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Cortesía y cortesanas de hotel

A pesar de la destrucción sufrida durante la Segunda Guerra Mundial, los barrios eritreos de Massawa aún permiten imaginar su belleza. Ciudad portuaria condenada tarde o temprano a la prosperidad, en sus callejones moriscos es donde se construyó, al estilo veneciano, el Hotel Torino.

9 de junio de 2020

La República Serenísima tuvo su imperio hasta la llegada de Napoleón. Pero nunca se extendió hasta el Mar Rojo. Napoleón ocupó Egipto durante el suyo, sin descender tampoco por la costa eritrea. Así que solo un capricho de los dioses esculpió el Hotel Torino al estilo veneciano, en 1938. Dentro del Batse, el dédalo de callejones moriscos que hace de Massawa “la perla escondida del océano Indico”.

Más aún, durante sus breves anales en el puerto de la permisividad, tampoco el Hotel Torino tuvo que envidiarle a la Venecia dieciochesca en materia de fiestas cortesanas y prostitución. No le queda tan lejos la tierra saudí de la que salen jeques, a cada tanto, para aliviarse de las prohibiciones coránicas en territorio ajeno e infiel.

Apenas hubo tiempo para que el Hotel Torino demostrara sus calidades y cualidades hospitalarias a lo grande, dada su ubicación en el antiguo palacio Rama remodelado. Todo un palacio otomano. Su puesta a punto se demoró hasta 1938, un año más tarde el imperio afro de la fascio entraba en jaque. Y de 1941 a 1942 el casco antiguo de Massawa se mantuvo envuelto en la humareda de las batallas. Buena parte de sus fotos ponen todavía de relieve el alzado elegante del Torino, que estaba llamado a ser emblema de un puerto encrucijada de civilizaciones. Por eso adoptó una delineación tipo bizantina, en consonancia con su arquitectura, que ganó armonía bajo directrices otomanas. No pudo integrarse mejor de lo que lo hizo en el ecosistema de piedra residencial que embellecía la ciudad. Piedra coralina de cantera, para ser exactos. Sus ventanas son de ascendencia claramente otomana, pero la curvatura que describe su fachada se adscribe al art decó más aerodinámico, que actualizó y personalizó en su día la construcción, evitando escuelas de pastiche neo-orientalista.

Viaje a Massawa, Eritrea

En sus pocos años de esbelta hospitalidad, antes de la Segunda Guerra Mundial, el Torino saludó a varios presidentes de instituciones africanistas, caso del que encabezaba la Sociedad Geográfica Italiana, Corrado Zoli. También al titular del Istituto Italo-Africano, Riccardo Astuto di Lucchese. Y, aparte de extender la alfombra al senador Emilio de Bono y al general Pietro Badoglio, recibió al escritor Ottone Gabelli, uno de los firmantes del famoso Manifesto della razza segregacionista en la Italia de Mussolini. Fueron tiempos agitados, en los que Massawa se occidentalizaba a marchas forzadas, acogiendo además a las tropas y colonos que llegaban en el trasatlántico Vulcania, el mayor de aquella época naval de pasajeros. Nápoles-Massawa-Mogadiscio venia a ser su singladura.

En 1940 Massawa rondaba los veinte mil habitantes, de los que un tercio eran italianos de procedencia. Los colonos habían seguido al ejército lo mismo que la línea del ferrocarril, a la hora de establecerse en Massawa. Y, cuando Italia liberó todas sus colonias en 1947, pocos de ellos optaron por regresar a la patria chica devastada por la guerra. ¿Para qué? Las leyes anteriores al manifiesto racial de Mussolini les habían permitido vivir en concubinato, así que la sociedad de los años cincuenta en Massawa comenzó a desarrollarse mestiza, ajena a los distritos separados para europeos, africanos y árabes, que antaño había reservado el puerto y la isla de Taulud como residencia para italianos.

En circunstancias tales, por tanto, el Torino afrontó la postguerra como hotel económico, abriendo sus frigorífico de par en par a las tropas británicas de ocupación, luego a las norteamericanas y finalmente a las abisinias, que asumieron el protectorado de la zona con la descolonización. Etiopía no tiene salida geográfica al mar y en aquel momento codiciaba Massawa, el mayor puerto de aguas profundas en el este africano. Tanta tropa, en definitiva, no permitió al Torino remontar el vuelo, los altos vuelos para los que había sido concebido, toda vez que a Massawa volvieron las guerras de liberación, a la postre frente al imperialismo etíope.

Antropólogos urbanos como Edward Denison, en su libro Eritrea, han descrito el hotel Torino como obra maestra del modernismo, puestos a solicitar de la UNESCO que se declare patrimonio protegido la arquitectura del país. Entre tanto, sin embargo, Massawa ha tenido que afrontar su travesía del desierto, con la escasez de víveres que hizo del Torino un aparthotel donde el cliente se lo guisaba y comía todo. Es más, antes de cancelar del todo sus servicios, la azotea con vistas al mar de la que dispone se convirtió en sala de fiestas. Lo cuenta el Torito, uno de los soldados rezagados de la estación militar norteamericana, que tuvo su R&R en Massawa:

“Solo había un lugar en la ciudad para divertirse, al estilo Miami —apunta—: la azotea del Hotel Torino. En el techo de tal establecimiento de “bajo presupuesto” había un bar desde donde se podía ver el mar. Alrededor de sus bordes, unas palmeras en macetas y grandes luces de estilo navideño con los colores de Italia colgados alrededor de todo el techo. En el bar con taburetes y mesas uno podía sentarse solo, con amigos o con hermosas chicas locales. Por encima de todo había ¡música en vivo! ¡Y una pista de baile! Una pequeña banda italiana de Eritrea tocó los éxitos italianos de los años 30. Podía imaginar la foto de Mussolini y los oficiales del ejército italiano sentados debajo de ella, en el mismo lugar donde yo estaba, bebiendo Campari con soda, refrescados por la suave brisa del mar. También cabía figurarse a los oficiales del ejército británico trasegando ginebra. Y a los estadounidenses engullendo lo que hubiera disponible. Bajando por las escaleras destrozadas, cuando salía, me di cuenta de que la mitad de las habitaciones tenían chicas de compañía a la puerta. Y que el precio de sus servicios bajaba a medida que también lo hacía la escalera que se acercaba a la calle. Luego me dijeron que todos llamaban al lugar “Cuatro pisos de putas”. Mucho ambiente…”

A merced de comentarios y apodos semejantes queda un hotel con ínfulas, cuando sobrevive a terremotos, bombardeos y sequías, con fe en el futuro. Y si sus prostitutas resultaron agresivas, como apuntó en su día algún cliente del hotel, en fin, seguro que no fue por cobrar como geishas de lujo.

El futuro del hotel Torino, a día de hoy, no pasa del recuerdo, en una ciudad portuaria condenada tarde o temprano a la prosperidad. Que lo vean o no sus tabiques, ya es otro tema. Que las paredes hablen y lo pregonen, otro cantar.

Alguien dejó escrito en la recepción del hotel el siguiente texto:

“La bella durmiente se despierta de noche. El Hotel Torino ilumina su cartel tricolor y llena la terraza en el último piso con música y bailes, las contraventanas ocultas revelan los bares pobres e inundan la calle con luces rojas y suaves, como polvo de bereber. Aquí también, como en el caravanserai, hay chicas dentro. Y algunos marineros a su lado, más que turistas. Los dueños de las casas bombardeadas por doquier ponen mesas y manteles en la calle, entre cortinas de brisa marina. Los niños juegan con bolas de trapo en las calles, a sabiendas de que no hay coches. Solo algún taxi, cuyo chófer aplaude sus partidos de fútbol”.

Caminar por las calles de Massawa, a pesar de la destrucción que sufrió, aún nos deja imaginar su belleza. Hay pequeñas calles bordeadas de edificios construidos con material madrepórico, como el Torino. Ves infraestructura turca, palacios de comerciantes indios… Incluso aquí los italianos han sido cuidadosos en el diseño de edificios. Respetaron la tradición local, teniendo en cuenta lo que ya existía”, escribe Alessandro Pellegatta en su libro Eritrea, fine and rinascita di un sogno africano.

Y el empresario Primo Giovanni expresa la reacción instintiva que el ciudadano eritreo educado en la diáspora tiene, ante la destrucción de su tierra natal: “Cuando regresé a Eritrea en los primeros días de la independencia, visité Massawa y vi que todo estaba destruido. Todos sus edificios se oscurecieron con los bombardeos y el Hotel Torino permanecía totalmente cubierto de humo. Proyecté de inmediato la renovación de la ciudad con mis compañeros eritreos. Incluso durante el período de lucha armada, cuando estaba en Italia, a menudo pensaba en Eritrea. No me faltaba optimismo, Seguro que algún día Eritrea se independizaría a cualquier precio”.

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