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Histórico noticias



Conversación con un abedul. Excursión por el Jura francés

Al atardecer me senté junto a un abedul. Igual podía charlar un rato con él. Los árboles se comunican entre sí por olores o fragancias y por las raíces. Puse mis manos sobre su corteza para ver si las oscuras grietas que la recubrían eran una suerte de Braille que pudiera yo entender.

26 de noviembre de 2019

“Dicen aquí, en occidente, que no hay mucha diferencia entre los turistas y los simios; sin embargo, en el Peñon de Gibraltar, una de las Columnas de Hércules, vi juntos a turistas y simios y aprendí a distinguirlos”.

Paul Theroux. Las Columnas de Hércules.

Hacia tiempo que quería visitar las cascadas del río Hérisson, en la región del Jura francés. Había visto imágenes de esa parte del valle del Hérisson, realizadas en otoño, y quedé prendado de su belleza, aunque, de hecho, en toda la región del Jura, ya sea la parte francesa o la suiza, se encuentran paisajes de singular belleza, fruto de una sutil mezcla de erosión mecánica y química, la influencia de la tectónica y la cultura.

El Hérisson nace en la zona plegada del Jura, en el lago de Bonlieu, y en el transcurso de milenios ha ido erosionando las capas sedimentarias jurásicas, encajándose en dichas capas formando un espectacular cañón.

Mientras preparaba la excursión, había visto en el mapa que, al inicio del recorrido, en la parte baja del río, había un camping que constituía un campo base ideal. Dado que era pleno verano, no creía que pudiera encontrar plaza en el camping, pero decidí probar suerte.

Nada más llegar, me sorprendió lo vacío que estaba el camping, un camping muy básico que, debido a la baja ocupación, resultaba un remanso de tranquilidad.

Poco antes del camping había visto un enorme aparcamiento, por lo que deduje que la afluencia de visitantes debía de ser considerable, y supuse que me encontraría con numerosos grupos de excursionistas, escolares y jubilados activos entusiastas del ejercicio físico. Al fin y al cabo, el recorrido, aunque corto, salvaba en sus casi cuatro kilómetros, trescientos metros de desnivel con suelos enfangados y rocas mojadas. Así que decidí madrugar, por si podía hacer el recorrido con tranquilidad y tomar fotos sin estar pendiente de si se ponía delante algún visitante.

Tras una noche de lluvia y con una previsión no mucho mejor para el día, me levanté a las seis de la mañana y emprendí el camino hacia las cascadas. Aunque clareaba –mejor dicho, griseaba–, el valle estaba aún oscuro. Entre las copas de los árboles se demoraban jirones de niebla.

Xavier Arnau Bofarull.

A medida que me acercaba a la primera cascada, llamada l’Eventail –el abanico–, con una caída de sesenta y cinco metros, el estruendo del agua al precipitarse desde tal altura iba en aumento. Era como entrar en otro mundo: el fragor de la cascada lo engullía a uno totalmente, la luminosidad, aunque escasa, de la cúspide de la cascada contrastaba con la oscuridad aún reinante en su base, en la que las siluetas de los árboles parecían gigantes sombríos acercándose sigilosamente al cauce del río. Un ambiente intimidante.

Tras tomar alguna foto de l’Eventail, continué mi ascensión con lentitud por el empinado sendero que llevaba a la cúspide de la cascada.

Mientras preparaba una foto poco antes de la segunda cascada –Le Grand Saut–, pasó una mujer que marchaba rápida y ágil, con mochila, bastones y con pantalones tejanos cortados al máximo, que dejaban al descubierto toda la extensión de sus largas piernas.

Xavier Arnau Bofarull.

–Bon jour!

–Bon jour…

–C’est très beau ici, n’est pas?

–Oui, tout à fait…

–Bonne journée!

–Bonne journée –respondí mientras contemplaba cómo ascendía con etérea agilidad por el empinado camino. Cuando llegó a un risco tras el que desaparecía el camino, se detuvo, se giró, sonrió, levantó la mano saludando y despareció tras el risco.

Recogí la parafernalia fotográfica y seguí camino contemplando el descenso –aquí rápido, allá lento– del Hérisson.

Poco más tarde, me rebasó un hombre que también iba bien preparado, con buenas botas y mochila. No iba tan rápido como la mujer e iba ensimismado; marchaba con obstinación. No levantó la mirada del camino y no dijo nada. Contrariamente a la mujer que había pasado antes y que parecía gozar de la marcha y de la naturaleza, ese hombre parecía un penitente purgando oscuros pecados.

Más de tres horas tardé en recorrer los cuatro kilómetros de las cascadas del Hérisson. Eran casi las once de la mañana cuando llegué a la última cascada, el salto Girard. Ya había bastantes visitantes haciéndose selfies al pie de la cascada. Busqué un sitio discreto para sentarme a comer el bocadillo que me había preparado antes de marchar. Con satisfacción, comprobé que el té aún estaba caliente. El día seguía cubierto y bastante desabrido.

Xavier Arnau Bofarull.

Mientras desayunaba fui mirando a los visitantes: parejas merodeando a los pies de la cascada, metiéndose en cada rincón para hacerse selfies acaramelados que resultaban, para qué negarlo, bastante horteras; personas que andaban como ciegas, con las manos extendidas hacia delante, como si avanzaran a tientas, pero que de hecho estaban filmando con sus teléfonos. Hechos los selfies o las filmaciones, se giraban y, con rapidez, se dirigían a su próximo trofeo.

La caída del salto Girard era muy bonita. Una larga y tenue cola de caballo que, poco antes de llegar al pequeño lago que se formaba a sus pies, parecía difuminarse en una etérea mancha de luz. Yo también quise mi trofeo. Busqué un encuadre que me satisficiera, puse el trípode, la cámara, preparé el disparo y me dispuse a esperar por si los dioses se dignaban concederme un segundo –un solo segundo– en el que nadie estuviera merodeando por la cascada. No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil, agarrado al cable del disparador. Pero la espera dio sus frutos. Los dioses fueron condescendientes y pude tomar la foto.

Recogí los bártulos y empecé a deshacer el camino. El circo ya estaba en plena función. A la altura del Moulin Jennet, en donde había habido antaño un molino, un pequeño arroyo bajaba a juntarse con el Hérisson. En un pequeño rellano que rodeaba al arroyo habían construido innumerables torrecitas de piedras y guijarros. Entre ellas deambulaban muchas personas cabizbajas y silenciosas. Parecía que realizaran un rito ancestral, arcaico, que yo no alcanzaba a comprender. De pronto, dos personas que andaban en sentido contrario se dieron de bruces, trastabillaron y se metieron de cuatro patas en el arroyo. Sin decirse nada, como huyendo, cada cual siguió su camino. Tan profundo debía ser el trance en el que se hallaban.

Seguí bajando con rapidez. Cuando llegué al salto de la Forge, empezó a llover. Saqué el impermeable de la mochila y, mientras me lo ponía, un grupo de hombres, ataviados con coloridas camisetas y pantalones cortos, me rebasó con rapidez mientras hablaban entre ellos a voz en grito, marcando con virilidad su territorio. Parecían un grupo de marineros de la VI Flota de paso por el Barrio Chino de Barcelona.

Hérisson, Francia.

Xavier Arnau Bofarull.

Continué mi camino. Poco antes del Gran Salto –le Grand Saut–, había un tramo acondicionado con una escalera cuyos peldaños eran rejas metálicas y la barandilla una maroma atada a los troncos de unos árboles y algún poste.

En la parte baja de la escalera, dos personas muy, pero que muy obesas, con notorias dificultades para andar y respirar se iban izando peldaño a peldaño agarradas con ambas manos a la maroma. En la parte superior de la escalera, una pareja intentaba hacer bajar a su hermoso pastor alemán por encima de las rejas metálicas que constituían los peldaños. El pobre perro, agazapado en cuclillas y agarrándose con las uñas de las patas al suelo, se resistía a avanzar sobre las rejas metálicas. Frente a él, el hombre tiraba con fuerza de la correa, mientras por detrás, la mujer empujaba el trasero del asustado animal. Con malévola perversidad, pequé de pensamiento, que no de obra: me puse a fantasear con la posibilidad de que al hombre se le escapara la correa de la mano… Pero al instante me recriminé mis malos pensamientos y seguí mi camino sorteando las escaleras por un talud lateral.

Frente al Grand Saut había un pequeño mirador, una plataforma de reja metálica elevada apenas dos o tres metros sobre el cauce del río para mirar la cascada. Apoyada en la barandilla había una pareja. La mujer tenía el bolso sobre la barandilla mientras trasteaba absorta su móvil depositado encima del bolso. El hombre parecía un obispo impartiendo bendiciones Urbi et Orbi a unos creyentes imaginarios. En lugar de hisopo tenía un móvil y en lugar de bendecir estaba tomando fotos o filmando. Detrás de ellos, a unos tres o cuatro metros estaba un niño de unos seis o siete años agarrado firmemente a la barandilla y con cara de asustado. El hombre, que supuse que sería el padre, no paraba de gritarle que fuera adonde ellos estaban, que se acercara:

–Viens!

–S’il te plaît, viens tout de suite!

Y el niño se agarraba con más fuerza a la barandilla. Y el padre seguía tomando fotos como un poseso al tiempo que seguía con la inacabable cavatina de una aburrida aria: Viens! Viens!

Aceleré el paso, aún a riesgo de patinar sobre las mojadas rocas y raíces.

Al llegar a la parte alta de l’Eventail, entre la multitud que merodeaba, había un grupo de mujeres africanas elegantemente ataviadas con vistosos y coloridos vestidos. La parte inferior de la falda del vestido de una de ellas, que le llegaba a la altura de los tobillos, era sumamente estrecha, con lo que andaba con pasos cortos, como dando pequeños saltos. ¿Cómo había llegado hasta aquí sin romperse la crisma? –me pregunté…

Al pie de l’Eventail –la última cascada en mi descenso del río– el gentío era enorme. Ahí estaba representada toda la humanidad: fornidos jóvenes de cabeza rapada y bíceps tatuados, niños jugando con coches eléctricos, familias musulmanas que seguían en respetuoso silencio al patriarca, ancianos trastabillantes y desorientados entre tanto bullicio, jóvenes parejas ataviadas con lo último en outdoor-urban-trekking posando para infinitos selfies… Era como estar en el interior de un centro comercial un sábado por la tarde.

Había pensado echar un vistazo a la Maison des Cascades, un espacio audiovisual y museográfico para conocer el patrimonio natural y cultural del valle. Pero, al llegar frente al edificio, vi que estaba lleno a rebosar de personas que merodeaban alrededor de estantes y vitrinas de lo que parecían “souvenirs” y “produits regionaux”. Desistí de la visita.

Entré en el camping que, por suerte, seguía con su ambiente austero y tranquilo.

Al atardecer me senté junto a un abedul que había en la parcela que tenía asignada. Igual podía charlar un rato con él. Puse mis manos sobre su corteza para ver si las oscuras grietas que la recubrían eran una suerte de Braille que pudiera yo entender. No comprendí nada. Recordé que los árboles se comunican entre sí por olores o fragancias y por las raíces, por las cuales emiten crepitaciones en la frecuencia de doscientos veinte herzios. Pero estos lenguajes me eran –y me son– desconocidos. Así que hablé conmigo mismo con la esperanza de que el abedul me entendiera.

¿Soy un pureta o un radical intransigente al rechazar esa masificación?, me pregunté. De repente recordé una entrevista reciente en eldiario.es a Pilar Rubio Remiro en la cual opinaba que los libros de viaje están en crisis porque viajar se ha convertido en algo banal, superficial y narcicista. Lo que, a su vez, me llevó a recordar un libro de texto de un curso de turismo, en el que se desarrollaba el tema de cómo convertir un paisaje, un monumento, un barrio, etc. en un recurso turístico. Ahí creí encontrar una de las causas de la banalidad en que terminan los susodichos recursos turísticos: al convertir una región, paisaje, piedra o árbol en un recurso turístico, se convierte en un producto consumible, y el beneficio que pueda producir ese recurso es directamente proporcional al número de personas que lo visiten, es decir lo consuman. Lisa y llanamente, en lugar de viajeros, devenimos en merodeadores en la sociedad del consumo desenfrenado, la cual tiende a hacer de cada uno de nosotros, de cada ciudadano, un adolescente mimado. Seres totalmente inmaduros. Es nuestra sociedad que es banal, superficial y narcicista.

Miré al abedul para ver si compartía mis pensamientos. Pero no olí ninguna fragancia ni percibí ningún crujido a través del suelo. Solo su copa se mecía suavemente por la brisa del anochecer. ¿Se habría quedado dormido debido a mis divagaciones? A continuación le expliqué la reciente creación de una asociación fotográfica denominada Nature First. Creada en los USA –quizá por eso tiene cierta reminiscencia puritana–, persigue como fin que sus asociados cumplan con una especie de siete mandamientos para no dañar y preservar los espacios naturales en donde se fotografia. Entre esos siete mandamientos hay uno que me llamó la atención: ser discretos a la hora de compartir la localización del lugar del que se hizo la foto, precisamente para evitar que su difusión en las redes sociales pudiera provocar una afluencia masiva al lugar.

¿Deberá seguir esta regla la literatura de viajes: escribir sobre viajes sin nombrar los sitios donde se viaja?, le pregunté al abedul.

Un ligero estremecimiento recorrió la hojas de su copa. ¿Me decía que si? ¿Me decía que ya estaba bien de tanto rollo?

Me metí en mi saco de dormir. A la mañana siguiente quería marchar antes de que llegaran en tropel las hordas de visitantes.

excursiones, Hérisson, literatura de viajes, naturaleza, Senderismo, viaje a francia

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