y como él mismo la conoció navegando en aguas del Pacífico, el Índico y el Congo, al menos en lo que pudo vislumbrar desde sus costas. A pesar del tono elegíaco de este breve texto, se percibe un atisbo de melancolía, una decepción hacia los caminos trillados que, como alude en el prefacio a Curle, ya no serán en adelante permeables al secreto, la magia, la seducción de lo desconocido. Ni tampoco dejarán en el futuro lugar para un modelo de persona a quién él mismo se brinda como espejo en estas palabras que cierran su relato: “Así, el mar ha sido para mí un espacio santo, gracias a los libros de viajes y de descubrimientos que lo poblaron con las inolvidables sombras de los capitanes que recibieron la misma llamada que yo, modestamente lo digo; hombres duros, esforzados, que triunfaron a costa de trabajo”.

El texto de Joseph Conrad La geografía y algunos exploradores puede leerse en La Aventura. Justo una idea (La Línea del Horizonte Ediciones).

Aventura, exploracion, Joseph Conrad, libros de viaje, literatura de viaje

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